Literatura

Valeria Luiselli, Los ingrávidos, Sexto Piso, México, 2011.


Liliana Muñoz

“Cada uno de nosotros es varios, es muchos, es una prolijidad de sí mismos”, reza uno de los fragmentos más abrumadores del Libro del desasosiego. Fernando Pessoa padecía –no es novedad afirmarlo– los síntomas de su propia evaporación: sentirse otro, saberse otros, ser fantasmas de uno mismo. Los ingrávidos de Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983), es precisamente eso: una novela de fantasmas. Los protagonistas, una editora que narra sus años de juventud en Nueva York y un Gilberto Owen que habita en el Harlem de los años veinte, asisten con perplejidad al espectáculo de una vida que no se sabe con certeza a quién pertenece.

Si Papeles falsos, primer libro de la autora, recibió en su momento el reconocimiento por parte de la crítica, no me parecería un error señalar que Los ingrávidos es una feliz continuación del proyecto literario que empieza a distinguir su obra. La prosa de Luiselli es precisa, inesperada, cautelosa: es, como ella misma diría, una escritura de corto aliento. Además, a diferencia del fallido experimentalismo de algunos jóvenes narradores mexicanos, Luiselli nos ofrece una novela sobria y calibrada. No hay en su obra exageraciones formales ni tramas retorcidas, sólo ambientes vívidos, librescos, vinculados plenamente con la experiencia humana.

Los ingrávidos es una novela sobre dos personajes que se van desdibujando hasta convertirse en espectros de sí mismos, en tiempos y espacios diferentes. La narradora escribe desde su vida presente. No puede respirar: tiene un niño mediano, una bebé y un marido entrometido. Su válvula de escape es la escritura. En las noches de insomnio, escribe párrafos larguísimos sobre otra vida, una vida que es y no es la suya, mientras el fantasma de Gilberto Owen empieza a ocupar los espacios que ella deja vacíos. O tal vez –no sabríamos decirlo con certeza– escribe párrafos breves sobre el tiempo en que vivía en Nueva York y se afanaba en publicar unas traducciones apócrifas de poemas de Owen hechas por Louis Zukofsky. El narrador, por otro lado, es un Owen ficticio que carga con una vida rota. Ciego, abandonado por su mujer, ocupa sus días en lamentar su envejecimiento, su gordura y su soledad; acaso su mayor diversión la constituye su relación con Lorca (con el que pudo haber coincidido en la vida real, si bien no existen documentos que lo atestigüen), las cartas de amor que escribe a Clementina Otero y las risibles traducciones del grupo de los Ojetivicios. Escribe también sobre otra vida, la de una mujer de rostro moreno y ojeras hondas que tiene un marido entrometido, un niño mediano y una bebé con los que habita en una casa que se cae.

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  • teresita ramos says:

    me parece una novela interesante, que cautiva al lector, la autora ha de tener una gran imaginacion, ojala reciba un reconocimiento por ella.

COMENTARIOS


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