Literatura

Ester Hernández Palacios, Enriqueta Ochoa: la configuración de un femenino sagrado, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 2020, 206 pp.


Daniela Gutiérrez Flores

Enriqueta Ochoa es una de esas poetas que nunca he dejado de leer. Mi primer encuentro con ella fue gracias a una pequeña edición para niños, publicada en 2004, que forma parte de la colección de poesía ilustrada de Alas y Raíces. El libro es apenas del tamaño de una palma abierta y contiene versos sueltos ilustrados por coloridos dibujos infantiles. Conservé la copia por muchos años e incluso cuando me sumergí de lleno en la poesía completa (ya sin dibujos), volví cada vez a ella con el mismo asombro y placer de la primera lectura infantil.

Después de leer el nuevo libro de Ester Hernández Palacios –la experta indiscutible de esta poeta que tan poco se lee y se estudia–, regreso al librito de siempre y comprendo mejor mi fascinación inicial con esta edición para niños. Enriqueta Ochoa es una poeta difícil y está lejos de ser, por sí sola, una obra destinada para los públicos más jóvenes. Tiene, como apunta Hernández Palacios, “un tono anacrónico que disgusta a los oídos postmodernos”, y que la ha relegado a los rincones menos conocidos de las letras mexicanas.

Católica, de sensibilidad profundamente religiosa, Enriqueta Ochoa escribe obsesivamente sobre Dios, la maternidad y el matrimonio con una voz grave e imágenes que evocan dolor y sufrimiento. Y, sin embargo, los niños que ilustran ese librito son lectores y traductores ejemplares de sus hondos versos. Al verso, “Un temblor quebradizo de astros se me rodó en los ojos” lo acompaña un retrato de una mujer de mirada horrorizada y paralizada, flanqueada por un sol y una luna inmensos; a un lado de “Es hora el silencio en que la luz adquiere la forma de una lágrima” una niña dibujó una mujer llorando sola, sentada en el centro de un panteón empapado por una lluvia verde; al verso “Como el niño se da, me doy al viento desatando mi grito” lo ilustra una figura boquiabierta en medio de pinceladas rojo sangre y un amarillo que recuerda al fuego. Pareciera que los niños perciben naturalmente la plasticidad y la energía vital del imaginario original y transformador de Ochoa. No interpretan la literalidad de las palabras, sino que pintan con el pincel lo que Hernández Palacios llama “el misterio de lo no dicho”, “las redes, las conexiones de las metáforas que, unidas unas con otras, dan lugar a los símbolos”.

Una poética así –de ecos míticos, esotéricos, que versa sobre una feminidad que nos huele a caduco– parecería no tener cabida entre los lectores de hoy. En efecto, Hernández Palacios señala que la recepción de Enriqueta se resume en una contradicción. Por un lado, el reconocimiento y celebridad, y por el otro, las muy escasas reimpresiones y reediciones de su obra. Pero este presunto tono démodeé, fruto de una lectura o bien primera o bien superficial, se desbarata frente a la mirada de Hernández Palacios. A lo largo de este ensayo, la crítica veracruzana deshila con cuidado la obra hermética de Ochoa (entendida en su sentido etimológico: alquímica) para sacar a la luz su compleja textura. La autora revela así una obra poética abierta y transformadora, de poder catártico y subversivo, con un rechazo absoluto a las convenciones; una poesía que recuerda, como Ochoa misma escribe en Asaltos a la memoria, al “agua fresca, casi helada, con sabor a barro y a libertad”.

Al inicio del libro, Hernández Palacios relata una anécdota biográfica que sería definitoria para la escritora coahuilense. Su padre, un hombre estricto y rígido, le dio a la pequeña Enriqueta la libertad de elegir su propia religión, un gesto que para el Torreón de los años treinta no habría sido sino radical. Ella y su hermana exploraron distintas tradiciones antes de elegir la fe y el dogma con que más se alinearan. No heredó la fe como se hereda un nombre. Enriqueta llegó al catolicismo al final de una búsqueda personal y un vasto recorrido por las sendas de otras religiones.

Podríamos pensar que su búsqueda terminó en el mismo lugar donde había comenzado. Una católica por voluntad en un país de católicos renegados suena más a obstinación que a contradicción. Pero la fe de Enriqueta no es la del católico de a pie, el sentido religioso de su poesía se lee casi como eslabón moderno de la tradición mística hispánica –San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Ávila– y la lírica metafísica cristiana del siglo XX –Rilke, Eliot.

Relata Hernández Palacios que en una ocasión Enriqueta se refirió a su proceso creativo como la escritura de las voces que “oía en su cabeza”. En este sentido, su poesía recordaría no a las místicas sino a las alumbradas, esas mujeres incomprendidas y perseguidas por la Inquisición que, al no poder explicar con palabras la inefabilidad de lo divino, alegaban haber amado a Dios con el cuerpo. Si en el pasado las aserciones de oír voces divinas fueron motivo de sospecha para quienes juzgaron a las alumbradas, hoy a esta confesión inevitablemente la acompañan la incredulidad, el estigma, y, en el peor de los casos, la burla. Ester Hernández Palacios, en cambio, se aproxima a Ochoa con el mayor de los respetos y un profundo cariño, una actitud que nace de la admiración sincera y el afecto verdadero a una obra poética. Toma esta aserción con la seriedad con que analiza una de las muchas otras fuentes que iluminan su aproximación, un gesto que denota un compromiso con hacer crítica literaria a la vez inteligente y sensible. La conexión personal de Palacios con la autora, palpable desde las primeras líneas, deriva en un acercamiento crítico que intenta genuinamente descubrir y comprender el poder de la poesía para trascender.

El resultado es este ensayo que, además de sostenerse sobre un sofisticado aparato crítico –desde la teología feminista del siglo XX y el formalismo de Jakobson, hasta la tradición hermética y el estudio de lo sagrado de Eliade–, es inevitablemente personal y poético. La pluma ensayística está contaminada por todos lados con pinceladas de la voz de Ochoa. Es decir, las lecturas críticas se funden con el mismo texto en una prosa íntima, poética, plástica y juguetona que debería ser la norma para toda crítica literaria. Por ejemplo, la Hernández Palacios habla de una metáfora que se “erige en jinete”, o incorpora a su repertorio crítico las propias imágenes de Ochoa: “la luz que iluminaba el nacimiento de Dios cae a pedazos”. El ensayo nos recuerda algo que frecuentemente olvidamos al leer y escribir: que la crítica puede adoptar el ritmo cadencioso del poema y que la poesía es siempre un ejercicio de inteligencia que funda sus propios códigos y vocabularios.

Aunque son muchos los poemas que se exploran en este libro, sin duda Las urgencias de un Dios (1950), Las vírgenes terrestres (1972) y Retorno de Electra (1978) son los que resultan centrales para la configuración de lo “sagrado femenino”. El primero, publicado cuando Enriqueta tenía apenas diecinueve años, desató lo que ella misma nombró “una bomba explosiva en el Norte” por su resignificación radical del dogma católico. En este poema, la voz femenina anticipa el nacimiento de Dios dentro de su vientre:

 

‘¿Cuál es tu Dios, tu identidad, y la región que habitas?’, digo:
—Mi tierra es la región del embarazo
y yo soy la semilla donde Dios
es el embrión en vísperas.

 

“Sin fronteras ni códigos ajenos” y liberada de “viejas causas, cánones hostiles”, Enriqueta imagina a Dios como un hijo que nace de su carne. La maternidad y la divinidad, preocupaciones fundamentales de su poética, aparecen ya desde su primer poema con una madurez sorprendente. Para Hernández Palacios, la poesía de Ochoa funda un nuevo mito que tiene en su centro una concepción sagrada (pero nunca cerrada) de la feminidad. Partiendo de la teología feminista, concibe la maternidad y el nacimiento no como imágenes de un entendimiento de “biologista” de la mujer, sino de una apreciación de la fuerza “procreadora, regeneradora, y terrenal de lo femenino”. Ochoa no celebra con esto la maternidad ni la da por sentado. Antes bien, fracciona la experiencia maternal en múltiples aristas: el dolor de la infertilidad, el desgarramiento del aborto, la soledad del útero vacío, la ruptura del yo al dar a luz y el dilema mismo de traer vida al mundo.

En Las vírgenes terrestres, por su parte, el valor cristiano de la virginidad se transforma en cuerpo deseante. No es virtud deseable de la mujer católica ni sinónimo de castidad, sino el latido doloroso de un cuerpo a puerta cerrada dentro del cual se esconde ardiente el “rumor de la semilla”. El poema insiste en expresar una sacralidad femenina y sexualizada (¿o una sexualidad femenina sagrada?) que libere a la mujer de ser sombra del hombre y la saque del anonimato ante Dios. En este sentido, Hernández Palacios hace un apunte sutil pero fundamental. La desgarrada sexualidad femenina no está aquí mancillada por la culpa católica, sino expresada con “desasosiego e incomprensión”. El dolor que emana de sus versos no es secuela de golpes en el pecho: es el desgarramiento que resulta de la descolocación de la mujer en el mundo.

Las voces de Ochoa buscan desesperadamente la trascendencia, la unión con la Tierra y con el hombre, y la recuperación de un pasado mítico en que se vivía la libertad y la igualdad. Ese anhelo se materializa, por ejemplo, en Retorno de Electra, donde la voz se dirige al Padre muerto –ese “viejo de barba azul” que es a la par Agamenón y Dios Padre. Sin sed de venganza, pero con una amargura que la consume como una llama, la voz se lamenta del “lente deforme” con que ve el mundo y añora un espacio donde poder amar con libertad:

 

“Padre,
no puedo amar a nadie.
A nada que no sea este fuego
de sucia conmiseración
en que se consume mi lengua.
Quiero otro aire.
Otro paisaje que no sean los muros de mi cuerpo”

 

Dice Hernández Palacios que Enriqueta canta. Quien haya escuchado sus poemas leídos en voz alta (de adolescente escuché las grabaciones de la colección Voz Viva como si se tratara de música) sabrá que la elección del verbo no es un intento de embellecer su prosa crítica. Por el contrario, es casi un tecnicismo. A través de un minucioso análisis métrico, Hernández Palacios propone un dominio del ritmo por sobre otros elementos formales. Su obra nos remonta de nuevo a un pasado mítico, esta vez sonoro, en que la lírica no se había divorciado de la música y la oración, y era a un tiempo canto, plegaria y poema.

En este sentido, es curioso que Palacios comente de paso que la relación con la obra de Octavio Paz le parezca “menos clara” que su nexo con otros de sus contemporáneos. Paz, como Ochoa, es un poeta del ritmo, obsesionado no solo por sus cualidades melódicas sino por sus posibilidades filosóficas. Para Paz, la poesía es un vaivén constante entre contrarios que construyen un ritmo “secreto” universal. Escribe en El arco y la lira: “El ritmo no es medida, ni algo que está fuera de nosotros, sino que somos nosotros mismos los que nos vertemos en el ritmo y nos disparamos hacia ‘algo’. El ritmo es sentido y dice ‘algo’ ”. Algo similar podría haber escrito Ochoa, cuya poética tampoco admite los dualismos (hombre-mujer, humanidad-Tierra, divinidad-humanidad) sino que concibe un universo redondo, conformado por relaciones de mutua completud.

Para Hernández Palacios, el ritmo encuentra su expresión plástica en el imaginario del agua y, por extensión, todo lo líquido. Los ríos, la lluvia, las lágrimas, el jugo de las frutas, el semen, la leche, la miel y la sangre corren por los poemas de Enriqueta, se emulsionan entre sí en una poesía “húmeda” que está siempre fluyendo, rebasada por su propia fuerza lírica y abierta para recibir en su cauce a todo quien quiera bañarse en ella. (El mismo Paz, por cierto, formula su concepción del ritmo en términos acuosos al decir que nos vertemos en él).

El agua-ritmo es entonces la fuerza creadora que hará florecer la semilla, que alimentará al Dios hambriento, que reflejará en su superficie la luz divina. Estas transmutaciones líquidas evocan aquellas imágenes de santos medievales que lamen y beben la sangre-leche de un Cristo que lacta como su madre y se desangra como cualquier hombre. Consideremos por un momento el ritmo líquido de Ochoa como análogo a esta imagen. Aquí, los cuerpos de Cristo y sus hijos, de la Virgen María y su hijo, se conectan en una misma unidad fluyente que ya no es exclusivamente ni femenina ni masculina, ni humana ni divina. Como sintetiza Hernández Palacios, su poesía contiene “agua que satisfará a todo el universo”.

Agua, tierra, aire y fuego forman en la obra de Enriqueta las columnas de un universo panteísta de tintes míticos y primitivos. Este se vincula directamente con la incorporación de la divinidad femenina, la Tierra-Mujer, en un imaginario religioso dominado por la imagen de Dios Padre, aquel patriarca que en el universo poético de Enriqueta duele por su ausencia e indiferencia. Ante esta recuperación de la sacralidad femenina, podríamos leer a Enriqueta en clave feminista. Y aunque sin duda alguna su obra celebra decididamente la fuerza creadora de la femineidad e inserta provocativamente a la mujer en la genealogía cristiana, me resulta más iluminadora y precisa la propuesta de Hernández Palacios: Enriqueta enuncia su poesía desde otro lugar, el de la especie. Su poética, propone la veracruzana, inaugura un mito totalizador nuevo, de dimensiones planetarias, que devolverá al mundo moderno –devastado en su naturaleza y enfermo de espíritu– los poderes divinos de la creación.

He releído una y otra vez a Enriqueta a lo largo de los años. Nunca deja de asombrarme la compleja nitidez de su lenguaje, el seductor compás de su música y el desgarrador patetismo de su voz poética. Pero al asombro más de una vez lo acompañan la incomprensión, la frustración e incluso el vértigo de enfrentarse a un texto que encierra nociones sobre las preocupaciones más hondas del ser humano: la divinidad, la creación, el amor, el sufrimiento. Lo que ha hecho Ester Hernández Palacios en este libro es partir de esas sensaciones de asombro y arrobamiento, vértigo y frustración para penetrar en la poética de una de las voces más potentes de las letras mexicanas y, me atrevo a decir, latinoamericanas del siglo XX. A través de una mirada que combina ejemplarmente inteligencia cerebral con experiencia personal, este libro hace lo que toda buena crítica literaria debería hacer: despertar unas ganas urgentes de leer, leer y releer.

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