Literatura

Emiliano Monge, No contar todo, Literatura Random House, México, 2018, 388 pp.


Pablo Ramírez Morales

En un pasaje de Soldados de Salamina, Roberto Bolaño le dice a Javier Cercas que para escribir novelas basta con combinar recuerdos; esto es, que ninguna novela es producto puro de la imaginación del autor, como muchos creen, sino que siempre se sustenta en la realidad, en su experiencia, en sus amigos y familiares, elementos que el escritor toma de aquí y de allá, ordena y cohesiona para que una historia funcione literariamente. Si esta frase de Bolaño fue una mera licencia narrativa sin sustento verídico, Los detectives salvajes sería suficiente para demostrar que, en la literatura del chileno, la realidad se cuela sin mucho recato y sirve de puente entre la psique del autor y la imaginación del lector.

Recordé aquella cita de Bolaño mientras leía No contar todo de Emiliano Monge, ya que caí en cuenta de que, a últimas fechas, la realidad ha adquirido una función mucho más preponderante en las letras mexicanas, en la que ha cobrado notable relevancia ese subgénero (o sub subgénero, ya uno puede atomizar hasta el infinito) llamado autoficción; esto es, la experiencia no es únicamente un punto de partida, un eje alrededor del que giran las historias, sino que lo vivido por el autor es la historia misma.

Federico Guzmán Rubio identifica este fenómeno en un texto publicado en El cultural (“La autobiografía en las letras mexicanas”), en el que aborda una serie de libros en los que sus autores hablan de sí mismos y de lo vivido en algunas etapas de su vida. Entre los libros mencionados están Canción de tumba (Herbert), Al final del periférico (Fadanelli), El pericazo sarniento (Velázquez) y No contar todo, aunque rastrea el origen de la pulsión exhibicionista de hablar de sí mismos hasta las Memorias de Fray Servando Teresa de Mier, pasando por Juan García Ponce y Jorge Ibargüengoitia. Yo añadiría a esta tendencia autoficcional Adiós a los padres (Aguilar Camín) y, trascendiendo el ámbito meramente literario, pero dentro de las artes narrativas, ese fenómeno cultural en el que se ha convertido Roma, de Alfonso Cuarón.

Ahora bien, lo realmente interesante, a mi parecer, es preguntarse por qué los autores mexicanos han decidido volverse hacia sí mismos para escribir; es decir, por qué han dejado de contar historias ubicadas en una realidad objetiva, para narrar su propia historia, situada en su realidad subjetiva. Guzmán aventura dos hipótesis, que no son necesariamente excluyentes: por un lado, gracias al inútil y vanidoso arte del recuerdo y una pulsión meramente exhibicionista; por el otro, una señal de nuestro tiempo en el que la gente no habla más que de sí misma en Instagram, Facebook y Twitter.

Sin descartar las anteriores explicaciones, creo que puede haber otras: desde que el Estado mexicano inició la llamada guerra contra el crimen organizado, la realidad de este país se ha vuelto más siniestra que cualquier producto de la imaginación más retorcida, a grado tal que un retrato literario del estado actual de cosas parecería inverosímil, un relato difícil de sostener, un pacto de ficción difícil de ofrecer al lector que no se guía únicamente por el morbo.

Si bien desde antes del año 2006 ya existía el subgénero conocido como narconovela, hoy en día los efectos del combate a los cárteles son omnipresentes, prácticamente no se habla de otra cosa en los medios, por lo que, tal vez, los autores se cuestionan si tiene sentido contar, sin ser condescendientes, algo que ya está escrito en los periódicos. Quizá por eso los escritores mexicanos se han volcado hacia sí mismos: la realidad real de este país se ha vuelto monotemática y por todos conocida, mientras que su realidad subjetiva es, como la de cualquier persona, única.

En este contexto, cabe preguntarnos por qué es relevante una novela como No contar todo de Emiliano Monge. Mi respuesta sería que es la obra más lograda de toda esta ola de narraciones de autoficción; le gana en cohesión narrativa a Canción de tumba, en profundidad de introspección a Fadanelli, en intensidad emotiva a Aguilar Camín. Monge nos cuenta la historia de su estirpe, la compleja relación que él, su padre y su abuelo han tenido con su propia masculinidad, con un entorno social eminentemente patriarcal y, sobre todo y a la luz de este entorno, con las mujeres a su alrededor.

Cuando uno va al psicólogo, tarde o temprano la retrospectiva llega a la infancia y a la relación con los padres. Quienes hemos tenido relaciones difíciles con nuestros progenitores sabemos que, en el fondo, buscamos su reconocimiento como iguales: unos lo hacen sometiéndose a su voluntad, otros confrontándolos; pero uno de los motores determinantes de muchas de las decisiones que tomamos es nuestra experiencia paterno-filial.

En su autoexploración, Monge no se limita a remontarse a la relación con su padre, Carlos II, sino que escarba en la de este con el suyo propio, esto es, con Carlos I; solo así es capaz de entender las cargas que su padre le ha arrojado, que son consecuencia de las que sobre este echó su abuelo. Carlos I fingió su muerte para escapar de su familia, incluyendo a su esposa y sus hijos; Carlos II fue desapareciendo de su casa lentamente y de a poco, por episodios, abandonando a su esposa e hijos; Emiliano ha tendido, desde niño, a evadirse mentalmente del presente, pero también a recluirse en su casa y hospitales, bajo pretexto de enfermedades más psicosomáticas que otra cosa. La fuga, el escape, el rompimiento es la línea común de los Monge.

En vez de contarnos todo por él mismo, Emiliano da a cada personaje (abuelo, padre, hijo) su propia voz, asignándole un tipo de narrador distinto a cada uno; si bien esto es una gastada técnica literaria, le confiere a la novela una perspectiva que no tendría si el autor narrara únicamente desde su yo; pero como el yo es inescapable y mucho más en la autoficción, cada voz está determinada por la distancia entre el autor y el personaje que habla.

Carlos I habla en primera persona a través de sus diarios personales, dado que su relación con el autor fue cercana y cariñosa; en ellos cuenta de sus aspiraciones juveniles, de la necesidad de tomar un trabajo burocrático y aburrido, del enamoramiento y conquista de su mujer, pero también, sobre todo, del predominio que ejercía su cuñado, en ese momento un político de carrera ascendente en el PRI de Sinaloa (eventualmente sería gobernador y protector de Miguel Ángel Félix Gallardo). Sometido al macho alfa, todas sus decisiones y proyectos dependían del consentimiento de Polo; hasta que un día decide fingir su muerte y escapar hacia California, tierra prometida que conoció gracias a los viajes que le encargaba su cuñado para llevar algunos encarguitos hacia el otro lado.

Cuando Carlos I se fuga, su esposa y sus cuatro hijos, entre ellos Carlos II, quedan a su vez sometidos a la voluntad del tío Leopoldo, padrastro y padre sustituto, al cual los hijastros llegan a considerar, quien sabe si voluntariamente o no, su padre verdadero. El segundo de la estirpe nos cuenta a través de un diálogo con su hijo escritor, en el que se filtran las rencillas históricas y la rispidez de la relación entre padre e hijo, cómo ese patriarcado, basado en el cariño pero también en el miedo, lo asfixiaba, por lo que un día, en una confrontación directa con su tío, prominente político priísta, se une a la guerrilla de los sesentas y setentas y al movimiento estudiantil del 68; hasta que desiste de sus ánimos revolucionarios, gracias a la tortura recibida en Lecumberri, a la conciencia de que no tiene el valor suficiente para llevar la lucha a sus últimas consecuencias, al darse cuenta de que quizá no sirvió de nada y no había forma de cambiar la realidad del país. Forma una familia tradicional, lleva una vida tradicional, hasta que muere su padrastro, y ya sin un asidero en este lugar, de a poco se va desvaneciendo, hasta irse definitivamente e instalarse en España siguiendo su vocación de escultor, dejando atrás a su esposa y a sus dos hijos menores, uno de ellos el enfermizo y frágil Emiliano.

Este, por último, cuenta su propia historia en tercera persona, supongo que para evitar la autocondescendencia, pero en realidad habla de su padre y de su abuelo, su relación con ellos, la forma en que estos personajes modelaron su carácter, evasivo y huidizo, poco franco y nada frontal para abordar la realidad.

Pero queda un punto ciego: no está claro de qué huye Emiliano, si es que en realidad huye como sus antecesores. Ello me lleva a pensar que, contrario a lo que se dice expresamente en la novela, la estirpe de los Monge no tiene ningún determinismo hacia la huida, como si fueran lemmings que se dirigen al precipicio, sino que hay un motivo más hondo: la insatisfacción, reconocer que no están donde están por gusto, sentirse atrapados en un mundo en el que no se sienten cómodos; la búsqueda de un lugar, una misión, una vocación, finalmente, de algo que se parezca a la felicidad a través de la independencia emocional y material.

Creo que más de uno se sentiría identificado con esa necesidad de quemar las naves y perseguir una meta absurda e imposible como, por ejemplo, forjar una carrera literaria y vivir de la escritura; tal vez Emiliano sí ha encontrado su camino, ese lugar en el mundo que los de su estirpe buscaron, y su forma de escapar de esta hiperrealidad abrumadora es, justo, huir hacia el papel y llenarlo de tinta como un ejercicio de psicoanálisis personal, dentro del psicoanálisis generacional que está sufriendo la literatura mexicana y, en general, la sociedad de este país.

Si las letras de un país son expresión de su tejido social, entonces podríamos afirmar que la sociedad mexicana en su conjunto está en un proceso de autoexploración, auto reconocimiento y búsqueda de su lugar en su historia y en el mundo; proceso que atiende a la insatisfacción general que se palpa en las calles, en los caminos, en los pueblos, ante un estado de cosas que, en general, no se percibe que camine hacia el bienestar general, sea por la inequidad en la distribución del ingreso y las oportunidades, la injusticia social, la violencia, la incapacidad de las instituciones democráticas para cumplir con sus tareas fundamentales.

Por eso el rompimiento político del 1 de julio de 2018 fue una catarsis que, bien a bien, no sabemos a dónde nos llevará ni cómo terminará, lo único evidente es que mucha gente tenía la necesidad de cambiar de ruta; lo mismo sucede con la autoficción y, en específico, con No contar todo. Probablemente ni el propio autor sabe, al día de hoy, si el efecto de ese ejercicio de catarsis y terapia desembocará en algo positivo, pero, en sus páginas, se palpa la necesidad de Emiliano Monge de soltarlo, de contarlo todo.

 

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