Literatura

Mónica Sánchez, Hormiga blanca, Ménades, Madrid, 2019, 119 pp.


Alexis Ramírez

Hace más de un siglo, Herman Melville anticipó la alienación moderna: un presente alejado de nuestras manos; una vida polarizada entre el anhelo de la libertad y las ataduras de la obligación; una batalla con un resultado de antemano conocido, en el que los individuos, más que vivir, se dejan arrastrar por la marea de la rutina: indiferentes, contemplativos, pero aún con historias por contar. En los cinco relatos que componen Hormiga Blanca de la autora española Mónica Sánchez, ilustrado por Sinsuni Velasco, se explora de cerca la injerencia de la voluntad sobre aquello que se creía irremediablemente designado.

Partiendo del universo literario de Melville, Sánchez nos introduce a diferentes historias independientes entre sí, pero entrelazadas por el espíritu de sus protagonistas, seres afligidos y ajenos a una realidad que comparten. Así, en “Preferiría hacerlo” se nos presenta la reescritura del bien conocido Bartleby, ahora en el alma de la señora M. y con una feroz determinación por hacer todo a su alcance. Al igual que con este, la llegada de la señora M. pareciera ser un acontecimiento orquestado por el azar, el cual decide posicionarla en unas oficinas de cobranza y cruzar su camino con el de otros sujetos fatigados por la vida. Dentro de la Cobra Dura –nombre que reciben dichas oficinas– la señora M. puede serlo todo y nada a la vez. Su obstinación por completar cada uno de los pendientes y no exhibir nada de sí misma la convierten en poco menos que una autómata, repleta de enigmas y desdichas sin contar: “la señora M. (mitad persona, mitad negativo de un personaje literario) se topó conmigo y yo sentí que frente a mí se abría un mundo de posibilidades literarias”.

La fascinación del narrador-personaje por la señora M. yace, quizás, en su aparente resistencia a lo que la vida le depara, el destino y sus trucos, las cuerdas con las que este tira de nosotros cual títeres: “El primer día que la señora M. me dijo que preferiría hacer más de lo que hacía, despertó en mí la ilusión de manipular sus hilos o esa extravagante maquinaria que ocultaba tras sus pechos”. Y es precisamente este afán suyo por preferir lo que la convierte en un ser aún más indescifrable, como si se tratara de un mecanismo diseñado para sobrevivir en el presente; una forma de adquirir poder de decisión sobre una vida que se le entregó fijada desde el comienzo.

A lo largo de la obra, la idea de formar parte de una historia que no nos corresponde se imprime en las personalidades de los protagonistas. El relato “Ágata y el escritor” no es la excepción. Tal vez la mejor forma de resumir la vida de Ágata sea mediante puntos suspensivos y momentos de espera, experimentando el mundo únicamente a través de las ventanas de su casa. Desde el abandono de su esposo hace ya diecisiete años no ha hecho más que velar los días de su vecino escritor, aprendiendo a vivir sin hacerlo y dejando el tiempo correr: “Tanto para usted como para mí casi todos los días transcurren de idéntica manera. Durante los últimos tiempos he aprendido a respetar a quienes consideran que dejarse morir es una legítima forma de vida”. No obstante, surge en ella un deseo de ver su historia contada, o al menos de lo que pudo haber sido; por tanto, le encomienda a su vecino la tarea de escribir un relato que los tenga a ambos como personajes principales.

Para Ágata, su petición excede los límites del entretenimiento y se convierte en una forma de trascender en el tiempo. Es un medio que garantiza que, efectivamente, hubo una vida en la que ambos existieron, y quizás sea esa su misión desde el inicio, fundar su existencia en la de alguien más y verse reflejada en las manías compartidas: “Me fascina el transcurrir de sus días en pijama, su escaso interés por la higiene, y esos continuos masajes que se da en las sienes…Aunque no podamos vanagloriarnos por ello, creo que ambos somos expertos en matar lentamente el tiempo que nos queda por vivir”. De esta forma, el relato de Ágata se convierte en un recordatorio de nuestra naturaleza como seres fugaces y soñadores empedernidos: ¿hay algo más humano que el temor y la resistencia al olvido?

Algo que queda claro a partir de ambos cuentos es el papel que juega la ficción como vehículo para el desdoblamiento, que permite a los personajes ser aquello que pudieron haber sido. Por medio de la literatura, Sánchez reflexiona sobre la vida y sus contingencias. Tanto Ágata como la señora M. han mantenido sus vidas suspendidas, solo existiendo a través de la rutina, sin esperanzas en el futuro: “Lo espío a través de las ventanas que dan a nuestro patio interior. Y lo hago desde hace diecisiete años, dos meses y cuatro días. Como una condena”. Quizás lo bello de sus existencias recaiga en la consciencia que poseen sobre su rol de personajes secundarios y la manera en que no han alcanzado a hacer suyas las vidas que habitan, sin mencionar lo inútil que a estas alturas resulta intentarlo. En la recreación de ellas mismas no solo se prolonga su presente, sino que se esculpe una versión diferente, no necesariamente mejor, pero al menos una sin tantas heridas abiertas.

El anhelo de trascendencia alcanza su punto cúspide en “Hormiga blanca”, cuento que da título al libro y que honra la obra maestra de Melville, Moby Dick. Este relato indaga en los deseos más íntimos de individuos que, al cruzar la frontera y vivir el sueño americano, buscan una alternativa para sobrevivir, una esperanza al otro lado del camino. “Hormiga blanca” se sitúa en una zona de llegada y de partida en la que diversos individuos aguardan a “La Bestia”, el tren que cruza la frontera a ritmo acelerado, sin piedad por ninguno de ellos: “Es puro movimiento. Triquitraque, ¿quién me alcanza? Triquitraque, ¿quién se monta en mi lomo y cabalga por estas inhóspitas tierras?… Triquitraque, ¿quién se cae desfallecido por el hambre o el cansancio y se cruza en mi camino? Triquitraque, ¿quién llora cuarteado sobre el riel?”. El enfrentamiento que se desarrolla frente a nosotros adquiere tintes épicos, no por tratarse de la batalla de un puñado de hombres contra el gigantesco tren, sino por representar la lucha de la libertad individual frente al determinismo. Es la historia de hombres que prefieren morir antes que sucumbir a la vida que fue escrita para ellos; son seres humanos con deseos de una vida propia y una voluntad inquebrantable: “¿Cuándo descubre un hombre que él es el próximo en caer y que ya no hay más que hacer? Nunca –grita Ahab–. Siempre hacia adelante, jamás hacia atrás”.

A estos personajes los mueve la esperanza por un futuro mejor, por abandonar lo que ahora son y descubrir, en la belleza de lo desconocido, una versión de sí mismos capaz de cumplir sus sueños más profundos. La naturaleza humana vuelve a cobrar protagonismo en el relato. En el fondo, la bestialidad que crece en el interior de los personajes se nutre de su hambre por sobrevivir y las ambiciones que los sostienen: “Nadie tenderá el brazo para agarrarlos cuando tropiecen y caigan sobre la vía. Nadie. El egoísmo tiene mala fama pero en ocasiones es la única salida”. Más allá del tren y su monstruosidad, aquello que les impide seguir es haber olvidado que su vida fue construida en comunidad, con una fuerza que excede las fronteras y supera a los termiteros del subterráneo.

Las voces que resuenan a lo largo de Hormiga blanca se han eternizado y convertido en testimonio del acto de habitar un presente que se nos escapa y del cual lo único que queda es el peso de la soledad. Sus protagonistas se posicionan como sobrevivientes de una guerra; sin importar lo mucho o poco que de ellos se conserve, cuentan con una historia que les pertenece y un alma que lucha por salir airosa del abandono y el vacío. Después de todo, no son más que el reflejo de nosotros mismos, seres imperfectos y vulnerables que hemos aprendido el juego de caer y volverse a levantar, recogiendo una y otra vez las partes que creíamos perdidas, pero que nunca terminaron de desaparecer. Y hay en el abrigo que buscan en la literatura un afán de vitalidad, una necesidad por regresar a los recuerdos confinados en la memoria, un recordatorio de la humanidad que los define: “Dejo de lado la armadura de la ficción y me quedo con la verdad de sus vidas y de la mía… de que sin conocerlos los conocía”.

 

 

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