Literatura

J. M. Coetzee, Tres cuentos, Penguin Random House, Barcelona, 2018, 91 pp.


Mónica Sánchez Fernández

“Una casa en España” (2000), “Nietverloren” (2002) y “Él y su hombre” (2003) son tres relatos de J. M. Coetzee que se publicaron juntos por primera vez en 2014, gracias a una editorial de Melbourne. Dos años después, esta trinidad, traducida por Marcelo Cohen, vio la luz en español en El hilo de Ariadna (Buenos Aires). En noviembre de 2018, Penguin Random House ha recuperado dicha traducción y ha lanzado en España este atractivo volumen conformado por tres cuentos que no viven del cuento, sino de una profunda reflexión sobre quiénes demonios somos, cómo diantres nos enfrentamos a la obsolescencia y qué rayos ocurre cuando tanto la pluma como nuestro idioma se nos rebelan. El tercer relato, “Él y su hombre” es el discurso que J. M. Coetzee pronunció cuando recogió, en 2003, el Premio Nobel de Literatura: una excepcional muestra de una escritura cristalina y lacerante (de vidrios rotos) tan suya, tan única.

En “Una casa en España”, J. M. Coetzee cumple con aquello de que “somos lo que leemos”, aunque le aporta a esta frase tan manida una inteligente vuelta de tuerca: somos quienes leemos (no solo leemos personajes: devoramos autores agazapados tras sus personajes). “He leído Don Quijote, la novela más importante de todos los tiempos, una y otra vez, como debe hacer todo novelista serio, porque contiene infinitas lecciones” (El País, 30/11/2002). Bien mirado, o literariamente mirado, algo tiene J. M. Coetzee de don Quijote. A saber: su enjuta figura, su barba canosa, su devoción por la lectura y su lucha frente a los aspavientos de algunos gigantes (llámense, en el caso del Premio Nobel surafricano, el idioma inglés, el imperialismo estadounidense o la ganadería industrial, por poner solo tres ejemplos).

“Una casa en España”, el primero de los relatos de Tres cuentos, rezuma punzante nostalgia. Está escrito en tercera persona con constantes injerencias del narrador (¿o será el autor?): “Desde que era joven sintió cariño por España, la España del orgullo taciturno y las viejas formalidades”, la España quijotesca, de las ínsulas y de su Dulcinea universal, precisamente porque nació en El Toboso.

El relato lo protagoniza un escritor al que le irrita sobremanera el uso indolente del lenguaje. En las primeras líneas del cuento, se cuestiona nuevas expresiones del tipo “nos enamoramos de la casa”. “¿Cómo es posible enamorarme de una casa si la casa no puede retribuir el amor?”, se pregunta. Este personaje (“en los cincuenta: si no en la recta final, acercándose a la curva que lleva a esa recta”) se compró una propiedad en Cataluña. No la ama, pero la ha integrado a su vida en “una forma de matrimonio entre un hombre que envejece y una casa ya no joven”. El habitante se funde con lo habitado, como ocurre en la obra maestra de Billy Wilder, El crepúsculo de los dioses. Las residencias decadentes son hiedras, o telas de araña, que cubren los cuerpos mientras caen. Entre estas paredes, remozadas por los nuevos inquilinos, pululan historias añejas (“Si creyera al agente, fue construida en el siglo XIII”) y, a la vez, cercanas. ¿Quiénes la habitaron? ¿Quién fue el anterior esposo de esta casa, ahora suya y silenciosa? “Si tuviera fotos, las colgaría de las paredes: parejas adustas con traje oscuro de domingo y los hijos agachados a los pies, sumisos como conejos. “¿Por qué? ¿Por qué recordar a gente que no ha conocido? Por una buena razón. Cuando su tiempo se haya agotado, no quiere que lo olviden por completo”.

En las escasas dieciséis páginas del relato, desfilan el desarraigo, el olvido, la memoria y el lenguaje, cuatro de las piezas fundamentales del “puzzle” literario de este don Quijote surafricano.

“Una casa en España” es mucho más que una propiedad física o la alegoría del extraño matrimonio entre un viejo escritor y su residencia. Los cimientos del lenguaje, esa casa del ser, se tambalean. El autor no está cómodo con su idioma: se produce un extrañamiento que va más allá de lo literario y se traduce en rebeldía. En mayo de 2018, J. M. Coetzee presentó en Madrid sus Siete cuentos morales (coeditado por Penguin Random House y El hilo de Ariadna), todo un acontecimiento editorial debido a una decisión insólita por parte del autor: el libro apareció primero en español y, después, en su versión original, la inglesa. “No me identifico ya con el inglés”, explicó J. M. Coetzee en Madrid. Y agregó: “Todo el mundo parece entusiasmado con la globalización del idioma, pero no se dan cuenta de lo que supone. Un idioma da una visión de la cultura en la que nace. Lo que el inglés implica, no me interesa”.

En un pie de página –en ese confín del folio donde, a veces, se esconden las cuestiones más interesantes–, el traductor nos explica que Nietveloren no es solo el nombre de una granja, o la denominación de origen de un vino, Nietveloren, en afrikáans, significa “no perdido”. He aquí una de las sutiles ironías lingüísticas de J. M. Coetzee. El título reniega del contenido del relato. El narrador nos describe las sensaciones de un hombre que regresa a la tierra de su infancia, al Karoo –meseta semidesértica ubicada en el sur de Sudáfrica–. De niño, aquella tierra, aquella granja, le parecía un terreno mágico (“adonde las hadas iban a bailar de noche”). Cuando creció, y dejó de creer en seres encantados, su padre le mostró la verdad de la granja: “Ahí trillaban el trigo en otros tiempos”. El narrador, su personaje, el propio Coetzee, se pierde no solo por los recovecos del tiempo pasado, sino por las resonancias del idioma: “trillar” suena a “tunda”; “tunda” le remite a “revoltoso” (“otra palabra que lo hace retroceder”); “trillar” es “zarandear”, se zarandea el trigo, pero… ¿Cuándo hubo trigo que atar en gavillas? Mascullamos los fracasos: perdemos palabras y sustancia, el proceso y el pan. La Gran Sequía acabó con la vida productiva del Karoo. Se mezclaron vocablos y personas en los suburbios: “¿Era realmente mejor que familias que en otros tiempos habían vivido de la tierra gracias al sudor de la frente debieran pudrirse ahora en las ventosas barriadas de Ciudad del Cabo? ¿No podía uno imaginar una historia diferente en la cual se recuperase el Karoo, sus hijos e hijas se reunieran y volviese a labrarse la tierra?”.

Aquel niño, convertido ya en hombre, regresa a esta tierra con unos amigos estadounidenses. Nietveloren pretende ser una granja de las de antaño, pero, en realidad, se ha transformado en “una burbuja de tiempo, parques temáticos”. Estas tierras, como tantas otras del planeta, se prostituyen para sobrevivir. El poderoso señor don Dinero aparece rebautizado como el sibilino señor don Turismo. “La amargura del amor derrotado. Yo estaba enamorado de esta tierra. Después cayó en manos de los empresarios, que la maquillaron, la hicieron un lifting y la pusieron en el mercado. En Sudáfrica no tienen otro futuro que este, nos dijeron: ser los camareros y las putas del resto del mundo”. “Nietveloren” representa el desencanto de J. M. Coetzee en estado puro.

“Él y su hombre” es un discurso que es un relato y, además, una declaración de principios sobre la literatura como un juego, despiadado a ratos, en el que gana quien se brinca las fronteras. La Academia sueca temió que J. M. Coetzee, tan poco dado a las presentaciones públicas, a las entrevistas y a toda la parafernalia en torno al acto de escribir, se rehusara a viajar a Estocolmo para recibir su Premio Nobel de literatura. Sin embargo, no solo acudió, sino que previamente había escrito y en ese día leyó “Él y su hombre”, una joya finamente tallada, que nos remite a Foe, su novela, de 1986, en la que se entrecruza una narradora náufraga, Susan Barton; el propio Robinson, Viernes y Daniel Defoe, el ladrón de historias.

Tres lustros después de Foe, nuestro escritor retomó la figura escindida, aunque soldada por la precisión de su pluma, de Robinson/Defoe o, lo que es lo mismo, llevó a Estocolmo una profunda reflexión sobre las fronteras entre la realidad y la ficción; entre los caminos polvorientos y las líneas de un libro que describen los caminos polvorientos.

En Estocolmo, J. M. Coetzee apareció más don Quijote que nunca. ¿O sería más correcto decir más Cervantes? “¿Cómo figurar a este hombre y a él? ¿Como amo y esclavo? ¿Como hermanos, hermanos gemelos? ¿Cómo camaradas de armas? ¿O como enemigos, adversarios?”. Aunque el título es “Él y su hombre” en el texto habla de su hombre y él: el orden de los factores no altera el producto de este juego de narradores y autores demediados. Al igual que en Foe, este hipotético relato –(¿por qué a un cuento se le llama cuento y no discurso?)– reflexiona sobre el oficio de escribir y sobre la horda de caníbales que caen no solo en las historias que los rodean (otras vidas), sino en los textos ajenos; esa horda de buitres alados que rapiñan argumentos, reproducen estructuras y mantienen géneros por los siglos de los siglos: “Pero ahora, a fuerza de reflexión, se le empieza a deslizar en el pecho un atisbo de camaradería con sus imitadores. Porque le parece que en el mundo hay apenas un puñado de historias; y que, si se prohíbe a los jóvenes alimentarse de las viejas, tendrán que quedarse en silencio para siempre”. Por otro lado, también es cierto que después de vivir en una isla uno sintió, y siente, que “en el mundo se hablaba demasiado”.

Ojalá los editores y el traductor de Tres cuentos repasen una vez más la edición para evitar algunos errores que cuestionan su excelente trabajo. Como ejemplo, esta frase de la página 69: “Tienen lagos, fuentes, estanques resguardados; y estanques resguardados…”. Las palabras de Coetzee son: “They have lakes, springs, open ponds and sheltered ponds”. Algo chirría al leerlo en español. En este caso, esa molesta repetición no se debe ni a él (el escritor) ni a su hombre (el narrador), sino a los otros, al amigo traductor y a sus secuaces, los correctores: la cuadrilla necesaria para proteger a la buena literatura.

 

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