Literatura

Xavier Velasco, Los años sabandijas, Planeta, México, 2016, 472 pp.


Pablo Ramírez Morales

Xavier Velasco posee una voz particular, propia y reconocible, pero lleva esa virtud un paso más adelante al amalgamar el lenguaje culto y el arrabalero para reproducir de forma casi natural la palabra hablada. Además, no incurre en un defecto más o menos común en la literatura nacional: la ausencia de tramas bien construidas; por el contrario, sus historias suelen estar tejidas a través de una sucesión más o menos bien motivada de hechos a través de las cuales explora conflictos humanos con los que se identifica el lector. Aparte, los libros de Velasco tienen otras virtudes: personajes entrañables que sostienen las historias, el uso de la cultura y la música popular para dotar de contexto y amplitud, un sentido del humor que deriva de la ironía y no de la intención explícita de ser gracioso. Todo esto hace que Xavier Velasco sea hijo, no sé si reconocido o bastardo, de José Agustín y de la literatura de la onda.

     Sus novelas podrían dividirse en dos: por una parte, aquellas en que el contenido autobiográfico es la sustancia de la historia, como es el caso de Este que ves y La edad de la punzada, en las que narra pasajes de su infancia y adolescencia. Por la otra, en las que el protagonista se sale de una aburrida y mediocre normalidad y se lleva a sí mismo a situaciones extremas, como un ejercicio de supervivencia y autoconocimiento, de rompimiento con su pasado, pero también de reconciliación con el mismo, como Diablo guardián y Puedo explicarlo todo. Sin embargo, algo que permea y es una constante en todas las novelas de Velasco, es el peso de la familia como el origen de los traumas, las taras y los vicios que las personas arrastrarán a lo largo de su vida.

     Los años sabandijas comparte estas características generales de la obra de Velasco; sin embargo, intenta innovaciones en cuanto a la forma, estructura y enfoque. Los protagonistas no solo son maleantes, sino que lo son declarada y abiertamente, pues su único objetivo es ganar dinero fácil. La historia de sus personajes está imbuida en la historia del Distrito Federal, la cual se pretende que sea un elemento preponderante en el devenir de los hechos. El periodo concreto en el que se desarrolla la novela es la década de los ochenta, durante la cual el autor vivió su tardía adolescencia y su temprana adultez. Esta sería una razón lo suficientemente válida para ubicar ahí la trama, pero durante dicha década la Ciudad de México, quizá el país entero, sufrió una transformación radical. La sociedad civil entró en un proceso de madurez y despertar que desembocó, a la larga, en el rompimiento del monolítico sistema político: la explosión de San Juanico, el gran terremoto, la devaluación del peso, el mundial de futbol, la elección presidencial del 88, la transición del populismo administrador de la abundancia y la estatización de los bancos hacia las reformas neoliberales y la promesa del primer mundo.

     Sin embargo, desafortunadamente se trata de una novela que no termina de cuajar ni de generar una experiencia de lectura enteramente satisfactoria. Quizá porque el que mucho abarca poco aprieta; es plausible que un autor sea ambicioso en cuanto a los alcances de sus novelas, pero en el caso concreto, la intención de comprender todos los años de los ochenta hace que la trama se diluya y no termine de redondearse. El libro trata de unos maleantes de poca monta, el Ruby y el Roxanne, que planean y ejecutan una serie de atracos (incluido el robo del Walkman de Sting durante un concierto que dio The Police en el entonces Hotel de México), con la única finalidad de ganar dinerito para satisfacer sus necesidades y gustos juveniles. A ellos se irán sumando otros personajes, como unos agentes de la policía del Negro Durazo y la tercera protagonista del libro, una universitaria de Ciudad Satélite llamada Lulú y a quien conocemos al principio del apartado relativo a 1982 en una secuencia que, en sí misma, podría ser un relato independiente, dada la hilarante y extraordinariamente bien lograda vuelta de tuerca que da hacia el final. Asimismo, aparecen el primo del Ruby que organiza concursos de belleza fraudulentos y un travesti cuya misión era, justamente, ser declarado ganador en el certamen de Miss Estado de México. Alrededor de todos ellos aparecen sus familiares, amigos, parientes y demás personajes incidentales.

     Durante la primera mitad parece que estamos ante una novela episódica en la que cada uno de estos actores aparece en su respectivo ámbito e, incluso, en su propio tiempo. Con el correr de las páginas se van cruzando para, a partir de la segunda mitad, todos participar en una misma línea argumentativa. Y ahí es donde la novela se descompone: el Ruby intenta regenerarse sin mucho esmero ni éxito, pero se reencuentra con el Roxanne quien, después de haber migrado hacia Estados Unidos e iniciado la carrera de actuaría, lo recluta para la planeación de un fraude financiero a partir de una de esas estructuras de pirámide que se pusieron de moda en los ochenta y que hoy en día siguen encontrando inocentes a quien embaucar. El motivo del Roxanne para implementar su negocio es recuperar el respeto y los afectos de Lulú, quien se fue con él a Estados Unidos, pero que lo dejó al darse cuenta de que le colgaba un cordón umbilical transfronterizo. De 1986 en adelante todos los personajes intervienen de una u otra forma en la trama del diseño de la pirámide, el descubrimiento del fraude, la fuga y persecución de los estafadores.

     Sin embargo, la necesidad de que esta historia abarque todos los años de la década hace que se rompa la unidad de tiempo y, por tanto, que las secuencias terminen narrándose con prisa y dejando muchos acontecimientos huérfanos de motivo y justificación. Todo por el ansia de terminar un año para pasar al siguiente. Por ejemplo, uno de los ex agentes de la policía del Negro Durazo encuentra el escondite del Roxanne, el Ruby y Lulú mientras son prófugos de la justicia, pero no sabemos cómo se enteró del fraude ni del refugio, ni cuál es su misión para estar ahí. De igual forma, en unas pocas páginas la pirámide pasa de ser un fracaso a un éxito y a un delito de cuello blanco que sale en las noticias; nunca se ve a los afectados ni la forma en que se descubrió el atraco, solo las cantidades de dinero de las que se mal hacen el Ruby y el Roxanne.

     Mi principal objeción con Los años sabandijas es que la prolongación de la historia a lo largo de toda la década es forzada, lo cual genera una relatoría de hechos apresurada y poco pulida. Sin embargo, no es un defecto meramente formal, sino que trasciende a la sustancia: si la novela como género se sustenta en los personajes, aquí quedan muy desdibujados, pues solo conocemos de pasada su entorno familiar, pero no se exploran las huellas y llagas que su pasado ha dejado en ellos. Por qué unos niños clasemedieros eligen la vida delictiva en vez de aprovechar las oportunidades propias de su posición socioeconómica, requeriría una mayor exploración de su intimidad para entender cuáles son sus motivos profundos y existenciales. Se queda muy lejos de la inmersión en las catacumbas de la psique de la Violetta de Diablo guardián, del Xavier adolescente de La edad de la punzada o del Joaquín de Puedo explicarlo todo. Incluso en el caso de Lulú, que en mi opinión es tan protagonista como el Roxanne y el Ruby, en realidad no queda muy clara cuál es su misión, su conflicto, de qué huye y a dónde quiere llegar. En contraste, como una intencionada audacia narrativa, los apartados de 1983 y 1987 son narrados de forma epistolar. Los autores de las cartas son personajes bastante secundarios e inocuos a través de los cuales, más bien de sus misivas, conocemos una parte de la historia de los personajes principales. Sin embargo, gracias a este enfoque, conocemos a estos actores de reparto más íntimamente, con lo cual se le asigna un gran peso psicológico a quienes en la totalidad de la narración son más bien insustanciales.

     La prisa con la que se cuenta todo termina por desdibujar, también, a la época. En realidad, es una historia que pudo suceder en cualquier otro tiempo y no únicamente en los ochenta; las referencias a la moda y a la música son meramente accidentales, además de que los acontecimientos históricos vividos en el Distrito Federal apenas inciden en el devenir de los personajes concretos. Quizá la devaluación del 82 influye en el cambio de giro comercial de la familia de Lulú, tal vez el mundial del 86 y el penalti que falló Hugo le sirven al Roxanne de inspiración para diseñar su pirámide, pero el terremoto del 85 apenas es un pretexto para que un personaje secundario se deshaga de otros personajes igualmente periféricos, ayudado por una vedette que no vuelve a aparecer. Además del terremoto, otro acontecimiento definitorio para la madurez de la sociedad civil fue el proceso electoral de 1988 y el fraude en el que culminó, hecho que es absolutamente obviado en la novela.

     A lo que voy con esto es que, si lo vemos con cuidado, los sucesos nacionales alteran la experiencia vital de los personajes muy de refilón, no de raíz, no dramáticamente, lo cual es incongruente con la intención declarada de situar la historia en ese momento específico y tejer el hilo conductor de la novela alrededor de esta referencia temporal. Lejos están los ochenta de afectar las vidas del Ruby y el Roxanne, como lo hace la primera guerra mundial con la familia Crawley en Downton Abbey, solo por citar un ejemplo contemporáneo y popular de producto narrativo en el que la Historia se mete en las historias. Yo sé que nada hay más pedante, y quizá incorrecto, en la crítica literaria que decir cómo hubiera sido mejor el libro que se reseña, pero me aventuraré a especular que habríamos tenido una novela mejor lograda si se hubiera centrado en uno o dos sucesos importantes de la década sabandija y a partir de ahí tejer la trama, quizá buscando la forma de que otros acontecimientos de años anteriores y posteriores irradiaran su efecto sobre la historia. Al final, uno se queda con el desencanto de saber que Xavier Velasco es capaz de hacerlo mucho mejor.

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