Literatura

Diego José, La herida de Ulises, Elementum, Pachuca, 2017, 60 pp.


Alfonso Valencia

La herida de Ulises supone dos viajes: el de una voz que se piensa el protagonista de la Odisea mientras viaja de vuelta al encuentro de una idílica Penélope; y el del otro Ulises que, durante el viaje, sospecha de la fidelidad de la musa, siente celos y se atormenta. Estas dos rutas pudieran ser una sola: Ulises regresa para encontrar a una Penélope ansiosa por el reencuentro, pero con silenciosas heridas de amor en la espalda. En alta mar, Ulises la evoca. No importa si llama a una Penélope real, en cuanto el impulso de la travesía, el anhelo por tenerla, la vuelve una posibilidad prístina, al menos en su mente: “Mar adentro te nombro, y al llamarte voy palpando tus extremos”. La recuerda y privilegia la memoria que todo lo dora y transforma amablemente, aunque esté consciente de las transformaciones, de lo absurdo que resulta la memoria contra el tiempo que todo lo consume: “Todos tenemos derecho a la memoria / de un amor callado entre sus pliegues, / a entibiar con su luz las habitaciones / más distantes de nuestros abismos; / una grieta, un recoveco en el desván / más íntimo, donde se consume / la intacta flor de lo que no fue posible”. Cuando la travesía termina, el encuentro se consuma. Ulises tiene a Penélope y no puede hacer otra cosa más que aceptar a su musa distinta a la recordada. Su retorno es la aceptación del tiempo, sus cruces y consecuencias: “Ahora que te observo / y que tu sonrisa convoca / los racimos agraces de otra edad, / agradezco a los hombres / –tiernos o adultos– / que dieron a tu cuerpo / la urgencia del verano, / para que al reunirte conmigo, / ambos tuviéramos / la pericia, la lentitud / y la ocasión de entregarnos” (p. 49). Es esta la herida de Ulises: volver con el peso del viaje a cuestas, más viejo, y reencontrarse con una Penélope que, para él, sigue igual que cuando la abandonó: “mira mi cuerpo, ya no es joven / pero quiere ser bello para ti”.

Diego José traza distintas rutas: la primera del mar a la tierra, en franco encuentro erótico: en la constante presencia del agua como símbolo de lo que se anhela y pierde, el oleaje y su metáfora de lo que entra y sale, y la tierra que se recuerda, con sus rosas erguidas que no son más que una transparente metáfora: “con el temprano rigor de mi cuerpo / te doy los buenos días”. La segunda: del recuerdo al tormento: de la espina que daña más cuando se saca al perro que, miserable, se entrega al sufrimiento de lo incierto, a la idea de una perra que lo engaña, pero a la que se entrega sin remedio.

Imaginemos la poesía de Diego José como un círculo y su centro. Pensemos el punto en el centro de la circunferencia como la tradición. Digamos que cada poeta funda su tradición. Vayamos más lejos: cada poema funda su propia tradición y es, en sí mismo, su propio destino: cada poema dialoga con un origen que es, en todo caso, una simple idea de lo que él mismo podría llegar a ser, basada en la predisposición crítica y lectora del poeta. Cada poema es semilla y potencia, contiene en sí mismo una idea de lo que es y podría ser la poesía y, a la vez, la ejecución, en el presente, de esa idea. El poema es su origen, su centro propio, su tradición. Imaginemos el viaje desde ese centro u origen, al límite marcado por la circunferencia misma. La línea recta que dibuja ese desplazamiento es el radio. Concentrémonos ahora en el punto extremo al que llega esa línea. Ese otro punto, opuesto, representaría, en este orden de ideas, la posibilidad del poema: la experimentación, el obvio distanciamiento de la tradición que, a la vez, lo define y traza. El poema es en sí mismo su potencial, el punto de partida y ese otro que se ubica en algún extremo, y a la vez el recorrido de uno a otro. El poema, entonces, es origen (tradición), distanciamiento (viaje, desplazamiento) y extremo (la realización de su potencia y lo que está por descubrirse). Ahora bien, en términos de un viaje, la definición de radio se amplía y complica: es entonces la máxima distancia que puede recorrerse, regresando al lugar de origen, sin repostar. Se contempla la vuelta: el radio de acción incluye aquí la exploración y el retorno. El poema, entonces, se cumple en el retorno a su tradición.

El poema siempre regresa, pues, y el poeta y nosotros con él. Regresar es ceder, comprender. Esa es, también, la herida de Ulises: saber regresar uno mismo al origen para descubrir que todo cambia: que, incapaces de notar la silenciosa acción del oro de los ríos –el tiempo– en uno mismo, retornamos a un lugar distinto, que reconocemos solo por un latido en el fondo de las cosas que se transforman constantemente. El origen perdido, el tiempo, el tortuoso paso hacia atrás y la condena a vivir el presente en la memoria…

Diego José sabe que el poema tiene que regresar al mundo. Sabe dotarlo de la fuerza necesaria para que actúe eficazmente y vuelva al mundo sin rendir su energía. El poemario de Diego José regresa, y nosotros con él: ya sea a la tradición, al recuerdo de una idea primordial de lo que es la poesía, o al silencioso reconocimiento de que una cicatriz no es más que una herida latente, y que a veces es necesario volver al daño para empezar de nuevo.

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