Literatura

Enrique Serna, La ternura caníbal, Páginas de Espuma, México, 2013.


Mariel Elizondo

En su mejor forma, la literatura de Enrique Serna estremece por su capacidad para revelar los rincones de perversión y oscuridad al interior de nosotros mismos, porque habla verdades que ignoramos o queremos desconocer. Lamentablemente, su último libro de cuentos, La ternura caníbal, no está a la altura del resto de su obra. Los diez textos que lo conforman se antojan insulsos al refugiarse en un plano menos audaz y abandonar la experimentación narrativa. Se extrañan cuentos como los que forman Amores de segunda mano o El orgasmógrafo y de ellos queda solamente un intento más bien fallido por renovar su estilo literario y explorar dimensiones nuevas dentro de sus temas predilectos.

     Aparte de las incontables erratas de la edición, el libro de Serna decepciona porque permanece en un terreno seguro que había evitado pisar en su obra anterior. La supuesta madurez de la obra revela a un autor en busca del origen o, quizá, el antídoto contra el tedio de la vida adulta, pero más bien sus cuentos parecen estar infectados de los propios demonios contra los que luchaba: la repetición, el lugar común, la insatisfacción. Una sensación de esterilidad, de inverosimilitud, emana de textos como “Entierro maya” o “Drama de honor”.

     Al igual que en obras anteriores, los cuentos de La ternura caníbal retoman la sordidez y marginalidad características en Serna, pero ya no ocupan un espacio físico, sino que se trasladan a la intimidad, puesto que surgen de los propios personajes. Ejemplo claro resulta “Material de lectura”, protagonizado por una lectora aficionada que advierte  la mediocridad de su vida matrimonial cuando se ve privada de su escape literario en medio de un tedioso crucero enmarcado por los monólogos de su esposo. En el Amazonas, Mireya encuentra el impulso para deshacerse de su marido tirándolo por la borda. Atrás quedaron los típicos espacios de miseria de la obra de Serna, ahora el ambiente es de riqueza y lujo. Si bien este cambio es patente para el serniano asiduo, no resulta bienvenido, pues la mitad de los cuentos no se desarrollan de manera orgánica; el diálogo y el argumento se antojan forzados y, en ocasiones, pueriles.

     Del conjunto de relatos que integran el libro, destaca “La vanagloria”, que recuerda a El miedo a los animales por su ácida crítica a la élite literaria de México. El cuento supera a los demás en tanto que es incisivo, pues devela al artista en su insaciable sed de elogios y el poder narcotizante de los mismos. En el cuento, la inoportuna destrucción de una prueba fehaciente de su valor como poeta –una epístola de Octavio Paz elogiando su obra– lleva a Juan Pablo al desprecio de los escritores influyentes, incapaces de reconocer la obra de un genio injustamente menospreciado. El protagonista encuentra la “germinación del silencio” profetizada por el maestro junto con la comprensión de que “la poesía era un reino espiritual, no una corte con reyes y chambelanes” (p. 118). Una vez más, Serna hace patente su desprecio por la reverencia al argumento de autoridad sobre el auténtico valor de talentos ignorados por los endogámicos círculos literarios, al mismo tiempo que critica la facilidad con que los creadores se dejan llevar por la soberbia.

   Voyeurs, swingers, un solitario empedernido, artistas que no aceptan su evidente falta de talento, un exiliado de la España franquista y un padre con complejo de Don Juan conforman el repertorio humano del resto de los cuentos, de los que poco hay digno de mención. Se retoman algunos tópicos recurrentes en el autor, entre ellos el machismo inherente en la sociedad mexicana, el regodeo en la miseria, la corrupción en los círculos de poder, la marginación y el egoísmo que impregnan la vida social. Todos muestran una fijación por mostrar los lugares más turbios escondidos bajo la máscara de la cotidianidad, la convivencia rutinaria, el tedio y los lugares comunes.

   Las casi trescientas páginas que integran La ternura caníbal se ahogan en una prosa insípida, argumentos descuidados y, en ocasiones, francamente gratuitos por su falta de verosimilitud, lo que representa un evidente retroceso en la narrativa del autor. Enrique Serna –sus lectores lo sabemos bien– puede ser mucho mejor que esto.

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