Literatura

Luigi Amara , Historia descabellada de la peluca, Anagrama, Barcelona, 2014, 234 pp.


Liliana Muñoz

Historia descabellada de la peluca, de Luigi Amara, no es únicamente una pilosa reflexión sobre la naturaleza del cabello y los postizos; el libro es un recorrido por las distintas pelucas que ha adoptado la humanidad en sus esfuerzos por reinventarse o esconderse: “Al fin y al cabo, si Baudelaire descubrió que hay un mundo en la cabellera, ¿por qué no dar un paso adelante y contar la historia del mundo a partir de la peluca?” (p. 12)

     Filósofo de lo cotidiano, cronista de nuestros excesos y nuestras manías, Amara ha construido un sólido universo literario cifrado en la ficción del yo. Ya en “El cazador de grietas”, uno de sus primeros poemas, afirmaba: “Solo la luz reviste las paredes / de la habitación vacía. / Sin máscaras ni espejos, / sin clavos que proyecten su descaro. / Busco el error y la hendidura. / Soy un cazador de grietas,/ de pequeños pasajes, de señales,/ hacia mundos con sombras” (El cazador de grietas). Porque para Amara el silencio y la quietud, la calma y el vacío son formas de acceder a ese otro mundo –aquel que hemos sepultado bajo la prisa y el ajetreo–, su escritura es una suerte de laboratorio vital, una habitación para ensayar –para ensayarse– sin ataduras; en medio del vértigo, en medio del frenesí que rige diariamente nuestros actos, Amara escribe una celebración del encuentro del hombre consigo mismo: “Nada como el deleite de contemplar la acción / y no mover un dedo; estar completamente absorto / y en silencio” (El cazador de grietas).

     Aunque es también un notable poeta –entre sus libros de poesía destacan El decir y la mancha (1984), Envés (2003), Pasmo (2003), A pie (2010), etc.,–, las mejores páginas de Amara, me parece, se encuentran en el ensayo, género que practica con soltura y, no pocas veces, con maestría. Más aún: me atrevería afirmar que es –entre los ensayistas mexicanos de su generación– no solo el más original, el más inventivo, sino también el que mejor ha comprendido la condición del género (basta echar un vistazo a su texto “El ensayo ensayo” para corroborarlo) y se ha mantenido fiel a sus principios. En El peatón inmóvil (2003), su primer volumen de ensayos, destaca, ante todo, una insólita capacidad de observación: encendedores, elevadores, aplausos y desperdicios adquieren una importancia crucial porque buscan develar, en cierto modo, aspectos de la realidad que de ordinario pasan desapercibidos. Este libro contiene ya algunas de las preocupaciones centrales de Amara: el ocio y el trabajo; la calma y la lentitud; la exploración de lo cotidiano; el encuentro con el silencio, entre otros. “La pausa, así como la estética asociada a toda idea de paréntesis, con toda la distención y la concupiscencia que pueden implicar, se antoja una práctica reprobable, cuando no deshonesta […] La ética del trabajo incesante ha llevado, por eso mismo, a la desaparición del tiempo libre”, señala en “El desprestigio del ocio” (El peatón inmóvil, 2003). Su libro más afortunado, La escuela del aburrimiento (2012), es una extensión de esta crítica: en él, el autor resuelve encerrarse durante cuarenta días a confrontar el tedio, ese “inquilino incómodo” que un día encontró echado en su sillón; más allá del aburrimiento, Amara retrata la náusea moral que rige la vida del individuo moderno: su ofuscante necesidad de llenar el vacío de las horas muertas; su dolorosa incapacidad de abandonarse a sí mismo; su incesante sed de emociones, de placeres, de experiencias que logren paliar su hastío de vivir. Si, como afirmaba Pascal, “toda la desgracia del hombre viene de una sola cosa, no saber permanecer en reposo en su cuarto”, el ensayista –nos recuerda Amara– busca precisamente esto: disponer de su propio ser, residir –por una larga temporada– en esa habitación pascaliana. Este es el corazón de la obra de Amara: la reconciliación del individuo consigo mismo.

     En Historia descabellada de la peluca (2014), Amara escribe sin pelos en la lengua: de la encendida peluca de Valeria Mesalina, meretriz augusta, al “pequeño animal dormido” de Salman Rushdie; del excéntrico postizo de Andy Warhol a la devota cabellera del Señor de Cádiz, el autor explora el lado lúdico, el lado luminoso de las pelucas, pero también el lado oscuro, el de la tiranía de la imagen y el simulacro. Amara, utilizando como eje un objeto aparentemente trivial (“la cabellera postiza suele situarse en los márgenes de las investigaciones ‘serias’”, p. 14), busca redimir –y a la vez criticar– a un mundo regido por las apariencias y falsedades. Ya en su “Crítica de la razón afeitada” (El peatón inmóvil, 2003), Amara señalaba que “la fascinación por el pelo colinda con el horror, e incluso se podría decir que es esa misma vecindad la que lo vuelve en primer lugar atractivo”. Porque el cabello es, en sí mismo, un componente esencial de nuestra idea de belleza, no resulta extraño que el autor dedique todo un libro a la exploración de la peluca, un objeto que –por su artificialidad– resulta doblemente ambiguo en relación con el cuerpo. En este sentido, más que escribir un libro sobre la peluca, Amara escribe un libro sobre la naturaleza cambiante –y elusiva– del ser: sobre su condición elástica y fluida. En el “prólogo desorbitado”, el autor afirma: “Me pareció advertir en la peluca, en ese entramado de pelos y prácticas rituales comprometidas con la idea de impresionar, un antecedente, tal vez arcaico, tal vez embrionario, pero al cabo valiente y sugestivo, de las formas de superar las limitaciones del cuerpo y de alterar las contingencias de la identidad”. Así, la peluca, más que ser un velo para ocultar la identidad, es una plataforma para desplegarla: una máscara visible que nos permite ser, a la vez, nosotros y los otros: que nos permite escondernos y al mismo tiempo mostrarnos. Refugiados bajo el disfraz, podemos liberarnos de las trampas de la identidad y jugar a ser alguien más: la peluca, en este sentido, no solo altera nuestra relación con nuestro propio cuerpo, sino también con los otros cuerpos.

     Quizá porque solemos confundir el rostro con la máscara, la peluca –que en ocasiones revela más de lo que oculta– constituye, además, una forma de impostura. En “Teoría del disfraz”, Amara, utilizando como punto de partida al Wakefield de Nathaniel Hawthorne, aborda el caso de Salman Rushdie, un individuo que intentó desdibujar el rostro de la máscara: Wakefield –el personaje de Hawthorne– se hace uno con la máscara; Rushdie –por injuriar a Dios– debe transformarse, a su vez, en su propia máscara, pero “en vez de concebir el disfraz como el primer paso de su metamorfosis, cayó en el error vulgar de tomarlo por un velo, por una pantalla” (p. 21). Todo disfraz comporta una doble metamorfosis –interior y exterior– de tal manera que (como le sucede a Wakefield) este pasa a convertirse en parte de uno mismo. Tal es el caso también de Casanova –a quien Amara dedica la segunda sección del libro–, quien no duda en reinventarse, ya como abad, ya como soldado, ya como médico, ya como violinista. Y, pese a ello, “no es que para colarse en las habitaciones de las doncellas se disfrace de abad; durante una temporada efectivamente lo es pero su entrega –¿su vocación?– no deja de lado el descreimiento, así que no le supone mayor problema reinventarse más tarde” (p. 24). La peluca, en tanto variedad del disfraz, es, además, un artilugio del teatro: una forma de juego que nos permite –como a Casanova– interpretar un papel sin temor a ser descubiertos. Por esto, consciente de que su vida entera es una impostura, Casanova no duda en entregarse a una comedia sin límites: puede hacer y deshacer a libertad, pues no es él –sino la máscara– quien hace y deshace.

     En “Loba de noche: Mesalina”, Amara aborda el caso de Valeria Mesalina, emperatriz adolescente que usaba la peluca, no únicamente como disfraz, sino también como símbolo de su libertad frente a las restricciones de su marido, el emperador Claudio. Para Mesalina, “ese postizo comportaba un ritual de propiciación”; la emperatriz, disfrazada con una peluca rojiza –indicio de su insumisión–, acudía cada noche al lupanar para ofrendarse a los jóvenes romanos. Pero mientras, en el caso de Mesalina, la peluca representaba el desacato y la sexualidad desenfrenada, en el siglo XVIII esta era, por el contrario, un indicio de jerarquía social: las pelucas, en esta época, constituían poco menos que un símbolo del derroche: “La peluca, al igual que el reloj de pulsera, el perfume y otros enseres de cuidado personal, fue uno de los artículos suntuarios que se impusieron y propagaron justo en los albores del capitalismo como portadores de prestigio” (p. 41).

     Porque hablar de la peluca es hablar, necesariamente, del tema del doble, además de los casos ya mencionados –Wakefield, Rushdie y Mesalina–, Amara recurre a la figura de Andy Warhol, “una estrella esperpéntica, un mito kitsch inconfundible, una silueta para el merchandising” (p. 71) para explicar el triunfo de la apariencia sobre el ser. En Warhol, la peluca representaba la fusión entre la vida y la obra, el ser y la apariencia. Porque la imagen que construye de sí mismo es una imagen deformada –y al mismo tiempo legítima– de su propio ser, Warhol se concibe a sí mismo como “el hombre que por su actitud irónica, por la gelidez refractaria de su desapego e imperturbabilidad, nunca encaja del todo” (p. 73). En pocas palabras: la peluca es, para él, un objeto que le permite ser único y distinto. Warhol lleva a cabo, por un lado, una reafirmación del yo frente a las masas; por otro, un performance sin límites: “escrupuloso actor de sí mismo, Warhol contaba con el subterfugio de que su propio rostro adoptaría al fin la forma de su máscara, de que la identidad construida y la marca comercial terminarían, al final, por fundirse” (p 74).

      En “Al otro lado del espejo del horror”, Amara señala que el pelo encarna el rasgo más notable de nuestra animalidad y que, por debajo del horror que este nos produce, subyace una fascinación por lo desconocido. Ya en Los disidentes del universo (2011), apuntaba que es “en esas imágenes que nos suscitan alivio y simpatía pero también repulsión, en las que a fuerza de desconocernos y no encontrarnos se desata el escalofrío de advertir la posibilidad de un reverso, de unas antípodas, de un mundo paralelo y apenas entrevisto, pero en cualquier caso muy lejano del que ya nos fatiga y damos por sentado y nos induce al aburrimiento y la rutina”. En este sentido, el vínculo entre el pelo y el horror –que Amara ejemplifica por medio de Psicosis de Hitchcock y The Flying Wig, de Theodore Frederick Poulson– no es más que un juego de espejos: “El pelo, que siempre devuelve al hombre a su animalidad recóndita, que lo enfrenta a su propia exuberancia y descontrol, crece en la imaginación nocturna por más que queramos contenerlo a punta de navaja y tijeras” (p. 81). Pero si el pelo nos devuelve –como afirma Amara– a nuestra animalidad más primigenia, ¿qué clase de encuentro con el yo propicia la peluca?

      La peluca tiende a caer, por su propia naturaleza, en el terreno de lo frívolo, de lo superficial y contingente. Y, sin embargo, es un artilugio que nos permite ir y regresar de ese otro mundo (“ese mundo paralelo y apenas entrevisto”) sin extraviarnos por completo: es decir, siendo los mismos pero transformados en otros. Al igual que el maquillaje, la peluca no es más que un artificio: un añadido a nuestra identidad; un objeto que comporta una rebelión contra lo ya impuesto: el cuerpo, la individualidad. No obstante, “esa libertad no siempre reconocida de modelarse a sí mismo, por uno mismo y en primer lugar para uno mismo, siguiendo la pista movediza que cada quien construye de sí, no escapa a los vaivenes de la moda ni a la crueldad de su látigo” (p. 183). La peluca, por ende, busca no solo la reconstrucción de la identidad, sino también su puesta en escena. Más que una forma de recrearse, es una forma de autocrearse, de desafiar los límites impuestos.

     Porque la peluca –como el ensayo mismo– es, ante todo, una forma de re-descubrimiento del yo, Amara señala que en ella “están registrados gestos, comportamientos, expansiones más bien equívocas que apuntan lo mismo a la metamorfosis del yo que al disimulo y la preocupación por guardar las apariencias” (p. 220). Quizá el lector, al finalizar estas páginas, al descubrir que en ellas se revela demasiado de sí mismo, no pueda evitar considerar –al menos por un instante– que él también necesita una peluca.

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