Literatura

Jorge Galán, Noviembre, Tusquets, Barcelona, 2016, 280 pp.


Rebeca Oliva

“Somos un No país. Nos hemos asesinado a nosotros mismos durante décadas, somos también un paraíso de asesinos”, declara Jorge Galán, autor de Noviembre, en una entrevista al Huffington Post acerca de la inspiración y temática de su novela. Aunque las palabras del autor salvadoreño pueden sonar antipatrióticas, son tan ciertas como la amargura que provocan a cualquier habitante de este pequeño país centroamericano, pues es una descripción innegablemente acertada de la situación en la que se ha visto inmerso desde los tiempos de la independencia. Un país hundido por décadas en la dictadura, el militarismo, las masacres, la corrupción y la influencia y manipulación de los más poderosos. Sin embargo, los sucesos que forman la historia de la novela son específicos y se centran en la época de la guerra civil que estalló en El Salvador hace un par de décadas: el gobierno de derecha contra la guerrilla, influenciada por los levantamientos en Cuba y Nicaragua, en el contexto de la Guerra Fría. La trama de Noviembre gira alrededor de un punto de quiebre tanto para la novela como para la historia de El Salvador: el asesinato de seis sacerdotes jesuitas. Este crimen, enmascarado durante muchos años por el gobierno de derecha como acto de la guerrilla, puso el conflicto salvadoreño bajo la mirada internacional.

Noviembre es tanto una crítica como una denuncia contra las instituciones de poder en el país natal del autor. Publicada originalmente en México en 2015 y recientemente reeditada en España a raíz de la concesión del Premio RAE 2016, llegó a El Salvador causando polémica e, inevitablemente, descontento, al punto que Galán se vio obligado a buscar asilo en España debido a la cantidad de amenazas que recibió después de presentar su novela. Veinticinco años después, el asesinato de los jesuitas sigue siendo una herida abierta y peligrosa para mucha gente que se refugia en el poder. Esta reacción fue causada por la cruda veracidad con la que Galán relata lo sucedido, información que había sido ocultada al público por décadas, y la decisión de poner a los involucrados con nombre y apellido, como un despiadado dedo acusador.

Es importante recalcar que Jorge Galán expresó que él no buscaba escribir una novela política ni religiosa. Aunque los personajes principales son, inevitablemente, sacerdotes y políticos, y se ven involucradas instituciones que van desde el FBI hasta el Vaticano, su palabra se mantiene cierta. Galán representa de manera conmovedora la fe religiosa y el amor que da fuerza a los sacerdotes jesuitas; el fervor y convicción de Monseñor Romero y su influencia en el pueblo, tanto como todos los movimientos e intervenciones políticas del gobierno. Sin embargo, el tema central de la novela se acerca a algo más profundamente humano. En uno de los diálogos, se lee: “¿Arzobispo, quién mató a los padres jesuitas? Los mató el mismo odio que mató a Monseñor Romero”. Este intercambio, realizado entre dos personajes al inicio de la novela, resume casi en su totalidad la temática de esta: los asesinatos de los principales líderes religiosos del país y el odio exuberante que manipulaba, y aun manipula, a El Salvador. La novela es un reflejo de este odio y la ignorancia que lo causa, y de la guerra y opresión que en ellos se origina. Noviembre es la historia de varios hombres que decidieron dar su vida por un país que no era el suyo porque simplemente no podían tolerar la vista de tanta crueldad en el mundo, es la historia del “casi”, cuando casi se logra la paz, cuando casi la gente logra levantarse animada por las palabras del sacerdote salvadoreño que pedía un cese a la represión, y de cómo el odio y la ignorancia ganaron, pues en una tierra gobernada por el miedo a los militares, la postura jesuita, enfocada al bien de los más necesitados y el respeto a los derechos humanos y guiada por un pensamiento crítico con fines constructivos, fue tomada como una amenaza por los líderes que pretendían mantener al pueblo en la ignorancia, la guerra y el terror, pues, como bien se expresa en la novela, “la guerra era su negocio”.

Uno de los mayores logros de Noviembre es que, además de entrelazar con fluidez los sucesos del conflicto armado, de las masacres, el asesinato de los seis sacerdotes jesuitas y el de monseñor, y las investigaciones para encontrar los culpables de ambos (con saltos en el tiempo que no solo  funcionan para cautivar al lector, sino que logran mantener una trama coherente), Galán también se dio el tiempo de volver a Noviembre un homenaje a estos sacerdotes y devolverles lo que un par de décadas de historia les quitaron: la individualidad. El Salvador es un país pequeño y su gente muy religiosa, estos sacerdotes habían impactado en las vidas de una gran parte de la población, eran personalidades reconocidas, inmensamente queridas, y, para pesar del gobierno, escuchadas. Sería como un prolongación del crimen no mencionar sus nombres: Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Amando López y Joaquín López y López, los primeros cinco españoles y el ultimo salvadoreño. Estos eran líderes para la población salvadoreña, Ellacuría sobre los demás, hecho que lo convertía en el más perseguido de todos. Noviembre se vuelve aún más cruel cuando devuelve, a cada uno, su rostro a través de los testimonios de personas que los conocieron y admiraron. No es necesario preguntar mucho: mi propia madre, criada en una pequeña colonia lejos de la capital, conoció a Segundo Montes pues era el líder de la parroquia donde ella asistía de niña. La novela remueve el martirio que padecieron y revela de nuevo las personas que fueron: rectores y fundadores de universidades y parroquias, voceros de las injusticias vividas por el pueblo, pero igualmente hombres que, como no podía ser menos, también sintieron duda y miedo. Su historia, que comienza repartida en algunas partes de España, terminó en la pequeña casa parroquial donde fueron brutalmente asesinados junto a dos empleadas domésticas. El estilo y los personajes —personajes verídicos— con los que Galán estructuró su novela, nos permiten ver la guerra y los asesinatos en primera fila, sentir el miedo, escuchar las bombas y los disparos, oler la pólvora en el aire y, sobre todo, llegar a sentir la vergüenza, la pena, y la pérdida que ese 16 de noviembre de 1989 cubrieron al país.

La novela combina a un narrador omnipresente que se mezcla con la voz del propio personaje de Galán con el formato de entrevista. El cambio entre estilos es frecuente y, aunque al inicio la transición entre ambas resulta algo inestable, poco a poco Galán va perfeccionando la técnica y dando la fluidez adecuada, por lo que el ritmo de la historia es rápido y atrapa al lector. La novela está dividida en siete partes, cada una con varios capítulos y dedicada a un testigo, por lo tanto, a una parte o punto de vista diferente de la historia. Galán realizó un arduo trabajo para encontrar a sus testigos, las piezas exactas del enorme rompecabezas que contaban con las respuestas que necesitaba, entre ellos el padre Tojeira, jesuita que se encargó personalmente de lidiar con las consecuencias del asesinato y presionar para que se investigara al gobierno, desde a uno de los soldados que estuvieron en el asalto hasta al mismo presidente Cristiani. Es por el peso e importancia de estos testigos y la evidencia que proveen, por todos los cabos que ata y atrocidades que saca a la luz, que Noviembre posee una veracidad, un peso, que la convierten en mucho más que solo una novela comercial.

Noviembre es la quinta novela publicada por Jorge Galán y todas traslucen el desasosiego que le causa su país. Es un acto de valentía y que reafirma la literatura en América Latina como puente entre el conocimiento y la libertad. Es una pena que en El Salvador sea difícil de encontrar, lo que, por supuesto, como en muchos otros casos de censura en toda Latinoamérica, no parece ningún accidente. No es una novela perfecta, si dicha cosa existe; en las primeras dos partes la transición de estilos entre narración y entrevista no se realiza con la fluidez esperada y la prosa sufre de ciertas perdidas de ritmo; sin embargo, a partir de la tercera parte Galán encuentra el balance perfecto entre su voz como entrevistador, la de sus testigos y la del narrador, y estos comienzan a mezclarse de manera mucho más satisfactoria llevando al lector a involucrarse. Galán cuenta una historia, denuncia un crimen y captura la muerte y el horror causados por el odio y la guerra desde el punto de vista de todos los afectados.

 

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