Literatura

Neal Stephenson, Seveneves, William Morrow, New York, 2015, 880 pp.


Ana Isabel Hibert

“La luna explotó sin aviso y sin razón aparente.” El comienzo de Seveneves, de Neal Stephenson, es contundente. A partir de esta premisa cuya aparente sencillez desorienta al lector, Stephenson se embarca en una oda al ingenio humano, a la belleza de la tecnología y al progreso que ha construido en los últimos cincuenta años, desde que el primer hombre puso un pie sobre la luna. Como en la mayoría de las novelas de Stephenson, el aspecto humano (aunque increíblemente desarrollado) se vuelve secundario frente al verdadero protagonista de la novela: la tecnología espacial.

     Ya en Anathem, Stephenson exploraba la aventura de llegar al espacio exterior: en ella se podía atisbar la fascinación que ejerce el tema sobre el autor, así como el enorme potencial que el espacio exterior podría tener en una imaginación como la suya. Seveneves logra realizar este potencial de forma magistral: el espacio es a la vez protagonista, antagonista y escenario de la novela. Las leyes de la física cambian fuera de la atmósfera y el autor aprovecha esta característica para contar una historia cuya espacialidad es única. El fin del mundo, más que el enfoque de la novela, es la excusa que utiliza Stephenson para deshacerse de todas las dificultades burocráticas y presupuestales que impiden la realización de la promesa tecnológica que empezó con el primer hombre en el espacio.

     Seveneves es, en realidad, dos novelas radicalmente distintas que han sido reunidas en un solo volumen. Las primeras dos partes de la novela constituyen una historia apocalíptica: la tierra está a punto de ser destruida por causas naturales, impredecibles e inevitables. El final de la novela es la realización de todas las promesas generadas a lo largo del texto, un salto extraño e inexplicable en el tiempo que, como la explosión de la luna, deshace de un plumazo las dificultades y los obstáculos que impiden el avance de la humanidad y la tecnología que se ha vuelto parte esencial de la sociedad.

    La primera y segunda parte de Seveneves evitan el romanticismo al retratar la tecnología espacial con la que contamos actualmente. Como ya se ha mencionado, es personaje por derecho propio; tiene defectos de carácter que la hacen más interesante y la llevan a desarrollar el conflicto de la historia: aunque increíblemente avanzada, es endeble, improvisada, es susceptible a errores y se desmorona a la menor provocación de los peligros a los que se enfrenta cualquier proyecto humano en el espacio. A diferencia de otras novelas de ciencia ficción en la que el hombre ha conquistado el espacio, los intentos de supervivencia en Seveneves nos recuerdan lo que debieron haber experimentado los primeros colonizadores al llegar a América o África: un ambiente hostil, peligroso, desconocido. Los protagonistas se aferran a la vida en un espacio tan inclemente que parece diezmarlos cada pocas páginas.

     En la tercera parte, la novela pierde cierta originalidad al convertirse en una historia clásica, cliché, de ciencia ficción. El ser humano, dividido en razas bien definidas, fácilmente identificables y con personalidad genéticamente predefinida, ha conquistado al espacio y la gravedad cero es tan familiar como la gravedad terrestre. Esta última parte nos recuerda un poco a La era del diamante, publicada por Stephenson en 1995, con las promesas de una tecnología tan alcanzable como increíblemente fantástica que transforma fundamentalmente a la sociedad que la crea. Una de las grandes fortalezas de Stephenson como autor de ciencia ficción es que toma tecnologías que tenemos casi al alcance y las lleva a sus últimas consecuencias. Sus obras no se basan en tecnologías misteriosas, cuyas vagas descripciones esconden la fantasía de su origen. Al contrario, Stephenson se regodea en las descripciones minuciosas, en los detalles técnicos que anclan su existencia en lo posible sin importar qué tan fantástico suenen: péndulos gigantescos estirándose desde la órbita terrestre hasta la superficie del planeta, utilizando ciudades enteras como contrapeso; aeroplanos personales que se amoldan a la forma del cuerpo; elevadores espaciales.

     Así, en contraste con las primeras dos partes de Seveneves, que muestran un realismo crudo, la última parte de la novela parece casi fantástica hasta el punto de que parecería que se están leyendo dos novelas distintas. Debo confesar que, al principio, este salto temático tan marcado y tan imprevisto me pareció poco afortunado. Del furor apocalíptico de la primera parte y la desesperada carrera contra la naturaleza de la segunda, al triunfo de la tecnología en la tercera, hay un gran trecho, y en ocasiones parece que Stephenson no supiera hacer la transición o preparar a sus lectores para apreciarla debidamente. Esta última parte, además de diferir en tema y esencia con el resto de la novela, se siente incompleta al llegar a un final abrupto. Esto no es nuevo: Stephenson parece preferir los finales abiertos, más como un potencial o una promesa de continuidad que como un final que cierre de tajo con el ciclo narrado en la novela.

     Hasta ahora he hablado casi exclusivamente de la tecnología, y tratándose de una novela de Stephenson, no es de sorprender. Sin embargo, esto no quiere decir que al resto de la novela le falte desarrollo o que los personajes sean poco interesantes. Pese a la apocalíptica crisis que sufren en la novela, los personajes siguen siendo dolorosamente humanos y siguen adelante a pesar de sus propias debilidades. A los increíbles actos de heroísmo que contiene la novela se contraponen momentos de egoísmo absoluto y destructivo. Seveneves incluye lo mejor y lo peor de la raza humana: la lucha por la supervivencia, los fuertes lazos de cooperación que difuminan las diferencias de edad, credo, raza o nacionalidad cuando es necesario afrontar un reto y, al mismo tiempo, la incertidumbre, el egoísmo, las eternas discusiones y las malas decisiones que se toman en momentos de terror. Los personajes de Seveneves no son seres racionales, aunque entre ellos se encuentran las mentes científicas más grandes de la humanidad, sino seres a la deriva en un mundo que no conocen. Encerrados en sus latas de aluminio, flotando a velocidades vertiginosas, a cientos de kilómetros sobre la superficie, parecen más ratas de laboratorio que héroes.

     Seveneves es, a la vez, una lección de física y una exploración dentro del corazón humano. En la actualidad, una es virtualmente inseparable de la otra: vivimos y respiramos tecnología a cada momento; la utilizamos para comunicarnos, transportarnos, resguardar nuestros alimentos, entretenernos, vestirnos, conocernos, crear, destruir, vivir, morir… Hoy  la tecnología se ha vuelto ubicua y eso la ha hecho desaparecer de nuestro consciente colectivo. En cualquier momento, hay entre cinco y ocho personas en órbita alrededor de la tierra, pero hace tiempo que ese milagro dejó de sorprendernos. Nuestra situación actual recuerda al poco entusiasmo que generaron las misiones Apolo a lo largo de los setenta: después del primer viaje a la luna, los viajes subsecuentes perdieron su novedad.

     En este sentido, Stephenson logra recuperar el sentimiento sobrecogedor que debió haber causado el cruzar el estrecho de Bering, el tocar por primera vez tierra en el nuevo mundo, la exploración de junglas vírgenes, el primer hombre pisando la luna, o el primer viaje exitoso al espacio exterior. Seveneves toma el mundo y lo sacude para arrancarle lo ordinario a nuestra realidad y revelar el potencial que tenemos como especie. Más allá del trasfondo trágico de la novela, Seveneves es una promesa: una exploración del potencial tecnológico y humano con el que contamos y que nos permite no solo definir nuestra realidad, sino desafiarla.

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