Cine

Charlie Kaufman, I’m Thinking of Ending Things, Estados Unidos, 2020.


Jorge Luis Flores

I’m Thinking of Ending Things es la historia de Lucy y de Jake, y de una visita incómoda a los suegros. También es la historia de un misterioso intendente escolar. Es una comedia oscura y grotesca, una road movie, un drama tristísimo y sobre todo es una película de horror psicológico (énfasis en psicológico).

Lucy (Jessie Buckley) y Jake (Jesse Plemons) tienen una “conexión única e intensa” y sin embargo ella está pensando en dejarlo. No hay nada qué hacer, una vez que ese pensamiento se le cruza por la cabeza ya no puede deshacerse de él, lo domina todo. Es difícil saber por qué quiere dejarlo cuando a decir de ella misma “hacen una buena pareja”. Cuando están juntos la gente se fija en ellos mientras que por separado nadie los nota. Ella es una mujer brillante, una neurobióloga enfocada en infecciones virológicas y, aunque el campo de Jake es distinto, se mantiene informado sobre el trabajo de Lucy (Jake se encarga de subrayar este logro y se suma un punto al tablero de “buen novio”). En resumen, Jake es un hombre perfectamente adecuado. Es lindo, inteligente y, a pesar de un cierto complejo de inferioridad y de una agresividad tácita que permanentemente amenaza con emerger a la superficie, también es un buen tipo. Pero Lucy está pensando en dejarlo, lo que hace del viaje en carretera un trayecto bastante incómodo. No ayuda el paisaje, que es un continuo ulular blanco de nieve y viento, interrumpido solo por árboles secos como venas negras y cables que segmentan el cielo gris. Tampoco ayuda que Jake la agobia tratando de impresionarla con una referencia a William Wordsworth (espera, ¿no fue Lucy la que citó primero una línea de Wordsworth en su mente?) cuando Lucy le ha dejado claro que ella no es “una chica de tipo metafórico”. Jake también la hostiga a que recite en voz alta su más reciente poema, “Bone Dog” (Lucy es poeta), y ella finalmente cede, y es terrible porque el poema es más deprimente que el paisaje.

Más o menos aquí, hasta el miembro más obtuso de la audiencia se habrá percatado de que algo está mal, “profunda, indescriptible e irremediablemente mal” y solo se pondrá peor cuando Lucy conozca a “madre” (Toni Collette, siempre genial en roles maniáticos) y “padre” (David Thewlis, cuyo estilo de actuación como “señor siniestro que se tomó unos barbitúricos”, le va perfecto al rol), quienes ríen demasiado y del modo más horrible, envejecen y rejuvenecen a velocidades alarmantes, y no paran de mirarla a los ojos. En la granja también la espera un perro llamado Jimmy que no deja nunca de menear la cabeza, retratos que cambian de protagonista y un sótano prohibido cuya puerta está repleta de rasguños. Por si fuera poco, Lucy tal vez no es Lucy sino Louisa, ¿o Lucia?, ¿o Ames? Y así como cambia de nombre lo hace de color de vestuario y hasta de profesión. Puede que no sea una neurobióloga/poeta sino una pintora, o una estudiante de física cuántica, o una crítica de cine, o una mesera. Y están las enigmáticas llamadas que Lucy recibe y que, de acuerdo con el identificador de llamadas, vienen de su propio número. Finalmente, no podemos olvidarnos del intendente escolar, Guy Boyd –al que seguimos volviendo de tanto en tanto sin que venga mucho al caso–, porque puede que en realidad sea él el protagonista.

I’m Thinking of Ending Things es la historia de una relación inestable que está al borde del colapso, mas no se trata de una relación de pareja sino de la relación de un hombre con las voces en su cabeza. Es el viejo intendente quien, tras una vida solitaria y gris, está pensando en acabar con su vida.

Hace ya más de dos décadas que David Fincher impresionó al mundo con el twist ending de la personalidad disociada en Fight Club (1999). Hitchcock fue el pionero con su Norman/Norma Bates en Psycho (1960). Otros lo han intentado después sin mucho éxito. El propio Charlie Kaufman hizo burla de ese tópico en Adaptation (2002), donde Charlie Kaufman (el personaje) está furioso porque su hermano gemelo Donald ha logrado vender en millones un guion donde en el tercer acto se revela que el asesino, el detective y la víctima eran todos la misma persona. ¿Cómo fue entonces a caer Charlie Kaufman (el verdadero) tan bajo?

La respuesta es que a Kaufman le encanta meterse en cajas para poder reventarlas. No olvidemos que es también en Adaptation donde el máximo gurú del guionismo, Robert McKee, advierte: “Dios te ayude si usas narración en voice over”, interrumpiendo con esa admonición el voice over casi constante que recorre la película. La manera en que Kaufman burló esa prohibición fue hacer del voice over no solo una ventana a las reflexiones del protagonista, sino una fuerza desestabilizadora, una fuente de comedia y de angustia a la vez, un personaje extra, puramente auditivo –justo como ocurre también en I’m Thinking of Ending Things–, y la argucia que utiliza ahora para no usar el giro inesperado como un truco barato es evitar el giro inesperado por completo.

I’m Thinking of Ending Things está basada en la novela del mismo título del canadiense Iain Reid y, aunque en esta ocasión Kaufman se aleja de los juegos metaficcionales al centro de Adaptation y se mantiene fiel a grandes rasgos al libro que adapta, los cambios que hace son tan decisivos como en aquella. Mientras que al terminar el libro queda bastante claro lo que ha ocurrido, es muy posible que al terminar la película una buena parte de la audiencia no tenga idea de cómo descifrarla (como evidencia están los montones de videos y artículos titulados: “The ending of I’m Thinking of Ending Things explained!”). Lo que pasa es que Kaufman hace la apuesta que Iain Reid no se atrevió a tomar. Un hombre delirante al borde del suicidio tal vez no obtenga el breve consuelo de un último instante de lucidez; por ende, nosotros tampoco deberíamos tener acceso a esa epifanía.

El guion procede de una forma mucho más sofisticada, dejando pistas por todas partes sin conectarlas nunca. Hay demasiadas para enumerarlas y parte del placer de regresar a la película es desenterrarlas, así que me limitaré a un par: en la habitación de Jake, en sus repisas y libreros, Lucy/Louisa/Lucia/etc., encuentra libros de química, física teórica, virología y hasta el volumen de poesía Rotten Perfect Mouth de Eva H.D., en donde se incluye el poema “Bone Dog”; minutos después, en el sótano, hallará sus propias pinturas solo que resultan ser del pintor Ralph Albert Blakelock. Es decir, su personalidad está construida enteramente a partir de las pasiones truncas de Jake.

Formalmente también se nos dan indicios. Préstese especial atención a la construcción de las largas secuencias en el auto y a la cena. Rara vez están los personajes en una misma toma y, cuando sí aparecen juntos, el encuadre es desde un ángulo inclinado, incómodo; o bien el movimiento de cámara se encarga de recluir a Lucy de nuevo. A su vez la edición está llena de saltos y la música de Jay Wadley es en un momento un arpa de cuento de hadas y al siguiente un lento vértigo de voces y cuerdas. El conjunto es tan discorde y confuso como los diálogos y el monólogo interior.

Una de las cuestiones centrales del libro es la línea tan difusa que existe entre realidad y ficción en la experiencia humana. “Toda memoria es ficción y además extensamente editada”, dice Jake en la novela, pero también asegura que: “Solo el pensamiento es verdadero. Las acciones se pueden fingir”. Estas dos tesis contradictorias están en pugna tanto en el texto como en el filme. Reid se empeña en repetir las ideas como un mantra; Kaufman, por otro lado, sabe que hacer lo mismo en una película ya de por sí sobrecargada de voice over, sería una salida floja, de manera que complica estas ideas expresándolas a través de alusiones a la teoría de los colores de Goethe: los colores no existen, son una ilusión, nada más que “la acción y el sufrimiento de la luz”, y a ensayos como La sociedad del espectáculo de Guy Debord y E Unibus Pluram de David Foster Wallace, ambos preocupados por la forma en que los medios modelan y crean la realidad.

“Son como el virus de la rabia” dice Lucy sobre las películas: “Incluso ideas de mierda para películas quieren vivir. Se apoderan de tu cerebro”. Poco después vemos al intendente viendo una terrible comedia romántica (hecha específicamente para la película y atribuida a Robert Zemeckis) en donde la protagonista es una mesera que no sabe si recomendar la hamburguesa Santa Fe porque en secreto es vegana. En consecuencia, la última ocupación de Lucy es mesera y conoció a Jake cuando este le preguntó por la hamburguesa Santa Fe.

Se suele decir que las películas de Charlie Kaufman tienen una cualidad surrealista, lo cual no me parece del todo cierto. En los sueños hay siempre elementos inexplicables, casi azarosos, y cuyo significado es por tanto polivalente. Es debido a ello que las películas de Lynch o de Buñuel o algunas de Fellini pueden ser reinterpretadas hasta el cansancio y uno siempre estará bien y mal a la vez. Las construcciones de Kaufman en cambio son meticulosamente planeadas y erigidas. No hay una pieza fuera de lugar. Pienso que esa sensación onírica que comunican sus películas proviene del hecho de que representan visualmente estados de la mente: el deseo irresoluble de ser alguien en Being John Malkovich, la ansiedad y la inseguridad en Adaptation, la obsesión artística como paliativo fallido ante el vacío existencial en Synecdoche, New York y la incapacidad de ver más allá de nosotros mismos y nuestras expectativas en Anomalisa. En I’m Thinking of Ending Things como en Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Kaufman nos lleva de nuevo en un viaje por la memoria, pero en lugar de ser una memoria alterada por el intento de borrar recuerdos dolorosos, es una memoria alterada por el ansia de conjurar recuerdos mejores.

En la novela es Jake quien alguna vez fue un científico respetado que, aquejado por una debilitante ansiedad social, se recluyó al grado de arruinar su vida y terminar como intendente en una escuela. Es otra genialidad de Kaufman arrebatarle a Jake para darle a Lucy no solo una, sino un abanico de prestigiosas ocupaciones. Incapaz de triunfar en ninguna de sus áreas de interés (después de todo la única distinción que ganó en su vida fue una medalla por diligencia cuando él quería la de conocimientos), Jake inventa una novia que es una autoridad en cada una de ellas. “Este es mi propósito en la vida. Validar a Jake. Y necesita verme como alguien cuya valoración es válida porque soy validada por otras personas”, dice Lucy en un trance.

Este sutil movimiento le permite a Kaufman sumergirse en una zona que él como pocos ha explorado en años recientes: la disección del hombre “intelectual”, “básicamente bueno”, “sensible”, “incomprendido”. Jake siente el impulso de victimizarse (“es tentador”, dice, “culpar a alguien de todo esto”), pero otro lado de sí mismo no le permite tomar esa salida fácil. Al hablar de A Woman Under the Influence (1974) de John Cassevetes, es claro que Jake se identifica con Mabel como alguien incomprendido, herido por las circunstancias. En respuesta, Lucy repite al pie de la letra la crítica asesina de Pauline Kael a la vulnerabilidad excesiva del personaje, a la actuación desbordada de Gena Rowlands y al guion manipulador de Cassevetes que obliga a la audiencia a sentirse mal por su protagonista.

El hecho de que todo suceda en la cabeza de Jake lo vuelve simultáneamente más patético y más complejo. Jake no es un imbécil capaz de abandonarse a sus fantasías más simplonas y machistas porque su conciencia no se lo permite. No logra conjurar un primer encuentro convincente con Lucy porque en un principio ella se siente repelida por su presunción y más tarde la anécdota entera se desbarata rebelando que él no era más que un mirón desagradable. “Conozco bien esa mirada”, dice Jake cuando cree haber identificado a un pervertido observándolos besarse en el auto. Ni siquiera puede cantar de forma juguetona el clásico “Baby, It’s Cold Outside” porque Lucy le recrimina repetir una canción sobre abuso sexual.

Debido a que los humanos estamos conscientes de la muerte nos vimos forzados a inventar la esperanza, dice Lucy, y se adivina que Kaufman quisiera complementar ese mensaje agregando que ya ni siquiera la esperanza nos salva pues basta pensar en ella para fracturarla. “La mentira: que las cosas van a mejorar, que nunca es demasiado tarde, que Dios tiene un plan para ti, que la edad es solo un número, que siempre es más oscuro antes del amanecer, que siempre hay una luz al final del túnel, que hay un roto para un descosido, que Dios nunca da más de lo que puedes cargar”, dice Jake al borde del llanto y Lucy se limita a simular flatulencias y a declararlo todo una serie de lugares comunes.

Visto así, I’m Thinking of Ending Things es la última película que uno querría ver en un año infernal como el 2020. Difícilmente se hallarán visiones más pesimistas que la que aquí nos dispendia Charlie Kaufman (y bueno, ¿qué esperábamos del escritor/director que terminó su mejor película con la línea: “Y ahora, muérete”?). El tono abismal está bien capturado en las escenas en que, llegando a la granja, Jake le muestra a Lucy los establos y se encuentran con los cadáveres congelados de un par de corderos. Para acompañar esa imagen, Jake cuenta la historia de un par de cerdos que estaban siendo devorados vivos por gusanos sin que nadie se diera cuenta por días. El simbolismo es transparente: unos están muertos, pero preservados perfectamente en su infancia; los otros están vivos, pero pudriéndose. La interpenetración entre muerte y vida, la idea de que ambas son parte de un continuum y por tanto hay gradientes. Es revelador que sea el cerdo infestado de larvas quien guía al Jake intendente hacia su última presentación y lo tranquiliza: es momento de acabar con su miseria.

En la escena final, Jake recibe el premio Nobel en un auditorio escolar, ante una audiencia compuesta de todos los otros actores y extras que hemos visto a lo largo de poco más de dos horas, dotados de un maquillaje muy falso para hacerlos ver viejos. El discurso de agradecimiento es el mismo de A Beautiful Mind (2001), película muy falseada sobre un genio real con esquizofrenia. Acto seguido, a Jake se le da la posibilidad de cantar y actuar el número Lonely Room del musical Oklahoma (que, por cierto, tiene un gran rol intertextual en la película), donde un hombre fantasea con conseguir todo lo que siempre ha deseado, incluyendo el amor de la mujer de sus sueños, únicamente para despertar solo. Y a pesar de todo, no debemos dejarnos engañar. Kaufman no es un típico geniecillo misántropo. Tiene una visión desoladora de la condición humana, pero si su obra es tan poderosa es porque está siempre animada por una auténtica empatía.

La conclusión de la obra de Reid es explícita y violenta. La mujer (que en el libro permanece sin nombre) está aterrorizada, el coro de voces al que pertenece la atormenta y la arrincona hasta que se ve forzada a descubrir la verdad. En la versión de Kaufman, en cambio, el momento análogo es más bien trágico y conmovedor: Lucy busca a Jake y en su lugar halla al intendente. Tienen un breve diálogo en que Lucy devela que ella no fue nada más que una chica en un bar a quien Jake contempló sin atreverse siquiera a hablarle. El intendente escucha con una expresión tan triste que Lucy no puede menos que apiadarse de él. Una conexión real surge por un instante. Por vez primera Jake es capaz de sentir autocompasión. Lucy y él se abrazan, se despiden, y luego viene un ballet (también inspirado en Oklahoma) que navega el trabajo de duelo por una vida que no fue y dice sin una sola palabra lo que en el libro toma diez páginas.

Por supuesto en los mundos desolados de Charlie Kaufman hay siempre un elemento de parodia, de burla cruel, pero también hay, paradójicamente, una compasión genuina por sus tristes y grotescos personajes, quizá surgida del temor de que, al final del traicionero camino, todos estaremos en una habitación solitaria.

  • Sergio says:

    Gracias por tu talento para acompañarnos a nombrar la experiencia. Lectura precisa y reveladora sobre una película astringente y necesaria.

COMENTARIOS


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