Literatura

Juan Gómez Bárcena, Ni siquiera los muertos, Sexto Piso, Madrid, 2020, 350 pp.


Sergio A. Mendoza

En el libro más reciente de Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984) dos hombres, uno profano y otro piadoso, parecen encarnar al mismo soldado y al mismo fugitivo; ambos poseen los mismos ojos, las mismas dagas y el mismo oro. Ni siquiera los muertos debe su título a una cita de Tesis sobre la historia y otros fragmentos de Walter Benjamin que el escritor ha colocado frente a un texto ramplón de superación personal atribuido a Donald Trump. Este inesperado contraste prefigura el arreglo dialéctico de la obra, una constante querella de miradas al pasado y al futuro. Es una novela teñida de violencia que atraviesa cuatro siglos de historia y que finaliza en un estruendo polvoriento en nuestra época.

La historia comienza en Puebla pocos años después de la caída de México-Tenochtitlan cuando miembros del Santo Oficio discuten glorias y penurias de los primeros conquistadores de la Nueva España. Buscan al más apto para una misión que implica la captura de un hombre al que llaman el indio Juan. Como pasa con cualquier hereje, las imputaciones contra Juan son vagas, pero son suficientes para ser acompañadas de propuestas de recompensa y condiciones sobre la vida y muerte del acusado. Luego de repasar una larga lista de personajes, por azar o por designio divino, dan con el nombre de otro Juan, de apellido de Toñanes. Las descripciones de los pecados de los rechazados y la mediocridad del elegido, por ser el mejor entre los peores, muestra los catálogos y repeticiones, series y símbolos en que cualquiera podría verse reflejado. Se abordan ideas hechas hombre y caras que riman entre sí, recursivas y que flotan hoy mismo en un espacio fuera de la obra.

Ni siquiera los muertos tiene destellos que hacen recordar a autores tan variados como Roberto Bolaño, Jorge Luis Borges, Miguel de Cervantes, Fiódor Dostoievski y Joseph Conrad. Gómez Bárcena encuentra su voz para un experimento bien logrado de geografía, tiempo y lenguaje sin caer en la imitación de estos y otros escritores. La descripción de sus llanos, por ejemplo, no es un calco rulfiano, sino el producto de una original mirada. Al considerar que Ni siquiera los muertos es una novela sofisticada que puede soportar varios tipos de lectura, sugiero emparentarla con el género estadounidense del Southern Gothic. Por su estética, ideas de redención y miseria, personajes marginales, uso de lo grotesco, tratamiento de los temas raciales, la violencia, así como la descripción y el viaje por el territorio –¿no son el sur de Estados Unidos y el norte de México en cierta forma una continuación del mismo espacio?– podría convivir con otras de Cormac McCarthy y Flannery O´Connor, en especial por un humor sobre lo católico que también poseía Graham Greene. Gómez Bárcena residió un tiempo en la Ciudad de México y su experiencia se ve reflejada en el uso del lenguaje, entendimiento de contextos históricos y voces que anidan en el libro. Ha recibido además reconocimientos y premios por sus otras novelas como El cielo de Lima (Editorial Salto de Página, 2014) y Kanada (Sexto Piso, 2017).

Gómez Bárcena hace un señalamiento a las estructuras de poder y anhelos que aún moldean la sociedad mexicana. Cumple con las esperadas reflexiones sobre el encuentro de culturas, el mestizaje, la soledad del territorio, la frontera, la religión, la migración, el progreso, el tiempo, la mujer y la voz de los oprimidos. Los escritores a menudo fallan al abordar estos temas por exagerar su programa de explotación de la violencia. Ejercicios así se han vuelto comunes en el arte que usa a México y en especial al norte del país como mero paisaje o excusa argumentativa (quien escribe esta crítica es originario de Ciudad Juárez) y embrollan aquello que querían denunciar. No sucede así con esta novela. El autor demuestra meditaciones profundas y no por ello carentes de gracia acerca de la complejidad de tales problemas sin caer en lo moralizante.

Una noche de lluvia dos oficiales acuden a la taberna propiedad de Juan de Toñanes. Es una escena que por su humor podría recordar al Quijote llegando a su primera venta, si el ventero fuera el protagonista y no el hidalgo, o a un saloon en un western cualquiera. Los hombres, que además tienen manos de escribanos, explican la encomienda con lenguaje barroco y leguleyo para convencer a Juan de lo que parece una empresa casi imposible. En México se ha mantenido el uso de formas similares al hablar y escribir, heredadas de funcionarios, amanuenses y contadores aztecas que administraron un imperio vasto por siglos, y por sus reemplazos españoles, que continuaron su expansión por un periodo similar. El autor conoce bien este rasgo: las palabras misión y encomienda, o las imágenes del pulque y los naipes en la cantina, ocurrirán cargadas de significados ambiguos en el resto del libro.

Juan de Toñanes, antiguo soldado durante el asalto inicial a la ciudad capital, testigo de la crueldad y la sangre, se ha vuelto un hombre callado. Contrajo matrimonio con una mujer indígena después de que muchas de sus cartas a la autoridad, en las que clamaba nuevas aventuras y pagos por su desempeño anterior, fallaran. Le aburre contar o rememorar hazañas del pasado y no se muestra entusiasta ante el ofrecimiento de los extraños. Los oficiales le otorgan un plazo para aceptar y se despiden pagando sus bebidas con un escudo de oro que Juan arroja al fuego en un gesto sorpresivo. Esa noche sueña con dinero sin llegar a la fiebre. Piensa en alzar su negocio, que también es su casa, y a su esposa, a quienes otros relegan por su origen. Cuando los oficiales vuelven, acepta participar y recibe un mapa y dinero para provisiones, caballo y hombres. No obtiene descripción ni mayor seña sobre el fugitivo, solo la instrucción de no regresar sin un libro que este pasea.

El otro Juan (eso representa: la otredad) fue uno de los primeros indígenas conversos al catolicismo por misioneros españoles. Desde niño mostró habilidades amplias para las lenguas, capacidad para la argumentación religiosa y carisma, recursos valiosos para la propagación de la fe, aunque desarrollarlos tuviera un alto costo para su persona. Cuando su mirada y su incansable labor atrajeron multitudes, los misioneros vieron en él un instrumento útil para su causa que devino en sospechas de su don. Su herejía consistió en esparcir la idea de salvación a su modo y en su propia lengua. Tradujo por su cuenta la Biblia y se fue a predicar al desierto. Fácilmente logró adeptos y fanáticos (piénsese en “El evangelio según Marcos” de Borges) quienes le llaman Padrecito. Sus sermones y cuestionamientos hieren a aquellos en el poder; los personajes, y por tanto nosotros, los aceptamos por su sutil ironía.

El autor Juan nos cuenta que el virrey de la Nueva España y sus soldados de yelmo y sotana comisionan la persecución de un Juan por otro Juan. Desean aplastar el símbolo del Padrecito utilizando la espada cubierta de hollín de un guerrero cansado. Al igual que de Toñanes, el lector solo percibe al fugitivo por lo que otros dicen de él y recorremos juntos un sempiterno viaje al norte, siempre al norte. Cruces marcan el camino y monedas cambian de mano; iteraciones de milagros y dudas llenan las alforjas. Al inicio de la aventura, Juan de Toñanes asegura a su esposa que dos semanas bastarán para su encargo. La peregrinación dura casi quinientas leguas y la misma cantidad de años: dos semanas es su única oración. El Juan postrero no envejece y fácil se resigna a los cambios de época, tecnología y vocabulario de cada lugar al que llega. Siente que ya ha visto o vivido antes en los sitios donde acampa, donde ama o donde es refugiado. Es un Aquiles que intenta alcanzar a la tortuga de Zenón por un efecto magnético: la mirada y el carisma del perseguido aparecen a menudo en sus sueños.

Entre más se acercan el uno al otro, más se parecen, o al menos eso acreditan los conocidos del Padrecito, luego llamado el Patrón, Compadre o también el Padrote. En cada episodio, el otro, se rebela ante el Zeitgeist para dominarlo y hacer andar la historia, ¡la Historia!, mientras Juan de Toñanes se erosiona como antítesis. Desde un inicio, a pesar del supuesto respaldo del virrey, el español nunca fue un personaje poderoso; con el tiempo irá perteneciendo a la clase que acepta la iluminación del mensaje del bendito hereje. Pasa de ser un capitán a un desplazado, un olvidado en el desierto, un hombre que piensa y llora por los perros y caballos que asistieron a la Conquista (“Sunt lacrimae rerum, et mentem mortalia tangunt”), un mendigo, un pasajero durante la Independencia y la Revolución Mexicana, un testigo del algodón y los trenes, un migrante más.

Las observaciones sobre la lengua, oral y escrita, así como los libros y el papel como objetos venerables, también son importantes en la novela y nos hacen pensar sobre cómo esto se manifiesta en nuestro entorno. Por ejemplo, no soy el primero en observar que, en México, el uso de la tipografía gótica abunda en anuncios de cervezas, letreros de tiendas de abarrotes o en grafiti callejero, entre otros. La divulgación de la Biblia en el territorio conquistado también fue un fenómeno estético al que inconscientemente, o no, diseñadores formales o pintores improvisados apelaron para otorgar un aura de formalidad a sus productos. En Ciudad Juárez, el gachupín de Toñanes convive con hijos de la frontera: hablan en spanglish y pertenecen al crimen organizado, tal vez la traza de alguno de sus tatuajes interesaría a Gutenberg.

La novela fue publicada en un tiempo de política convulsa, en que abundan la violencia y los discursos que llaman al encono. Quizá surge como una reacción a ello. Nos presta los ojos de un Juan que, sin juzgar, es atraído por el otro, aunque lleve a cabo un proceso de conversión por su propia cuenta. En la historia, el español mantiene la marcha aun sabiendo que no habrá virrey ni oro que recompensen su aventura. El valor de la obra reside en su capacidad narrativa y no en ser un instrumento moralino o de denuncia. Los tiempos, lineales o cíclicos, cambiarán y las injusticias con ellos. Ni siquiera los muertos perdurará. Para entender el futuro y construirlo deberíamos ir por un pulque a la taberna de Juan de Toñanes y discutir sobre el pasado.

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