Literatura

David Toscana, La ciudad que el diablo se llevó, Alfaguara, México, 2012.


Ana Isabel Hibert

Al abrir un libro de David Toscana, uno lo hace aceptando que no existen fronteras o límites de ninguna índole que puedan trazarse sin que el imaginario del autor encuentre formas de borrarlas. En sus novelas anteriores David Toscana ha roto las líneas entre realidad y ficción, historia y actualidad, lo posible y lo imposible, e incluso ha logrado borrar fronteras geográficas con base en la imaginación. Con La ciudad que el diablo se llevó, Toscana pasa a enfrentarse a una nueva barrera que logra sortear con éxito: aquella que separa a los vivos de los muertos.

     La ciudad que el diablo se llevó también representa la primera incursión de Toscana fuera del norte del país, escenario principal de sus novelas anteriores. Ya en Los puentes de Königsberg, Toscana hizo un intento por llevar su obra más allá de las fronteras nacionales, utilizando el infinito imaginario de los borrachos y los soñadores ilusos para tender puentes invisibles entre Monterrey y la lejana Königsberg. Sin embargo, La ciudad que el diablo se llevó se desarrolla casi exclusivamente en Varsovia, ciudad asolada por la Segunda Guerra Mundial y el establecimiento del nuevo gobierno comunista. Digo casi exclusivamente, porque la Varsovia por la que se mueven los personajes principales no es la misma Varsovia histórica que aparece en las fotografías, sino un espacio alterno construido por la imaginación de los protagonistas, una realidad ilusoria que les permite escapar del hambre, el frío y el miedo. Esta continua huida de la realidad, lograda en parte gracias al alcohol, les permite entrar en comunión con la idea de la muerte para poder alejarse de la realidad que ésta representa.

     Los personajes de la novela le resultarán familiares a cualquier lector familiarizado con la obra de Toscana: soñadores, inconformes, seres medio etéreos, medio fantasmales, que buscan escapar de la realidad en la que viven, no por lo sórdida y trágica que sea, sino por lo monótono y aburrido que llega a ser incluso el dolor una vez que se ha prolongado demasiado. La guerra de los personajes no es contra los nazis o los rusos o contra el nuevo gobierno comunista. Su guerra es contra lo cotidiano, lo simple, contra el hastío de una existencia llena de carencias que no puede compararse a una fantasía en la que se rompen barreras de género y espacio para lograr una libertad absoluta.

     La novela gira en torno a cuatro viejos que logran salvarse de una redada nazi y comienzan así una prolongada celebración etílica de una vida que lograron robarle al destino. El primero, Félix, es un viejo cuya cara de niño delata su mentalidad infantil y despreocupada, tan despreocupada e impulsiva que termina por convertirlo en un blanco del nuevo gobierno, aunque la misma personalidad infantil del personaje le permite sobrevivir a torturas e interrogatorios con la inocencia casi intacta. El segundo, Kazimierz, es un pepenador de vidas que habita en el departamento abandonado por una familia víctima de los nazis junto con la novia de un soldado encarcelado por el nuevo gobierno comunista. El grupo lo completan Eugeniusz, un sacerdote beodo con aspiraciones de santo; Ludwig, un sepulturero solitario, y un barbero anónimo que perdió una pierna en la guerra.

     El eje de la novela se encuentra en la representación casi teatral de vidas paralelas en las que muerte y vida se convierten en meras palabras, la única consecuencia lógica de vivir en  una ciudad de muertos vivientes y vivos moribundos como lo es la Varsovia de la posguerra. El espacio de la acción es ya el cementerio de la ciudad, ya las calles (vacías de gente, pero llenas de escombros), ya un sótano donde la historia se escribe con base en torturas y testimonios falsos. ¿Para qué confiar en una realidad que puede ser tan fácilmente manipulada, en la que incluso los muertos cambian de identidad, se esconden, se disfrazan de otros y se mudan de tumba?

     Así, el juego de la representación en La ciudad que el diablo se llevó convierte las lúgubres calles y espacios cerrados de una Varsovia destruida por la guerra en un verdadero carnaval. Vivos y muertos confluyen en el mismo espacio y participan de la celebración irreverente de la existencia, de encontrarse en el mismo espacio aunque no en el mismo estado. De esta forma, Kazimierz celebra una esperpéntica boda con el cadáver de una mujer recién fallecida, convirtiendo el sarcófago de mármol de ésta en su lecho de bodas. Ludwig se convierte en la viuda llorosa e inconsolable de Félix, a quien los demás creen muerto durante un rato. El barbero, dotado de habilidades sobrehumanas, logra dar poderes de santo a Eugeniusz gracias a un prodigioso corte de cabello que faculta al otrora sacerdote a levantar a los muertos de su tumba.

     Entre los muertos más notables que toman parte de este carnaval se encuentran Kasia y Gosia, dos hermanas de cuya existencia queda únicamente una fotografía que Kasimierz encontró en un departamento vacío y con quien éste tiene una relación más bien tormentosa. Otro muerto omnipresente es Piotr, un soldado contador de cuentos cuya mano sin dedo se convierte en un talismán sexual que permite revivir una relación inexistente entre Kasimierz y Mariana. El clímax de la obra encuentra a los personajes principales en una bacanal demoníaca acompañados de Chopin, cuya música lenta y lúgubre crea un fondo espectacular para una suerte de misa negra en la que comulgan con el compositor bebiendo directamente de su corazón preservado en alcohol.

     La ciudad que el diablo se llevó le da un giro toscaniano al sórdido ambiente de posguerra que experimentó Varsovia a mitad del siglo XX. Es una obra a la vez realista y surreal, una novela que denuncia pero al mismo tiempo busca escapar de la realidad en la que está anclada. El tema de la imaginación como una forma de escape, tan recurrente en la obra de Toscana, toma aquí una nueva dimensión al enfrentarse a un contexto más sórdido que el tratado en sus novelas anteriores. Sin embargo, La ciudad que el diablo se llevó demuestra ser la obra de un escritor ya maduro que logra sintetizar una prosa pausada y sobria con el ritmo trepidante y surreal de la trama.

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