Literatura

Elizabeth Jenkins, Harriet, Alba, Barcelona , 2013, 336 pp.


Adriana Lozano

Virginia Woolf describió la primera novela de Elizabeth Jenkins, Virginia Water (1928), como un “libro dulce como la miel”. A pesar de ser un comentario positivo, Jenkins reconoció en lo escrito por Woolf uno de los defectos principales de su propia escritura: la falta de fuerza. La autora, incluso, llegó a aceptar que “… ésta ha sido siempre la tónica de mis novelas basadas en una ficción; he necesitado novelar un suceso de la vida real, transcribir una experiencia o una biografía, para subsanar esta deficiencia”. Por lo tanto, no es de extrañar que, por un lado, Jenkins destruyera todas las copias que encontró de esta primera novela y, por otro, que entre su obra destacaran las biografías, como es el caso de Jane Austen (1938) y Elizabeth the Great (1958), ambas aún utilizadas por especialistas e historiadores; las novelas basadas en hechos reales, como Harriet (1934) y Dr. Gully’s Story (1972), en las que reconstruye crímenes victorianos, y en las  experiencias de la vida diaria, como The Tortoise and the Hare (1954), sobre un matrimonio, en apariencia perfecto, que va desintegrándose poco a poco.

     Si Jenkins quería evitar una tónica dulce, lo logró con Harriet, su cuarta novela. En ésta, retrata, utilizando elementos reales y ficticios, los sucesos detrás del “misterio de Page”, nombre que los periódicos de la época le dieron al caso de Harriet Staunton, en la novela Harriet Woodhouse. El crimen se dio a conocer en 1877, cuando una mujer de treinta y cinco años, con lo que ahora se diagnosticaría como problemas de aprendizaje, muere, al igual que su hijo, por inanición, después de pasar el último año de su vida encerrada en una habitación. La novela reconstruye, basándose en los registros disponibles del juicio y en los datos biográficos que la autora logró encontrar, las posibles motivaciones y personalidades de los cuatro personajes responsables de la muerte de Harriet: su esposo, Louis Staunton, en la novela Lewis Oman, su amante Alice, su hermano Patrick Oman y la esposa de éste, Elizabeth. La autora afirmó que Harriet es uno de los primeros ejemplos de la novela basada en hechos reales que utiliza, además, los verdaderos nombres de pila de los personajes implicados.

     Muchos han encontrado en las descripciones, el tono e incluso en algunos de los personajes de Harriet, referencias a Jane Austen. Se ha dicho, por ejemplo, que el nombre de la protagonista podría hacer referencia al personaje de Emma, Harriet Smith, aunque se sabe que Jenkins utilizó el nombre de pila de la verdadera víctima del “misterio de Page” y, por lo tanto,  no lo eligió por influencia de Austen; el apellido, cambiado de Staunton a Woodhouse en la novela, coincide con el de Emma. El contraste entre ambos personajes es interesante: a pesar de que ambas son mujeres ricas que han sido protegidas por su familia, una de ellas es descrita como bella e inteligente y otra como tonta y poco atractiva; la primera termina casada con un buen hombre, mientras que la segunda muere por culpa de la negligencia de su esposo. Lo mismo se ha dicho sobre el apodo de Elizabeth, Lizzie, por ser el mismo que el del personaje de Orgullo y prejuicio, aunque esta comparación es más forzada que la anterior.

     Siendo Jenkins especialista y biógrafa de Austen, además de uno de los miembros fundadores de la Jane Austen Society, no es de extrañar que se encuentren referencias u homenajes en su obra; el sentido del humor, la ambientación y las descripciones, por ejemplo, recuerdan a los utilizados por ella. No obstante, más que seguir la línea de la escritora inglesa, Jenkins retoma algunos de los temas más populares de la literatura de finales del siglo XVIII y principios del XIX: la pobreza, el hambre, la ambición, el dinero y el matrimonio. Muchas de las similitudes, al menos en cuanto al contenido, entre Harriet y algunas de las obras de Austen y las hermanas Brontë, parecen estar más bien fundadas en la realidad social y económica de la época, ya que la novela está basada en hechos reales. Con Harriet, Jenkins hace una crítica bastante cruda de la sociedad victoriana, que va desde la pobreza y el oportunismo que puede surgir a partir de ésta, hasta la dependencia de las mujeres de sus esposos y sus consecuencias.

     Dos aspectos importantes resaltan después de comparar a Jenkins con autoras como Austen: la atención a la sexualidad femenina y la posibilidad de la maldad humana. Angus Wilson explica en “Evil in the English Novel” que en la literatura inglesa del siglo XVIII, la sexualidad está reprimida por completo y la maldad reside dentro de los límites de las creencias religiosas y los valores promovidos por la, ya decaída, clase media de la época. En este sentido, Elizabeth Jenkins se acerca más a las hermanas Brontë que a Austen, ya que, por un lado, los personajes femeninos de Harriet sienten una clara y fuerte atracción hacia los hombres de la novela, como ocurrió con Jane Eyre y Catherine Earnshaw de Charlotte y Emily Brontë, y, por otro, todos ellos son capaces de caer en la maldad, a diferencia del General Tilney y su hijo, de Northanger Abbey, que son incapaces de cometer un crimen por ser ingleses y tener buena educación. Los personajes de Jenkins van aún más allá al no sentirse culpables por la muerte de Harriet y por no ser redimidos por el narrador que sí los juzga, implícitamente, como victimarios.

     El crimen, en este caso, es provocado por el desinterés y la desidia que los cuatro personajes principales sienten hacia Harriet. El narrador se vale de la protagonista para construir las personalidades y explicar las motivaciones de Lewis, Patrick, Alice y Elizabeth. La reacción de cada uno ante ella define su carácter dentro de la novela y expone la característica de éste que ocupará un papel importante en la muerte de Harriet: la ira, en el caso de Patrick; la ambición, en el de Lewis; la vanidad, en el de Alice, y la sumisión, en el de Elizabeth. Igualmente, es la lentitud con la que se mueve la narración la que le permite al lector conocer a los personajes y ver cómo, dentro de la cotidianeidad, es posible transgredir poco a poco, con ayuda de justificaciones convenientes, los límites impuestos por la obligación moral y la sociedad. Los personajes en esta novela creen estar haciendo lo correcto y, cuando éste no es el caso, como sucede cuando Elizabeth ve que Alice está deshaciendo los vestidos de Harriet para hacerse unos nuevos o cuando descubre que su hermana está viviendo con Lewis sin que estuvieran casados, optan por ignorarlo y voltear la cara.

     Las apariencias y el detalle en la descripción de los vestidos y las telas cumplen la función de deshumanizar a Harriet. Al principio se aclara que si para muchos asuntos la inteligencia de Harriet estaba limitada, en cuestiones de vestidos y joyas, sus capacidades eran las de una persona promedio; en este punto de la narración, la protagonista es vista todavía como una mujer discapacitada o una niña. Cuando se le va privando de estos lujos, bajo el cuidado de Lewis y más tarde de Patrick, va perdiendo, también, desde la perspectiva de estos cuatro personajes, la humanidad. Alice comienza por compararla con un perro, al verla por primera vez desde su estancia en la casa de Patrick y Elizabeth Oman: “Iba desaliñada, con el pelo enmarañado como un montón de basura del color de la tierra […] la vio delante de la alacena, rebuscando de una manera extraña, como si olisqueara. ‘Parece un perro buscando comida’, pensó” (p. 263). Alice se siente, por lo tanto, con derecho a usar los vestidos de Harriet, que nunca lucieron bien en ella, para hacerse los suyos; no era despojar a un ser humano de sus pertenencias, era más bien tomar lo que, a causa de su sufrimiento, le pertenecía.

     El deterioro en la apariencia física de Harriet corresponde al de su mente; a falta de los cuidados necesarios, como los que recibía en casa de su madre, la protagonista se vuelve cada vez más incoherente y atolondrada. Lewis comienza a compararla con Alice, una mujer inteligente y atractiva, y va olvidándose de algunas consideraciones que, aunque motivadas por el interés económico, todavía tenía con ella. Sobre su relación, el narrador explica: “Incluso era capaz de hacerle una caricia cariñosa, con apenas un punto menos de repugnancia con la que habría tocado a un animal desconocido” (p. 180). Si para Alice la apariencia de Harriet, contrastada con la elegancia de su ropa, le hacía pensar que era menos que un ser humano, para Lewis la comparación entre su amante y esposa lo lleva a la misma conclusión. Algo similar ocurre con Patrick y Elizabeth Oman, que llegan a considerar que Harriet no sufre y no siente como los demás. Durante el juicio, Patrick llega a pensar: “¿Va usted a acabar con mi vida y la de mi mujer por ese animal? Somos seres humanos afectuosos. Es usted el asesino, cien veces peor que nosotros” (p. 363).

     Estos cuatro personajes son crueles y egoístas con la protagonista, pero el proceso por el que debieron pasar para llegar a ese punto, además de la precaria situación en la que se encontraban antes de conocer a Harriet, le facilitan al lector identificarse con ellos y entenderlos, aunque no esté de acuerdo con sus actos. La novela podría caer fácilmente en el sensacionalismo, pero más que enfocarse en exponer los hechos morbosos y amarillistas de la muerte de Harriet, se muestra la psicología de los personajes, tanto de la víctima como de los victimarios. En realidad, terminan siendo todos víctimas del horror, aunque unos por periodos más breves que otros. Al final, al menos por unos momentos, se puede encontrar un parecido entre Alice y Harriet: su resistencia. El narrador explica: “Alice era la única con plena conciencia del horror. Carecía del juicio necesario para comprender que, en última instancia, no es el dolor sino la resistencia al dolor lo que nos mata; que en momentos de crisis, ya sea por sufrimiento físico o mental, cuanto puede hacerse es adoptar una actitud pasiva y dejarse arrastrar por la corriente”.

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