Literatura

Juan Pablo Villalobos, No voy a pedirle a nadie que me crea, Anagrama, Barcelona, 2016, 271 pp.


Zyanya Dóniz

No voy a pedirle a nadie que me crea, la más reciente novela de Juan Pablo Villalobos y ganadora del Premio Herralde de Novela 2016, sumerge al lector, mediante la parodia y el absurdo, en un festivo juego de embrollos. En el texto, los distintos narradores presentan un mundo en el que la vida de los personajes se complica de tal manera que ficción y realidad se funden en una sola para lograr una obra llena de ironía, sinsentido y, en general, un humor tan agudo que deja ver, tras él, una realidad hilarante por sí misma.

     La novela comienza con un mexicano, egresado de la carrera de Letras y llamado como el propio autor, que viaja a Barcelona junto con su novia Valentina para estudiar un doctorado. Antes de irse, el primo de Juan Pablo, Lorenzo, los mete a ambos en un negocio de alto nivel que los relacionará con el narco, un partido extremista de derecha, un pakistaní exiliado y los mossos d’esquadra catalanes. La narración se transforma en una espiral de acontecimientos fragmentados que nos llegan por diversos medios como los diarios, el email y las cartas póstumas. A través de ellos, Juan Pablo Villalobos construye una historia en la que se satiriza la autoficción: “abro otro documento y empiezo a escribir todo lo que me ha pasado en los últimos meses, como si escribiera una novela, como si mi vida inverosímil pudiera ser el material de una novela. Escribo sin culpa, sin vergüenza, como liberación, con comezón. No escribo para pedir perdón, no escribo para justificarme, para dar explicaciones, no es una confesión. Escribo porque en el fondo soy un cínico que lo único que ha querido siempre es escribir una novela. Y aunque exagere un poco (no hay comedia sin hipérbole), todo lo que cuento en mi novela es verdad. No hay lugar para la ficción en mi novela. Puedo demostrarlo todo, tengo pruebas. Todo es verdad. No voy a pedirle a nadie que me crea” (p. 145)

     En una discusión con sus colegas del doctorado, Juan Pablo cita a Baudelaire: “la risa surge de la idea de superioridad del que ríe porque, en el fondo, sabe que él está a salvo” (p. 52). Es bajo esta premisa que se construye una narrativa en la que los prejuicios sociales (valores, como diría la madre del Juan Pablo): el machismo, el racismo y la homofobia, saltan a la vista. Tras los lentes del humor, “todo depende de quién cuenta el chiste” (p. 24). El juego se presenta mezclado con otro tema: la mirada con la que se ve a los mexicanos (latinoamericanos, en general) desde Europa. El Juan Pablo personaje nos permite discurrir sobre una crítica del mestizaje, las clases sociales y la alteridad, como ya lo había hecho antes en Si viviéramos en un lugar normal (2012). La forma de la novela corresponde al género negro, pero también a las memorias, al diario íntimo y a la comedia de enredos.

     No es la primera vez que Juan Pablo Villalobos hace una crítica de la sociedad mexicana desde la plataforma del humor. En una de sus novelas anteriores, Fiesta en la madriguera (2010), la parodia, la fiesta misma, es el personaje principal y se encarna en un niño caprichoso llamado Tochtli, hijo de un narcotraficante que pide un hipopótamo enano de Liberia de regalo. El humor de Villalobos, que nos permite recorrer el palacio (o madriguera) desde la perspectiva de este niño, nos adentra en el contexto político y social de una pintura escalofriante de nuestra propia realidad. Por cierto, la sentencia de la dedicatoria con la que Villalobos mandó su primera novela (“Para el premio Herralde”) le llegaría seis años más tarde con esta obra.

    Encomendado a la presencia ocasional de las obras de Sergio Pitol, Augusto Monterroso, Roberto Bolaño y Jorge Ibargüengoitia, No voy a pedirle a nadie que me crea habla, con varios registros lingüísticos y desde la perspectiva de diversos personajes, acerca de una realidad que parece completamente al servicio de la sátira y en la que cualquier vida se trasforma en materia de la ficción. En un tiempo en el que se impone la seriedad y la corrección, Villalobos utiliza el humor para hablar de temas tan diversos como el narcotráfico, la violencia, la pobreza y el olvido.

     A través de una narración estructurada en entradas de diario, e-mails, cartas póstumas y diálogos directos, la misma forma de la novela también constituye una parte de este juego cuyo propósito es dislocar perspectivas. La obra rompe las barreras clasificatorias para erigirse como un monumento a la hibridez. Es eso precisamente lo que le permite al lector (y a los propios personajes) apropiarse del texto, hacerlo suyo y dialogar frente a frente con una narración estupenda, una mise en abyme llena de intriga, crítica social y sátira en la que la verdad (como decía Lacan) usa la estructura de la ficción. Pero yo tampoco voy a pedirle a nadie que me crea: que el lector lo compruebe por sí mismo.

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