Literatura

Juan Villoro y Pablo Sol Mora, Presencia de Alejandro Rossi, El Colegio Nacional, México, 2019, 94 pp.


Isaac Magaña Gcantón

A partir de cierto momento, no demasiado tarde en mi existencia de lector —con algún volumen in memoriam, alguna recopilación a propósito de la muerte de alguien o las actas de un congreso—, resolví apartarme de esas manifestaciones casi siempre inelegantes y todo el tiempo oficialistas del recuerdo: dudoso género cultivado sobre las cenizas de alguien que acaba de morir. Lo confieso: la celebración, el encomio y la apología no han figurado nunca entre mis géneros literarios preferidos. Exageradísimo e idéntico a sí mismo, el panegírico acostumbra el lugar común, el tono meloso y la impunidad crítica. Aún con todo esto, sin embargo, —ora por ocio, ora por una desvergonzada curiosidad—, cada que llega uno de estos a mis manos, lo leo con placer malvado. Y entonces pasa que, sí, bueno, ciertamente, de tanto en tanto, a veces, inesperado, a primer juicio improbable, me encuentro con un volumen que me produce alguna alegría, porque ilumina callejones del autor que no son los del ego, sino los del sitio mismo donde se produce la literatura. Dicen algo del homenajeado, pero sobre todo tocan aspectos de la palabra sobre los que vale la pena escribir. Sobre los que para mí vale la pena seguir pensando.

Presencia de Alejandro Rossi pertenece al conjunto de esas excepciones: un libro en homenaje, sí, pero por fortuna no un panegírico. En esta ocasión, El Colegio Nacional, en su no siempre afortunada colección Opúsculos, ha tenido la delicadeza de reunir en un volumen a Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) —quizá el mejor cronista en español de nuestro tiempo— y Pablo Sol Mora (Xalapa, 1976), rara avis de la crítica en un sistema aficionado y siempre proclive a la solemnidad, la zalamería y la prestidigitación. El dúo es ideal y el objeto delicioso. Alejandro Rossi es uno de esos escritores a los que todavía no se le han gastado suficientes páginas, sobre el que todavía no se ha escrito disciplinadamente. Su caso es extraño, aunque no único. Como José Bianco en Argentina, con el que guarda muchas más de una similitud y coincidencia, Rossi fue un personaje que se movió en el centro, pero que acaso por el carácter de su obra y la modestia de su personaje, no ha recibido la atención de sus contemporáneos (y por contemporáneos entiéndase, aquí, sobre todo al grupo que con él animó las páginas de Plural y Vuelta). En esa dirección, no vengo a proclamar que Presencia de Alejandro Rossi llega para ajustar cuentas y hacer justicia al pasado —que queda todavía mucho por leer y escribir a propósito del homenajeado—, aunque sí que las dos piezas que componen el libro son inteligentes y severas. Abonan a la crítica, pero también a las formas de la literatura. Vale la pena recorrerlas porque son ejemplares en su género, porque están articuladas con ingenio, porque suenan bien. Para mí, todo problema es un problema de ritmo, y ritmo son varias de esas cosas que se conjugan en las páginas de este libro.

La crónica de Villoro empieza como termina, y en ese sentido es perfecta. En el medio articula el candor de una amistad heredada del padre —Luis Villoro, amigo y cómplice de Rossi en más de una aventura intelectual—, que tanto revela matices del humor hasta entonces desconocidos del homenajeado como muestra —sin pretensión y sin decir— la posible fuente de la conversación y el tono excelentes de Villoro al hablar (¿han prestado atención a la agilidad con la que Villoro elige sus adjetivos?). El relato personal se entrelaza, poco a poco y de modo sutil, con comentarios sobre la obra de Rossi y el carácter insobornable de sus opiniones. Un librepensador en su definición más pura: feroz en su defensa del pensamiento crítico, poco proclive al consenso general: jamás acalambrado en el extremo, equilibrado siempre en las cuerdas del pero. Ejemplo: en un tiempo en el que la vox populi se empeñaba —aún se empeña— en hacer la austera distinción entre académicos y literatos, Rossi sale al quite para mostrar cómo las cosas no han sido nunca de ese modo en el que se las plantea. Villoro recupera una respuesta muy sabrosa a nada más y nada menos que John King —crítico excelentísimo, autor de dos volúmenes extraordinarios sobre las revistas Plural y Sur— en el número 113 de Letras Libres. Rossi pone el cuerpo con militancia y gracia en favor del matiz crítico que reclama esta distinción injusta y peregrina entre academia y literatura.

Otro aspecto sobre el que llama la atención Villoro en su crónica —y que vuelve a aparecer, aunque de otro modo, en el texto de Sol Mora— es la relación de Rossi con los modos de la oralidad, el diálogo y la charla con los amigos. En sus formas socráticas o en sus inflexiones más acaloradas —la polémica y el duelo—, la conversación fue para Rossi el placer más alto. En proporciones más o menos iguales, las posibilidades de la retórica y las riquezas que guardan el cabildeo, la equivocación y el triunfo estuvieron en el centro de sus reflexiones.

Sobre su relación con la lengua, por otra parte, no puedo dejar de reparar en la coincidencia que esta tiene con la de Fabio Morábito, otro autor fundamental cuya relación con el español viene atravesada por la experiencia de la trayectoria y el viaje (viaje que en ambos casos comienza más o menos en la misma geografía) y el que también escribe con sabor oral sus reflexiones sobre la lengua, que es en ambos casos secundariamente adquirida. La síntesis de Villoro es la siguiente: “Alejandro nació en Florencia, pasó su infancia en Argentina, se detuvo un tiempo en Venezuela, la tierra de su madre, y se afincó en México. El lenguaje fue su acta de naturalización. La exactitud se arraiga”. Y es que frente a las formas imbricadas que ensayó su círculo cercano, que cultivó con celo la revista Vuelta (Juan García Ponce, Octavio Paz, Salvador Elizondo, Eduardo Milán y compañía), Rossi se decantó por la frugalidad y la oración breve. Rossi supo traer frescura y cenáculo sin sacrificar nunca precisión y rigor crítico. Villoro compara este gesto con los cuadros de Giorgio Morandi, “las formas que se decantan sin agotar su enigma”. Creo que la analogía es justa, inteligente y fina.

La crónica concluye con el recuerdo de un aspecto de la conversación sostenida durante poco más de cuarenta años donde humor, delicadeza y mordacidad se mezclaron cuando de hablar del prójimo se trataba. Deporte que solo los más hábiles conversadores saben resolver con gracia. “Qué alegría que Fulanito no haya podido venir: tiene una rara capacidad de mejorar las cosas con su ausencia”.

Completando el volumen de tapas rosas, el ensayo crítico de Sol Mora. Una revisión cronológica de más o menos toda la obra. Y aunque bien podría serlo, el ejercicio no es sin embargo descriptivo. Sol Mora posee la virtud de poner en relación variadas épocas, tradiciones literarias y teorías sin sonar nunca arrogante, innecesario o fútil. El hilo conductor de su texto son la lengua y el desplazamiento (es ahí donde articula los cruces). La conjugación de estos dos elementos se resuelven fórmula estilística: “La infancia transcurre entre el italiano y el español, pero con predominio del primero […] La convivencia con los dos idiomas le otorga un horizonte lingüístico y literario más amplio, una de las señas de identidad de los grandes escritores del siglo XX (Borges, Pessoa, Nabokov), pero también una temprana y problemática consciencia del lenguaje, de la distancia que separa la realidad de las palabras”.

Sol Mora recorre simultáneamente las trayectorias geográficas del niño Rossi y su catálogo de lecturas —primero orales, después escritas—. Esa exitosa forma de construir la biografía recuerda la que Juan García Ponce utilizó para hablar de sí mismo en el memorable ensayo que escribió para la serie Autobiografía Precoz curada por Rafael Giménez Siles y Emmanuel Carballo a finales de los sesenta. Como García Ponce, Sol Mora ata en Rossi literatura y vida. De ese modo, la infancia de Rossi y sus tempranos viajes a Venezuela se vinculan con la recepción oral de cuentos de Las mil y una noches (en presumible tono caribeño); los años en Buenos Aires con las tempranas lecturas de Mark Twain, James Joyce y Rubén Darío; la errática adolescencia —también en Argentina— con descubrimientos definitivos de la obra de Borges, Gómez de la Serna, Baroja, Azorín y Valle Inclán; la soledad en Los Ángeles —primera vez en los Estados Unidos— con el estudio de Bécquer y Vicente Gaos. Después: la llegada a la ciudad de México a los diecinueve años, la elección de la filosofía, la Facultad de Letras, las tardes en Mascarones; el viaje a Alemania, las visitas a la casa de Heidegger; la vuelta a la capital mexicana, el encuentro con Frege y Russell. El rigor y la amenidad de esta parte del texto son memorables: dan ganas a uno de contrastar trayectorias y lecturas, dan ganas de seguir leyendo.

En su Periquillo, José Joaquín Fernández de Lizardi insiste una y otra vez en la importancia de las variaciones de formas y ritmos a lo largo de los textos. Dice: de lo contrario aburren, las palabras cansan, se pierden. Sol Mora se ajusta con gracia a esta preceptiva, y pasado el momento de los primeros años y la cartografía de viajes y libros, cambia el registro de su voz, y aunque el viaje de ida y vuelta —siempre constante, pues por muchos años Rossi no tuvo pasaporte mexicano y estuvo obligado a salir del país cada tanto para renovar su visado— no se desvanece como hilo conductor del texto, el tono cambia. Rossi ya afincado en México deviene escritor y, por ende, reclama el escrutinio de su obra en otro registro.

Sol Mora también brilla en este análisis. Recupera textos excelentes del Manual del distraído, Un café con Gorrondona, La fábula de las regiones y Edén. Vida imaginada. Los comenta con ingenio, mezclando su close-reading de los textos con los comentarios de otros críticos de la obra (Octavio Paz, Álvaro Mutis, Adolfo Castañón, el propio Villoro) y un panorama de contextos, dentro y fuera de México, con los que el autor dialoga. El texto fluye, se anuda, se amarra. La lectura avanza. Sol Mora hace que el recuento de una vida siempre en frontera parezca sencillo, y en este sentido el ensayo es excelente, quizá uno de los mejores que se han escrito sobre Rossi. No repite ni se repite, es fresco y generoso, no se empeña en descarnar los anteriores críticos. Da razón del lector que se vuelve crítico, que se vuelve escritor, que sigue leyendo, que cuida de la lengua, la pondera, la transforma, la juzga.

El juego del texto es siempre al pie. Sol Mora interpreta siempre apegado a los libros. Por ese camino, el ensayo no se equivoca. No obstante, sí por un momento cojea: se extrañan más señas sobre el diario. Aclaro: el diario sí que es citado, pero en lo personal habría querido que leyera más.  La mención para mí es ínfima. Ya porque soy un obsesivo entusiasta del género, ya porque sé a Sol Mora un gran comentador de las páginas de este tipo (como lo ha demostrado con su lectura-tandem del Inventario de José Emilio Pacheco y los Diarios de Emilio Renzi de Piglia, por cierto en las páginas de Criticismo), la cita me parece extensible. Los fragmentos del diario deben estar entre lo mejor de la literatura de Rossi. Hubiese querido leer más.

Sol Mora concluye su trabajo con un largo pasaje de Edén en el que Rossi reflexiona sobre la infancia, la enunciación del amor y el idioma. La lectura del fragmento es tierna, sonora, un gran final para el libro: “Alex finalmente alcanza la dichosa serenidad del presente puro, el goce del instante: asomo de eternidad, porción de paraíso”.

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