Literatura

Los dominios de Venus. Antología de novelas eróticas (siglos XVIII-XIX), Siruela, Madrid, 2015, 798 pp.


Lourdes Montes

Después de leer la primera novela erótica de la antología, El portero de los cartujos de Gervaise de Latouche, podría añadirse una nota al cuadro de François Boucher utilizado en la portada, en el que se aprecia a una voluptuosa Venus desnuda: “el placer es de una naturaleza intensa e inquieta. Si fuera posible compararlo con algo, lo compararía con esos fuegos que salen bruscamente de la tierra y que se desvanecen en el momento en que vuestros ojos, heridos por el resplandor de su luz, tratan de adivinar su causa” (p. 120). Porque es esto lo que he hallado en sus páginas: placer.

     La antología preparada por Mauro Armiño recoge no solo novelas que se relacionan con una expresión filosófica libertina del erotismo, sino también muestra los comportamientos sexuales de aquella época y que en muchas ocasiones fueron –y siguen siendo– juzgados como una perversión o atentado a las buenas costumbres. La sexualidad y el erotismo son los protagonistas de una compilación de novelas que surgieron en Francia, Inglaterra y Alemania entre los siglos XVIII y XIX. Frente a estas obras, uno se pregunta: ¿cuál es la naturaleza de la novela erótica? ¿Divertir? ¿Enseñar? ¿Desahogar los deseos ocultos?

     Estas novelas eróticas siguen un mismo patrón: una introducción a la narración, la cual desvela el panorama y la atmósfera; una problemática que generalmente está vinculada a la represión sexual y finalmente una historia entrelazada por medio de recuerdos de los personajes. En la novela erótica del siglo XVIII se comienzan a construir personajes específicos que acaban siendo estereotipos en las fantasías sexuales occidentales: beatas de suaves muslos, inocentes jovenzuelos, muchachitas de colegio, experimentados sacerdotes y monjas. El tedio que puede generar esta repetición de modelos se transforma gracias a la construcción del personaje al dotarlo de una voz propia, de recuerdos y una personalidad única. Es decir, no todos los monjes tienen las mismas perversiones o utilizan los mismos métodos de seducción ni tampoco todas las muchachas son miedosas y lloronas, pero todos ellos comparten una cualidad bastante humana, indispensable para la sexualidad: la curiosidad.

     En todas las novelas que se presentan existe la posibilidad de llevar al límite las sensaciones; los personajes buscan el placer sin miedo y con total libertad, incluso llegan a morir por la ejecución de prácticas extremas. El sadomasoquismo, la zoofilia, la pederastia, el incesto e incluso la necrofilia son algunas de las muchas que mencionan; sin embargo, no se les otorga una connotación negativa, al contrario, tan solo son experiencias sin un nombre concreto que se congele en un concepto prohibido o inmoral. Además, se discute sobre la homosexualidad, el aborto, el dolor, el miedo, la dominación e incluso la represión sexual que se vivía en la época. Los textos adoptan diversas formas: hay novelas epistolares, diarios y diálogos, como el caso de Gamiani, dos noches de pasión de Alfred de Musset, una de las mejores novelas del conjunto. Con un lenguaje suntuoso y lleno de referencias clásicas, aquí se resalta la obsesión por descubrir nuevas experiencias sexuales. Con su protagonista, una condesa irreverente y poderosa, es posible acercarse al nacimiento de una ninfómana. La crudeza de Musset no le pide nada a  Lars von Trier, con cuya obra de hecho guarda algunos paralelismos.

     Como la mayoría de las novelas, comienza con un narrador testigo que tiene una doble función: narrar y disfrutar, ya que es una suerte de voyerista. El papel del observador es un aspecto que se construye por medio de la minuciosa descripción de cada gemido, posición y sensación. La trama gira en torno a la condesa Gamiani y su supuesta ligereza lésbica (a sus espaldas se le llama tríbada por los rumores acerca de su homosexualidad). Alcibes, el voyerista, lleno de curiosidad, pretende espiarla, y a partir de aquí comienza una serie de relatos dentro de la misma historia que crean un pasado sólido que justifica las perversiones de los personajes. Entre castigos, falos con espinas, lazos e historias zoofílicas, transcurren los capítulos “Una noche de pasión” y “Dos noches de pasión”. El clímax narrativo coincide con el sexual: “descubría un horizonte infinito: vastos cielos inflamados, atravesados por mil cohetes voladores que volvía a caer deslumbrantes en lluvia dorada, destellos de zafiro, de esmeralda y azur” (p. 564). Imágenes fálicas, demonios y monjas tienen un encuentro en ese sueño placentero que relata el narrador, un sueño que idealiza, eleva y sacraliza un acto natural e instintivo. La condesa Gamiani se manifiesta desde un inicio como contraria a la “naturaleza”, es decir, la heterosexualidad “¡Qué le vamos a hacer! ¡Tengo la triste condición de haberme divorciado de la naturaleza!” (p. 558).

     Los dominios de Venus –que incluye obras de Gervaise de Latouche, Boyer d’Argens, John Cleland, el conde de Mirabeau, Alfred de Musset, Theóphile Gautier, Leopold von Sacher-Masoch y Pierre Louÿs– se lee con ligereza y amenidad, a pesar de su extensión. Tradicionalmente, la novela libertina se presentaba como una obra educativa, didáctica, y por eso me permito terminar con un consejo de Gervaise de Latouche: “Feas, cuando concedáis vuestros favores a alguien, escatimadlos, no le colméis de ellos: cuando no hay nada más que desear, se deja de desear; la pasión se apaga por un goce demasiado completo. Tened cuidado, no disponéis de los mismos recursos que una hermosa” (p. 121).

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