Literatura

Sònia Hernández, El hombre que se creía Vicente Rojo, Acantilado, Barcelona, 2017, 137 pp.


Liliana Muñoz

La literatura de Sònia Hernández (Terrassa, 1976) es un juego de imposturas. El creer, y no el querer, es el motor de sus personajes, que pessoanamente anhelan volverse otros, sentirse otros, pensarse otros. Si en Los Pissimboni Yago abandonaba la casa familiar para buscar su propio sentido de la libertad, en El hombre que se creía Vicente Rojo, la protagonista, como su hija, deben aprender a desconfiar de sí mismas para reconocer sus rostros en el espejo. Para Hernández, la trama es un pretexto para articular sus peculiares ideas acerca de la belleza, la identidad y el exilio; por eso, cada obra suya es una declaración de principios, una propuesta ética y estética.

Considerada una de las mejores narradoras jóvenes en español por la revista Granta, Hernández es autora de varios libros de relatos –Los enfermos erróneos (2008) y La propagación del silencio (2013)–, dos poemarios –La casa del mar (2006) y Los nombres del tiempo (2010)–, un par de novelas –La mujer de Rapallo (2010) y Los Pissimboni (2015)–, y diversos artículos periodísticos y de investigación. Es la suya una voz en formación, y prueba de ello es la invariable mise en scène de sus obsesiones, encarnadas, no solo en las líneas argumentales que se van engarzando unas a otras en sus libros, sino en las ideas y postulados que pone en boca de sus personajes: de Paolo a Flavia y viceversa en La mujer de Rapallo, de la familia Pissimboni y los hombres del Pueblo a Yago en Los Pissimboni, de Berta a su madre y Vicente Rojo en El hombre que se creía Vicente Rojo. En ocasiones, el lector tiene la sensación de estar ante dos fuerzas en pugna: por un lado, el ritmo de la trama; por otro, las disquisiciones que atemperan la narración. Así, elementos que podrían haber entablado una relación dialéctica se comportan en sus relatos como agua y aceite.

No obstante, a diferencia de muchos narradores españoles, anquilosados en sus formas, lo que Sònia Hernández persigue, más que un nuevo modo de narrar, es una nueva manera de mirar. No es su obra un medio, sino un fin en sí mismo: la materialización de sus preocupaciones literarias y vitales. Hernández busca una verdad –su verdad– a través de piezas inconexas, y pretende que el lector encuentre las suyas para construir su respectiva visión del mundo.

El hombre que se creía Vicente Rojo es una novela sobre la identidad, sobre la verdad y la mentira, sobre aquello que nos define y nos confina, sobre los alcances y los límites de la imaginación. La protagonista, una mujer plagada de inseguridades, convive a diario con sus miedos y obsesiones y ansía algo que le devuelva la fe en sí misma: “y yo era una mujer gorda, asustada, desconcertada, incapaz de reconfortar a su hija de quince años”; Berta, su hija, es víctima de la prosopagnosia, “una enfermedad que se caracteriza por que la persona que la padece deja de identificar los rostros, el propio o el de los demás”, y está convencida de que la vida le depara solo cosas terribles; el hombre que se cree Vicente Rojo es un individuo que, a la manera del Wakefield de Nathaniel Hawthorne, decide renunciar al mundo conocido y convertirse en alguien más: “un día sintió que no podía continuar con la que había sido su vida durante tantos años, por lo que decidió que había llegado el momento de dar un gran salto, de salir de la atonía vital en la que se hallaba y hacer algo importante”. Los tres están, a la vez, unidos por un hilo invisible y extraviados en un laberinto de espejos: Berta se observa sí misma en el lavabo en un intento por desvincularse de su reflejo; su madre busca en el falso Vicente Rojo un referente moral y espiritual; éste descubre en el legítimo Vicente Rojo una justificación de su existencia, anclándose así a una vida a la cual dotar de significado. En el fondo, los tres desean reinventarse, desprenderse de una realidad ya gastada y aprender a mirar desde el nervio óptico: “Solo si miras directamente desde el cerebro eres capaz de ver las formas puras de las cosas”.

El Diario abierto de Vicente Rojo que la protagonista lee, junto con otros textos del pintor, encierra la clave de la novela: “En el comienzo de cualquiera de mis propuestas artísticas ha estado siempre la intención de llenar un vacío, y mi interés real, persistente, ha consistido en adivinar cómo hacerlo; y la de un artista que decide ser otro. Decidí despersonalizarme e inventar a un nuevo pintor (que desgraciadamente también se iba a llamar Vicente Rojo)”. La relación entre arte e identidad aparece en estas páginas de un modo sugerente y misterioso. Todo artista es un exiliado, alguien que, como todos, ha sido expulsado del Paraíso, pero que, mediante las herramientas que le han sido dadas, intenta reconstruir aquella belleza perdida. El espectador, con suerte, es aquel que la encuentra; aquel que afina la mirada para hallar lo extraordinario en lo trivial y lo sublime en lo abyecto: “El artista ya no quiere copiar nada de la realidad que ve, sino que quiere crear una nueva realidad mucho más verdadera. […] La pintura, con su textura, su volumen, puede convertirse en un volcán, en un desierto, en lluvia sobre un paisaje”.

Aunque la originalidad de Sònia Hernández tiene un precio, en este viaje de ida y vuelta entre lo real, lo verosímil y lo verdadero, su mérito no es menor. La prosa a ratos afectada, el carácter a veces naive de sus personajes y el tono fabulístico que peligrosamente se acerca a la moralina, son defectos menores si se les compara con la profundidad en el tratamiento de los temas, los correlatos que deja abiertos para que el lector los culmine y, sobre todo, la conciencia de las implicaciones del acto literario, que la autora extiende también al arte plástico. A través de la pintura o la literatura o el espejo, los personajes quieren entender o tratar de entender, y para ello necesitan primero confrontar la realidad que habitan, aceptarla y abrazarla: “crecí pensando que estaba obligada a hacer algo meritorio por la sociedad en la que había crecido. A lo mejor, Vicente Rojo se refería a esto cuando decía que es importante reconocernos y enfrentarnos a nuestras capacidades y nuestros límites”. En el estudio del pintor, las conversaciones que son todo mentiras hasta que se vuelven verdades llevan a la protagonista a asumir su fragilidad y derrumbar el mundo que entonces daba por sentado: si Max Aub había creado al pintor Jusep Torres Campalans y Vicente Rojo, en su Diario abierto, “presenta al escritor Max Aub como si se tratase de un personaje inventado por el pintor catalán Jusep Torres Campalans”, la narradora, en su artículo para el periódico, inventa a un genuino Vicente Rojo, y, a través de él, a ella misma.

Porque el triunfo del farsante consiste, precisamente, en no ser Vicente Rojo, sino su propia invención, alguien que, como Berta sugiere al inicio del libro, “logra descomponerse en elementos menos armónicos” y, por tanto, “borrar de su cerebro el discurso aprendido con el que nos explicaron cómo debíamos interpretar la forma del objeto final”.

Artista de sí mismo, el hombre que se creía Vicente Rojo es un impostor, una copia imperfecta del pintor Vicente Rojo, pero una copia que, no por mentirosa, deja de ser auténtica. A fin de cuentas, como explica Jusep Torres Campalans y reafirma Vicente Rojo en su Diario abierto: “El arte es convertir la verdad en mentira para que no deje de ser verdad”.

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