Literatura

Haruki Murakami, Los años de peregrinación del chico sin color, Tusquets, Barcelona, 2013, 314 pp.


Frida Conn

Los años de peregrinación del chico sin color, la novela más reciente de Haruki Murakami, tiene como protagonista a Tsukuru Tazaki, el “chico”  –casi cuarentón– sin color: aislado, introspectivo, ordinario. En pocas palabras, el típico personaje murakamiano. El autor ha conseguido modelar sus obsesiones en un universo propio, complejo a pesar de sus limitaciones, de su constante reiteración temática y estilística. La soledad, la alienación y la pérdida son el núcleo de esas historias que reproducen, una y otra vez, la misma premisa: el hombre es víctima de su condición; el hombre es vulnerable.

     A diferencia de otras obras, en Los años de peregrinación del chico sin color no proliferan los elementos fantásticos: no hay misteriosas desapariciones en islas griegas (Sputnik, mi amor), ni insomnes aficionados al jazz (After Dark), ancianos que hablan con gatos (Kafka en la orilla), ni “hombres-carnero” (Baila, baila, baila), ni mucho menos mundos subterráneos o bibliotecas con estantes repletos de cráneos de unicornio (El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas).  Esta vez, la historia es mucho más terrenal: después de ser abandonado inesperadamente por sus amigos del instituto con los que formaba una  “unión armónica y sin perturbaciones”, la vida de Tsukuru Tazaki queda suspendida en un limbo de inconsciencia, dominado por el deseo de morir: “De haber tenido a su alcance una puerta que condujese a la muerte, la habría abierto sin titubear,  sin pensárselo dos veces, como una prolongación de su día a día” (p. 9).  Asomado al precipicio,  pero sin la voluntad o el interés para saltar o retroceder, el Tsukuru que todos conocían dejó de existir: “Tsukuru Tazaki había muerto. Impetuosas tinieblas se lo habían tragado y lo habían enterrado en el pequeño claro de un bosque. Había ocurrido a escondidas, antes del amanecer, cuando todo el mundo dormía profundamente […] El que  respiraba ahora allí era el nuevo Tsukuru Tazaki, cuyo interior había sido reemplazado. Pero eso no lo sabía nadie más que él. Y no tenía intención de contárselo a nadie” (p. 51). Más de quince años después, el ser que sobrevivió a la silenciosa metamorfosis, incapaz de establecer vínculos emocionales duraderos con el mundo que lo rodea (en menor grado, pero similar a a Mizuki Ando en El mono de Shinagama), encuentra a una mujer, Sara Kimomoto, que le hace ver –mejor dicho, lo obliga a decidir entre resolver sus asuntos inconclusos u olvidarse de una relación más íntima con ella– la necesidad de soltar el lastre que ha venido arrastrando.  Nuevamente en Murakami, la mujer aparece como catalizador de la trama. En sus novelas, la figura femenina encarna, casi siempre,  dos tipos de mujer: o bien aquella que el protagonista amó y perdió, una mujer mental y emocionalmente inestable que manifiesta su condición en alguna clase de discapacidad sexual (Shiro, en esta última novela); o bien la mujer que parece salida de la nada, excéntrica, extrovertida, graciosa, con uno o dos consejos a la mano. Es ésta la que guía al protagonista, quien lo impulsa a dar un paso más allá de la vida mediocre y anónima en la que se ha quedado atrapado; una suerte de gurú que lo acompaña en la búsqueda de su identidad. Sara Kimomoto, pese a que no pertenece a uno ni otro grupo, no es tampoco la Aomame de 1Q84 (única novela en la que la que hay un personaje femenino fuerte), sino un recurso necesario para desencadenar los acontecimientos que entretejen la historia. No deja de resultar un tanto irónico cómo esos personajes con papeles menores evidencian la debilidad de carácter de los protagonistas masculinos. Sin Sara, Tsukuru probablemente continuaría en el pozo de autocompasión y tedio en el que se había refugiado por años.

     Aunque en esta novela Murakami regresa a terreno conocido (la nostalgia por un pasado que parece ofrecer más gozo que el presente inerte; las oportunidades malgastadas; el redescubrimiento de un yo sepultado a fuerza de ser negado; la posibilidad –nunca concreta– de un nuevo comienzo), Los años de peregrinación del chico sin color explora temas que ejercen una gran atracción hacia ese universo en el que el hombre puede regodearse en su soledad y ser indulgente con su medianía y sus fracasos, pero que Murakami ya agotó a causa de reiterarlos hasta el cansancio. Los años de peregrinación del chico sin color se asemeja más a un calco de obras anteriores, menos compleja tanto temática como estructuralmente.

     De igual manera, la irrupción de situaciones inexplicables en la historia del chico sin color (un pianista que asegura ser el “testigo de la muerte”),  la posible existencia de realidades alternas (expresada en una teoría sobre el supuesto desdoblamiento del tiempo), los sueños premonitorios y fatalistas (aquí no más que fantasías sexuales del protagonista), son recursos característicos del estilo Murakami. Situada en un  escenario alejado (no por completo) de los universos de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, en donde hay pozos que conectan con otro mundo; de Kafka en la orilla, en donde Johnnie Walker y Colonel Sanders pasean por las calles de una prefectura japonesa; o del reciente 1Q84, en el que gente pequeña sale de las orejas de niñas y cabras, la historia de Tsukuru Tazaki pertenece, en todo caso, a las obras realistas  del autor, junto con Tokio Blues o Al sur de la frontera, al oeste del sol.

     A diferencia de El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas o Kafka en la orilla, donde se alternan dos historias paralelas que se intersectan en el clímax del relato, Los años de peregrinación del chico sin color sigue una narración lineal quizá demasiado llana. En la obra de Murakami la  música suele ser el pivote de los recuerdos de los personajes.  “Le mal du pays” –una de las piezas que conforma Años de peregrinación de Franz Liszt, de donde toma el título el libro– es la melodía que ambienta el relato,  como lo harían “Norwegian Wood” (Tokio Blues), “Five Spots After Dark” (After Dark) o “Sinfonietta” (1Q84).  Las primeras 138 páginas alternan entre conversaciones con Sara y descripciones de su vasto guardarropa y su exquisito gusto para las prendas (ecos de la mujer que aparece en “Tony Takitani”, cuento de Sauce ciego, mujer dormida)flashbacks de los años felices con sus amigos y con Haida (Míster Grey), compañero de universidad; y sueños eróticos del protagonista (rasgo que comparte con Toru Watanabe de Tokio Blues).  La segunda parte de la novela sigue el regreso de Tsukuru a  Nagoya, en donde conoció a los que una vez fueron sus mejores amigos: Aka (Míster Red), Ao (Míster Blue), Shiro (Miss White) y Kuro (Miss Black). En este grupo (casi) codependiente, Tsukuru “se sentía […] orgulloso de saberse pieza indispensable de ese pentágono. Adoraba a los otros cuatro y amaba esa sensación de unidad más que nada en el mundo” (p. 20). El universo murakamiano no concibe personajes masculinos auténticamente felices; a Tsukuru lo acompleja no compartir un apellido colorido con sus amigos (los primeros ideogramas de cada nombre significan rojo, azul, blanco y negro, respectivamente). Él era, simplemente, el chico sin color: “a menudo pensaba en lo mucho que le habría gustado tener un apellido con un color. Entonces todo habría sido perfecto” (p. 14).  Y como tal, llega a la edad adulta considerándose un tipo aburrido, anodino y soso.

     Es en esa segunda parte que se revela el misterio detrás de la desgracia de Tsukuru Tazaki: dieciséis años antes, Shiro –ya muerta en este punto de la historia– lo acusó de haberla violado y, sin más, los otros cuatro decidieron apoyarla, dejando a Tsukuru a la deriva. Abrumado por el descubrimiento, su peregrinaje lo lleva a Finlandia, con Kuro (o Eri, como prefiere que la llamen ahora). El encuentro da pie a que Murakami introduzca reflexiones más bien superfluas (en comparación con otras que ha hecho previamente en algunos libros) sobre la amistad y las relaciones humanas: “En lo más profundo de sí mismo, Tsukuru Tazaki lo comprendió: los corazones humanos no se unen solo mediante la armonía. Se unen, más bien, herida con herida. Dolor con dolor. Fragilidad con fragilidad” (p. 263).  Finalmente, la resolución del misterio que se alza sobre el pasado de Tsukuru Tazaki viene dada entre conjeturas metafísicas: “¿Y si, a partir de cierto momento, el tiempo se hubiera bifurcado, desdoblándose? […] Quizá sin haberme dado cuenta, en otro lugar, en un tiempo que no es lineal, violé de verdad a Shiro […] Quizá mi reverso oscuro acabó sobreponiéndose al claro y lo engulló” (p. 199).  Que los personajes salten a  conclusiones de este género es un sello del autor, junto con las descripciones de platillos, su fetiche por las orejas o el uso de teléfonos como recurso narrativo (Tsukuru llama a Sara para hacerle una declaración romántica,  sobria como él mismo,  y sin tapujos, concluyendo con ello su peregrinación por un tiempo ya esfumado, por recuerdos tormentosos y sentimientos enterrados).

     Es sabido que Murakami tiende a recuperar historias y personajes para insertarlos en otra narración. El inicio de Crónica de pájaro que da cuerda el mundo es un cuento que publicó The New Yorker en 1986; también en Tokio Blues aparecen fragmentos que ya habían sido usados en el relato “La luciérnaga” de la colección Sauce ciego, mujer dormida, por lo que señalar similitudes entre uno y otro de sus libros es pertinente. Una de las debilidades de Murakami como escritor es, quizá, la reiteración (desde diferentes circunstancias, sí, pero ceñido a una gama de temas tratados hasta la saciedad). La descripción morosa de escenas cotidianas, la facilidad para evocar y describir de forma tangible las emociones siguen ahí, pero la semejanza entre sus historias es tal que, a ratos, da la impresión de que el autor parece estarse reciclando, de que recurre a una fórmula tan establecida y delimitada que ya no hay cabida para el desarrollo estilístico (podría referirse a After Dark como su proyecto más arriesgado, que, dicho sea de paso, no tuvo el mejor recibimiento entre la crítica) ni para la renovación temática. Hacia el final, Los años de peregrinación del chico sin color no es sino otro libro redundante en el universo murakamiano, una novela que obliga a plantearse la pregunta de hasta dónde es válido para un autor repetirse, hasta qué punto puede regresar a las mismas obsesiones sin caer en el reciclaje.

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