Literatura

José Emilio Pacheco, Jorge Luis Borges, Era, México, 2019, 116 pp.


Rodolfo Mendoza

“El gran escritor desconoció la senilidad. No hay una página suya que no sea estimulante y no diga algo nuevo, polémico o insólito. Hasta el fin mantuvo su lección ética, ejemplar dentro y fuera de la literatura: la primera obligación de toda persona es hacer bien lo que hace. Así en sus cuentos y en sus poemas como en sus ensayos, prólogos y notas, Jorge Luis Borges iluminó con la llama sagrada hasta la más humilde línea que salió de sus manos”. Estas palabras de José Emilio Pacheco sobre Jorge Luis Borges pueden ser expresadas al propio JEP. Unos días antes de morir, quizá unas horas, el autor de Las batallas en el desierto estaría sentado frente a su computadora, ordenando ese caudal de ideas, ese mar de libros que corrían por su cuerpo, porque José Emilio era todo libros, como Borges. Sin embargo, a diferencia del argentino, JEP disfrutó la vida más allá de las bibliotecas, pero esa es harina de otro costal.

En la primera edición de este libro de JEP, Jorge Luis Borges. Una invitación a su lectura (Raya en el agua, 1999), se lee una “Nota preliminar” que, quitando los agradecimientos más bien institucionales, se echa en falta en esta nueva edición de ERA. Aquella edición apenas circuló y la editorial no sobrevivió; sin embargo, hay que rescatar aquí unos párrafos: “Al cumplirse el centenario de su nacimiento, escritos, compilaciones, programas de televisión, charlas, conferencias y mesas redondas se multiplicaron en México y en todas partes. Porque se trata de un escritor nuestro. Nos hemos adueñado de él como él se apropió para nosotros de toda la literatura universal. Para contribuir sin pretensiones a esta celebración, en agosto de 1999 di en El Colegio Nacional unas conferencias que fueron sobre todo diálogos, intercambios. Su naturaleza es imposible de trasladar a la letra impresa. Dejé a otros con verdadera autoridad y conocimiento el examen de Ficciones, El Aleph, El informe de Brodie, El libro de arena, así como de los ensayos fundamentales, y quise explorar los márgenes de quien Beatriz Sarlo ha llamado en un libro indispensable “Escritor de las orillas” […] La gratitud incluye en primer término al siempre presente ausente. Contra todas las adversidades, Jorge Luis Borges trabajó durante setenta años para darnos las páginas que hacemos nuestras al leerlas. Como él dijo de Walt Whitman, ‘vasta y casi inhumana fue la tarea; pero no fue menos la victoria’ ”.

Otro atractivo de aquella primera edición son las fotos de Rogelio Cuéllar que, aunque pésimamente impresas, daban cierto encanto: la fascinación que produce un rostro admirado. Pues Borges era hermoso: no la hermosura del abuelo, no las rugosidades del tiempo que regalan ternura y admiración, sino la hermosura de esos rostros que fueron babélicos, librescos. Las arrugas del rostro de Borges, como el de Beckett, parecen pasillos de una biblioteca, estantes del tiempo y el saber.

Una foto en la contraportada de aquel Jorge Luis Borges: una invitación a su lectura, es también reveladora en dos sentidos: libros y amistad. Era el año de 1973 y Borges se ve acompañado por un treinteañero Pacheco y su vieja amiga Claude Hornos de Acevedo, Claudine, como la llamaba Borges, y quien le ayudara a la investigación sobre Spinoza que, nos dice Miguel Capistrán en su tristemente olvidado Borges y México, quizá nunca terminó de escribir el argentino. Ya se sabe que Borges honraba la amistad (Bioy, las Ocampo, Manuel Peyrou, Xul Solar, et al.) y también se sabe todo lo que fatigó a los libros.

A los dos narradores, poetas y ensayistas les gustaban los juegos de la memoria, las cifras secretas, como estas: “1939: Borges escribe uno de sus cuentos capitales ‘Pierre Menard, autor del Quijote’. Un año antes había sufrido un grave accidente que le produjo septicemia y dudaba de sus facultades mentales, se puso a escribir de inmediato y este cuento le recobró la confianza en sus capacidades y despejó sus dudas. Mientras tanto en México nacía un niño también con antepasados ingleses: José Emilio Pacheco” y “1986: En la cima de todas las cumbres literarias, puesto su apellido como adjetivo a la altura de lo cervantino o lo kafkiano, muere Jorge Luis Borges. Ese mismo año, un todavía joven, aunque titánico y reconocido poeta, narrador, ensayista y lector voraz, toma asiento en el Colegio Nacional. Había ya leído profundamente al argentino y reseñado muchos de sus libros”.

Años después JEP prepararía una serie de conferencias para El Colegio Nacional. Aquellas conferencias vieron una primera edición en 1999 en Raya en el agua, ya decía, y hoy podemos deslumbrarnos nuevamente con ellas gracias a ERA (la casa que JEP siempre eligió), El Colegio Nacional y la Universidad Autónoma de Sinaloa.

Neus Espresate, Vicente Rojo y José Azorín nunca serán suficientemente reconocidos por todo lo que hicieron por las letras mexicanas al haber fundado ERA en nuestro país. Si algo define a ERA es la fidelidad, la de sus autores: JEP, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Ana García Bergua, Coral Bracho, David Huerta, Eduardo Antonio Parra, entre muchos otros, quienes libro a libro aparecen bajo ese sello, y la fidelidad de su director editorial, Marcelo Uribe quien, fiel al oficio, es de la vieja escuela editorial: lector, editor, promotor, gestor, administrador, pero sobre todo, hombre de letras que pone por encima de todo a la literatura, como lo hacen los autores que publica.

Jorge Luis Borges de José Emilio Pacheco es la genealogía de un autor, su historia intelectual, el repaso de su obra, la historia de un país –Argentina– y, al mismo tiempo, el autorretrato de una pasión: la de un escritor por otro. Si pusiéramos en una balanza la fama que tenían ambos de ser lectores totales, sería muy difícil decidirse. Cualquier descuidado diría que por supuesto Borges, pero solo hay que leer los tres tomos de Inventario de José Emilio Pacheco para poner en duda una afirmación así.

Este libro, como en la rima abrazada, se encuentra sitiado por “Una vida: cronología mínima”, como suerte de prólogo y “Jugar a Borges con Borges: biblioteca virtual de imposibles libros posibles”, “Bibliografía mínima” y “En vez de bibliografía indirecta”, como apéndices. En el caso del primero es una cronología que va de 1870 (año en que el presidente Domingo Faustino Sarmiento envía al coronel Francisco Isidoro Borges a liberar la ciudad de Paraná; año, también, en que el coronel Borges conoce a Fanny Haslam, hija de un doctor en letras por la Universidad de Heidelberg) y llega a 1986 (fecha en que Borges viaja a una clínica a Suiza, se casa con María Kodama, su heredera universal, y muere). El primer apéndice, “Jugar a Borges con Borges…”, es un apartado sui generis: un juego, por supuesto, que va más allá de la literatura, la historia y la imaginación. Fragmentos de libros y hechos reales o inventados, pero absolutamente borgeanos. Entrecruzamientos temporales y espaciales que tienen que ver, casi siempre, con personajes reales: Monsiváis, Caillois, los Pérez Gay, Faulkner, Hemingway, Julio Ortega y varios más.

Entre esos dos polos –el texto a guisa de prólogo y los apéndices– se desarrolla un libro ingente, a pesar de sus escasas 116 páginas. Ya sabemos que los autores citados por Pacheco en la “Nota preliminar” de aquella primera edición (José Bianco, Ernesto Mejía Sánchez, Emir Rodríguez Monegal, Ángel Rama) siguen siendo algunos de los lectores ideales de Borges (¿habrá lector ideal de Borges y para Borges lo habría?), sin embargo, las conferencias de José Emilio Pacheco vueltas libro son de los textos más deliciosos, heterodoxos y esféricos que se han escrito sobre el argentino. Aquí se lee, estudia y comenta al lector, poeta, narrador, ensayista y amigo que fue Borges. Al hombre que escribió con su mano y se dejó ayudar por otras manos y otros ojos. Aquí está el hombre que estaba hecho de letras y que sabemos, gracias a otro libro gigante: Borges de Adolfo Bioy Casares, habitaba otros Borges.

Al final del volumen, JEP nos recuerda que JLB invitaba a ir a los textos antes que a las críticas. Al leer este libro, otras historias nos inundan, no solo la de Borges, Argentina, Pacheco o México, sino los relatos que nos vienen desde que nuestros ancestros “tuvieron el uso de la palabra”. Hay en este monumental libro una historia de la literatura, breve, cierto, pero profunda y sincera: Alfonso el Sabio, como autor y promotor de las traducciones, Don Juan Manuel, el Arcipreste de Hita, Boccaccio, en fin. “Borges ha creado a sus precursores”, nos dice Pacheco, y por supuesto que lo hizo; cuando reescribió, en Historia universal de la infamia, la historia de Illán de Toledo, de Don Juan Manuel, no solo reescribió esa anécdota, sino que nos hizo releer a Juan Ruiz de Alarcón con La prueba de las promesas y, claro, a Azorín con “Don Illán, el mágico”, incluido en Los valores literarios.

Ya se sabe que Pacheco era y es uno de nuestros oráculos; junto a Carlos Monsiváis y Sergio Pitol –para hablar estrictamente de esa generación–, conformó una triada en la que se concentraba La Literatura. Un ejemplo de ese oráculo son los tres tomos de Inventario. Antología, pero también lo es este Jorge Luis Borges, en donde pasamos de Emir Rodríguez Monegal a Rafael Gutiérrez Girardot, Roger Caillois, Ezequiel Martínez Estrada, George Steiner, Vladímir Nabokov y, así, de un giro sospechado, aunque inimitable, del siglo XX nos regresamos a la época helénica y recorremos de nuevo la Edad Media.

Dos figuras cercanas a Borges le merecen a Pacheco especial atención: Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña. El argentino, el mexicano y el dominicano se leían y admiraban (aunque quizá fue Henríquez Ureña quien más se atrevió a ponerle a Borges algunos puntos sobre las íes). Borges escribía sobre Reyes y lo hacía con generosidad, como son las amistades verdaderas. A pesar del sabido antiespañolismo de Borges, extendido un tiempo a lo mexicano, para Borges no había escritor más cristalino –“fino catador de almas” lo llamaba–, más profundo y conspicuo que Alfonso Reyes.

Jorge Luis Borges se lee, la primera vez, con mucho gozo y deslumbramiento; la segunda, con paciencia y admiración, la tercera como se lee una enciclopedia: a saltos y deteniéndose en los subrayados-entradas de las lecturas anteriores; la cuarta, preguntándonos cómo en tan breve libro José Emilio Pacheco pudo concentrar países, fechas, libros, historia, adaptaciones cinematográficas, bibliotecas, autores y personajes, prólogos, reseñas, ediciones varias, viajes, filias y fobias, sagas familiares, revistas y así ad infinitum. Leer Jorge Luis Borges de José Emilio Pacheco es como si entráramos por primera vez a un territorio ignoto.

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