Literatura

Clara Capitão (comp.), Un cierto desasosiego. Cuentos portugueses contemporáneos, Alfaguara, México, 2018, 143 pp.


Héctor M. Magaña

Fue Kierkegaard quien nos enseñó la angustia y Sartre la náusea existencial, pero fue Pessoa quien nos enseñó nuestro propio desasosiego, el desasosiego que experimentamos todos, pero cuya patria, si es que este sentimiento tiene una, es claramente Portugal. Y es que el pueblo portugués conoce muy bien la incertidumbre y la melancolía zozobrosa, pues su lengua es el idioma donde nacen la congoja y la nostalgia. El pueblo portugués exhala saudade.

Fue en 1755 cuando probablemente los portugueses tocaron fondo en el desasosiego. Portugal, que en el siglo XVI era una primera potencia cristiana, había venido decayendo gradualmente. El país era aún de los que más invertía en la construcción y la restauración de iglesias, donde se rezaba y se bendecía más que en cualquier otra tierra, pero el 1 de noviembre de 1755 la ciudad de Lisboa fue azotada por terremoto –probablemente de 9.0 en la escala de Richter– y posteriormente por un tsunami que destruyó la ciudad lusa. El siniestro fue para algunos la evidencia de que el optimismo era una ilusión (tal fue el caso de Voltaire, que no dudó en criticar las ideas de Leibniz). Portugal había probado, como diría el poeta César Vallejo, el odio de Dios. El desasosiego –la incertidumbre, la angustia– nació por el abandono divino.

El libro habla de esta incertidumbre en el mundo contemporáneo, donde la desolación y la angustia han evolucionado con el paso de los años. El desasosiego que se trata en esta antología de cuentos habla sobre la vida, la vida ordinaria y cotidiana. Tal como nos cuenta Clara Capitão en su prólogo: “En estas páginas se abren y se cierran puertas. Se lavan y se visten cuerpos. Se miran espejos. Se hacen cirugías. Se dicen cosas y no se dicen otras. Se da de comer a los perros. Se acaricia a los hijos. Se vive. Se envejece. Se muere.”

Ya en “Retrato de un joven poeta” se anuncia el desasosiego de la vejez, de la muerte, de la vida y la rutina. Dulce María Cardoso habla en este cuento de la vejez, no en su decaimiento, sino en su rutina; se habla de la soledad desde las habitaciones y de la comunicación sin palabras. La exploración que hace Cardoso en este primer cuento nos habla de la inocencia muda y la hostilidad del mundo exterior.

No se queda el asunto de la vejez en un solo relato, ya que “La edad de las manos” tiene mucho que decir al respecto. José Luís Peixoto nos ofrece aquí una mirada rural de la vejez, de cuando las palabras para un diálogo no son necesarias, de nuestros ángeles guardianes y de la confidencia muda y rica. La intimidad es lo que se resalta aquí, sin dejar de lado, claro, la sensación de desolación que cubre a estos personajes silenciosos.

Las descripciones del cuerpo no están ausentes, pues para hablar del cuerpo Alexandra Lucas Coelho hace una exploración con su cuento “Laparotomía”. Un relato que sigue el flujo de conciencia, que atraviesa los laberintos de la mente entre digresiones filosóficas, recuerdos personales y simples pensamientos triviales del día a día, pues, ¿no es acaso el pensamiento una cirugía, una laparotomía que abre con bisturí nuestras mentes y que, también, expone al cuerpo desnudo? Coelho dice: “El cuerpo es transitorio para quien cree en Dios, sucesivo para quien tuvo hijos, pero en la niebla del post-operatorio pienso en él en cuanto a un fin en sí mismo, materia química, cuántica, definitivamente pagana, una casa que es su propio cielo, donde el cielo, donde el sexo sea un chamán, sin rama ni hierba.”

La vida, la muerte, la vejez, el cuerpo, la consciencia y los recuerdos se entretejen en estas narraciones, pero, ¿qué hay de las viejas causas que originaron el desasosiego portugués?, ¿la incertidumbre teológica ha muerto? Para Alfonso Cruz, no, y por ello esta antología incluye “La caída de un ángel”. La Divina comedia nos lleva del infierno al paraíso, pero “La caída de un ángel” nos lleva al desasosiego de los mismos, ya que, ¿no en el cielo gobierna la espantosa congelación del tiempo? Pues en el cielo nada muere y nada nace. Un mundo de belleza estéril y estática es el que gobierna en el Paraíso. Capitão comenta en su prólogo: “Existe el desasosiego de morir y no saber si es mejor el Infierno o el Paraíso: y es que el Paraíso tiene demasiada luz, no hay quien nos rasque la espalda y mucho menos están ahí las personas que amamos.”

Si la zozobra y la incertidumbre están en los cielos y los abismos, el único lugar en el que podemos refugiarnos de aquello es en los recuerdos, pero estos mismos no están exentos de desasosiego, y esto lo ilustran bien Lídia Jorge y Djaimilia Pereira Almeida con los cuentos “Los tiempos de esplendor” y “Las primeras fotografías”. Y es que aquí el desasosiego de la memoria reside en las pequeñas cosas: un pañuelo que usaba nuestro padre, las fotografías que semejan tumbas pictóricas del pasado. Porque lo que fue no será de nuevo, porque los recuerdos son un vestigio de lo que se perdió en el tiempo, porque hay inquietud en el olvido de lo que fuimos. Lídia Jorge y Djaimilia Pereira Almeida nos hablan de ese pasado. No obstante, no todos los recuerdos son de añoranza, también están las viejas peleas que no se olvidan. Por las viejas discusiones y rencores tenemos a Valério Romão con su cuento “Cuando corrieron a mi hermano de la casa”. El microcosmos que se entreteje aquí nos da un panorama muy intenso de lo que se desarrolla en una familia disfuncional. El amor filial, las viejas dudas y sus consecuencias dialogan en este pequeño cuento de manera magistral.

No todo es realismo sobrio y desolador, ya que también hay desasosiego en el hecho de ser vampiro de imágenes. “La fotografía. Historia del vampiro de Belgrado” es la crónica de un devorador de memorias y bellezas. El desasosiego curiosamente no se trabaja desde el aislamiento ni la monstruosidad, sino en el hecho de devorar para seguir vivo. Gonçalo Tavares, en este cuento, crea un intrigante reflexión sobre la belleza. Dice: “la belleza está ahí, pero el papel de la belleza es tapar aquello que se prepara para devorarnos.” La belleza aquí es un ente de destrucción bipartita, pues del mismo modo que te mata, se destruye en el proceso. Radislav Gunvaz Vujik, el vampiro, no solo es un devorador de belleza, sino también de recuerdos. Dentro de la fotografía subyace memoria y belleza: “Tenía memoria porque había visto y engullido imágenes.” El vampiro sordomudo existe para devorar recuerdos y belleza; su incertidumbre y desasosiego vienen de ello.

En todos los cuentos anteriores hemos notado que el silencio es un factor común. “Se dicen cosas y no se dicen muchas otras”, dice Capitão, pero ¿qué hay de aquellos cuyas palabras son erradas, confusas y torpes? ¿Hay algo más allá de las palabras que hace que la comunicación sea clara? La cumbre de los sentidos, del tacto y la vista se desarrollan en “Ludmilia y Saburo”,  de Joao Tordo, quien da una voz al desasosiego de aquellos que se expresan con palabras torpes, recién nacidas de la boca al mundo.

El desasosiego es cansancio: cansancio por todas las cosas anteriores, por lo que pudo ser, por los sueños rotos, por la vida actual, por la resignación. “Estoy cansada” de Bruno Vieira Amaral es su manifiesto. Porque el desasosiego cansa, porque consume la vida, porque nos obliga a devorar otras, porque nos envejece, porque nos pierde en los recuerdos, porque toda la vida no es más que un cierto desasosiego.

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