Literatura

Iris Murdoch, El libro y la hermandad, Impedimenta, Madrid, 2016, 652 pp.


Sarai Herrera

Un año antes de que Murdoch escribiese el presente libro, el crítico Harold Bloom señalaba acerca de su obra, en un artículo publicado en el New York Times (“A comedy of Wordly Salvation”), que la autora contemplaba el amor como una de las grandes experiencias humanas, una suerte de renacimiento que nos permitía ver el mundo con “nuevos y vivaces ojos”. El Amor con mayúsculas ha resultado ser un leitmotiv persistente en las novelas de la escritora irlandesa, y esta obra no es más que otro claro ejemplo de ello, pues dicho sentimiento la atraviesa de principio a fin, acometiendo la tarea no solo de precipitar los acontecimientos de la trama sino también su desenlace, arrojando intuiciones poderosas y devolviéndolo a un estado más auténtico, casi revolucionario.

Considerada hoy como una de las mejores voces de la literatura británica del siglo XX, la fortuna literaria de Iris Murdoch ha quedado probada una y otra vez en sus novelas, cuyas complejas tramas y ricos personajes se entrecruzan y se suceden de forma melódica y brillante a pesar de la vastedad de su literatura. El libro y la hermandad constituye una novela coral imponente, que aborda sin premura y con delicadeza la idiosincrasia de cada uno de los personajes, que se nos muestran a su adecuado tiempo y nos revelan más de sí mismos a medida que avanzamos en la lectura, vinculando siempre la información que recibimos de ellos con los hechos que se desarrollan. La dificultad de esta labor queda enmascarada por la fluidez de la escritura de Murdoch que, a pesar de no ser, en absoluto, una prosa que acorte distancias –destacan en ella la exquisitez, la precisión, la cuidada orfebrería de sus construcciones–, consigue mediante artificios lingüísticos introducirnos casi sin aliento, de forma fácil, en un mundo que ya ha ocurrido antes de nuestra lectura, pero que no nos resulta ajeno.

En un manifiesto guiño a la comedia El sueño de una noche de verano de William Shakespeare –como ya comenta Rodrigo Fresán en el postfacio a esta edición–, los personajes van haciendo su aparición en una noche de fiesta para conmemorar una vieja amistad entre un grupo de estudiantes de Oxford. El desfile continuo de personalidades es en un principio abrumador, frenético; los vínculos y las rencillas que existen entre ellos se agolpan sin mesura en un inicio vigoroso, inmenso, en el que los personajes se agitan y se retuercen en la oscuridad, pero luego desfallecen cuando la luz dolorosa de la mañana los aplasta y deshace el hechizo. Seguidamente, y tras los sucesos que esa noche ha propiciado, cada uno de ellos decide volver a la normalidad de su vida, para encontrarse, de súbito, con que esta se ha visto trastocada irremediablemente por lo ocurrido, confundiendo sus relaciones y las certezas que atesoraban como salvaguardas de la misma. La muerte del padre de Gerard –y con ello, el inevitable recuerdo de Gris, el loro amado de su infancia, cuyo abandono su padre, por un conformismo negligente, permitió– y la separación entre Duncan y Jean, que deja a su marido para ir en búsqueda de su antiguo amante David Crimond, constituyen los dos elementos discordantes que servirán de inicio para el desarrollo del grueso de la novela. A raíz de la hostilidad que este último propicia, la amistad entre ese grupo de intelectuales –que recuerda, por momentos, a aquellos mandarines de Beauvoir– se resquebraja y se va deteriorando, llevándoles a desencadenar más equívocos que abren nuevas tramas y oscureciendo de esta manera sus relaciones. Ejemplo de ello serán el embarazo y posterior aborto propiciado por la noche que, por necesidad afectiva, pasen juntos Tamar y Duncan, o la creciente insatisfacción de Rose en su devoción amorosa por Gerard.

La excéntrica formalidad que une a ese grupo de colegas –el haber constituido una sociedad para financiar el libro de filosofía marxista que Crimond lleva tantos años escribiendo (a la que optan por llamar Crimondgesellschaft)–, comienza, también, a ponerse en duda. No tienen noticias del progreso del libro desde hace años, ni siquiera saben con seguridad si se está realmente escribiendo o va a terminarse algún día; lo que los lleva, finalmente, a dar un ultimátum a David, temerosos de lo que ahora creen que puede convertirse en un panfleto peligrosamente incendiario. En su confrontación con Crimond, este denuncia la frivolidad y la resignación que han adoptado con el paso de los años, abandonando aquella fuerza utópica que caracteriza a esa juventud a la que él no ha renunciado y cuya ausencia denuncia en su libro. Crimond señala que nuestra sociedad “está podrida hasta el tuétano: es opresora, corrupta e injusta, es materialista, implacable e inmoral”, y les acusa de creer que “de alguna manera, las cosas buenas permanecerán y las malas se volverán un poco menos malas” (p. 323).

Murdoch denuncia a través de su personaje el conformismo hipócrita y acomodado que caracteriza a esos intelectuales de clase media-alta que han alcanzado un nivel de estabilidad económica y afectiva aceptable, y que abandonan, en pos de una continuidad tranquilizadora, toda crítica furiosa acerca de ellos mismos y de la sociedad que los rodea, esperando, con pequeños gestos impostados, que el avance de la historia les suceda en su voluntad de acción. La cotidianeidad de la hermandad, de esa sociedad que han construido y que se hace eco de algo más grande y que nos refleja a nosotros mismos, a aquellos que son –somos– conscientes, es superficial, se ha tornado estéril; ha perdido su vigor y ya no arroja nada nuevo: se repite ad infinitum en un canto que conoce y que no le da miedo, porque le resulta seguro.

Como la existencia de esos intelectuales pagados de sí mismos, la escritura de Murdoch es preciosista, minuciosa al detalle, realista y aferrada a un suelo literario que domina –algunos dirían que anquilosada en antiguas fórmulas que resultan ya algo anacrónicas, incluso–. Con todo, la presencia de Crimond parece sacudir sus cimientos y la desboca. La autora acomete entonces, con esa violencia honesta que pedía momentos antes su personaje, el final de los acontecimientos que se avecinan y que se ven incesantemente atropellados por los sucesos que quieren ver realizado su clímax, repletos de simbolismos y de elementos místicos.

El desenlace de los hechos se precipita con la finalización del libro de Crimond. Este le anuncia a Jean que “ahora que el libro está terminado no queda nada más que [su] amor, la vulnerabilidad que [representan] el uno para el otro”. “Si seguimos juntos”, insiste, “nos destruiremos entre nosotros de alguna forma mezquina e indigna. Yo quiero que sea algo glorioso, a la altura de nuestro amor. Eso es la valentía. Eso es la vida eterna” (p. 380). Es prácticamente inevitable volver a entrever aquí los ecos del genio isabelino, que, al igual que Crimond, confiere a las pasiones violentas la misma fugacidad con la que se inicia la llama que lo propicia. “Los placeres violentos terminan en la violencia, y tienen su triunfo en su propia muerte, del mismo modo en que se consumen el fuego y la pólvora en un beso voraz”, escribe Shakespeare en Romeo y Julieta. La cita resulta casi profética: la muerte, metamorfoseada pero también en su forma más literal, clausura de forma sorpresiva, incluso traumática, gran parte de las problemáticas con las que lidiaban los protagonistas. La muerte del libro de Crimond, la muerte de su escritura, lo deja exhausto por lo monstruoso de su esfuerzo: a él ha dedicado toda su vida, que ha girado en torno a este, no solamente a un nivel de dedicación intelectual sino también económica, pues el proceso de creación del libro era lo que aseguraba su propia manutención.

La expectación por el contenido del libro es creciente. La mayoría lo teme y otros no quieren siquiera leerlo. Nunca llegamos a saber con demasiada precisión en qué consiste realmente. Pero sabemos, por las palabras de Gerard y su confrontación con Crimond, que se trata de un esfuerzo inmenso por cuestionarlo todo, por dinamitarlo todo. Su contenido es inmenso, descomunal: analiza la existencia desde el principio hasta el fin, lo contiene todo, lo critica todo; es la vida en sí misma, desde los orígenes de la filosofía y la existencia hasta un futuro al que se pretende llegar. Crimond realiza un estudio pormenorizado de todo aquello torcido en el mundo, de aquello inhumano; pero también de lo que se considera bueno, deseable, pero que ocultan la inacción y la esterilidad más absolutas. El propósito es sacudir los cimientos de una sociedad que anestesia a su pueblo con la promesa de un bien administrado a cuentagotas, de a poco, que ya no contempla una renovación completa del mundo, que se atrinchera en un conformismo apocado, casi temeroso. “La rebelión, para ser posible, supone considerar una oportunidad de reacción, es decir, que hay un orden de cosas preferible hacia el que hay que avanzar”, decía Jacques Rigaut. El libro de Crimond cree en este supuesto, le confiere un hálito de vida a una oportunidad que ha dejado de considerarse, que resulta difícil de imaginar. Para Gerard, el libro “es acertado porque trata sobre el sufrimiento”, pero “se equivoca porque trata sobre una sociedad perfecta en un futuro donde se alcanza la verdad. Esta es la idea principal en la que se basa el libro, pero tal cosa no existe. Resulta imposible llegar a la verdad por esa vía. […] No podemos imaginar el futuro, y no puede existir una sociedad perfecta, solo una sociedad decente, y eso depende de la libertad, del orden, de las circunstancias y de un esfuerzo incesante que no se puede programar desde la distancia” (p. 613).

Gerard cree que su deber es responder a ese libro apropiadamente, punto por punto. Quiere rebatir de forma digna cada uno de los gestos suicidas de Crimond, lo que le llevará toda la vida, y lo que le concede, finalmente, un propósito que no lograba encontrar. Si bien entendemos que el libro de Gerard desacreditará fatalmente lo escrito por Crimond, comprendemos que en la realización de ese esfuerzo utópico que supone este, encuentra Gerard la espuela para conceder una respuesta a una pregunta que no habría sabido formular, para no quedarse asolado a las puertas de una ciudad destruida. Para avanzar resulta imprescindible equivocarse, construir sobre nuestros errores, a hombros de nuestros fallos. Pero para ello había primero que fallar, repensarlo todo, y todavía nadie se había atrevido a hacerlo de una forma tan exhaustiva.

El libro, en última instancia, es una metáfora de sus vidas, de la vida, de las relaciones infecundas que establecen y se agotan antes de culminarse, de la imposibilidad de sus pasiones. El libro es la hermandad y la hermandad somos nosotros, la historia de nuestras opresiones y nuestra necesidad de amar, y de un sistema que nos ahoga y nos mantiene lejos los unos de los otros, en una sociedad que se sabe civilizada pero que nos aísla y nos desprotege frente al dolor y a la muerte, a la que ya no sabemos hacer frente a través de los rituales comunes. Y Gerard, y el proyecto futuro de su libro, son la esperanza, el amor, la voluntad de reinventar un mundo al que le queda mucho por enmendar. Pero para ello, al final de la historia, era necesario estallar.

 

  • El quimérico inquilino says:

    Algunas de las reflexiones más brillantes que he leído acerca de este libro. ¡Mis felicitaciones a la autora de la reseña!

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