Literatura

Evelio Rosero, En el lejero, Tusquets, México , 2013, 89 pp.


Frida Conn

Originalmente publicada en 2003 y reeditada en 2013, En el lejero es la novena novela de Evelio Rosero (Bogotá, 1958). Esta novela corta nos remite a otro momento de la literatura latinoamericana: al de “Luvina, al de Pedro Páramo, al de Rulfo y sus paisajes desolados, al de García Márquez y su afán por describirlo todo. Violencia, extrañeza y desesperanza (motivos recurrentes en la obra de Rosero), conforman En el lejero una denuncia contra una de las realidades más crudas de Latinoamérica: el secuestro.

     De un lado está el abismo, por el otro un volcán que apenas se deja ver entre los girones de la niebla espesa y aciaga. La historia toma lugar en un pueblo donde hay más cadáveres de ratones que personas: “Esos asquerosos ratones se vienen a morir desde todos los rincones del mundo; este es el pueblo de los ratones, el único pueblo del mundo donde vienen a morirse los ratones del mundo, el único, ¿también vino usted a morirse por estos lados?”. Jeremías Andrade, septuagenario moribundo, es el protagonista de la novela. En busca de su nieta Rosaura, desaparecida cuatro años atrás, el anciano llega a la población fantasmagórica con la férrea convicción que otorga la esperanza que está por apagarse: “Y entonces iré con el primero que aparezca y preguntaré, sean las horas que sean,  y no pararé de buscar, porque este es el último sitio que me queda”. Poco a poco, Jeremías va conociendo al reducido pero variopinto grupo de habitantes que bien podrían haber salido de una historia de Rulfo o de Donoso: la dueña del hotel-pollería en el que se hospeda, ávida consumidora de cartílagos crudos de pollo;  la enana libertina que hace de asistente; el carretonero que, cual Sísifo, recoge cadáveres de roedor por las noches para repetir la faena al día siguiente; Bonifacio o el albino, un obeso señor de rostro quemado por un sol ausente; una pandilla de niños que juega fútbol con cabezas de ancianas y de perros como balones; la tendera ciega que vitupera contra Jeremías a cada oportunidad; y las monjas suicidas de las Carmelitas Descalzas que cuidan a los encadenados del convento.

     Salvo en la novela Los almuerzos, que se desarrolla en un barrio de Bogotá, el pueblo es el espacio predilecto en la obra de Rosero y uno de sus elementos más representativos. Su visión del mundo, de tendencia mágico-realista, no tiene cabida si no es en estos lugares anónimos, en estos territorios erigidos entre la vigilia del sueño y el horror de la pesadilla: “vio […] los picos de las montañas y, de pronto […] se le reveló el volcán, de cristal azul, evanescente, su cumbre iluminada por la nieve, lo vio por entero y ya no lo vio porque lo cubrió de inmediato un torrente de niebla: en ese solo segundo el volcán lo encandiló”.

     A Jeremías Andrade se le suman Juan Pastor Proceso de La carroza de Bolívar e Ismael Pasos de Los ejércitos. Si bien no se trata de un arquetipo de personaje (en todo caso, si algo tienen en común es el sentimiento de tormento y abatimiento que los consume), estos tres héroes caídos de Rosero son hombres maduros sin muchos atributos, víctimas de las circunstancias que los arrastran a una vorágine de violencia y miseria. En el lejero es el preámbulo de Los ejércitos, novela donde se aborda la violencia en Colombia de forma abierta. Según Rosero, ambas obras son diametralmente opuestas en su tratamiento, pero sin la primera no existiría la segunda. Mientras que Los ejércitos se estructura alrededor de la violencia irracional, arbitraria y absurda producida por la guerra, En el lejero aborda temas similares enfocándose en la crueldad y el dolor ajeno ante la pérdida. El secuestro en ambas es el núcleo, la justificación para contar las historias de desesperación de dos personajes que encarnan al pueblo colombiano. Pero si En el lejero se asemeja a una aventura onírica y ominosa (o a una pesadilla), la segunda es un retrato de la realidad, quizá todavía peor que cualquier mal sueño.

     El protagonista de Los ejércitos, un profesor jubilado de nombre Ismael, vive la desaparición de sus vecinos a manos de la milicia hasta que llega el día en que su esposa Otilia le es arrebatada por los militares. Así, la búsqueda se vuelve un motivo que emparenta con En el lejero. En Los ejércitos se trasponen imágenes que capturan la violencia del contexto colombiano explícitamente. Por ejemplo, la escena de Ismael contemplando a la sensual vecina Geraldina desde el muro de su propiedad se traspone a la del descubrimiento del cadáver de la mujer. Ismael asiste, con horror e incredulidad, a la vejación del cuerpo a manos de un grupo de soldados. En el lejero, por su parte, se asemeja a una colección de imágenes simbólicas que alternan entre fantasía y realidad para jugar con las posibilidades de lo absurdamente verosímil, sin ser explícitamente violentos. O, en su defecto, integrando esa violencia a su universo de modo que pierda su naturaleza chocante.

     Ahora bien, por su estructura y propuesta estilística, En el lejero se adentra en el terreno de lo surreal. El relato se narra en tercera persona, pero cambia indistintamente a primera persona: “y de pronto una antigua dentadura postiza  con sólo tres dientes, rota y enlodada pero como disponiéndose a morder. Apartas los ojos de sus dientes. De las rejas de una de las ventanas que orillan la calle cuelga ante ti una gran cabeza de perro, atada con una soga”. El efecto que produce es el de hacernos espectadores y protagonistas de la historia; el lector es un mero observador, a ratos el viejo Jeremías. Cuando el lector se asume como parte del relato se rompe la pared que separa lo inverosímil de lo plausible,  la posibilidad resignifica el miedo y el desamparo de quienes podríamos ser nosotros.

     Asolado por la penumbra, el frío y la bruma, Jeremías Andrade tiene por única compañía el  silencio y la soledad. Este hombre parece haber emprendido su viaje esperando no regresar, sabe que la peregrinación acaba cuando arriba al pueblo de los ratones. “En el lejero” es una expresión colombiana que se refiere a la lejanía de un lugar. En este perdedero, en este guardadero está Rosaura. Sin embargo, encontrarla es, quizá, lo más intrascendente de la novela; el problema no es en dónde está la niña, sino hallar la forma de recuperarla cuando se sabe que no la hay. La búsqueda, por el contrario, marca la atmósfera viciada y el ambiente sórdido que eliminan toda posibilidad de salvación. La nieta aparece,  el albino se revela como su secuestrador, pero poco importa.

     En el lejero es la historia de una búsqueda incesante. La profunda sensación de pérdida y desasosiego que vive Jeremías Andrade cristaliza la realidad inmediata ya no de Colombia, sino de Latinoamérica. La novela lleva hacia un solo camino, después de todo, es una denuncia de la impotencia ante el secuestro y la insignificancia del esfuerzo de quien pretende hacer algo: “Miró en la dirección que le indicaban: divisó, más atrás, en la orilla de la cumbre, entre el corro de hombres y mujeres estáticos, pálidos en la distancia… a su nieta. Había enflaquecido tanto o más que él, y estaba llorando. Descubrió que ambos lloraban, ‘Ella y yo’, pensó”.

 

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