Literatura

Margo Glantz, Yo también me acuerdo, Sexto Piso, México, 2014, 383 pp.


Aída Islas

Yo también me acuerdo es, como toda literatura, un diálogo intertextual, pero aquí llama la atención lo explícito del mismo. Georges Perec retoma a Joe Brainard en Je me souviens y no sorprende que Glantz decida hacer lo propio (después de todo, era la voluntad de Perec; recordemos su página en blanco a la espera de un lector que buscara redactar sus propios “me acuerdo”). Además, hablamos de una novelista, ensayista, crítica y traductora sumamente consciente de la tradición y proclive a los guiños literarios como, por ejemplo, en su novela El rastro, donde las voces de Nora y Sor Juana se conjugan y hacen una: “obsesionada con su relato no oye nada, sólo se oye a sí misma (¡óyeme con los ojos!) / le falló el corazón, fallaste corazón, su corazón se le deshizo entre las manos (al médico) (cuando lo operaba), ese corazón antes deshecho entre las mías”.

     Si se buscan razones, podemos intuir lo que lleva a Glantz a elegir a Perec como modelo; ambos provienen de familias judías (Perec, polaca; Margo, ucraniana), migrantes, arrasadas por las circunstancias del siglo XX. Es notable el peso del pasado y la cultura perdidos y el afán por recuperarlos en sus textos. W o recuerdos de la infancia de Perec o Las genealogías de Glantz son historias que pretenden rescatar del olvido. Je me souviens es la clave de Yo también me acuerdo. Aquí la autora recuerda aquella vez que fue al teatro, aquella otra que fue al cine, las crepas que comió un día, los colibríes que ve en su jardín y cualquier asunto que alguna vez pudo haberle sobrevenido.

     Es después de 360 largas páginas (demasiado largas) que una pequeña frase, otro de los tweets impresos (que puede pasar desapercibido entre el resto) revela la piedra angular del libro: “Me acuerdo que estoy, como Georges Perec, en lo infraordinario, hoy muy a la moda gracias a las redes sociales” (p. 366). Yo también me acuerdo es ciertamente una obra de lo infraordinario.  “Lo que ocurre cada día y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual, ¿cómo dar cuenta de ello, cómo interrogarlo, cómo describirlo?”, se pregunta Perec en su libro. Yo también me acuerdo es la respuesta de Glantz.

     Incluso hay ocasiones en que la escritora parece burlarse de nosotros, los (pobres) lectores: “Me acuerdo que un día en París sólo comí dos yogures por si les importa.” (p. 374). Glantz sabe que no, que poco puede llegar a importarle a nadie esa insignificancia,  y la plasma deliberadamente (¿para exasperarnos?). Si no necesariamente disfrutar a lo largo de más de trescientas páginas, podemos aceptar esta escritura de Glantz si reconocemos que toda nuestra existencia está configurada por hechos insignificantes; no son las grandes proezas lo que nos hace, sino los días en los que vienen o no vienen los colibríes a visitar nuestro jardín. También así se configura la historia de un individuo o una sociedad, retratada junto con la vida en el boceto que pretende ser la obra, remitiéndonos de nuevo a Perec. Sin embargo, Yo también me acuerdo está lejos de lograr sus pretensiones. Lo que fue un estilo familiar y encantador que reflejaba la sencillez y humanidad de los personajes en Las genealogías, se transforma en este texto en un estilo que acaba por ser pesado y poco ingenioso.

     Luego, mientras que en El rastro logra con maestría la mezcla de reflexión y ficción, en esta ocasión la erudición se vuelve en su contra dando como resultado un libro tedioso, que se alarga innecesariamente. La comparación es inevitable: Perec logra una obra redonda con 480 recuerdos; Glantz, una indigesta con alrededor de 3800 frases.

       Pero es el sentido del libro el que realmente debe ser cuestionado. Perec escribe sobre lo infraordinario en su momento por el deber que el escritor tiene de descubrir nuevos caminos, de presentarnos un mundo distinto al de la sociedad que nos encierra. En cambio, como Glantz misma admite, el trending topic del siglo XXI es lo infraordinario; Facebook, Twitter o Instagram pueden notificarme lo que Glantz u otros miles de usuarios comen. Todos, gustosos, compartimos lo infraordinario día a día en internet, y está bien que ahí se quede. Es forzoso, entonces, cuestionar: ¿por qué Glantz decide hacer un libro en Yo también me acuerdo? ¿No podría haberlo simplemente vertido todo en las redes sociales que tanto frecuenta? Glantz parece una mujer atrapada entre el hoy y el ayer. El poder social, terapéutico y egocéntrico del tweet la inclinan hacia esta nueva forma, pero la vanidad no la deja enfrentar su propia intrascendencia.

     No parece que Glantz realmente pretenda hacer una obra literaria: la obra es más bien un anhelo por rescatarse a sí misma (como antes a sus antepasados, pero de manera menos lograda) del olvido. Así lo revela en la última frase del libro: “Me acuerdo que este libro puede hacer oficio de obituario” (p. 383). Tal vez, pero un obituario suele ser breve y conciso.

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