Literatura

Fernando Valverde, Poesía, Visor, Madrid, 2017, 239 pp.


Remei González Manzanero

Existe una herida que el hecho de ser humano trae consigo, una herida fruto del dolor como experiencia de vida, una herida que atraviesa cada una de las entrañas de la humanidad y la vertebra al traspasarnos a todos con un mismo hilo. Así, nos convierte a cada uno de nosotros, testigos conscientes o indiferentes de esa herida, en el nodo de una red que nos subsume en una existencia compartida.

De este dolor inamovible da cuenta la poesía de Fernando Valverde (Granada, 1980), reunida en Visor bajo el escueto título de Poesía. Hilvanada en torno al tema del dolor, anuncia con naturalidad que “las cosas que dolieron nunca pasan, / suceden, se dividen, permanecen” (p. 61) porque es justamente el tiempo el que se lleva todo consigo, dejando a su paso el peso del recuerdo y el olvido. De este modo, el dolor, inherente a la condición del vivir humano, parte de la pérdida (“Ya no somos el niño / que buscaba en la noche / el oportuno antídoto de la felicidad”, p. 68) y se materializa en una herida hecha de incertidumbres, acechada por el golpe de las intemperies, del desgaste de la búsqueda que al final solo halla la sensación que el frío deja a su paso: “el frío que los años van dejando / detrás de las palabras, / tan dentro de los cuerpos que apenas quedan síntomas / de esta triste impostura, de este dolor sonámbulo, / del miedo a estar tan solo contra el mundo”. Y es que, como la pluma realista y denunciadora de Concepción Arenal señaló en su Manual del visitador del pobre, el dolor no es consecuencia de lo transitorio o lo circunstancial, sino “una necesidad de nuestra naturaleza” y, más aún, “un elemento indispensable de nuestra perfección moral”.

La primera poesía de Valverde, recogida bajo los títulos de Viento favorable (1997-2002) y Razones para huir de una ciudad con frío (2004), está construida mediante la expresión sencilla de la nostalgia y la soledad y se articula en torno a un yo situado en el proceso de aprendizaje inicial de esa herida, en un “recorrer al niño / que quiso parecerse al hombre que no ha sido” (p. 46). No obstante, el autor granadino, plenamente consciente del exceso de su yo personal en los inicios de su trayectoria, termina por encauzar su palabra poética hacia una posición más comprometida con la realidad a través del desplazamiento del yo poético a la mirada del otro, a sus quehaceres y los lugares que este ocupa en el mundo.

A este respecto, apuntaba Emerson en Natural History of Intellect que “la tragedia está en los ojos del que la contempla, no en el corazón del que sufre”. Pues bien, en La insistencia del daño (2014), poemario que recoge las últimas composiciones del autor, Valverde explora la pertenencia del ser humano al dolor desde la posición en el lugar del otro, esto es, desde la comprensión de la diferencia respecto a los demás y también desde lo que se comparte. Lejos de quebrar la línea que distingue al yo de la esfera del otro, desplaza el punto de mira hacia otras situaciones. En cualquier caso, combate la indiferencia hacia el sufrimiento provocado por la injusticia, entendida como la complicidad del que calla e ignora. A propósito, en el manifiesto prologal de Poesía ante la incertidumbre, publicado en 2011 y del que Fernando Valverde forma parte, se defiende la poesía comprensible y su humanización, la palabra capaz de emocionar y comunicar verdaderamente en un tiempo en que la incertidumbre se ha extendido a casi todo lo que circunda al ser humano.

Así, ya en la primera sección de este poemario, Cruces y sombras, pueblan la encarnación del otro la escritora británica Anne Brontë, Ernesto Che Guevara, el poeta bosnio Izet Sarajlić o el criminal de guerra Ratko Mladić: “Él [Ratko Mladić] ahora es el miedo / y siente sus certezas y la seguridad / de quien está del lado de la muerte” (p. 171).  Pero ya poblaban algunas de las páginas de Razones para huir de una ciudad con frío algunos otros personajes históricos. Por ejemplo, en el poema “Cinco elegías para un siglo”, el frío y el dolor se anidaban en el poeta y periodista checo Jaroslav Seifert en 1974 o en el 31 de agosto en que la poeta Marina Tsvietàieva se ahorcó.

De toda la trayectoria de Valverde emana, a través de una voz franca y honesta, una poesía del dolor capaz de integrarse con el todo, hecha de puentes hacia los otros, de ciudades y de otros tiempos, fabricada por la incertidumbre del sufrir humano: “Toda la muchedumbre, / con su débil memoria sujetada / como ruina durmiente, / sucede al mismo tiempo” (p. 165). Asimismo, esta consigue ser, con una pluma grácil y una expresión de sencillez mesurada, la palabra testigo de lo que nos humaniza. Con todo, es una poesía llena de vida, a pesar de girar en torno al frío íntimo, a la pérdida y a lo que permanece cuando, como subraya en “El viejo estadio” del poemario Los ojos del pelícano, “al cumplirse los sueños / queda una sensación vacía e incompleta, / el tiempo detenido y el vértigo al futuro” (p. 146).

Aunque no faltan poemas de corte más intimista y pasajes que contienen salpicaduras de un vitalismo explícito, el lector que se adentre en la poesía de Fernando Valverde obtendrá, sobre todo, la oportunidad de recorrer el rastro de la digestión del dolor, acompañante fiel y certero de la propia experimentación del vivir.

 

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