Literatura

Hugo Wilcken, The Reflection, Melville House, New York, 2015, 240 pp.


Adriana Lozano

En una de las principales escenas de Double Take (2009), film de Johan Grimonprez y Tom McCarthy, se escucha, sobre una serie de imágenes en blanco y negro, la voz del narrador que sentencia: “They say that if you meet your double, you should kill him. Or that he will kill you. I can’t remember which, but the gist of it is that two of you is one too many. By the end of the script, one of you must die”. Se trata del personaje de Alfred Hitchcock, quien durante la película se enfrenta a una versión de sí mismo, un doble mayor, encuentro similar al que tuvo Borges en “El otro” o “Agosto 25, 1983”. Grimonprez y McCarthy presentan, a través del juego del doble, cómo la televisión, el cine y los medios se han convertido en el espejo, creador de dobles, de personajes históricos, ideologías o posturas políticas. Se trata de dobles que, a primera vista, no parecen serlo. Personas con apariencias diferentes, vidas opuestas, que, sin embargo, tienen un vínculo especial: están condenados a seguir el patrón del otro, o bien, son lados opuestos de un mismo concepto o personalidad que deben destruirse para adoptar una identidad completa.

     Hitchcock, a lo largo de su carrera, y Grimonprez en Double Take, presentan a sus respectivos espectadores verdades inestables, personalidades múltiples, identidades que están en constante transformación o distorsión y, sobre todo, un ambiente lleno de paranoia, causado, o inspirado, por las imágenes y manipulación de los medios y la televisión. De este mismo espacio creativo parece surgir Hugo Wilcken, quien en su segunda novela, The Reflection (2015), aborda de manera similar el tema del doble, la repetición de imágenes, muy habitual en la publicidad, la memoria y la actuación. La historia, ubicada en Nueva York en la década de los cuarenta, gira en torno a dos personajes en apariencia opuestos: David Manne, un psiquiatra que labora en Manhattan, y Stephen Smith, un trabajador con poca educación del oeste de Estados Unidos. Una serie de accidentes y malentendidos culmina con la hospitalización de Manne, quien es confundido por Smith, en un psiquiátrico. El médico se ve obligado a adoptar, para poder salir del hospital, la identidad de este desconocido. Estos dos individuos no son, sin embargo, entes independientes o separados; sus historias están entrelazadas y crean una estructura cíclica.

     Fuera del hospital Manne descubre que las relaciones y los recuerdos que ha ido inventando, para convencer a los doctores de su salud mental, son reales. El protagonista reflexiona: “Stories I’d made up in the hospital about Smith had seemingly taken on a life of their own” (p. 152). En las calles de Nueva York, es reconocido por amigos, compañeros e incluso por una ex pareja, como Smith. Es, además, cuando adopta la personalidad y las costumbres de este personaje que comprende y observa mejor a Manne; ambas identidades se convierten en herramientas para analizar el ‘yo’ y la ‘conciencia’. Se trata de una ironía que recuerda a Paul de Man y The Rhetoric of Temporality: “But this reflection is made possible only be the double structure of ironic language: the ironist invents a form of himself that is ‘mad’ but that does not know its own madness; he then proceeds to reflect on this madness thus objectified”. Es en el proceso de diferenciación y de desdoblamiento que Manne logra observar la manera en la que actuaba con sus pacientes, los artículos que escribió durante su carrera, la relación que mantuvo con su ex esposa, etcétera.

     Wilcken presenta, entonces, la construcción de la personalidad de un individuo en crisis. Es importante tomar en cuenta que la aparición de Smith ocurre horas después de que Manne descubre que su ex esposa acababa de fallecer. Es a partir de este momento que surgen frente a él las decisiones y los caminos que pudo haber tomado antes y después de su divorcio, pero que finalmente no hizo. “Manne was educated, a professional; Smith was a homeless man, with a history of mental instability and suicide attempts. But Manne had made choices that had remorselessly narrowed his horizons, until finally they’d vanished altogether. For Manne, there could be no real continuation, except in a sort of living death” (p. 103). Desde esta perspectiva Smith es la materialización, aunque presentada de manera misteriosa y no bien delineada, de un estilo de vida, de pensamiento y de comportamiento alterno o distinto. En cambio, David Manne, la identidad original del protagonista, se convierte, en algunos momentos, en un desconocido o en una sombra que, aunque proviene de su cuerpo y está ligado a éste, es externo a él.

     Smith y Manne no son, sin embargo, los únicos dobles en la novela. Como Hitchcock durante las introducciones que preparaba para Alfred Hitchcock Presents, y más tarde en comerciales para todo tipo de productos, las personas en The Reflection se multiplican y desdoblan a partir de la actuación y la publicidad. Manne encuentra una fotografía publicitaria de Mrs. Esterhazy, supuesta esposa de Smith. “There were other versions too, for different products, but all with the same shot —some in black and white, some with the husband or child cropped out, some with different color schemes. A half-dozen Mrs. Esterhazys smiled uncannily back at me” (p. 183). Lo mismo ocurre con su ex esposa, ya que aparece en anuncios y panorámicos en una forma y con una actitud que ya no existen, pero que se recrean incansablemente a través de la imagen. Estas fotografías, en sus diferentes formatos, no retratan una escena real, ni sincera; por el contrario, estas herramientas construyen, dentro de la novela, perspectivas, recuerdos y relaciones distorsionados y superficiales. Se establece, a través de la paranoia del protagonista y el uso de medios, una relación directa entre la imagen, la actuación y el doble.

     Manne observa a las personas a su alrededor y no puede evitar considerarlos actores, ni imaginarse las calles de la ciudad como parte de un extraño escenario. “New York seemed like a vast machine. A city-sized puppet show, the wires almost visible, flickering in the periphery of my vision” (p. 176). Lo rodea, constantemente, la sensación de estar en un ambiente falso y ensayado. Observa las diferentes máscaras o papeles que utiliza el ser humano para convivir, interactuar y trabajar. La cicatriz en su rostro, resultado del accidente que lo envió al hospital al inicio de la novela, facilita su conversión a Smith. Sale e interactúa con una nueva máscara, que le permite hacer, decir y actuar de maneras que nunca permitiría Manne. Sin embargo, al igual que las fotografías publicitarias y los medios, los espejos le devuelven una imagen distorsionada; el doble que crean, y con el que se identifica el personaje, no le permite reconocerse. Por este motivo, cuando observa, durante una tarde, a un hombre sentado junto a él, con ropa y expresiones que deberían ser familiares, no logra reconocerlo; lo mismo sucede con su vida, que sigue una clara estructura cíclica que, sin embargo, no logra aprehender ni examinar.

     Ante la confusión, los círculos en los que se mueve el protagonista y la paranoia que exhibe constantemente, es inevitable recordar sus palabras durante la introducción de su personaje: “The man to my left perched uncertainly on a stool nursing a whiskey, talking to an imaginary companion… His scarred face even reminded me of a former patient, one of my earliest. A curious fellow who, years after I’d stopped seeing him, had developed the delusion that he was really a psychiatrist, by the name of Dr. David Manne, with an office on Park Avenue” (p. 119). Una escena que cobra relevancia, cuando el protagonista vuelve a describir un espacio idéntico, pero desde una perspectiva opuesta a la original. “A smartly dressed man to my left stood stiffly by the bar, out of place as he stared into his beer glass. Despite his blank demeanor, I could tell from his eyes that he was in the grip of something, a huge emotion that he was barely containing. Perhaps he’d just been fired or something. His outward appearance vaguely reminded me of a colleague I’d once had, a man who’d killed himself following a personal tragedy” (p. 136). De esta manera, los hilos conductores que presenta Manne llegan a ser callejones sin salida y orillan al lector a sospechar de la veracidad del narrador.

     Inspirada en el cine y la literatura noir, que se caracterizan por giros narrativos sorpresivos, finales abiertos y cierto grado de fatalidad, la novela cambia de identidad tantas veces como lo hace el protagonista. En un principio, la narración parece construir una historia de robo de identidad, después la de un elaborado complot cuyo propósito es desaparecer, por algún motivo desconocido, a un psiquiatra de Nueva York. Independientemente, al final de la novela Manne se encuentra en la situación descrita por el personaje de Hitchcock en Double Take. Al igual que este, se enfrenta a su doble y debe tomar una decisión. Sus acciones, como ocurrió con la película de Grimonprez y McCarthy, lo regresan al punto de partida. Wilcken estructura la historia para que sea el lector quien decida qué línea narrativa, a pesar de ser ambas un reflejo deformado de la anterior, es la verdadera.

 

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