Literatura

Margo Glantz, Y por mirarlo todo, nada veía, Sexto Piso / UNAM, México, 2018, 164 pp.


Pablo Muñoz Covarrubias

La obra literaria de Margo Glantz todo el tiempo nos revela su amor, su conocimiento y su plena absorción de lo litera­rio, por lo menos, así ha sido desde la publicación de Las genealogías (1982). Prácticamente, en todas sus páginas, en todas las páginas de esta autora, se abren anchurosos caminos hacia otros volúmenes, hacia otras imágenes, hacia otras metáforas, hacia otros relatos, hacia otros objetos precisos y preciosos, hacia otros momentos de la memoria y también, claro, de la desmemoria vital. De este modo, algunas de las principales lecciones de Roland Barthes quedan ilustradas en su trabajo de escritura: nada de lo que ella apunte nacerá del vacío, sino casi siempre de otros textos. Quizás estas observaciones preliminares sirvan para entender algo esencial que permea el proyecto literario de Glantz y la forma en que sus libros han ganado un lugar verdadero, un sitio desde el cual dialogar con el mundo y con el arte y con la cultura y con la existencia en sus muy diversas manifestaciones. Imposible olvidar su recurrente amor, por ejemplo, por la música y por la moda de alta costura y por la fotografía y por todo aquello que pueda convertírsele en materia obsesionante de la que haya que dejar registro libresco antes de que sea muy tarde para empezar a hacerlo: un cuadro, un verso, una mutilación corporal, un personaje real o ficticio, un escritor, una enfermedad, un viaje, una idea. Es importante destacar el hecho de que Glantz sea, precisamente, la autora de libros, no necesariamente de novelas, relatos, poemas en prosa, microficciones, ensayos, etc. Detrás de la escurridiza palabra prosa, se albergan, se clasifican varios textos suyos que requerirían, cada uno de ellos, su propio rasero y su propia taxonomía y su especial tratamiento crítico o exegético. Es Glantz la inventora, sin embargo, desde un punto de vista más bien general, eso sí, de objetos textuales que invariablemente terminarán por inventarse a sí mismos, que nos irán descubriendo, además, otras maneras de leer y de leernos pluralmente. En ese sentido, son sus obras raros artilugios que nos transforman, que nos reinventan, que modifican por lo general la substancia del lector y su original encomienda durante el singular acto de la lectura: decodificar e imaginar y corresponder a la incitación verbal propuesta antes por el autor. Glantz es pues la inventora de máquinas muy precisas y a veces incluso desesperantes por sus anomalías y por sus mil rarezas, por su barroquismo. No es extraño entonces que a su bibliografía se sume un libro prácticamente inclasificable como lo sería el reciente Y por mirar todo, nada veía, una extraña máquina textual creada por Glantz, una máquina en que se combina lo aparentemente simple (la enumeración retórica) con lo extraordinariamente complejo (lo infinito de dicha enumeración potencial). Como bien se sabe, la enumeración compleja, desde un punto de vista retórico, es una figura de construcción, uno de los principales generadores del discurso y de su cumplida exuberancia. La enumeración permite relacionar, por ejemplo, lo parecido con lo similar; o bien, en el caso contrario, lo diverso con lo distinto. En el presente volumen de Margo Glantz, la enumeración propuesta vacila entre una cosa y la otra: filiar lo parecido –lo que es importante saber– con aquello que terminará por olvidarse, por comprobar de ese exacto modo su nula importancia entre los recovecos de la memoria. Me refiero, por supuesto, a los datos que logran insertarse entre el tejido de nuestros recuerdos.

El título del volumen es altamente significativo. Es el resultado, otra vez, de ese afán que posee Glantz por coleccionar múltiples referentes, por adueñarse de lo ajeno y así volverlo en verdad cosa propia. Un componente más de las máquinas de su creación y de su inventiva creadora: el reciclaje, llevar las cosas a un nuevo ciclo por medio de la escritura propia y de la rescritura compulsiva, sin freno: los mismos motivos, las mismas imágenes, los mismos recuerdos con mil variantes, con mil detalles agregados, con observaciones complementarias que así sirvan para lograr un dibujo, curiosamente, más difuso y más acabado. En esta ocasión, son unos versos de Sor Juana los versos recuperados, versos que, por cierto, aparecen insertados entre los varios epígrafes del libro en cuestión, versos que nos dan la pauta para la lectura total del libro y para entender algo acerca de la esencia del volumen aquí comentado: “Y por mirarlo todo, nada vía, / ni discernir podía…”. En estas palabras descansa la clave fundamental: la oposición entre mirar y ver; y, adicionalmente, está ese otro verbo que termina por quedar desplazado por lo puramente sensorial o sensual: discernir. Quien haya leído la muy famosa Carta a Sor Filotea conocerá cuánto le inquietaba a la monja ir acumulando saberes: ella coleccionaba libros y lecturas con la sencilla intención de ignorar cada vez menos. Para llegar a la teología, antes era necesario conocer todo lo demás: la epistemología de Sor Juana era entonces el resultado de una acumulación de datos, pautas y conocimientos con la intención de irse acercando a lo divino, y de ir relacionando unos saberes con los otros, de establecer correspondencias armónicas y muchas veces incluso mágicas. Es además la enumeración, como lo podrá corroborar el lector de la Carta, una suerte de metodología que servirá para la elegante exposición de todo lo que se ha ido recolectando, de toda la información y de todos los datos con que se cuenta y que servirán luego para irse acercando, por fin, al texto divino y por tanto a Dios en sus ocultos misterios. Por supuesto, en Y por mirarlo todo, nada veía la intención de Glantz imposiblemente será esa: lejos está de creer en un universo armónico que pueda descifrarse, que busque su decodificación, que sea propiamente hermético y que solicite quien lo lea y quien luego lo comprenda e interpete. En todo caso, la escritora contemporánea ni siquiera hará el esfuerzo de discernir algo: la realidad nuestra ha terminado por guillotinar esa posibilidad desde hace mucho tiempo, se ha convertido la nuestra en una galaxia profundamente ilegible. Lo único que quedará al hombre, antes de la definitiva destrucción, será un parpadeo electrónico, un byte en permanente fuga virtual: el último resplandor de una civilización será un tweet. Por todo lo anterior, no es raro que una parte de la crítica haya querido reconocer en los libros más recientes de Glantz una apuesta por preferir esos espacios limitados que aparecieron tras la implementación de las redes sociales, pequeños nichos en que lo que se dice brota, momentáneamente se manifiesta y se borra entre esa turbamulta de usuarios. Hay un camino, pues, que va del Siglo XVIII (siglo en que se inventa la “opinión pública”) y que probablemente terminará con esa marejada desinformante en que hoy nos hallamos. Y por mirarlo… es un testimonio de esta época, de este coletazo que sería la post-post-modernidad. En Saña (2007), Glantz ya apuntaba algo acerca de la difuminación de las jerarquías; y anotaba la pregunta que responderá años después en el libro que aquí nos atañe: “¿Caos informático?”.

Desde un punto de vista estrictamente sintáctico, podríamos señalar que Y por mirarlo todo, nada veía consta de dos cláusulas oracionales; esto será válido si por un momento exentamos de este análisis el título del libro y los epígrafes (ya algo comentamos acerca del epígrafe proveniente de la obra poética de Sor Juana; valdría la pena recordar aquí una frase proveniente de una cita de Franz Kafka que también aparece entre los paratextos y que pudiese servir como un extraordinario emblema de lo que enmarca: “la incongruencia del mundo es de índole cuantitativa”). Pues bien, la primera frase del libro –de esta máquina textual es la siguiente: “Al leer las noticias, ¿cómo decidir qué es lo más importante?”. La pregunta, por supuesto, tiene que ver con la jerarquización de lo datos que, desde una posición más bien pasiva, recibimos todos los días por medio no solo de la prensa, la televisión y la radio, sino especialmente, en esta época en que nos ha tocado vivir, gracias a la convivencia con los espacios virtuales: los sitios de noticias, los medios electrónicos, las redes que socializan las nuevas informaciones que se van substituyendo las unas a las otras en una cadena infinita y tediosa y permanente. Nótese, por cierto, en la frase inicial del libro de Glantz la preferencia por el verbo “leer”: “Al leer las noticias…”. Leer es, como nos lo recordó Gadamer, siempre un acto que implica el ejercicio de las facultades de la traducción. Leer es traer hasta nosotros lo que, por principio de cuentas, era ajeno, de alguien más: es así mismo jerarquizar. ¿Es posible recibir “la incongruencia del mundo”, en palabras de Kafka, sin intentar además organizar esa misma incongruencia y sin decidir qué es lo realmente importante de entre todo lo que existe? ¿No hay cierta perversión en hallar como vecinos virtuales a Kim Kardashian y, digamos, al Presidente de las Naciones Unidas en sendas notas periodísticas inmediatas en el timeline? ¿Cuál de los dos personajes, por otro lado, tiene una relevancia mayor en la vida de las personas? ¿Alguien sabe cómo se llama el hombre o la mujer que lidera la ONU actualmente? Como podrá deducirse, la pregunta con que Glantz abre su libro dista de ser un asunto menor: vernos forzados a decidir (acaso ahora sí a discernir) qué es lo más importante, desrelativizar los componentes del fatigoso, interminable discurso que nos aprisiona y del que somos en realidad una parte meramente instrumental: los mínimos lectores del caos, del “caos informático”. El resto del libro, aproximadamente constituido por 164 páginas, será una larga, inmensa cláusula oracional en que se aportarán, sin juzgarlos, sin prácticamente insertar allí comentario alguno que entorpezca la enumeración, los datos que, por su relevancia, podrían ser considerados como importantes, que ideal e imposiblemente deberíamos categorizar en una escala ya no cuantitativa, sino ahora sí cualitativa. El libro de Glantz es finalmente una suerte de gran fotografía de la época en que fue pensando y escrito. Las informaciones que almacena se corresponden con los del momento histórico en que se recopilaron, redactaron y presentaron. De tal modo que Y por mirarlo, nada veía tiene su fecha de caducidad: un momento inmediatamente posterior al inexcusable olvido. De entre la producción literaria de Glantz, acaso el texto al que más se acerque al libro aquí comentado es el también enumerativo Yo también me acuerdo (2014). En ambos casos, los textos quedan al servicio de esa búsqueda de Glantz por compartir su individual experiencia del mundo en brevísimas intermitencias de sabiduría y monótona intrascendencia. La máquina de la escritora cumple así con su objetivo planteado: hacer un registro de lo instantáneo, de la frágil sucesión de datos, cosas e impresiones.

 

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