Cine

Céline Sciamma, Retrato de una mujer en llamas, Francia, 2019.


Jorge Luis Flores

Si tuviera que condensar Retrato de una mujer en llamas en una sola palabra, esa sería “delicadeza”. No sé si es mala memoria, o si la impresión ha sido tan honda que me ha borrado el recuerdo, pero siento que son muchos los años desde que una película me hizo sentir, no cautivado por una historia de amor, sino genuinamente enamorado.

Céline Sciamma, autora de la trilogía Naissance des pieuvres, Tomboy y Bande de filles, pasa con Retrato de la Francia del siglo XXI a la Bretaña del siglo XVIII, del realismo social a una obra de época con destellos de ensoñación, y de una historia de formación a la madurez (en más de un sentido).

Marianne (Noémie Merlant) desembarca en una isla de Bretaña para cumplir una tarea singular: una condesa (Valeria Golino) la ha contratado para pintar a su hija, Héloïse (Adèle Haenel), sin que ella sospeche que está siendo pintada. ¿La razón? Una vez terminado, el retrato se enviará a un noble milanés para que este decida si quiere o no desposar a la joven. Pero Héloïse no desea casarse y ya ha saboteado el intento previo de otro pintor. Marianne deberá fingir que ha sido contratada como dama de compañía, seguir a Héloïse en sus paseos diarios por la pradera y la playa, hablar con ella, y en secreto estudiarla.

“Primero mis contornos; mi silueta”, instruye Marianne a su clase de pintura, pero estos preceptos técnicos no le sirven de salvavidas con Héloïse. La pintora observa con ojo clínico a su sujeto; las curvas de la oreja, la forma de los labios, el preciso tono de verde del iris, la posición que adoptan las manos en descanso, y por las noches se dedica a reproducir lo que ha visto. Mas no le quedan solo los contornos, no únicamente la silueta. La imagen de Héloïse sobrevive y crece en ella, la perturba, le atenaza la mano con que no consigue capturarla. Sin que ella misma pueda precisar cuándo, en algún punto sus miradas cambian de signo. Y lo que es más: ella no es la única que ha estado mirando.

“Tómense el tiempo de mirarme”, es una de las primeras líneas que se dicen en la película. Es esa la clave de Retrato: la mirada. La mirada como punto de fuga y de fin. La mirada como único mensajero capaz de sortear las torpezas del lenguaje y la maraña de la conciencia. La escasez de diálogo deja sitio para una exuberancia de emoción alimentada principalmente por los ojos; ojos que se demoran, que contemplan, que se evaden o se encuentran. Sciamma coordina meticulosamente una danza entre las miradas de Merlant, de Haenel y el lente de su cámara… y qué miradas elocuentes y qué cámara precisa.

La mirada que aquí nos subyuga es, además, la mirada femenina. Ahí donde Abdellatif Kechiche necesitó más de diez minutos de sexo acrobático para subir la temperatura de La vie d’Adèle, Sciamma opta por un camino más próximo al de Carol de Todd Haynes: susurros y suspiros, roces, pulsos elevados, labios entreabiertos y, para el momento en que algo sucede, el erotismo quema (al menos en una ocasión literalmente).

La atmósfera está cargada desde un inicio y la directora de fotografía, Claire Mathon, ha hecho un trabajo notable para comunicarlo, porque su playa tiene a veces la sensualidad de un Sorolla, a veces la amenaza de un Caspar David Friedrich (véase su cuadro Monje a la orilla del mar); y sus escenas nocturnas a la luz de las velas tienen toda la serenidad y el dramatismo de Georges de La Tour.

La única pieza instrumental en la película también nos habla del temporal que viene. Se trata de El Verano de Vivaldi, que Marianne toca para Héloïse en un desvencijado clavicordio y, mientras lo toca, lo narra: “Cuenta la historia de una tormenta que se eleva. Y de los insectos que la sienten. Y la tempestad que estalla con relámpagos y viento”.

Retrato no se limita, sin embargo, a la historia de sus dos protagonistas. En un año rebosante de excelentes películas sobre mujeres dirigidas por mujeres (Booksmart, Hustlers, The Nightingale, The Souvenir, Rocks, Atlantics, Little Women), me parece que Retrato logra decir más que ninguna otra y lo logra sencillamente con una profunda empatía hacia sus personajes y una honestidad y ligereza rara vez vistas en el cine cuando se trata la experiencia femenina, la de entonces y la de ahora, la cotidiana y la limítrofe. Una noche, Marianne no puede dormir porque tiene cólicos; la condesa habla melancólica de su juventud en Milán, de donde fue sacada para casarse con un noble francés, justo como ahora ella se ve forzada a repetir el ritual con su hija; la estoica mucama, Sophie, interpretada fabulosamente por Luàna Bajrami, está embarazada y no quiere tener al bebé, así que acude a Marianne y Héloïse por ayuda. Esta última subtrama en particular es manejada con gran naturalidad y dulzura.

Sin adoptar jamás un tono didáctico o propagandista, Retrato es una película feminista. En algún momento Héloïse pregunta a Marianne si pinta también desnudos. Marianne explica que sí, pero no masculinos pues no le está permitido. “¿Es una cuestión de pudor?”, inquiere Héloïse. “No”, responde Marianne: “Es más bien para evitar que hagamos gran pintura. Sin una noción de la anatomía masculina, todos los grandes temas nos escapan”. La crítica es doble. Por un lado muestra cómo las mujeres siempre han sido mantenidas en los márgenes del arte, pero el hecho de que todos los grandes temas sean protagonizados por hombres, muestra cómo las mujeres también han sido mantenidas en los márgenes de la historia. “Pero lo hago a escondidas”, declara Marianne sonriendo. Las mujeres aquí se saben sujetas a muchas ataduras, pero encuentran sitio para reír, para jugar, para crear. Sciamma enfatiza la capacidad creadora de las mujeres cuando interpola los avances de Marianne en el lienzo con los avances de Sophie en un bordado.

Apropiadamente, los primeros cuadros de la película son lienzos en blanco siendo surcados por trazos tentativos. Este será un leitmotiv visual que se repetirá esporádicamente. Algo va tomando forma, pero algo también se escapa. Como en el amor, como en la creación, hay una constante sensación de pérdida y reencuentro, hasta que de súbito la imagen se condensa. Así construye Sciamma esta historia, así conduce a sus dos protagonistas y así nos guía a nosotros. Es esa una de las grandes conquistas de esta película: no solo cuenta magistralmente una historia de amor, sino que en la misma forma de narrar reproduce el sendero equívoco, evanescente, sobrecogedor del enamoramiento y al tiempo explora los túneles que unen al deseo, la pasión y el amor con la creación artística. “¿Todos los que aman creen estar inventando algo nuevo?”, preguntará Héloïse a Marianne.

Al centro del filme se discute el mito de Orfeo y Eurídice. Sophie se enfurece con Orfeo por haber volteado a ver a Eurídice, devolviéndola así a la muerte; Héloïse lo defiende asegurando que, desbordado por amor, no pudo evitarlo; mientras que Marianne piensa que fue una decisión: “Eligió la memoria. Eligió el camino del poeta y no el del amante”.

La verdad, como suele suceder, está en algún lugar en el medio. Elegir la memoria es a veces elegir el amor. Capturar un momento de asombro y de verdad, y preservarlo para volver a vivirlo en el recuerdo es tal vez la única forma de eternidad. ¿No es también ese el deseo de la pintura, del cine, del arte en general?

Sciamma reescribe el mito. Héloïse dice: “Tal vez fue Eurídice quien lo pidió: vuélvete y mírame”. Las últimas miradas son siempre para siempre.

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