Literatura

Carles Pradas La séptima vida de Kaspar Schwarz AstroRey Books Barcelona 2016, 160 pp.


Liliana Muñoz

“Todo se me evapora. Mi vida entera, mis recuerdos, mi imaginación y lo que contiene, mi personalidad, todo se me evapora”, escribe Fernando Pessoa en el Libro del desasosiego. En La séptima vida de Kaspar Schwarz, Carles Pradas (Barcelona, 1979) relata la existencia de un individuo esquivo y vaporoso, un hombre –¿o un gato?– que fue todos y nadie al mismo tiempo: el niño adoptado por una familia polaca, el eterno enamorado de Vaira, el soldado francés Gastón Leclercq, el libertino motorista Jean Luc Foucault, el falsificador Alexander Kosinski, el profesor de artes paranormales Hugo von Hauser, el político Gerald S. Miller, etc.

     Publicada en 2014 bajo el título de La setena vida de Kaspar Schwarz (en catalán), la edición de AstroRey Books –editorial de narrativa ilustrada nacida en Barcelona en 2015– apuesta por el valor del libro como objeto. De ahí que el diseño, la portada, los materiales e incluso la traducción, a cargo de Carmen Gómez Aragón, estén escrupulosamente cuidados: salvo algunas erratas de imprenta en la cubierta, se observa una deliberada voluntad por hacer del libro un fiel reflejo del texto literario y viceversa. Como si se tratase de un periódico, la portada arroja la primera interrogante sobre el personaje de Pradas: “¿Quién era en realidad Kaspar Schwarz?”

      A la manera de, digamos, Marcel Schwob en sus Vidas imaginarias, o de Borges en la Historia universal de la infamia, el autor recrea la biografía de un ser, Kaspar Schwarz, que decidió inventarse a sí mismo, encarnarse en la ficción, convertirse él mismo en materia literaria. También, a la manera cervantina, Pradas reconstruye, o finge reconstruir, a través de documentos reales, la vida de un personaje ficticio que, de no ser por su rostro felino, podría pasar por verdadero: “el autor ha reunido, ordenado y articulado toda la información de la que se dispone de la forma más exhaustiva posible, procurando componer un conjunto coherente y unitario” (p. 9). Porque en este libro el proceso de creación juega un papel crucial en el desarrollo de la trama, no solo los documentos (cartas, dibujos, fotografías), sino también los más mínimos detalles, son verdaderos. O, como expresa Carles Pradas: “todos ellos son coherentes con la época y el país donde se encuentran o acontece la acción…el tranvía que toma Kaspar (número de convoy que cubría esa misma ruta) o el libro que lee uno de los pasajeros… la celda donde lo encierran en la prisión que coincide con la de Capone, etc.”. Y es que en La séptima vida de Kaspar Schwarz hay una tensión constante entre veracidad y falsedad, objetividad y subjetividad, verosimilitud e incredulidad. Baste poner de relieve las primeras líneas del capítulo segundo para dar con el tono general del texto: “Esta es la primera fotografía que se conserva de Kaspar Schwarz, donde vemos a un niño chiquito y algo díscolo de unos cinco años de edad, acompañado por su numerosa familia adoptiva. El pequeño Kaspar siempre se sintió –de un modo inconcreto– diferente al resto, aunque su madre adoptiva y sus hermanos lo querían con amor profundo” (p. 23). A pesar de que el narrador se limita a describir, con absoluta seriedad, los testimonios que dan fe de la existencia de Kaspar, son estos mismos los que, a su vez, la desmienten, porque el lector, al mirar las fotografías, se percata de que el personaje tiene cara de gato. En el prólogo apócrifo, el autor afirma que: “La biografía de Kaspar Schwarz es como un esbozo incesante, un laberinto de documentos lleno de interrogantes sutiles; una ficción marrullera y fraudulenta…un viaje a través de la vida de un individuo singular que nos hace dudar, con las imágenes, de su propia existencia” (p. 139).

      En una entrevista, Carles Pradas explicaba: “El primer indicio que encontré de Kaspar Schwarz fueron algunos pelos negros en el sofá del comedor de casa. Las fotografías y otros documentos aparecieron más tarde”. El personaje tiene varios orígenes: es, por un lado, su gato, Kaspar Hauser, que se prestó al juego fotográfico; por otro, el mítico adolescente alemán, de cuya vida poco se sabe. Es también, sobre todo, el resultado de una broma infinita, de una historia en la que se conjugan el amor, la identidad y la impostura, de un juego entre el narrador y el lector, en donde este último tiene como misión desvelar el enigma de la personalidad de Kaspar. Concebido a manera de mockumentary o falso documental, en este libro las imágenes ocultan más de lo que revelan al tiempo que el silencio da impulso a la narración.

      Como toda ópera prima, La séptima vida de Kaspar Schwarz posee virtudes y defectos, pero ello no demerita su valor y su singularidad: se trata de una obra inclasificable, que evidencia sobre todo el placer de narrar. Carles Pradas no busca la perfección estilística: sabe que su prosa está aún en formación. Por ello, lo que persigue es, ante todo, contar una historia: la historia de un hombre (¿o un hombre-gato?) que fue dinamitando una a una sus vidas. De Gaston Leclercq a Gerald S. Miller, de Hugo von Hauser a Alexander Kosinski, asistimos a la travesía de un individuo que se busca a sí mismo a través del cambio incesante. Así, aunque encontramos pasajes escritos con una prosa límpida y esmerada, hallamos también otros que se aproximan peligrosamente al lugar común: “Quiero ser parte de tu felicidad. Quiero estar siempre a tu lado. Pase lo que pase…” (p. 34). Además de esto, el narrador –que en primera instancia debería fungir como cronista de los acontecimientos– termina por involucrarse demasiado en la historia y emitir juicios de valor que rompen abruptamente con el tono del relato: “Resulta verdaderamente indigno saquear un cadáver y aún más si es para robarle su identidad” (p. 39). Pese a que las fronteras que separan la voz de Kaspar de la del narrador están marcadas no solo por el estilo sino también por los cambios de tinta –con verde la del primero y con negro la del segundo– ambas terminan por contaminarse al grado de confundirse. El mismo editor se da cuenta de esto e intenta justificarlo en la nota preliminar: “les ruego disculpas por la pérdida momentánea de objetividad en la narración de algunos hechos, especialmente perceptible en los últimos capítulos, donde el narrador abandona temporalmente la frialdad clínica del análisis para sucumbir a un estilo sin duda demasiado implicado” (p. 10). En efecto, hacia el final del libro el narrador pareciera quedar atrapado en la telaraña que ha ido tejiendo: no solo se encarga de convertir a Kaspar en un viajero en el tiempo, sino que además desmorona el contexto histórico –la base sólida sobre la cual había construido su ficción– para dar pie a algo cercano al disparate: “Pareciera que el enigmático Holtz… sintió un terrible vértigo cuando entendió el verdadero plan oculto de Hitler, que no era otro que viajar hacia delante en el tiempo para enviar a espías cualificados que se dedicaran a investigar la tecnología del futuro a fin de incorporarla en el Ministerio de Armamento del Tercer Reich” (143).

      Con todo, la novela –o biografía apócrifa, o mockumentary– sobrevive a la relectura debido a que Pradas posee una virtud esencial: saber narrar. En el fondo, La séptima vida de Kaspar Schwarz es una historia de amor: en cada una de sus vidas, Kaspar persigue el espejismo de Vaira; la suya no es, no únicamente, una búsqueda del yo, sino una búsqueda del otro a través de sí mismo, una aventura quimérica condicionada por su naturaleza lectora: “Todos aquellos seres imaginarios, apresados entre palabras, le hacían compañía en el frío de la verdad que lo rodeaba… su mundo se confundió en dos capas que se superpusieron hasta la transfiguración. Ficción y realidad. Realidad y ficción” (p. 25). Porque Kaspar, como una suerte de don Quijote, hace de sí mismo un personaje –o varios– para poder habitar su frenética fantasía: poseer, en la ficción, aquello que la realidad le ha negado, a su amada muerta. El movimiento del libro es pendular: mientras más se aproxima Kaspar a Vaira, más se aparta de sí mismo y de lo que lo rodea: “Con ella era yo y sin ella tendía a alejarme de mí y de todo” (p. 29). En este sentido, no es que Kaspar muera en cada una de sus vidas, no es que destruya el pasado en un intento por habitar el presente. Todo lo contrario: su tiempo no es el tiempo de los relojes, el tiempo sucesivo; tampoco es el instante, el periodo en que conoció la felicidad a través de Vaira. No. Su tiempo es todos los tiempos, su vida es todas sus vidas: “Sabes que el tiempo me obsesiona. Conoces bien mi preocupación por olvidar. Pero el otro sigue estando frente a mí. Detrás de mí. Persistente y cambiante” (p. 146).

       “¿Cuántas vidas y cuántas muertes son posibles en la existencia de una misma persona?”, se pregunta Valeria Luiselli en Los ingrávidos. En La séptima vida de Kaspar Schwarz, Carles Pradas ofrece una respuesta a esta pregunta: todas y ninguna. Porque Kaspar Schwarz –el hombre que fue múltiples hombres, el impostor que se ocultó bajo sus máscaras– sabe que, al final de cada vida y cada muerte, lo único que se encuentra es uno mismo.

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