Literatura

Sergio Galindo, Polvos de arroz, Universidad Veracruzana, Xalapa, 2013.


Liliana Muñoz

Polvos de arroz, novela de Sergio Galindo (Xalapa, 1926) que ahora la Universidad Veracruzana vuelve a publicar, relata la escalofriante historia de Camerina Rabasa, una “quedada” que descubre el amor a sus setenta años y noventa y ocho kilos. Junto a “Los convidados de agosto” de Rosario Castellanos y “Sábado: el verano de la mariposa” de Juan Vicente Melo, esta novelita galindiana es, sin duda, una de las obras mejor logradas del género. Difícilmente puedo imaginar, en la literatura mexicana de solteronas, a un personaje más patético, cómico y conmovedor al mismo tiempo, que Camerina Rabasa, la eterna señorita.

     Galindo inauguró con Polvos de arroz la colección Ficción de la Universidad Veracruzana. Esta nueva edición de 2013 –la cuarta– incluye un prólogo de José Luis Martínez Morales que resulta, a ratos, insustancial y redundante. En él se leen, por ejemplo, frases como ésta: “guardando las distancias, la tragedia de Camerina, al igual que la del Edipo de Sófocles, es darse cuenta de su propia desgracia a destiempo” (p. 16). Francamente, hubiera sido mejor prescindir de un prólogo que, fuera de las dos primeras páginas, no aporta nada relevante a la lectura de la novela.

     Parece ser que en su singular catálogo de personajes femeninos (Otilia Rauda, Anabella, Camerina), Sergio Galindo buscaba perfilar a un mismo tipo de mujer: aquella que es, ante todo, un cuerpo. Pero mientras que Otilia Rauda y Anabella son cuerpos que aman y desean, a Camerina Rabasa, “gorda, monstruosamente gorda”, le pesa doblemente el suyo porque lo asocia a lo prohibido y a la moral que es incapaz de desafiar. Galindo sabe de lo que habla cuando se trata de costumbres rígidas y tradiciones inflexibles: sus mejores cuentos y novelas transcurren en ambientes provincianos que recrean la tensión entre modernidad y tradición, campo y metrópoli, virtud y pecado. Pienso, por ejemplo, en la infernal hacienda de los Coviella en El Bordo (1960), o en Otilia Rauda (1976) y su franca crítica al puritanismo. En Polvos de arroz (1958), el escenario que Galindo elige para representar el conflicto interno de Camerina es el Distrito Federal: es ahí donde Camerina adquiere, por primera vez, conciencia de su cuerpo, en un baño que “no tenía en nada el aspecto de improvisación y vejez de su baño de Jalapa. Éste era nuevo, relumbrante, el agua caliente corría y todo marchaba acorde” (p. 42). Camerina se percata de que el verdadero mal es la modernidad y lo que trae consigo: el goce que despierta en los cuerpos desenvueltos de los jóvenes y que se filtra en la moda, en las propagandas de Palmolive y hasta en la regadera. Porque para Camerina Rabasa explorar su piel, acercarse al placer o sentir el roce del agua caliente son solo formas de irse directo a las pailas del infierno: “su cuerpo no era nuevo, se sabía así. Resultaba reciente una sensación de pecado nacida de un casi imaginar (no llegaba a atreverse por completo) qué es un contacto, qué las manos ajenas palpando esa carne. Su piel temblaba” (p. 42).

     Polvos de arroz está plagada de momentos hilarantes que funcionan como contrapunto al lastimoso drama de Camerina. La gran virtud del narrador es rehuir cualquier tentativa de lugar común y cursilería para dar pie a un humor que no deja de ser cruel: “suspiró y pensó que en ese mismo momento Juan Antonio suspiraba por ella. Iba a volver a suspirar, pero le salió un quejido porque los zapatos le apretaban” (p. 21). A sus setenta años, Camerina fantasea con un amor platónico, es indecisa e ingenua, llora y se avergüenza de sí misma. En pocas palabras, es como una niña atrapada en el cuerpo de una señora mojigata. Camerina es vista como una “tía que podía ser abuela”, una “querida vieja chocha”, un “vejestorio”, pero nunca logra ser mirada como una mujer en tanto sujeto erótico. Esa misma mirada –que, por ejemplo, en Juan García Ponce arroja a los amantes al clímax de la experiencia erótica– se convierte en Galindo en un mecanismo para indagar en el ridículo: “había también un espejo en el cual, si quería, podía verse. Pero… Es la costumbre. Me da pena. Le parecía una cosa vergonzosa dar unos cuantos pasos hacia la izquierda para contemplarse desnuda en ese espejo […] Pero la molesta seguridad de que no aparecería de cuerpo entero en la luna la perturbaba porque esos mismos ojos (los del espejo) podían ser los de Juan Antonio.” (p. 42) Camerina rehúye su propia mirada, pero anhela secretamente –y a la vez teme– que alguien pueda verla y desearla. No quiere ser Augusta, esa mujer tejiendo en un limbo sin tiempo, convertida en “una cosa que cada día comía menos y dormía más” (p. 26), la hermana que una noche se sumerge en el silencio tras una ambigua experiencia sexual con Rodolfo Gris, el novio de Camerina. La muda figura de Augusta representa entonces, en su mente, las consecuencias del pecado: cruzar la línea es convertirse en una muerta en vida, en una cosa. Y la pobre Camerina, que apenas conserva un poco de vitalidad, tiene miedo de morirse por completo y quedarse con las manos vacías.

     El amor, aunque platónico, surge en la protagonista al tomar la decisión de escribirle a Juan Antonio, el joven de Confidencias; momentos más adelante experimenta el primer brote de su sensualidad hasta entonces reprimida: “abajo, como nacidos del infierno, surgieron dos carpinteros desnudos de la cintura para arriba: unos cuerpos hermosos, morenos. Algo que una señorita no debía ver” (p. 52). Ella no puede ver a Juan Antonio más que a través de la escritura: en sus cartas no existe el peligro, pero tampoco la posibilidad de una unión carnal.

     Camerina fragua su fantasía en privado y en silencio, lejos de las miradas (de Augusta, de Julia, incluso de sus sobrinos) que la juzgan, la someten y la vuelven ridícula: “es como si me acostara en la cama de Juan Antonio, se dijo. Un temblor la recorrió al meterse entre las sábanas. Acarició las cartas largo rato y apagó la luz” (p. 25). Lo contrario ocurre, por ejemplo, en uno de los mejores cuentos mexicanos con una gorda como protagonista, “La reina” de José Emilio Pacheco, en donde Adelina –una adolescente jarocha de ochenta kilos empecinada en presidir el famoso carnaval– desea, más aún, necesita ser mirada por la ciudad para sentirse dueña de sí misma y del amor de Alberto. A Camerina, en cambio, la mirada de Juan Antonio le produce vértigo; conocerlo implica transformar una ficción, una correspondencia distante y espiritual, en un posible encuentro erótico.

     Camerina Rabasa, siempre escindida entre la sala de muebles de mimbre de Jalapa y la enorme ciudad de calles perniciosas, entre el pasado que aborrece y el presente en el que no encaja, entre la voluntad de sentirse viva y su dificultad para aceptar que ya no es el momento. Está rodeada de ambigüedades: Rodolfo Gris, un hombre “serio, maduro y enamorado” que, irónicamente, embaraza a su hermana; Augusta, celestina y traidora; Julia, su sobrina, que intenta comprenderla, pero se burla de ella. También Camerina es ambigua: no logra sentirse segura en ningún espacio y, por lo mismo, tampoco es capaz de habitar su cuerpo ni su tiempo. Camerina no ve sus años, solo alcanza a ver sus kilos: “¡Ay, Julia! No le he confesado lo peor, él no sabe, no me he atrevido a decirle que soy gorda” (p. 70). La fantasía estéril de Juan Antonio la conduce a un callejón sin salida: perpetuar una ilusión o salirse de su zona de confort y encontrarse cara a cara con el “joven indeciso”. Naturalmente, Camerina no puede ya cambiar y continuará usando los mismos polvos de arroz que siempre ha utilizado para maquillarse.

     El último capítulo es brutal: Camerina Rabasa despierta en el D.F. tras haber confesado a Julia los pormenores de su relación epistolar. Escucha las risas de sus sobrinos e imagina que allí también se encuentra Juan Antonio, humillándola, riendo escandalosamente. Antes de sumirse en la oscuridad, en un abismo “absoluto, negro, hondo, donde ya nada sucede”, clama por Augusta, su salvación y acaso su único refugio. Porque Camerina Rabasa no pertenece a este tiempo, no pertenece tampoco a esa ciudad: ella, como Augusta, solo pertenece ya a la soledad y al silencio.

  • Rebeca Martínez says:

    La vigencia del personaje es, en verdad, aterradora; pobre gorda. Me parece que la obra profundiza en la incompatibilidad existente entre la gordura y la felicidad. Será mi siguiente lectura.

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