Literatura

Francisco Hinojosa, Emma, Almadía, Oaxaca, 2014, 96 pp.


Frida Conn

Si algo distingue a Emma, la nueva novela de Francisco Hinojosa (Ciudad de México, 1954), es la irreverencia. La historia parte de una premisa harto conocida: una chica huérfana  –aquí la insulsa señorita Emma de Brantôme– vive a las expensas de sus aborrecibles parientes –los du Barry–, hasta que su vida da un giro repentino cuando es rescatada de su miserable y prosaica vida por un personaje misterioso. Emma, una suerte de desfachatada Cenicienta posmoderna,  es una adolescente cualquiera. O lo sería, si no fuera la hija de la pareja de los actores más famosos del cine porno, los varias veces galardonados con el Emmanuelle (el Óscar de la pornografía),  Sylvie y Louis-Ferdinand de Brantôme.

     En la novela convergen dos mundos, diríase, excluyentes: el de la fantasía infantil y el del sexo, la pornografía y la prostitución. Para configurar el primero, Hinojosa parte no solo de los cuentos clásicos, sino también de algunas influencias contemporáneas poco menos que evidentes. Y es que, ¿quién no piensa en Harry Potter cuando en la historia hay una huérfana, una buhardilla, una carta de aceptación de un colegio prestigioso, una herencia sustanciosa?  (De hecho, en una entrevista Hinojosa habla del primer nombre de su protagonista, Harriet De Patie, como una referencia más directa al sufrido mago de J. K. Rowling). Ahora bien, que la huérfana en cuestión robe videos de la colección privada de su tío, que la célebre institución se llame Escuela Bataille de Sexo y Prostitución de Francia y que su regalo como nueva clienta del banco sea un portacondones de piel de manatí –con el logotipo del banco, por supuesto–, constituye la otra cara de Emma.

     Hinojosa confronta estos mundos en apariencia opuestos para construir un universo en donde ambos se complementan, señalando la dualidad de la naturaleza humana. Porque, si bien Emma gira en torno al sexo,  nada tiene que ver con el erotismo, las pasiones ni el deseo. Antes, es la inocencia casi infantil de la historia la que salta a la vista: “[Emma] extrajo con cuidado el preservativo y lo introdujo en el falo siguiendo el ejemplo que le habían puesto sus compañeras y compañeros. Los aplausos a su práctica fueron sinceros. Parecía que tenía un don en lo que a enfundar penes se refería”. Los pormenores de la educación de los aspirantes a stripper, actores porno y campeones de lucha en lodo, así como el contenido de cursos desde Introducción al Coito hasta la Cátedra de masoquismo, quedan reducidos a un juego disparatado. Sensualidad y sexualidad, al ser concebidas desde el discurso de lo lúdico, se vuelven una parodia irreverente que parece tomarse en serio cuando se sabe una broma: “Espero que quede claro que tanto la embarazada como el eyaculador quedarán reprobados en la cátedra que imparto. Esta no es una escuela de maternidad. Al segundo embarazo, deseado o no deseado, los responsables serán dados de baja. ¿Alguna duda?”. En cambio, los pocos conflictos que los personajes enfrentan son resueltos en apenas dos o tres líneas; sin complicaciones, sin drama, se soluciona la intriga detectivesca que hace avanzar la trama pero que no termina de desarrollarse. Más importante que una misteriosa resurrección es, por ejemplo, que mademoiselle de Brantôme, la inmaculada Emma, siga siendo virgen. Asimismo, Hinojosa busca romper tabúes valiéndose del humor negro y de referentes conocidos (los cuentos para niños y la pornografía) situando su historia en una Francia surrealista que se rige por sus propias reglas. En Emma no hay lugar para las preocupaciones de índole moral puesto que bacanales, exhibicionismo, el placer de la carne y el cambio de sexo son algo intrínseco y completamente asimilado: “el martes de carnaval, día en el que al grito de ‘¡Al coito! ¡Al coito hoy!’ –guiño a Mulata de tal de Miguel Ángel de Asturias– […] la gente sale disfrazada a las calles a copular y comulgar sexualmente con el prójimo, ya sea en los rincones más ocultos o en la Place de Saint-Martin Piment Vert”.

      Debajo de esta parafernalia subyace otra intención primordial que va más allá del descaro y el desafío a los convencionalismos sociales: el dinamismo del proceso creativo. Emma se presenta al lector como una novela inacabada, abierta a las posibilidades tanto de escritura como de lectura. En el capítulo Alain, el joven despierta convertido en cangrejo cual Gregorio Samsa en insecto, pero una página más adelante aparece una corrección, y Alain, en vez de crustáceo, es ahora un cadáver. En Conversación sucede algo similar, pero esta vez Otra corrección es un capítulo tachado con pequeñas variaciones del anterior. Hinojosa, consciente del carácter transgresor de su novela, hace un simulacro de parodia en Emma; construye y reconstruye a su antojo, haciendo al lector cómplice del chiste.

      Pero no hay que confundirse, Emma no es una novela hecha con premura. El origen se remonta a nueve o diez años atrás, según declaró el autor. Emma no tiene un desenlace, no ata cabos sueltos; más que respuestas, ofrece preguntas. Sin embargo, gracias a su humor, Hinojosa dota a la novela de una simplicidad amena,  sin caer en la simpleza ni el exceso. Las numerosas referencias, alusiones  y guiños –Kafka, Cortázar, García Márquez, Camilo José Cela, Karl Huysmans, por mencionar algunos– evidencian el rico trabajo intertextual que hace aún más hilarante pasajes como: “Muchos años después, frente al actor que haría el anun­cio de los pre­mios Emmanuelle a la mejor actriz porno del año, [Emma] habría de recor­dar la tarde remota en la que vio por primera vez a sus padres desnudos” o “Emma vio por la ventana cómo sus tíos y su obesa prima se perdían a lo largo de la rue La Rochefoucauld. No le faltaron ganas de vomitar un conejito desde el balcón”. Numerosos son también los escritores y filósofos que dan nombre a personajes (Emma toma su nombre de la heroína de Flaubert), lugares (el Hoyo Pompadour), marcas (calzones Chateubriand, cosméticos Là-bas, sujetadores Papini) y hasta películas (la gorostiziana “la putilla del rubor helado”).

       En cualquiera de sus lecturas, sea la literal, la metaficcional o la referencial,  Emma ejemplifica, en primer lugar, que la inocencia y la perversión coexisten en el mismo plano, que una se resignifica en la otra. En segundo lugar, el carácter inacabado y en permanente evolución de toda obra literaria.  Hinojosa, al incorporar al lector en el mecanismo de creación, le permite penetrar en los hubiera, ver el esqueleto de la narración para acceder a sus diferentes dimensiones. En este sentido, Emma es una novela deliberadamente incompleta que busca reinventarse en cada lectura.

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