Cine

Isa Campo e Isaki Lacuesta, La próxima piel, España / Suiza, 2016.


Pedro Cascos

El inquietante cine que plantea Isaki Lacuesta desde hace quince años, a medio camino entre el documental y la ficción, entre el corto y el largometraje, se ve refrendado por su última película: La propera pell La próxima piel, en su traducción del catalán—, en esta ocasión con Isa Campo, la coguionista de la mayoría de sus filmes desde Los condenados (2009), como codirectora.

     La cuestión de los idiomas no es baladí en un filme rodado en catalán, castellano y francés, y en el que los personajes se manejan en cualquiera de las tres lenguas —si bien cada uno en la más afín u originaria: Emma Suárez, en castellano; Sergi López, en catalán; Àlex Monner, en catalán y francés, o Bruno Todeschini, en francés—. A simple vista, esta mezcla idiomática podría parecer lo más inconsistente de la cinta: que hablen distintos idiomas a sus anchas y cada uno entienda al otro. Sin embargo, para alguien como Lacuesta, nacido en Girona y que se formó en el mundo audiovisual en Barcelona, y para una historia ambientada en los Pirineos —montes que separan España de Francia, y donde además se ubica un país, Andorra, cuya lengua oficial es el catalán—, eso debiera de interpretarse como de lo más natural.

     El particular mapa idiomático ofrece además una clave en términos narrativos, y es que Àlex Monner, quien con más soltura cambia de idioma y cuyo personaje recibe dos nombres: Léo y Gabriel, resulta ser el epicentro de esta historia de equívocos y ambigüedades. De ser de allí y estar aquí, o quién sabe si de haber sido de aquí y haber vuelto transformado. Porque este es el relato de un adolescente que, ocho años después de haberse perdido en la montaña, vuelve con su familia y, en concreto, a retomar la relación con su madre, cuando todos creían que estaba muerto. La incertidumbre sobre si se trata del niño desaparecido o de un farsante será el vórtice alrededor del cual girará toda la película.

     La madre es una extraordinaria Emma Suárez, que ha visto reconocido su trabajo en el filme como mejor actriz de reparto en los últimos Premios Goya, y también por Julieta, de Pedro Almodóvar, como mejor actriz protagonista. Un año redondo para ella. El presunto hijo es el ya mencionado Àlex Monner.

     Sobre la participación de ambos en la película, los directores arrojaron algo de luz: “Escribimos esta historia en 2005 para Emma Suárez y se la propusimos en el 2006. Desde entonces, ella siempre ha sido Ana, la madre de La propera pell. Al hijo adolescente, en cambio, no lo teníamos. Necesitamos que pasaran ocho años para que el niño Àlex Monner creciera y pudiera encarnar a nuestro protagonista. Curiosamente, los mismos ocho años que lleva desaparecido su personaje en la ficción”.

     Como aclaran los propios Campo y Lacuesta, se trata de un filme que se ha cocinado a fuego lento, “de escritura sedimentada, elaborada durante varios años, y forzosamente transformada por el cedazo de nuestras propias vivencias: la experiencia del embarazo, la maternidad, la paternidad, la consiguiente transformación de las relaciones familiares y de pareja”. Volcado está todo ello en la cinta, en general con bastante acierto, junto a los elementos que la ficción agrega: la atracción entre madre e hijo, con la duda de si realmente se trata de su vástago; la relación entre cuñados, con una mujer desolada tras la pérdida de su esposo e hijo, y las aventuras de los adolescentes, en las que la finas líneas que separan la amistad, el amor y el odio se exploran sin tapujos, para una historia de fronteras que se saltan y de barreras que se cruzan, o a punto están de ello.

    En su obra anterior y con la asidua colaboración de Campo en la escritura, Lacuesta ya había sondeado otras fronteras, a veces, incluso entre géneros, moviéndose entre lo que es real y lo que no, en el límite donde se acaba el documento y empieza la ficción. Su singladura en la larga duración empezó justamente con un documental, Cravan vs. Cravan (2002), que sigue los pasos del poeta y boxeador Arthur Cravan, desaparecido a principios del siglo XX en el Golfo de México. Si en su sorprendente y premiada a nivel local opera prima, la historia giraba alrededor de un fantasma oscilando entre los continentes europeo y americano, algunos de esos trazos se repetirían, ya claramente dentro de la ficción, en Los condenados (2009), para un relato donde se toca el tema de la guerrilla y la búsqueda de los restos de otro desaparecido.

     En 2011 continuaría su indagación sobre las ausencias, desapariciones y desdoblamientos de personalidad, esta vez entre Europa y África, con Los pasos dobles. Todo un experimento, donde a partir de una premisa en apariencia real se hilvana un largometraje que —salteado por fragmentos del pintor Miquel Barceló desarrollando su obra— en último término tiene más que ver con el surrealismo, pudiendo entroncar con Un perro andaluz o La edad de oro, del tándem Buñuel-Dalí, o incluso con F for Fake, de Orson Welles. El filme fue galardonado con la Concha de Oro en el festival de San Sebastián. Y en medio de todo ello, otro experimento en las aguas que separan (o unen) el documental de la ficción: La leyenda del tiempo (2006), quizá una de las mejores películas de Lacuesta hasta la fecha. Con el gran disco de Camarón de la Isla del mismo nombre como referente, el director catalán compone una cinta con dos protagonistas: el niño gitano que quiere partir después de una nueva desaparición —la muerte de su padre—, y la joven japonesa que llega, en vilo por otra posible ausencia —también la de su progenitor—. Y la Isla como testigo.

     Si La leyenda del tiempo era un falso documental, a lo largo de los últimos años Lacuesta nos ha ofrecido varias muestras puras del género nada desdeñables. Algunas en formato de largometraje: La noche que no acaba (2010), sobre el paso de Ava Gardner por España; El cuaderno de barro (2011), sobre el trabajo de Miquel Barceló en África y anticipo de Los pasos dobles. Y otras de corta duración: Las variaciones Marker (2007); Soldats anònims (2008), de la mano de Pere Vilà, e In between days (2009), la correspondencia fílmica entre Naomi Kawase e Isaki Lacuesta.

     De este modo, en apenas década y media Lacuesta se ha convertido en uno de los directores más interesantes del cine español fuera de lo comercial, sin olvidar su participación como guionista en el magnífico documental Garbo, el espía (2009). Dentro de esa trayectoria, La propera pell, por primera vez dirigida a cuatro manos con Isa Campo, se manifiesta como la demostración más reciente de unos cineastas en plena ebullición, en búsqueda de nuevos caminos, que no pierden de vista sus obsesiones habituales.

     Para el recuerdo, dos escenas que ponen en evidencia ese hervidero de ideas y el habitual juego con la ambigüedad. Por una parte, la de los adolescentes que del terceto de amigos pasan a tener sus escarceos con el trío, mostrándonos sin tapujos sus inclinaciones bisexuales. Y por otra, la de la reunión y baile en la taberna, para que los roles principales nos ofrezcan magníficos ejemplos del flirteo donde menos cabría esperarse, de los celos en pleno apogeo y de una tensión in crescendo en que las emociones podrían desatarse en cualquier momento.

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