Literatura

Derek Walcott, Pleno verano. Poesía selecta, Vaso Roto, Madrid-México, 2012, 475 pp.


Liliana Muñoz

Derek Walcott (Santa Lucía, 1930) asumió, desde muy joven, su condición de náufrago y de artesano: “The second Adam since the fall […] / Craftsman and castaway, All heaven in his head” (The Castaway and Other poems, 1965). En la obra de Walcott palpita una aguda conciencia de la naturaleza del artista: su soledad y su silencio, el extravío de sí mismo y, particularmente, la comprensión plena de que todo acto creador es, en realidad, un acto de re-creación del mundo a través de la palabra. Derek Walcott es, junto con Saint-John Perse y Aimé Césaire, uno de los grandes poetas caribeños modernos; su obra refleja las múltiples tensiones que subyacen en la historia del Caribe, con un tono íntimo y personal, pero también con el carácter universal que poseen dichos conflictos. Pleno verano (2012), publicado por la editorial Vaso Roto en una edición bilingüe, contiene algunos de los libros más significativos del autor: Another life, Sea grapes, The Star Apple Kingdom, Midsummer y Omeros. La traducción del poeta José Luis Rivas –quien antes había traducido a T.S. Eliot, a Césaire y a Perse– es muy afortunada, pues da cuentas de una labor que va más allá de la literalidad, exhibiendo a la obra traducida como el producto final de una rigurosa relectura.

     Abren el libro dos poemas de In a Green Night (1962), “Prelude” y “As John to Patmos”, que Walcott publicó cuando tenía treinta y dos años. In a Green Night es, sobra decirlo, una obra prematura que carece de la magnitud de su poesía de madurez, pero que contiene, en esencia, sus principales preocupaciones. Tanto en “Prelude” como en “As John to Patmos”, el poeta expresa el choque entre el mundo colonial y el paraíso caribeño: “This island is heaven-away from the dustblown blood of cities” (p. 12). Y, sin embargo, Walcott enfatiza que el Caribe no es ese Edén, “found only in tourist booklets, behind ardent binoculars”, que ocupa un espacio en el océano: sus países son naciones fragmentadas en busca de una identidad; el mismo poeta es un artista con fisuras que, tal como Juan en Patmos, escribe una revelación: la de que es necesario sumergirse, asimilar la herencia –colonial, literaria y personal– y aniquilarla, para entonces crear un lenguaje que verdaderamente logre describir la realidad del Caribe. En Another life, poema autobiográfico, Walcott ahonda en este tema y se muestra a sí mismo como un sujeto que encarna el espíritu de una nación en constante cuestionamiento: “I who am poisoned with the blood of both,/ Where shall I turn, divided to the vein?/ I who have cursed / The drunken officer of the British rule, how choose / Between this Africa and the English tongue I love? / […] How can I turn from Africa and live?” (p. 30). Walcott, hijo de padre inglés y madre negra, metodista en una isla principalmente católica, acepta su ambivalencia y se identifica con un Robinson Crusoe que solo a partir del abandono, la contemplación y el encuentro con el Otro colonizado logra fraguar un nuevo modo de percibir la realidad que lo rodea.

       Uno de los poemas que, me parece, condensa la idea que Walcott tiene de la poesía es “Volcano” (Sea grapes, 1976), donde expresa con asombrosa lucidez que la creación es, esencialmente, un acto de encuentro y desencuentro con las obras y los autores que lo preceden: “One could abandon writing / for the slow-burning signals / of the great, to be, instead, / their ideal reader, ruminative, / voracious, making the love of masterpieces / superior to attempting / to repeat or outdo them, /and be the greatest reader in the world” (p. 154).

       La figura del lector, al igual que la del náufrago, es clave en la obra de Walcott; no es fortuito que ambos sean reflexivos y se encuentren ansiosos por experimentar una vitalidad que solo los libros –o una isla sin nombre– pueden proporcionarle. La escritura es entonces, en la poesía Walcott, un acto de relectura que alcanza su punto culminante con Omeros (1990). Walcott ha expresado en una entrevista que Santa Lucía, su tierra natal, recibió en algún momento el sobrenombre de “Helena de las Antillas”, por su belleza y por las diversas contiendas que surgieron entre Francia y Gran Bretaña para obtener el control de la isla. Por ello Omeros es, fundamentalmente, un diálogo, pero también un homenaje a la obra homérica, en particular a la Odisea: “I said, ‘Omeros,’/ and O was the conch shell’s invocation, mer  was / both mother and sea in our Antillean patois, / os, a grey bone, and the White surf as it crashes” (p. 274).

       Una aclaración final: Derek Walcott es, ante todo, un poeta caribeño; su obra, sí, plantea una relectura de Homero a partir de la mirada antillana, pero –sobre todo– persigue la esencia del Caribe, ese archipiélago que se diluye en su historia, sus culturas y sus lenguas; ese archipiélago que quizá solo la palabra poética puede nombrar.

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