Literatura

Paulina Flores, Qué vergüenza, Seix-Barral, Barcelona, 2016, 202 pp.


Frida Conn

La chilena Paulina Flores (1988) hace de su debut, Qué vergüenza, un homenaje a la singularidad de lo cotidiano: al agobio de la vida en ciudad, al abatimiento de la clase media, a la fragilidad de la inocencia, al calvario del desempleo. Con crudeza, la autora nos arrastra por el Chile clase mediero de los nostálgicos noventas en escenarios donde el hijo de vecino puede alzar su voz para denunciar, a quien lo escuche, las iniquidades de una vida ramplona. Así, en este recorrido que cruza de Talcahuano a Ñuñoa y luego a Conchalí, la autora emprende un peregrinar que testimonia el tránsito de la infancia al mundo adulto y el, diríase forzoso, regreso a ésta.

     El episodio que inaugura esta colección de relatos lleva el título homónimo del libro. La historia, que le valió el Premio Roberto Bolaño, explora la relación entre una hija que idealiza a un padre incapaz de ver otra cosa que su propio fracaso. Simona, de nueve años, se adjudica la solemne tarea de ayudar a Alejandro a encontrar empleo. A cambio de su devoción, la niña recibe el cariño afectuoso e impersonal del compañero de juegos que un día está y otro no. Y es que, sin trabajo, Alejandro lidia con la imposición de interpretar un nuevo rol: el de papá. Acompañado por Simona y Pía (hija menor), acude a un casting para probar suerte. Pese a todo pronóstico, la oferta de trabajo llega, pero no es para él: “no tiene de qué preocuparse, sus hijas son preciosas. Les van a encantar a las marcas. Tienen… tienen la expresión que necesitamos”. La desesperación de una y la humillación del otro son palpables. El rechazo termina por derrumbar el sobajado ánimo de Alejandro, a la par que Simona es tragada por la culpa: “¡Qué vergüenza!, dijo una vez más y volvió el rostro hacia Simona. La miró directo a los ojos… y ella le mantuvo la mirada y por fin pudo ver el desprecio de su padre… Había cometido un error terrible. Había avergonzado a su padre, y él nunca la perdonaría”.

     El universo de Flores está dominado por la visión de niños que anhelan ser adultos; niños receptivos y lúcidos, pero profundamente inocentes. Esa ingenuidad hace sentir a Simona que el mundo se viene abajo con una mirada. Comprende –quizá mejor que el mismo Alejandro– lo que sucede, y aun así no consigue vislumbrar el panorama en su totalidad. El momento de decepción se cristaliza y el amor de su padre le es arrebatado.

     En “Teresa”, el erotismo y la ingenuidad se funden en un encuentro casual: “Ella siguió mirando, con algo de descaro, pero también con tranquilidad. Porque no iba a pasar de ahí. Se lo tomaba como un juego, un duelo con pistolas de agua… Los mensajes, miles de botellas flotando. Tan común y a la vez tan excitante”. Teresa, cigarro en mano, disfruta coqueteando con el treintañero que pasea a su hija en bicicleta. Teresa, quien cree que su independencia y libertad de mujer las mide el largo de su vestido. A Teresa no le va ser seductora; un pequeño empujón de Bruno basta para que ella ceda, voluntariosa. El retorno a la infancia es un leitmotiv en Qué vergüenza. La hija de Bruno, además del pretexto de Teresa para acercarse al hombre, es un recurso de Flores para subir a su protagonista al tren de la memoria. Es necesario señalar que no se trata de mejores o peores tiempos, solo de anteriores. Tampoco hay que confundirse, estos personajes no viven en el pasado, más bien están conscientes de la deuda que tienen con él. Cuando Claudia ve a la niña perdida en el baño, recuerda la primera vez que se convirtió en otra, en Teresa. Ve su reflejo en el vestido blanco y los ojos grandes, desea ser una niña y escapar. Lo inevitable sucede: caricias, sexo y silencio, todo pasa de manera anticlimática. De “Teresa” se rescata un desenlace, en el mejor de los casos, ambiguo. Antes de salir del departamento, la mujer intercambia una mirada con la hija de Bruno, toma su mano y cruzan la puerta. Solo queda preguntarse si el deseo de Claudia era algo mucho menos trivial que la carne; o, al menos, no tan poderoso como la necesidad de aprobación y compañía o la ilusión de recuperar una libertad menguada por su condición de adulta.

     La sexualidad es otra de las inquietudes que marca los relatos de Flores. El sexo nacido de la curiosidad más que del deseo, como expresión de una carencia –así pasa en “Olvidar a Freddy”–. En un espectro que dista bastante de la relación consensuada entre dos adultos aburridos, llega “Laika”. Este cuento oscila entre la anécdota de un abuso de pedofilia y la narración, casi dulce –obviando las circunstancias reales– del despertar sexual de una niña. A Josefa la levanta Fede una noche, convenciéndola de acompañarlo a la playa para ver ovnis. Conforme se desarrolla el relato somos testigos de la relación abusiva entre la pequeña y el muchacho de unos 16 años: “A esas horas de la madrugada la playa estaba desierta. Fede dijo que para lograr un avistamiento tendrían que alejarse lo más posible de la civilización”. Josefa se moja los calzones si le hacen cosquillas, llora porque no sabe dibujar estrellas y cree que cuando muera Dios va a explicarle por qué la piel de Michael Jackson cambió de color, los dinosaurios se extinguieron y Rasputín sobrevivió al veneno. Fede quiere estudiar astrología, es argentino y un pederasta “loco por vos”, le dice a la niña. Si este no fuera el caso, “Laika” podría pasar por una historia tierna sobre la exploración infantil de la sexualidad, después de todo es la voz de Josefa quien lleva el compás: “Caminaron hacia el mar tomados de la mano. Y Josefa pensó que eran como el Adán y Eva de su Biblia infantil… Mientras caminaba volvió la cabeza y contempló sus pisadas… Ambas se borrarían dentro de poco y volverían a formar parte de la playa. Cuando Josefa las vio, supo que todo lo que vivía con Fede era real”. Pero sí es el caso. La percepción ingenua de Josefa no cambia el hecho de que Fede, con su pene “implacable, como el palo de escoba con que su mamá limpiaba los ciruelos del patio”, haya abusado de una menor de edad.

     Dejando de lado las descripciones ingeniosas sobre miembros masculinos, viene “Talcahuano”, una especie de coming of age chileno de adolescentes ninjas y uno de los relatos mejor logrados de la colección. El año es 1997 y el narrador tiene 13 años: “Vivíamos en una de las poblaciones más pobres de unas de las ciudades más feas del país: la Santa Julia, en Talcahuano”. Con su pandilla come sandía mientras urden un plan para robar los instrumentos de la iglesia del pueblo y formar una banda de rock como The Smiths. En casa lo esperan una madre deprimida, un padre desempleado y dos hermanas menores. No es que importe, claro: “Por entonces participaba de los problemas familiares tanto como si viera una película. Una cuya historia desafortunada no podía afectarme más allá de los segundos que la contemplaba”. En una entrevista Flores contó que después del terremoto de 2010, encontró un grafiti en Talcahuano que rezaba: “Nos reímos de nuestra pobreza porque nuestra pobreza nos hace fuertes”. Esta actitud es la que intenta plasmar en sus historias: pobreza, cesantía y soledad, hijos que son testigos de los fracasos de sus padres. Y este cuento es, quizá, el mejor ejemplo de ello.

     Volvamos a Santa Julia. El verano se acaba, las prácticas ninja continúan y la vida familiar se desmorona. Las hermanas y la madre del narrador van a vacacionar con la abuela, su padre ya no sale de casa y él sigue sin comprender. No es sino hasta el esperado día del robo que las cosas cambian. Pancho y él reúnen herramientas y ve a su padre desparramado en el sillón: “Contemplo su cuerpo… su rostro, a diferencia de la sala repleta de diarios, trozos de madera y basura, está vaciado de cualquier expresión. Se ve viejo, viejo e inútil. Mirándolo desde arriba… pienso en lo bajo que ha caído y en lo diferente que soy yo”. Pancho se acerca y da el grito de alarma: el hombre no respira. Pancho corre veloz, el otro descubre que su padre, su patético padre, no está muerto: “Fue el hedor, el hedor que emanaba de él desde hace tanto tiempo… lo que me llevó a introducir mis dedos temblorosos por su boca para que vomitara”. Litro y medio de cloro ingerido y el golpe de realidad. “Llama a la Carmen”, es lo único que dice el hombre. Por fin, el narrador entiende que su mamá lo abandonó, se había ido y echado a su suerte con un hombre moribundo. Comprende el alcance de la desesperación de su padre y juzga su egoísmo, empieza a ver con otros ojos sus aventuras de verano. Se siente infantil, ingenuo, desprotegido y abandonado. No necesita más, Talcahuano forma ya parte de su pasado: “Cuando uno vive experiencias fuertes se tiene la ilusión de comprender muchas cosas. Cuando terminé de limpiar y ordenar la casa quedé exhausto, y pensé que en adelante debía seguir así: cansarme e imponerme obligaciones para prosperar en la vida… Apenas pude me marché de Talcahuano… Me deshice de mi familia y de los únicos amigos que tuve. Y me endeudé para estudiar, y trabajar doce horas diarias… hice todas las cosas que hace la gente para alcanzar cierto bienestar, y me cansé, me convertí en una persona cansada y viví en Renca, en Recoleta y en Quilicura”.

     Quien busque historias de superación o consuelo en los cuentos de Flores no las va a encontrar. Cuando parece haber una salida, sus personajes descubren otro camino que los regresa al mismo punto, los pobres seguirán siendo pobres porque las oportunidades no son para todos. La esperanza, sin embargo, no está muerta. Para los adultos ya no queda más que resignación, pero los más jóvenes, los verdaderos héroes de Qué vergüenza, aspiran a una suerte de salvación en tanto que ellos pueden –y deciden– elegir. Poco importa que terminen igual de jodidos porque se saben forjadores de su destino, como es el caso en “Tía Nana”, “Afortunada de mí” –el último relato, el más largo y el más soporífero– o en “Últimas vacaciones”. En este, Nicolás nos dice que contará lo sucedido el último verano de su niñez, antes de que su hermano mayor perdiera el pie izquierdo, se fuera a vivir con su mamá, dejara el liceo “y que el resto de los hechos siguiera el camino que hizo de mi vida lo que es. Un destino evidente para todos los que me rodeaban –y que no consideraban nada bueno– pero que, al final, fui yo quien decidió tomar”. Nicolás va en secundaria y es el sobrino pobre de la tía dadivosa con complejo de salvadora. Ésta, temerosa de que termine igual de perdido que el hermano –o peor aún, que la mamá pendenciera– lo lleva de vacaciones a la playa con sus dos hijas para intentar convencerlo de estudiar, superarse y lograr tanto como ella. El niño se limita a disfrutar la compañía, la comida y el mar. O así era, hasta que una tarde su amigo pelirrojo confunde a la tía con su mamá y Nicolás no lo niega: “la única imagen que me vino a la cabeza fue la de mi mamá. La de mi verdadera mamá, mi mamá fea. Me sumergí y supe que tenía la cara roja porque el agua se sintió muy helada”. Este episodio fue traumático, cualquier sueño de dejar la población queda sepultado por la vergüenza de haber rechazado a su propia madre. Aspirar a algo más, intentarlo siquiera, suponía dejar atrás muchas cosas, ella incluida: “¿Y quién era yo? Yo era un niño que amaba a su madre por sobre todas las cosas y me iba a quedar junto a ella, no volvería a traicionarla”. Un Nicolás ya adulto revela que, de haberse separado de su progenitora, habría tenido que vivir una vida de mentiras, una que no le correspondía, “desaprovecharme, conformarme fue para mí la única manera de ser honesto”. Y, si de algo se precian las creaciones Flores, es de ser férreamente fieles a sí mismos.

     En Qué vergüenza, la heroicidad queda reducida a la supervivencia. Vidas ordinarias, problemas ordinarios, historias que, pese a esto –o por la misma razón–, se tornan en aventura cuando el reto más grande no es otro que aguantar los embates del día a día. Paulina Flores tiene el mérito de plasmar este emotivo retrato cotidiano en el que adultos, niños y jóvenes buscan refugio en el tiempo y el conformismo, añorando ser lo que fueron, deseando ser lo que todavía no son: “No se trata de que uno sea ingenuo, lo que haces es engañarte. Engañarte muy bien… Al menos eso es lo que pienso ahora, mientras camino otra vez hacia ninguna parte, tengo que aferrarme a eso, porque prefiero pasarme de lista a no serlo”.

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