Literatura

Robert Louis Stevenson, Vivir. Ensayos personales y biográficos, Páginas de Espuma, Madrid, 2015, 396 pp.


Liliana Muñoz

Para Robert Louis Stevenson no existía diferencia entre la literatura y la vida, y tanto interés despertaban en él las conversaciones como los sueños, los caminos y los lugares menos agradables. Su vida, breve pero apasionante, quedó bien documentada en sus textos, en particular sus ensayos, en donde hallamos quizá sus impresiones más personales. En un sermón de Navidad escrito en 1888, Stevenson sentenciaba: “sea la que fuese nuestra tarea, no estamos destinados al éxito. Nuestro destino es el fracaso. Así es en toda arte y todo estudio; es así sobre todo en el mesurado arte de vivir bien”. Vivir, junto con Escribir y Viajar, conforman la trilogía de ensayos de Stevenson publicados por Páginas de Espuma.

Como seguramente muchos, conocí a Stevenson en la infancia, cuando leí La Isla del Tesoro y Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Recuerdo con vaguedad el entusiasmo, las noches en vela, la extraña simpatía que sentí por Long John Silver, la compasión que experimenté por el atormentado Dr. Jekyll. Años después volví a él y en esta segunda lectura no fue Jekyll sino Hyde quien atrajo mi atención: aquel hombre –aquel monstruo– podía entregarse libremente a sus instintos; no se regía por la moral convencional, sino por la propia, y no obedecía a otra ley que la que le dictaba su interior, mientras que Jekyll, atrapado en su medianía y asfixiado por su bondad, moría en vida, cohesionado por una sociedad opresora y prohibitiva.

Con Stevenson, como con Montaigne, Cervantes o Rabelais, sucede un fenómeno extraordinario: se trata de uno de los poquísimos escritores felices en la historia de la literatura. Sus circunstancias particulares hacen de él, además, un verdadero ejemplo de vitalidad y optimismo. Pese a su precaria salud, pese a la tuberculosis que terminó matándolo a los 44 años, encontramos en él una incesante voluntad de vivir: “es mejor vivir y llegar al término de la vida que morir a diario enfermo, encerrado en una habitación…Todo corazón que haya latido fuerte y con alegría ha dejado tras de sí un impulso esperanzado para el mundo” (p. 128). Tal vez por eso, lo que más impacta al lector que se acerca a estas páginas no es la temeridad que desprenden, sino la trayectoria vital del que las escribe: Stevenson, nacido en 1850, fue un hombre permanentemente enfermo. En la adolescencia, asistió a la Universidad de Edimburgo y, tras una breve incursión en la carrera de Ingeniería Náutica, cambió sus estudios por los de Derecho. Según Carlos Oriondo, durante sus años universitarios “tuvo una crisis de fe y comenzó a frecuentar el lado oscuro de las calles de Edimburgo”; en ellas, tuvo contacto con prostitutas y demás personajes bohemios, lo que contribuyó a agudizar sus complicaciones de salud. Sin embargo, su vocación genuina fue siempre la literatura, y quizá debido a esto su vida se funde o se confunde con su obra: a los 26 años conoció a Fanny Osbourne, diez años mayor que él y, cuando esta se vio orillada a volver a California, Stevenson fue en su búsqueda. Contrajeron matrimonio un año después y, a pesar de las constantes discusiones y los problemas económicos y de salud, permanecieron juntos hasta el final. La muerte lo encontró en Samoa, en los Mares del Sur, y los aborígenes, que le habían otorgado el mote de “Tusitala” – “el que cuenta historias”–, lo enterraron en la cima del monte Vaea.

Cualquiera que lea su biografía tendrá la impresión de que Stevenson concibió la vida como una fatigosa batalla. Nada más lejos de la verdad: si bien las toses y hemorragias hicieron mella en su frágil salud, su temperamento fue siempre alegre y espontáneo: apreciaba el ocio, las conversaciones, los paseos y los paraguas. Tenía un agudo sentido del humor, que se evidencia en buena parte de sus textos y su actitud generalizada es la que define a los almirantes ingleses, a quienes dedica un ensayo: “esta vida –la peor de todas las posibles– no consiguió apagar ni el espíritu ni la alegría de nuestros marinos…siempre tuvieron cierta disposición a ese honorable sentimiento que da la audacia” (p. 167).

Pero no debemos equivocarnos: la filosofía de Stevenson no es la de la carcajada, sino la de la sonrisa serena y apacible, y lo que tozudamente busca no es la felicidad sino la experiencia. Porque solo a través de ella puede el hombre aproximarse a la comprensión cabal de la vida y de la muerte, del amor y del dolor, del bien y del mal, Stevenson hizo de sí mismo un personaje de sus obras: con la mirada puesta en el tesoro, perseguía incansable la Aventura. Para él, la felicidad no era algo que naturalmente nos es dado, sino algo en lo que debemos afanarnos: “ser verdaderamente feliz es cuestión de cómo empezamos, no de cómo acabamos; de qué queremos y no de qué tenemos. Una aspiración es un goce perpetuo” (p. 80), escribía en “El Dorado”. Y si bien siguió al pie de la letra la prescripción rabelesiana de la abadía de Theleme (“Haz lo que quieras”), no dudó en criticar el imperativo con el que empieza: la felicidad es un deber, sí, pero también lo son el fracaso, el sufrimiento y el desconsuelo. Esto hay que entenderlo bien: para Stevenson, ser feliz era un arte y un oficio, y como tal, implicaba empeño y esfuerzo; la tragedia y la adversidad son parte de la vida, y aprender a lidiar con ellas es lo que forja el carácter y por ende la sabiduría. El autor reniega de acumular triunfos, perseguir medallas y coleccionar trofeos, pues sabe que la felicidad que estos proporcionan es fútil y vana: “miren por un momento a uno de esos tipos tan industriosos, se los ruego. Siembran las prisas y recogen indigestiones. Despliegan gran cantidad de actividades para resultar interesantes, y obtienen a cambio una buena cuota de desarreglos nerviosos” (p. 96). En cambio, el ocio, el enamoramiento, los viajes y las conversaciones nos llevan a disfrutar de nosotros mismos y de los otros: “eso supone ser un buen artista de la vida, desearnos lo mejor a nosotros mismos y a quienes nos rodean” (p. 113)

El dolor, del que da larga cuenta en sus textos, es la columna vertebral de su literatura (“dominar el dolor –el elemento más atroz y más trágico de la vida, que es el verdadero amo y señor del alma y el cuerpo humanos– es asunto que tiene sus propias reglas en cada caso”, p. 13), pero solo en la medida en que le permite articular los temas que le obsesionan. Así, el Mal, encarnado en Mr. Hyde o John Silver, le sirve como contrapunto para explicar el Bien y, con ello, la naturaleza humana, compuesta no por una dualidad maniquea, sino por tensiones en pugna. De ahí que no se nos revele nunca a un Stevenson idílico o ingenuo, como ponen de manifiesto las primeras líneas de su ensayo “Juego de niños”: “la añoranza que sentimos por nuestra niñez no es del todo justificable, porque su abandono nos permite vivir sin temor al escarnio público” (p. 13). Más bien lo contrario: el autor es plenamente consciente de los riesgos que trae consigo toda empresa, pero no por ello titubea. Le atañe más el trayecto que la llegada, el proceso que el fin, la vida que la muerte: “Nuestra vida dura lo que dura encendida una cerilla. ¿No es extraño? ¿no es incongruente? ¿No es, en el sentido más elevado del discurso humano, increíble, que tengamos que tener en tan alta consideración a una gaseosa de jengibre, y dar tan poca importancia a un terremoto devorador?” (p. 122).

En “Aes Triplex”, acaso su mejor ensayo, Stevenson rehúye de toda definición de Vida: “la filosofía se ha ganado al fin el honor de quedarse ante nosotros con modesto orgullo, exhibiendo su contribución al tema: la vida es la Posibilidad Permanente de Sentir. ¡Pues no es mal resultado!”. Aunque es condescendiente con los esfuerzos de los filósofos, sabe que la Vida escapa a toda definición: “hablando con propiedad, lo cierto es que no amamos la vida en absoluto: amamos vivir, que es diferente” (p. 123). Pero vivir, en sentido estricto, no implica lanzarse en una carrera frenética hacia el futuro: implica tomarse el tiempo de aprender, pues todo triunfo y todo fracaso traen consigo un aprendizaje.

Quizá porque tenemos de Stevenson la imagen de un hombre aventurero, quizá porque sus obras transcurren en lugares exóticos y remotos, lo cierto es que la crítica y aun los propios lectores lo han relegado a la sección de “clásicos juveniles”, lugar que alegremente comparte, en el imaginario colectivo, con Daniel Defoe o Lewis Carroll, por mencionar algunos. Sin embargo, aunque su temperamento es por naturaleza jovial (“todo hombre muere joven”, escribió alguna vez), su universo literario dista de ser inocente: “Dejémosles un rato más, ¡oh, concienzudos padres! ¡Dejémosles que se entretengan otro poco con sus juguetes, porque quién sabe qué existencia de dificultades y conflictos se extiende ante ellos” (p. 25). De hecho, es esa pérdida de la inocencia la que le permite transitar de la infancia a la vejez y tocar de igual manera las fibras de jóvenes y ancianos: “En todos los rincones de nuestras vidas perderse uno es resultar vencedor, y olvidarse del propio ser es la clave de la felicidad” (p. 388). Porque cada texto de Stevenson encierra una propuesta ética: ¿cómo vivir, aun a sabiendas de que habitamos un Valle de Lágrimas? ¿Cómo ser felices, aun si la Parca nos tiene deparada la Muerte? ¿Cómo levantarnos, si tropezamos constantemente? Serenidad, fortaleza, inteligencia, coraje y valentía son las cualidades que debe cultivar todo ser humano que aspire a vivir bien.

Stevenson, como lo definió Alberto Manguel, es un “artesano de las palabras”; su estilo, como su propia vida, es también resultado del esfuerzo. En “Una nota sobre el realismo”, expresó: “el estilo es la marca invariable de un maestro…La pasión, la sabiduría, la fuerza creativa, el talento para crear misterio y colorido, son cualidades que nos son otorgadas a la hora de nacer…Pero el uso diestro y justo de las cualidades que sí poseemos…la eliminación de lo inútil, el énfasis en lo importante, y el mantenimiento de un carácter uniforme…pueden  ser alcanzadas, hasta un cierto punto, a fuerza de trabajo y de coraje intelectual”. En este sentido, el mérito del autor no reside en recrear, con precisión de cirujano, lo que fue o pudo ser: Stevenson no anhela un paraíso perdido y, por lo mismo, su prosa no pretende emular la vida, sino esbozarla. Y una vez trazado aquel bosquejo, cerrar el libro y lanzarse a la aventura: “los libros son buenos a su manera, pero resultan un sustituto bien anodino de la vida” (p. 87). Porque la lectura es solo un puente para disfrutar de la experiencia, nos invita a contemplar el paisaje, aguzar el oído y ejercitar la voluntad a toda costa.

R.L. Stevenson no es solo un autor de libros juveniles –aunque a él le habría encantado serlo–. Es también, sobre todo, uno de los pocos que alcanzó la perfecta síntesis entre vida y literatura. Por ello, todo el que lo lee guarda para sí una enseñanza crucial: aunque en el fondo esté la muerte, el verdadero artista de la vida sabe que su deber es caminar hacia adelante, con paso firme y semblante alegre: “¿no hay algo heroico, lleno de espíritu, en ese final?” (p. 128). Stevenson habría sonreído.

 

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