Literatura

Octavio Paz, El mono gramático, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014, 116 pp.


Adriana Lozano

Para tomar el camino de Galta, el nuevo lector de El mono gramático (1972) y de Paz debe tener en cuenta algunos aspectos generales sobre el autor y sus influencias, sobre todo porque es en esta obra donde se sintetizan algunas de sus reflexiones respecto a la poesía y el lenguaje o se responden algunas de sus inquietudes sobre el tiempo y la realidad. Podría decirse que es un camino que empieza cuando ya se ha recorrido un largo trecho de su poética. El modernismo, el surrealismo, el estructuralismo y el pensamiento oriental construyen, en mayor o menor medida, las bases del texto. En “Los signos en rotación”, publicado en 1967 como epílogo de la segunda edición de El arco y la lira (1956), Paz explica que la poesía moderna es aquella que se niega a sí misma, que critica al lenguaje. Independientemente de su posición ante dicha poesía en los años que siguieron, la crítica al lenguaje y la búsqueda de la semilla, la palabra original, son el motivo detrás de El mono gramático. Con el estructuralismo, aunque la poética paciana no está estrictamente apegada al método estructural, y la filosofía oriental, pareciera haber encontrado una guía o herramienta para sus experimentos en poesía gracias al signo, la vacuidad, la ananda y otros conceptos.

     Existe una larga discusión alrededor del género o géneros a los que El mono gramático puede adscribirse: empieza como una novela en la que se describe el paso del autor y su esposa por Galta, camino encontrado y perdido constantemente en el texto, con alternancias a su estancia en Cambridge y el paisaje que ve desde su ventana. Al mismo tiempo, hay descripciones de cuadros, traducciones de textos (en el sentido paciano) como el Sundara Kund,  reflexiones sobre el lenguaje presentadas como ensayo y episodios eróticos. Pere Gimferrer ubica esta obra en el mismo nivel que Aurelia de Nerval y Los cantos de Maldoror de Lautréamont, también consideradas difíciles de clasificar o, por lo menos, “extrañas”. En palabras de Paz es “un texto de cien páginas en el cual la novela se disuelve y se transforma en reflexión sobre el lenguaje; la reflexión sobre el lenguaje se transforma en explicación erótica y ésta en relato”. Es, quizá, la primera puesta en práctica de uno de los preceptos analizados en El mono gramático: la abolición de contrarios y su convergencia, ya sea de textos o de géneros, “… como metáfora del abrazo de los cuerpos. Analogía: transparencia universal: en esto ver aquello” (p. 114).

     Como defiende Hugo Verani, el camino es un tema importante no solo en El mono gramático, sino en toda la obra de Paz; el andar o la caminata para el poeta mexicano representa la búsqueda del otro lado del lenguaje, el paraíso perdido y un constante ir al encuentro. En el caso de este texto, el camino de Galta, además de ser el recorrido del autor por la zona religiosa de Rajasthan, es una metáfora de la escritura y la lectura. En otras palabras, la caminata, por un lado, comienza en la hoja en blanco a la que se enfrenta el poeta en Cambridge y, por otro, en el recuerdo de su viaje a la India. Existe una relación entre la ubicación del recorrido tangible y el metafórico; en Galta, es importante recordar, está ubicado el templo dedicado a Hanuman que, como se explica en el epígrafe del diccionario mitológico hindú que preside el texto, es un dios mono venerado, entre otras cosas, por ser un gramático y un traductor. No es coincidencia, por lo tanto, que en la obra se cuestione al lenguaje teniendo como protagonista al mono gramático: “… el universo es un texto insensato y que ni siquiera para los dioses es legible. La crítica del universo (y la de los dioses) se llama gramática…” (p. 40).

     Ya en El arco y la lira se había expuesto una decepción y desconfianza hacia el lenguaje: “la primera actitud del hombre ante el lenguaje fue la confianza: el signo y el objeto representado eran lo mismo […] Pero al cabo de los siglos los hombres advirtieron que entre las cosas y sus nombres se abría un abismo”. En El mono gramático, como en otras de sus obras, se propone la existencia de esta misma distancia entre el objeto y el nombre y se expone la incapacidad del lenguaje para convocar la “presencia”. Al cuestionar al lenguaje se hace una crítica de la realidad y es este acto el que desencadena el camino como escritura, la escritura como cuerpo y el recorrido que va de la disolución a la transparencia. Por eso puede afirmar: “el poeta no es el que nombra las cosas, sino el que disuelve sus nombres, el que descubre que las cosas no tienen nombre y que los nombres con que las llamamos no son suyos” (p. 80). Una vez que el mundo se queda sin nombres, gracias a la labor del poeta y la escritura, es posible verlo tal cual es: en  “azul adorable”. Es el lenguaje, por lo tanto, lo que separa al ser humano del mundo, la distancia entre cosa-nombre, y lo que puede remendar dicha distancia.

     El negar los nombres, intentar disolverlos para encontrar la transparencia, puede resultar una idea extraña para el lector occidental; sin embargo, en el pensamiento oriental este acto hace posible una recuperación. En Ladera este (1969), Octavio Paz explica el término súnyata, la vacuidad absoluta, del budismo madyamika, que aclara esta lógica: “un relativismo radical: todo es relativo e impermanente, sin excluir a la afirmación sobre relatividad e impermanencia del mundo. La proposición que niega la realidad también se divide y así la negación del mundo por la crítica es asimismo su recuperación”. La relación entre creación y abolición, búsqueda y disipación, se repite constantemente en la obra; este doble camino está presente en la relación entre el lenguaje y la realidad, entre la poesía y el lenguaje y entre el proceso de escritura y la lectura. Este último es, en lo personal, uno de los recorridos más interesantes de El mono gramático: “por la escritura, abolimos las cosas, las convertimos en sentido; por la lectura, abolimos los signos, apuramos el sentido y, casi inmediatamente, lo disipamos; el sentido vuelve al amasijo primordial” (p. 81). La lectura pone en movimiento el tejido de los signos, o sea, el texto.

     El mono gramático comienza con la metáfora del camino como escritura, pero el lector pronto se percata que el texto ofrece más caminos: el del cuerpo y lo sagrado. Las descripciones corporales, las de los monos en primer lugar, pasan de ser explícitas y sexuales a ser representaciones eróticas de Esplendor, figura mítica hindú y personaje femenino que, dentro del texto, representa el poema “encarnado”. El poeta explica que “el camino es escritura y la escritura es cuerpo y el cuerpo es cuerpos (arboleda) […] La reconciliación con el cuerpo culmina en la anulación del cuerpo (sentido). Todo cuerpo es un lenguaje que, en el momento de su plenitud, se desvanece” (p. 103). Se hace posible la convergencia de la escritura y el cuerpo en la escena del Satapatha-Brahmana, traducida en el sentido paciano, en la que Esplendor es repartida entre los dioses. Para volver a su estado original reza al revés, es decir, comenzando por el final, una oración; es el mismo camino que propone Paz para que palabra encuentre su origen. Recuerda al poema “Fábula”: “solo había una palabra inmensa y sin revés / Palabra como un sol / Un día se rompió en fragmentos diminutos / Son las palabras del lenguaje que hablamos”. Se busca, en estos tres caminos, unir lo que fue separado, conseguir la vuelta al origen y reconciliar las diferencias y similitudes.

     El trayecto de El mono gramático, como explica Paz, se disipa y aparece conforme se avanza en él; el autor hila el texto de manera que tanto el contenido como la forma, en un principio caminos distintos y separados, terminen intrínsecamente relacionados. La poética paciana queda expuesta a través de un lenguaje poético, la presentación (poetizada) de un compendio de teorías y corrientes, y la puesta en práctica de éstas. Podría decirse que es un texto que hace buena parte del trabajo del crítico ya que se define, disuelve, explica y critica a sí mismo. Pere Gimferrer explica: “El mono gramático, en cierto sentido, no requiere exégesis. La exégesis es un metalenguaje, y ésta es una obra que contiene su propio metalenguaje”. El papel del lector, sin embargo, es crucial dentro de la obra puesto que él pone en marcha el tejido de signos que compone el texto: “sí, es como si todas esas presencias tejidas por las configuraciones de los signos buscasen su abolición para que aparezcan aquellos árboles inaccesibles, inmersos en sí mismos, no dichos, que están más allá del final de esta frase, en el otro lado, allá donde unos ojos leen esto que escribo y, al leerlo, lo disipan” (p. 46).

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