Literatura

Agustín Fernández Mallo, Teoría general de la basura (cultura, apropiación, complejidad), Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2018, 458 pp.


Isaac García Guerrero

¿Son las manifestaciones de la literatura y el arte contemporáneo diferentes de las que se hacían décadas atrás? ¿Son la concepción de su objeto, la manera en que este se representa y estudia, la forma en la que se le permite expresarse, substancialmente distintas de lo que conocíamos hasta este momento? Parece ser que sí. El arte hoy es una apropiación de lo ya existente, y la literatura una renovación de la palabra ya dicha. Estamos, pues, ante una optimización de la realidad que nos permite conocerla e interaccionar con ella. De hecho, tanto Jorge Luis Borges y W. G. Sebald como Marcel Duchamp y Paloma Blanco son autores que actualizan lo apropiado al crear organismos culturales que se autorregulan e interaccionan con el exterior. Pero, ante todo, las obras de hoy surgen de las ruinas del pasado, de los ecos que, como Pink Floyd en Pompeya, establecen una continuidad en el tiempo a través de redes tejidas con referencias cruzadas. Desde este paradigma, la docuficción es, sobre todas las demás formas de expresión, el medio que concibe las obras más complejas y densas, el medio compositivo que mejor representa lo que ha venido tras la posmodernidad.

Estos y otros son los temas que Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967) trata en su último ensayo. Un texto que no se aleja de lo que presenta en su obra novelística previa. Si en su monumental trilogía novelística —Proyecto Nocilla (2006, 2008, 2009)— insertaba textos del matemático Anthony S. Acampora junto con los de críticos cinematográficos como Daniel Arijon, narraciones literarias y definiciones como la de “punto de acumulación” para renegociar el sentido de la narración; ahora el autor —por el camino del ensayo— se adentra en distintas prácticas apropiativas para ofrecer una poética alternativa que profundiza en la interconexión entre el arte y la ciencia. Ahora bien, lo que en su obra narrativa constituye una práctica artística, aquí se transforma en razonamiento de las teorías que sustentan el universo creativo actual. Por ello, por correlación, esta es la exposición de la lógica que rige su vanguardia textual: el descosido, el envés, la prueba de la fórmula que sostiene un universo de interconexiones que elevan a infinito un universo comunicativo.

Pero Teoría general de la basura va mucho más allá de la propia práctica textual de Fernández Mallo. Como él mismo argumenta, las formas artísticas de los últimos dos siglos ya han sido superadas. Ya no tiene sentido hablar de modernidad o de posmodernidad, mucho menos de practicar un tipo de arte realista en un sentido convencional. A juicio del autor, las antiguas formas de expresión que buscaban imitar lo que comúnmente ha sido entendido por realidad, sustentadas en el ejercicio de jerarquización del ser —ora humanos, ora no humanos—, han sido superadas en favor de una conexión en red. De la multiplicidad de conexiones existentes en cada momento surge un nuevo tipo de relación en la obra artística que, además de reflejar lo real tal cual es, da preeminencia a elementos ­—una roca de madera, la trayectoria de navegación de un barco a la deriva o un parche de césped— que tradicionalmente eran ignorados o estaban supeditados a la agencia humana. Así, tanto la manipulación de la realidad que hacía la modernidad en la estetización de lo abyecto como el embellecimiento que construía la posmodernidad quedan superados, como ahora veremos, en la opción que este ensayo propone.

La práctica de esta nueva estética, de esta nueva combinación y lectura de las entidades que componen lo real, tiene como objetivo ofrecer una representación en escala 1:1. Para ello, sustenta su aproximación en una producción filosófica que va desde Gilles Deleuze y Félix Guattari a la teoría de ensamblaje de Manuel DeLanda. Estas teorías sobre la interrelación de fenómenos, además, alimentan el razonamiento de Mallo a partir de la formulación decolonial de autores como Michel Foucault o Jacques Derrida. Desde esta perspectiva, el pensamiento ordenador que surge de la Ilustración, y que tiene al sujeto libre europeo como medida, se viene abajo, no solo en el pensamiento literario, sino también en toda práctica artística. Por ello, el acto de pegar un astronauta de postal al interfono de un apartamento y la apropiación de los personajes del videojuego Second Life pueden ser considerados arte. Estas intervenciones muestran cómo el arte de hoy ha desbordado los límites tradicionales del mármol y el lienzo en pos de lo que el autor presenta como “una realidad más real”. Una realidad que, liberada de jerarquías colonialistas, puede expresarse más allá de categorías esencialistas. Hoy, a través de prácticas de realimentación, apropiación o reciclaje de escombros del pasado, pueden surgir obras en conexión que poetizan al mismo tiempo que problematizan la realidad de la que emanan. Es este, visto de este modo, un arte que va más allá de las fronteras de la Ilustración.

“Nunca hemos sido modernos” proclama el famoso dictum de Bruno Latour del que Teoría general de la basura se hace eco. Pero cabría preguntarse qué es la Modernidad. Para Fernández Mallo, como él mismo explicita en su análisis de la publicidad tribal de Doritos, nunca hemos sido modernos porque las viejas mitologías siguen poblando nuestro imaginario, nuestra forma de codificar la realidad y relacionarnos con lo desconocido. Quizá, desde esta perspectiva, la última frontera del conocimiento y expresión humanos sea precisamente la de acercarse lo más posible a ese mito de la modernidad, pero sin nunca conseguir alcanzarlo. Pues, como en un juego de espejos, cada depuración de una mitología se sustenta en otra que amenaza multiplicar el proceso hasta el infinito.

 

Y es verdad, porque Mallo, sin quererlo, también nos confirma en su argumentación que nunca hemos sido modernos y que, de hecho, tal vez nunca lleguemos a serlo. Y esto es así porque, al afirmar la capacidad intelectual del hombre de Cro-Magnon y su sofisticación artística al comienzo de su ensayo, el autor desmonta la mitología moderna que presupone que el hombre contemporáneo es el resultado de un estadio evolutivo superior al de los humanos del pasado. Sin embargo, al mismo tiempo y paradójicamente, no termina de escaparse de otra de aquellas mitologías modernas. Y es que su razonamiento emana y se sustenta en una marea de teoremas, fórmulas y gráficas que posibilitan y sostienen la lógica de su argumento; pero como sabemos — por la obra seminal de Bruno Latour y Steve Woolgar, La vida en el laboratorio (1979)—, la construcción de la lógica científica no es más que una narrativa elaborada que da coherencia a los hechos tal como los entendemos o conocemos. Desde su lectura, estos son el resultado de convenciones que responden, entre otras cosas, a costumbres, prestigios ganados y condicionamientos jerárquicos. De hecho, la inseguridad pronominal con la que el autor se mueve en su exposición entre el yo y el plural mayestático, esa especie de voz alcanforada de presidente de la Real Academia Española amonestando a los usuarios de la lengua, corrobora que ciertas jerarquías y mitologías siguen provocando desasosiego a la Razón.

No hay tiempo sin giro copernicano, ni tradición literaria sin poética propia. Si Lorca y compañía orinaron en los muros de la academia en desprecio por lo “putrefacto”, o quienes los preceden se jactaron de “Gente nueva”, resulta natural que la generación de Fernández Mallo aspire a protagonizar su propia revolución. Los materiales, las teorías científicas, la imbricación no jerárquica de sus componentes y, sobre todo, la reutilización abierta de mensajes del pasado se dirigen a romper el criterio y autoridad academicistas de los departamentos universitarios. Pero quién sabe… solo el tiempo podrá decir hasta dónde habrá de llegar la poética que nos propone Teoría general de la basura. Mientras tanto, bien merece la pena entregarse al conocimiento estético que propone su autor.

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