Literatura

Daniel Kehlmann, Tyll, Pantheon, Nueva York, 2020, 352 pp.


Adriana Lozano

Daniel Kehlmann ya tiene experiencia haciendo cómico lo que en teoría debería ser aburridísimo o muy trágico. Lo hizo primero con Measuring the World (2005), en el que retrata los intentos del científico naturalista Alexander von Humboldt y el matemático Carl Friedrich Gauss, ambos personajes históricos muy importantes y bastante serios, de organizar la realidad a través de sistemas medibles y comprobables. Una novela, en pocas palabras, sobre los inicios de la ciencia tal cual la conocemos ahora. Bien entretenido y ligero, ¿no? Y lo hace de nuevo con su segunda novela histórica, Tyll. En esta, nos lleva a campamentos apestosos (por las heridas de los soldados y los cadáveres que hay alrededor), pueblos fantasma, batallas sangrientas, ejecuciones públicas por “herejía” y negociaciones, que caracterizaron uno de los conflictos bélicos más devastadores (y revueltos) de la historia europea, la Guerra de los Treinta Años. Lo hace de la mano de Till Ulenspiegel, el pícaro, bufón, vagabundo, mago, acróbata y artista circense del folklore alemán.

Para muchos, son sorprendentes dos cosas. Primero, que tramas como estas y con géneros como la novela histórica y el literary fiction, logren atraer a grandes cantidades de lectores. Ambas novelas son best sellers internacionales y desplazaron de los primeros lugares en ventas a escritores como J. K. Rowling y Dan Brown. Nada más en Alemania, por ejemplo, se han vendido más de 600 mil ejemplares de Tyll y 3 millones de Measuring the World. Netflix, incluso, está trabajando en una serie sobre la primera y la segunda fue adaptada al cine en 2012. Y segundo (y más importante) porque, por lo general, la literatura alemana no se distingue por sus novelas “cómicas” o “ligeras”. Al contrario, el canon alemán es más bien serio, sobrio y pesado, basta pensar en Goethe o Mann. “Alemania nunca tuvo a alguien como Voltaire, una figura de la alta cultura que trabajara elegantemente con el humor. A Goethe en realidad no le gustaba, decía que era una herramienta para la gente que carece de carácter”, explicó Kehlmann en una entrevista. Yo agregaría que no tuvieron un Shakespeare ni un Cervantes.

Quizá el humor en la literatura alemana es un “serious joke”, como diría Goethe, y no deba divertir a nadie. Lo cierto es que Kehlmann, quizá por haber crecido en Austria, donde hay una tradición humorística que valora lo absurdo y lo vulgar, se ha alejado por completo de la “relación neurótica con el humor” de la alta cultura alemana y se ha permitido ridiculizar dichas posturas de manera que otros escritores no han hecho hasta recientemente. Como prueba están las críticas de los reseñistas alemanes que resaltan en su obra, y en específico en esta novela, un detalle: no se toma lo suficientemente en serio la Guerra de los Treinta Años. “¿No debería haber una puerta abierta en algún lugar para los problemas del presente?”, comentan en ddeutsche Zeitung; “pero a veces parece que el placer narrativo de Kehlmann por realizar un juego literario es más importante que retratar seriamente ‘un mundo que se ha estropeado’ ”, opinan en Tagesspiegel; “Tyll no sería entonces más que una recomendación para aquellos que no quieren exponerse completamente a los horrores de un tiempo difícil, sino que prefieren tomarlo más a la ligera”, puntualizan en Die Zeit.

Kehlmann como autor y Tyll como personaje se burlan constantemente de sus respectivas audiencias, pero el tema de la guerra no se aborda de manera frívola, aunque sí lo hace con un humor macabro. Recordar a los muertos, y en esta obra hay pueblos enteros de fantasmas, es la única manera de mantenerlos vivos. Ambos hacen malabares con la ligereza (del humor, las referencias literarias y las bromas) y con la pesadez (de la guerra, el hambre, la pobreza y la muerte). Cuando Tyll hace su espectáculo sobre la cuerda floja, una niña nota: “And all of us, looking up, suddenly understood what lightness was. We understood what life could be like for someone who really did whatever he wanted, who believed in nothing and obeyed no one; we understood what it would be like to be such a person, and we understood that we would never be such people”. Andar sobre la cuerda floja es más que un truco de Tyll, simboliza la manera en la que tanto el protagonista como el autor manejan el tema de la Guerra de los Treinta Años. “Heaviness reaches for you, but you’ve already moved on. Tightrope walking: running away from falling”. Cuando la pesadez está a punto de alcanzarlos, están ya en otra escena, con otras personas y listos para reírse otra vez.

Este juego entre opuestos empieza desde el nombre de Tyll y las dos interpretaciones que se le ha dado a través del tiempo. Por un lado, está la que tendría más contentos a los reseñistas y críticos alemanes, que se apegan al canon que valora lo reflexivo e introspectivo, y que cobró fuerza en el siglo XIX con los protestantes. “Eulenspiegel”, del alto alemán, es una palabra compuesta por “búho”, símbolo que por la mitología griega se relaciona con la sabiduría, y “espejo”, que usualmente aparece en las representaciones del fool por reflejar los defectos o vicios de la sociedad. La novela de Kehlmann cumple esta función, al ficcionalizar la Guerra de los Treinta Años nos está mostrando que los conflictos actuales (la guerra en Siria, las fake news, hasta el COVID-19) no están tan alejados de aquellos del siglo XVII. La historia se repite, una y otra vez, con unas pequeñas modificaciones según la época. Queda claro cuando hace referencias a “El retablo de las maravillas” de Cervantes, en el que dos pícaros se burlan y discriminan a los moros o judíos de un pueblo, y que podría relacionarse con cierta guerra que ocurriría unos siglos después.

Por otro lado, “Ulenspegel” en el bajo alemán se traduce a algo como “lick my ass” o “lámeme el culo” porque “ulen” significa limpiar y “spegel” trasero. Así que, cuando los campesinos y los artesanos de la Edad Media escuchaban su nombre, lo último en lo que pensaban era en un personaje de intelecto superior que escondía detrás de sus bromas pesadas un entendimiento especial o más profundo. Al contrario, encontrarse con Tyll era de mala suerte. Usualmente era representado con un búho en la mano y, recordemos que en el siglo XIV, cuando nace la figura de Tyll, dicho animal se relacionaba más bien con la muerte o el diablo y no con la sabiduría o el autoconocimiento. Tyll recobra estas características originales en la novela de Kehlmann; es un pícaro sin conciencia, un bufón despiadado y, por supuesto, completamente amoral. Este tipo de personaje es el que le permite al autor abordar la Guerra de los Treinta Años desde tantas perspectivas diferentes: de la de un pueblo asesinado, de los reyes de invierno, del erudito Athanasius Kircher, de Martin von Wolkenstein, entre muchos otros.

Es lo que Alfred Hitchcock llamaría un “MacGuffin”, un elemento u objeto de la trama que pone en marcha toda una cadena de eventos, pero que en sí no es de mayor relevancia. Tyll es la excusa argumental y estilística que utiliza Kehlmann para regresar al siglo XVII y unir la historia de todos estos personajes y víctimas de la guerra sin caer en lugares comunes. Es el personaje que une los dos elementos que más parecen interesar al autor: el terror y el humor, la pesadez y la ligereza. Después de terminar la novela, no me cuesta trabajo imaginar a Kehlmann (ni a Tyll) repetir las palabras de Gombrowicz: “soy un humorista, un guasón, soy un acróbata y un provocador. Mis obras hacen piruetas para agradar; soy circo, lirismo, poesía, horror, alboroto, juego, ¿qué más quieren?”.

 

 

 

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