Literatura

Harper Lee, Go set a watchman, Harper Collins, New York, 2015, 278 pp.


Arturo Cárdenas

En meses recientes, entrar a Barnes and Noble o cualquier otra librería estadounidense haría pensar a quien sea que Go set a watchman es el nuevo libro de moda entre adolescentes. Tantas marquesinas anunciando el mismo título no se habían visto juntas quizás desde la última entrega de Los juegos del hambre, y puede que ni siquiera entonces, si se considera que la nueva adición a la infame serie de vampiros adolescentes de Stephenie Meyer  pasó casi desapercibida entre los letreros azules y amarillos que anuncian la secuela de un clásico americano.

     Sin demeritar el talento de Harper Lee, es necesario decir que el estatus que ha obtenido su obra se debe más a un fenómeno cultural que a un logro formalmente literario. To kill a mockingbird es una obra importante, pero no de la misma manera que lo son las de otros autores del sur de Estados Unidos de la misma época como Flannery O’Connor o William Faulkner,  caracterizados por innovadoras propuestas narrativas y experimentos estilísticos. La que hasta ahora era la única novela de Lee es mucho más tradicional y, si bien está lograda impecablemente dentro de su formato, su verdadero acierto consiste en que trató el tema correcto en el momento preciso.

     Estados Unidos, 1960. El movimiento de los derechos humanos está a punto de llegar a su apogeo. Diferentes manifestaciones de afroamericanos pidiendo igualdad política brotan en todas las regiones del país. Malcolm X y Martin Luther King Jr. se vuelven referentes en todas las agendas políticas y, si se considera que el tema racial no es el único que empieza a causar agitación en la opinión pública, el revuelo no se detiene ahí. En este contexto, una escritora de Alabama, estado en que tres años después tendría lugar la histórica marcha de Selma, escribe una novela sobre el racismo. Su protagonista, Jean Louise, alias Scout,  es una niña machorra a través de cuyos ojos se hace un retrato de la vida cotidiana en el pueblo rural de Maycomb (inspirado en Monroeville, Alabama). Fuera de la perturbadora presencia de una casa en la que se cree que está encerrado un hombre llamado Boo Radley, los días pasan tranquilamente hasta que un hombre negro es acusado de haber violado a una mujer blanca. A partir de este evento sale a relucir la cara escondida de los habitantes de Maycomb, quienes no pueden expresar abiertamente su desagrado porque el encargado de defender al acusado es la brújula moral del lugar y padre de la protagonista: Atticus Finch. Más allá de la intriga, lo que resulta verdaderamente interesante es que la dinámica de personajes permite que la novela tenga cierto tono de didáctico sin resultar abiertamente aleccionadora. Después de todo, si se toma el punto de vista de una niña de seis años, el lector no tiene otro remedio que escuchar con ella todo lo que los adultos tienen que enseñar. Quizás dicho didactismo, que normalmente sería un factor en contra, es aquí la clave del éxito, pues gracias a ella se hacen accesibles, para gran parte de la población, ideas que pudieron haber pasado desapercibidas de ser tratadas de forma más sutil.

     Si bien ya se mencionó que el éxito de la obra fue rotundo, cabe señalar que el fenómeno fue mayormente estadounidense, pues el retrato que se hace del racismo corresponde específicamente a este país y no necesariamente encaja con la forma en que la situación se vive en otros lugares. De la noche a la mañana, miles de copias del libro se habían vendido y, al poco tiempo, Hollywood ya había obtenido los derechos para hacer la icónica película protagonizada por Gregory Peck, reconocida por críticos y academias, y a la cual posiblemente se debe la fama de Atticus Finch a nivel mundial. En menos de medio siglo, la novela ya se había vuelto tanto una lectura obligada en todas las secundarias de Estados Unidos, como uno de los libros más prestados según la Asociación Americana de Bibliotecas. Sin embargo, Harper Lee siempre pareció disgustada por el revuelo que había causado, pues además de la constante reticencia a hablar sobre su obra, llegó a declarar en más de una ocasión que no volvería a escribir otra cosa. ¿Qué justifica, entonces, la aparición de Go set a watchman a más de cincuenta y cinco años de la aparición de su predecesora? La historia oficial es dudosa.

      Go set a watchman no es una secuela en el sentido convencional, ni siquiera fue concebida como tal. Se supone que, a mediados del siglo pasado, Lee entregó un manuscrito a su publicista, quien lo rechazó diciendo que debía haber más énfasis en la infancia de la protagonista. La autora empezó a hacer correcciones para satisfacer estas exigencias, pero se metió tanto en los nuevos elementos que terminó por entregar un nuevo manuscrito que parecía más bien un antecedente del original. Esta versión pasó a convertirse en el célebre To kill a mockingbird, mientras que la primera quedó relegada a una caja fuerte en la residencia de la autora hasta que fue rescatada por su asistente legal. No ha faltado la polémica respecto a si un borrador merece ser publicado y publicitado como una novela. La opinión de la mayoría es que la casa editorial se aprovechó de la senilidad de la autora para sacar un producto que tuviera un éxito asegurado, situación bastante posible considerando que, fuera de las ventas, hay muy pocas razones por las que Go set a watchman merezca una actitud diferente a la recibió cuando fue presentada por primera vez.

     La novela empieza con la llegada de Jean Louise a su pueblo natal, Maycomb, Alabama, del que salió para estudiar en Nueva York. Ahora, con veintiséis años, poco hay en ella que delate que fue la niña que protagoniza el primer libro, excepto que sus preocupaciones, salvo el matrimonio, parecen ser las mismas. La nostalgia por el pasado idílico es lo primero que viene a su mente en cuanto llega, pero pronto se da cuenta que las cosas no son como recordaba. Lo anterior resulta en un círculo de decepción que llega a un punto culminante cuando descubre que su padre, el mismo Atticus Finch que luchó por salvar a un afroamericano de ser condenado injustamente, resulta ser un racista que preside a los pobladores de Luisiana que se oponen a la participación política de los negros. Esta revelación lleva a varios capítulos de Jean Louise recorriendo el pueblo mientras hace berrinches mentales que la llevan a comparar escenas de su infancia con lo que ahora se despliega ante sus ojos. Finalmente, después de mucho divagar, decide confrontar a su padre en lo que debía ser la escena climática del libro. Tristemente, una extensa discusión sobre la décima enmienda de la constitución de los Estados Unidos, junto a constantes digresiones sobre la identidad americana –si bien verosímiles cuando se recuerda la caracterización de los personajes como personas hipercultas, pues no olvidemos que hablamos de la misma niña que tuvo que fingir que no sabía leer para que no la molestaran en la escuela–, no alcanza la fuerza que se supone debe causar un final epifánico. Aún peor, resulta aburrido e inaccesible para casi cualquier persona fuera de Estados Unidos (por no mencionar a los estadounidenses que no están familiarizados con el sistema legal).

      Aparte de las fallas en la trama, el libro también resulta problemático en un nivel temático, pues, a pesar de que es comprensible que en la época en que fue escrito las normas de corrección política eran distintas, las posturas tomadas por algunos de los personajes parecen reforzar estereotipos e ideologías que en el primer libro se cuestionaban. Aun así, el problema no es tanto ese; después de todo, era necesaria una explicación al racismo de Atticus y esta no podía ser simple: “now think about this. What would happen if all the Negroes in the south were suddenly given full civil rights? I’ll tell you. There’d be another reconstruction. Would you want your state governments run by people who don’t know how to run’em? Do you want this town –no wait a minute– Willoughby is a crook, we know that, but do you know any negro who knows as much as Willoughby? Zeebo’d probably be major of Maycomb. Would you want someone of Zeebo’s capability to handle the town’s money? We’re outnumbered, you know.”

      La postura paternalista del abogado es hasta cierto punto entendible y no contradice el discurso que da sobre igualdad en el primer libro. Para él los negros no son inferiores por naturaleza, sino que debido a su educación, inferior a la de los blancos, no cree que deban dárseles los mismos privilegios sino hasta que se les eduque y los merezcan. El libro, por suerte, se toma la molestia de mostrar que, siguiendo esta visión, la línea de raza solo se refuerza (¿para qué molestarse en mejorar la educación de los negros si no hay riesgo de que ejerzan cargos públicos?), pero la solución que ofrece es igual de peligrosa. Jean Louise, en una especie de simetría literaria, en lugar de regresar a Nueva York y luchar por sus logros personales debe quedarse en Maycomb y ser un ejemplo para sus pobladores. Debe ser para ellos lo que Atticus sugiere que los blancos deben ser para los negros.

      Aunque hay partes rescatables en la novela, todas ellas corresponden a recuerdos que sucedieron en el plano temporal de To kill a mockingbird, lo que hace comprensible que la primera reacción de la publicista de Harper Lee en los cincuentas fuera pedirle que ahondara más en estas. Sin embargo, fuera de eso, hay pocos elementos que hagan creíble la historia del manuscrito. La familiaridad con la que se presentan los personajes no encaja con la idea de que es la primera vez que se muestran ante el lector; solo hace falta señalar que el peso entero de la dinámica Atticus-Jean Louise que se presenta en Go set a watchman recae en lo que se sabe del primero gracias a To kill a mockingbird. En la “secuela”, su participación es más bien marginal y solo toma un papel activo en cuanto su hija descubre que no es quien parecía, pero la efectividad de dicha situación depende de conocer profundamente al personaje, al menos la idea que tiene Scout sobre él, aspecto que solo se explora en la novela anterior. Esto no quiere decir que haya gato encerrado y la historia del manuscrito perdido sea una maniobra publicitaria para ordeñar más leche de una vaca que ya se había secado; puede que, por fines comerciales, el manuscrito se haya editado a profundidad para darle más el aspecto de una secuela y evitar repeticiones molestas para un lector que no busca curiosidades literarias, sino novelas en forma (lo cual no hace la situación menos cuestionable). Aun así es bastante claro que, sin importar la historia que haya detrás, Go set a watchman no complace a los adeptos al original y difícilmente provoca algún interés en alguien que no esté familiarizado con Harper Lee. De manera que, aunque no sea ese tipo de escritora, no queda más que poner Go set a watchman en la misma repisa que la última entrega de Crepúsculo y la continuación de la Trilogía Millenium de Steig Larson, que ya no es una trilogía ni está siendo escrita por Steig Larson.

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