Literatura

Gonzalo Celorio, El metal y la escoria, Tusquets, México, 2014, 314 pp.


Erika Villalobos

Contrarrestar el olvido es la obsesión del narrador de El metal y la escoria, la última novela de Gonzalo Celorio. Él explica que comenzó a escribir en un intento por saber más de sí mismo al conocer más de su familia. Sin embargo, este objetivo se pierde poco a poco cuando se encuentra ante el miedo de olvidarlo todo: “Empecé a plasmar en la novela, con el desaforado intento de retenerlos en la memoria, todos los elementos, por insignificantes que fueran, que incidían en la historia que quería contar” (p. 258).

     Las descripciones minuciosas que se hacen de los ambientes y objetos al inicio de la novela parecieran ser un capricho del narrador que resulta cansado de leer. El lector podría llegar a preguntarse cuál es el objeto de repetir tantos detalles, por ejemplo, en la descripción del escritorio de Miguel, el padre de Celorio: “Arriba de los cajones de ambos lados contaba con sendas repisas, que se extraían a voluntad para soportar un libro, una resma de papel o una taza de café. Su amplia superficie estaba cubierta por un fino linóleo sujeto a las cuatro esquinas por unos chapetones triangulares de acero cromado. Y el linóleo, a su vez, estaba protegido por un vidrio grueso…” (p. 27).

     Pero estas descripciones, que podrían parecer más bien un listado de objetos, son un recurso primordial en la escritura de la obra que se utiliza para calmar el temor a olvidar: “esos elementos, en principio ancilares de mi fabulación, se enseñorearon de ella. Su enumeración, entonces, acabó por ser la figura más recursiva de mi texto” (p. 258). Comenzó a enlistar no solo lo que quería recordar, como todos los autos que ha tenido, todas las casas en las que ha vivido y todas las mujeres que ha amado, sino también todo lo que no debía olvidar en el día a día: tomar sus pastillas, usar calcetines iguales, ponerse los lentes, etc. “Pero no solo hago listas que intentan preservar la memoria, sino las que delatan mi creciente desmemoria” (p. 262).

     El tema de la memoria atraviesa y sostiene cada uno de los relatos que se hacen de las diferentes generaciones de la familia de Celorio. Dichos relatos no corresponden al propio recuerdo del autor, lo cual se explicita cuando se cede la voz narrativa a alguien más. El cambio de narrador es ya característico en la prosa de Celorio, pero, en este caso, obedece al mismo hecho de que los recuerdos que se narran pertenecen a sus familiares y son ellos quienes hablan: “porque fuera de las experiencias directas y personales que aquí relato en primera persona (como no podría ser de otra manera), la historia de la familia no la cuento, sino la escucho” (p. 201).

     En este intercambio de historias, se emplea el recurso de la oralidad, visible cuando el narrador pareciera estar hablando con el lector: “una vez fuimos de campamento al lugar exacto donde tiempo después se erigieron las Torres de Ciudad Satélite que… que… que… (¡carajo, cómo se me puede olvidar el nombre del más famoso arquitecto mexicano!, bueno, ya me acordaré) que ese arquitecto mexicano cuyo nombre se me escapa…” (p. 57). Estas vacilaciones permiten que la lectura se aligere, ya que el lector tiene la sensación de estarla escuchando de primera mano, tal como si fuese el propio compilador de las memorias.

     La monumental tarea del autor al recopilar historias contadas por los miembros de su familia tiene como motivo conocer su propio origen. Sin embargo, esto permite al lector preguntarse: ¿qué tan es necesario regresar a un origen prácticamente ajeno por su lejanía, en el tiempo y en el espacio? Cuando Celorio decide volver a Vibaño, el lugar donde nació su abuelo, se encuentra con familiares de quienes está separado no solo por una amplia brecha generacional, sino también cultural: “Lo cierto es que nada tenemos en común […] el caserío perdido en las montañas donde él vive y trabaja y una ciudad como la de México que figura entre las más grandes y pobladas del mundo; el arraigo de sus antepasados y el espíritu migratorio de los míos” (p. 236).

     Es verdad que regresar al lugar de origen de sus abuelos y conocer detalles de su vida permite que se cuente la historia con mayor precisión. Así, Celorio puede describir el pueblo desolado de Vibaño, la casa vieja donde nació su abuelo Emeterio y el árbol de la foto en la que este aparecía. Sin embargo, él mismo se cuestiona qué tanto ese lugar le produce una verdadera nostalgia, o es meramente una fabricación útil para la escritura de la obra “una nostalgia de primera mano y no como la mía, que ya es nostalgia de la nostalgia, una nostalgia literaria y un tanto artificiosa” (p. 244). Finalmente, de haber ido a España solo obtiene un recibimiento descortés, el trato frío que se da al pariente lejano y el único beneficio son los detalles que hacen más verosímil la historia.

     Vale la pena destacar a dos de los personajes que figuran en la novela. Primero, el que mejor representa a la memoria y a la vez, la pérdida de ella, Benito, el quinto de los hermanos de Celorio: “Tenía una memoria prodigiosa. Podía recitar la dinastía de los reyes visigodos de España desde Ataúlfo hasta el malhadado rey Rodrigo o la lista completa de los virreyes de la Nueva España. Pero no era un memorista; era un memorioso” (p. 75). Fue él quien contribuyó en gran manera a rescatar la historia familiar y quien irónicamente, padecería el Alzheimer que lo haría perder poco a poco su lucidez. Celorio reconoce que le debe a él la escritura de la novela, porque a pesar de que en varias ocasiones desistió de continuarla, fue la voz de Benito lo que lo impulsó a terminarla: “Y si hubiera querido abandonar el proyecto en definitiva, Benito me habría dicho: ‘Esa no es respuesta'” (p. 201).

     Otro personaje destacable es el de Ricardo, el hermano mayor de Miguel. Este, a pesar de ser el primogénito, siempre eludió toda responsabilidad que le demandaba su posición en la familia, ya que desde muy joven mostraba “la debilidad de un gusto prematuro y desgobernado por el alcohol” (p. 84). Sus innumerables recorridos tanto por las cantinas de la Ciudad de México como por las de Madrid, recuerdan mucho al itinerario fatídico de Juan Manuel Barrientos en Y retiemble en sus centros la tierra, novela anterior de Celorio.

     En ambas historias se refiere al recorrido de las cantinas como a un “viacrucis irrenunciable” (p. 124), en el que ambos personajes terminan siempre solitarios: “Tras un largo itinerario por las tabernas ruidosas y atestadas de Madrid […] los amigos, los desconocidos, […] se dispersan para siempre” (p. 125). Sin embargo, mientras Ricardo comenzaba sus recorridos acompañado, Barrientos estuvo siempre solo: “Uno. Eres uno, Juan Manuel. Estás solo” (p. 109). Paradójicamente, Ricardo, quien debiera morir por una bala ya que sale al bar en medio del levantamiento de Bernardo Reyes contra el gobierno de Madero, muere debido a una congestión alcohólica: “Pero Ricardo no había recibido ningún balazo. Una congestión alcohólica lo había matado […] Ricardo fue víctima de sí mismo. De su sed insaciable” (p. 166). Y Juan Manuel, quien pareciera que moriría de una congestión alcohólica, en realidad es alcanzado por una bala mientras estaba en el Zócalo de la ciudad: “cómo se te iba a ocurrir que te iban a dar un balazo a la mitad del Zócalo. Ni que fueras héroe de la patria, cabrón” (p. 187).

     Querer capturar con la escritura de la novela la historia familiar, y por ende la propia, parece ser una tarea inútil en ocasiones, ya que tarde o temprano el olvido será inevitable: “Estos recuerdos que invocas para preservarlos del olvido, también los olvidarás como empezarás a olvidarlo todo, a pesar de las listas que escribes…” (p. 220). Sin embargo,  Everness, el soneto de Borges incluido como epígrafe de la novela, parece indicar lo contrario: “Solo una cosa no hay, es el olvido. / Dios, que salva el metal, salva la escoria / y cifra en su profética memoria / las lunas que serán y las que han sido”. La totalidad de las cosas, desde la más insignificante hasta la más valiosa, estaría ya grabada en esa conciencia eterna a la que Borges se refiere como Dios. Para Él no habría tiempo, sino una suerte de un presente perpetuo. Si es así,  si cada uno de nosotros ha sido concebido en esa eternidad, tal vez sea imposible que nuestro paso por el mundo se borre por completo.

  • Angel Flores says:

    Me gustó eso del presente perpetuo. Está buena la critica, habrá que leerlo para también tener esa idea, de cómo es que recuerda y olvida. A pesar de juzgarse repetitivo su libro, creo que es interesante el tema de la memoria y por lo mismo, resulta algo muy fácil de echar a perder. Saludos Erika, y mucho éxito con tu critica.

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