Literatura

Piedad Bonnett, Lo que no tiene nombre, Alfaguara, Bogotá, 2013.


Daniela Gutiérrez Flores

La poesía de Piedad Bonnett se distingue por su sencillez y precisión. Como dice el poeta peruano José Watanabe, Bonnett “mantiene la transparencia de su palabra emocionada”. Sin adornos gratuitos, con un respeto cuidadoso por el peso de cada palabra, sus poemas son profundamente personales e indisolubles de un punto central: la autorreflexión. A lo largo de ellos se descubre la obsesión por la naturaleza de la poesía y la fuerza del lenguaje poético frente a otros géneros. Por eso tomará por sorpresa a los lectores la elección de Bonnett —quien, aunque también novelista y dramaturga, es fundamentalmente poeta— de utilizar la narrativa para escribir sobre la pérdida de su hijo. Oscilante entre la novela, la confesión y la crónica, Lo que no tiene nombre es un texto hibrído que narra la lucha que Daniel libró contra la enfermedad mental, su posterior suicidio y el doloroso duelo de su familia.

     A pesar de lo que la prensa que se ha hecho en torno al libro pudiera sugerir, creo que esta novela es más un relato sobre la lucha contra la enfermedad que sobre la pérdida. Pareciera que Bonnett reservará para la poesía lo segundo. Recientemente, durante la Feria del Libro de Guadalajara, Bonnett dijo que “lentamente han ido apareciendo los poemas”, sugiriendo que el proceso de poetizar el duelo ha sido más difícil. En este punto me parece inevitable reflexionar sobre la elección del género cuando se trata de una escritora que considera la poesía la forma más alta del arte. Lo que no tiene nombre es una narración necesaria. Quien ha enfrentado la tragedia sabe que a ésta la cubre un velo de inverosimilitud pesadillesca, y que solo volver una y otra vez sobre los hechos es lo que finalmente nos convence de su naturaleza incontestable. “Nunca palabras tan precisas me han sonado tan irreales”, escribe. Bonnett busca la verosimilitud y la eficacia de la prosa para ordenar los hechos, para traerlos a la realidad. Aunque el dolor es una pulsión que subyace a la narración, reconoce que la potencia dramática del relato yace en la historia de Daniel, no en la suya.

     Aun así, este libro no abandona por completo el carácter de la poesía. Dividido en cuatro capítulos, cada uno es un estudio de un tema particular: el dolor, la enfermedad, la locura, el suicidio. A su vez, éstos están escritos en fragmentos independientes. La escritura fragmentaria conserva algo del poder sintético del poema. Condensa en imágenes momentos precisos, a veces sin incidencia alguna en el hilo narrativo.

     Lo que no tiene nombre conserva el espíritu que predomina en el trabajo poético de la colombiana. Parece, incluso, que las obsesiones que aparecen en sus poemas se agigantan ante la tragedia para tomar su forma definitiva. “¿Quién dice que hay palabras / para nombrar lo ido?”, se pregunta Bonnett en un poema del libro Palabras iniciales. Parece ser un verso premonitorio de la preocupación central de este libro. Como en su poesía, hay en esta obra una conciencia del poder del lenguaje y, también, una exploración de sus limitaciones.

     El título nace de una idea: quien pierde al padre es un huérfano, quien pierde al cónyuge es un viudo, pero para quien pierde al hijo, no hay palabra que lo nombre. Esta sencilla reflexión se hincha dando origen a otras a lo largo de la obra. Bonnett, conciente de que no podrá asir la tragedia través de la palabra, escribe en un intento de recuperar la materia de su oficio: “aunque sé que mi lengua jamás podrá dar testimonio de lo que está más allá del lenguaje, hoy vuelvo a lidiar con las palabras”. Hará de la palabra el centro de su duelo, pues como dice David Grossman, escribir es la única forma de “rasguñar” la muerte.

     Quizás por tener la conciencia de sus limitaciones, la prosa es particularmente lúcida hasta en los detalles más sencillos. Bonnett comprende que la naturaleza de lo narrado exige otro lenguaje: más cuidadoso y transparente, más comprometido. Abundan los momentos en que se detiene a reflexionar en torno a sus elecciones estilísticas: los tiempos verbales, las formas pronominales, los adjetivos. Lo que podría ser únicamente una sutileza lingüística se convierte en el texto en un conflicto creativo. Un ejemplo: “Pero esa lucubración —¿qué habría sentido, qué habría sentido?— no pasa de ser una reflexión sensiblera, pues la conjugación verbal, habría, resulta baladí referida a los muertos”. La narración vuelve sobre sí misma para evidenciar el enorme hueco que la poeta adivina entre las palabras y la realidad, para evidenciar su frustración creativa. Es desde el lenguaje que se duele. La tragedia es doble para Piedad Bonnett: la madre ha perdido a su hijo y la poeta ha perdido a la palabra.

     El cuidado por el lenguaje reside en que se concibe a partir de su potencia performativa. La narradora reflexiona: “Lo que hacíamos corresponder con ese nombre se ha disuelto”. Daniel no se puede nombrar, por lo tanto Daniel ya no existe. Esta noción del lenguaje está presente a lo largo de toda la obra: las primeras palabras de la nieta que descubre y crea el mundo, el “sí” que al ser pronunciado destaza el cuerpo de Daniel para donar sus órganos, el intento de evitar pronunciar el nombre de la enfermedad porque si se dice es. A mi parecer, la reflexión en torno al lenguaje es la que da unidad y sentido último al texto. Sin ésta, el lector estaría frente a una confesión catártica, bien escrita, pero pobre en potencia literaria.

     Llevar a la página un hecho tan drámatico e íntimo es terreno peligrosamente fértil para el lugar común. La autocompasión, el melodrama, la sensiblería y la pérdida de objetividad son amenazas para quien escribe autobiográficamente sobre un hecho de esta naturaleza. Bonnett lo sabe. Sin embargo, aun así hay numerosos momentos en que parecemos encontramos cara a cara con el cliché. La lluvia como imagen de la tristeza, la imagen romántica de la muerte temprana y las descripciones idealizadas del hijo son algunos ejemplos.

     Me aventuro a decir que Bonnett rescata veladamente las posibilidades expresivas del lugar común. Éste encierra, en su origen, una verdad. Posee el poder de condensar, en imágenes simples, las emociones complejas para las que no se ha creado aún un lenguaje. Ante la muerte, la voz narrativa se divide en dos discursos: el de madre y el de escritora. Bonnett acude a la potencia emotiva del cliché, pero cuestiona enseguida su aridez, lo que le permite ver todos sus matices. Aquí, otra vez, la prosa es autorreflexiva. Cuando la narración raya en la ingenuidad, en el simple desahogo, aparece la voz firme de la artista: “esta semblanza de trazos está deformada de manera involuntaria por el amor que le tuve”. La contestación que acompaña al despliegue del lugar común es la que permite la recreación de éste. Es ésta la que previene el derroche de las emociones, la que eleva la muerte particular a la reflexión universal: Daniel es, en realidad, un muerto más. Al final, es la voz de la escritora la que vence.

     En un intento por encontrar las palabras precisas, Bonnett se volcó en la literatura que trata sobre el duelo, el suicidio y la enfermedad mental. Lo que encontró se convirtió en parte esencial de la obra. Abundan las citas, poemas íntegros y fragmentos de cuentos. La autora reconoce que no sólo el lenguaje, sino su lenguaje, es exiguo para narrar la muerte de Daniel. Entabla entonces un diálogo con autores de preocupaciones similares, apropiándose de sus voces y fundiendo su propia escritura con las lecturas. Tanto es así que la novela termina con una cita de un cuento de Nabokov. Si bien esto amenaza con debilitar su propio discurso, no parece importarle narrar desde su propio espacio: abandona sus pretensiones literarias para encontrar la verdad. Su voz es la de Nabokov. El diálogo también ocurre en relación a su propia obra poética; Bonnett vuelve sobre poemas pasados que solo ahora cobran verdadero sentido. Sobra decir que Bonnett concibe la literatura –la lectura y la escritura– como una auténtica experiencia vital. Su vida es su propia materia.

     Durante el funeral de Daniel, a manera de despedida, un amigo cercano a la familia lee en voz alta “Hermandad” de Octavio Paz. El poema reflexiona acerca de la mortalidad y la pequeñez del hombre. Frente a la enormidad de la noche, el hombre descubre: “también soy escritura / y en este mismo instante alguien me deletrea”. Piedad Bonnett ha hecho de su hijo escritura para mantenerlo vivo. “Yo he vuelto a parirte”, concluye en el envío posterior a la historia. Lo que no tiene nombre es un libro que reflexiona sobre sí mismo sin encontrar más que una sola respuesta: solo el lenguaje literario es capaz de acercarse remotamente a lo innombrable. Solo él, también, vence a la muerte.

     Habrá que esperar esos poemas que han ido apareciendo lentamente. La conciencia poética de Piedad Bonnett promete que serán cuidadosos, pero presiento que ahondarán —más que este libro, conducido con precaución—la profundidad de las emociones.

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