Literatura

Constanza Ternicier, Hamaca, Caballo de Troya, Barcelona, 2017, 149 pp.


Izaskun Arrese

Tres años después de su aparición en Chile, la joven narradora Constanza Ternicier (Santiago de Chile, 1985) vuelve a publicar Hamaca, su primera novela. Esta vez en Barcelona y bajo el sello Caballo de Troya. La apuesta de Ternicier no es simplemente por una segunda edición, sino que revisita y trabaja acuciosamente el texto para entregar una nueva versión del mismo.

La protagonista de Hamaca es Amparo, una niña de entre doce y trece años, que cuenta en primera persona sus días durante unas vacaciones de verano. Como se puede esperar, la infancia es uno de los temas fundamentales de la novela, pero también son de crucial importancia la enfermedad mental y el abandono.

Este último aspecto está ligado al acontecimiento articulador del texto. Un día, durante una comida familiar, la madre de Amparo les anuncia a ella y a su padre que se irá de la casa. Aunque con el paso de los años la pequeña deja de recordar cómo era físicamente su madre, aquel día ha quedado grabado en su memoria hasta el más mínimo detalle: las empanadas del almuerzo envueltas en papel kraft, el vino tinto que servía para comerlas mejor porque estaban muy secas, las palabras de despedida, y el bolso de charol que portaba reluciente al salir por la puerta de casa.

Esta fijación o atención al detalle es justamente uno de los rasgos que definen las páginas de Hamaca. Todo cuanto se describe pasa por la mirada de la protagonista, por su forma de ver y entender el mundo. Fija su atención en las reacciones y gestos de las personas que se topa en su camino, en la forma en que la luz incide en los espacios. A ratos la narración adquiere tintes poéticos e intimistas, porque transcribe el devenir de la conciencia de Amparo: “Entró una ráfaga de viento frío, ya no quedaba ni un pedazo amarillo de sol en la cocina. El sol puede estar siempre ahí, pero después de una hora decide hacerse invisible” (p. 19).

Desde el punto de vista social e histórico, Hamaca entrega una mirada del Santiago de los noventa en el seno de una familia acomodada. Se describe una sociedad donde la desigualdad y el clasismo son bastante parecidos a los de hoy. Desde su casa en las alturas Amparo puede contemplar la urbe. Los barrios de las clases populares están muy lejos de ahí. Así lo comprueba tras su largo recorrido en bus para llegar a casa de “la Estela”, la nana o mujer de limpieza de la casa. Cabe señalar que es el único personaje al que siempre se alude poniendo un artículo antes del nombre, otro curioso rasgo del clasismo chileno.

Hamaca es el relato de lo que ocurre cuando el paraíso de los primeros años de infancia se ha perdido irreversiblemente. Tras lo sucedido con la madre, se despiertan en Amparo muchas preguntas. Los adultos que podrían otorgar alguna respuesta a las inquietudes de Amparo son el padre y la abuela paterna, pero no lo hacen. Incluso se los describe como “enmudecidos seres humanos” (p.23). Básicamente, sienten miedo de enfrentarse a la niña y tener que verbalizar todo lo acontecido.

En este sentido, el mundo adulto se muestra impenetrable y cerrado a la infancia. Incluso en términos del afecto físico, al que el padre y la abuela son reacios. Hay episodios que conmueven, porque podemos sentir la soledad de la protagonista. Porque, contrariamente a lo que indica su nombre, Amparo es una niña bastante desamparada.

A lo largo del relato se habla del mal que aquejaba a la madre. Finalmente, se entiende que padecía de algo parecido a una depresión o trastorno bipolar. Hay que decir que Hamaca es también una novela sobre la enfermedad mental, un tema que está presente en la segunda novela de la autora, La trayectoria de los aviones en el aire (Comba, 2016), donde su protagonista sufre un “ataque de locura” en Londres. En ambas novelas el trastorno mental es un tema tabú. Se buscan eufemismos para referirse a él y se evita explicitar el diagnóstico de quienes lo padecen.

La diferencia es que mientras que en La trayectoria de los aviones en el aire la paciente es tratada en un hospital, en Hamaca la enfermedad se trata puertas adentro. Es una situación ambigua que quizás tenga que ver con el ambiente en que se desarrolla la novela. Es una familia neohippie que se plantea como algo normal el uso de drogas y que sea el padre quien trate y haga terapia a la madre. En ningún momento hay un cuestionamiento moral sobre el asunto.

Amparo carece de certezas y de afectos estables a los que aferrarse. Esto la impulsa a buscar ella misma las respuestas a sus inquietudes. Probablemente, es este impulso de la protagonista el que hace casi inevitable hablar de Hamaca como una novela de iniciación. Fundamentalmente, después de que se la oye decir: “Supe que tenía que salir a buscar, tal vez crecer” (p.24). Salir a buscar es en este caso el intento por comprender el mundo que la rodea; así como el padre arma puzles, ella se esfuerza por organizar lo mejor posible las piezas de su vida.

Crecer significa también salir de la casa familiar, de su barrio. Amparo se mueve por una ciudad que no conoce, pero por la que le da igual perderse. Transita por las calles del Cajón del Maipo y por antros nocturnos del centro de Santiago. En estas andanzas, se inicia en el mundo de las drogas y del alcohol de manera bastante casual, sin cuestionamientos.

De hecho, en Hamaca encontramos más de un episodio lisérgico. Una de estas escenas tiene lugar cuando Amparo y su amiga Rosario consumen un cactus: “Se me aparecían esos colores que veía cuando me tiraba a mi cama y comenzaba a deshacer cada uno de los objetos que me rodeaban, hasta llegar a sentir que podía conocer la nada. Negro y colores, eso era para mí la nada” (p. 30). Las alucinaciones de Amparo dan lugar a pensamientos abstractos y, dicho sea de paso, bastante profundos.

Amparo está aún en el entresijo de infancia y adultez. Precisamente, este personaje representa uno de los puntos fuertes de la novela. Ternicier logra retratar de manera fidedigna a una chica de esa edad: mezcla perfecta de ingenuidad e ingenio en la forma de ver el mundo. Está lejos de ser un estereotipo de niña, más bien es un personaje con sutilezas, capaz de elaborar reflexiones profundas e incluso filosóficas: “Parecíamos mecidos por el vaivén de una hamaca, aunque sin futuro, suspendidos en un movimiento inmortal” (p. 89), piensa Amparo mientras abraza a su padre.

Hamaca destaca por la construcción de un personaje y de su voz. Amparo vive diferentes situaciones con amigos y familiares, pero su conciencia interior de sujeto en construcción es lo que trasciende a los lectores. Lo que prevalece en la lectura es la forma de ver el mundo de su protagonista.

Constanza Ternicier vence el pudor de revisitar su primera novela. Triunfa porque es honesta y decide eliminar episodios prescindibles. Así, las páginas perdidas le permiten ganar fluidez narrativa. Hamaca se lee con placer, y la belleza poética de sus párrafos nos hace volver una y otra vez a ellos.

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