Literatura

Ricardo Piglia, El camino de Ida, Anagrama, Barcelona, 2013, 296 pp.


Erika Villalobos

La muerte de lda Brown en El camino de Ida devela la maquinaria terrorista que se incuba en el país capitalista por antonomasia. Su asesino, un matemático introvertido llamado Thomas Munk, lleva a cabo “lo más norteamericano de toda la historia” (p. 214) al realizar ataques con explosivos desde su aislamiento. El éxito en estos atentados es la evidencia de las fallas del sistema: el país podrá protegerse al exterior de sus fronteras, pero sus más peligrosos enemigos se encuentran dentro, siendo preparados por las más prestigiosas universidades.

     A pesar de que Renzi no es el investigador del crimen, como sucede en Blanco Nocturno, en esta novela actúa como detective en el caso de Ida Brown al ser el lector de las huellas que ella deja intencionalmente tras su desaparición. Renzi encontrará en la novela The secret agent de Joseph Conrad el origen del crimen. Ida guía a Renzi para descifrar el mensaje a través de una lectura concienzuda de esta novela, a la que añade marcas, símbolos y notas: “seguí las marcas de Ida como los carteles fosforescentes de una autopista hasta que de a poco me fui dando cuenta de que los subrayados me señalaban algo” (p.226).

     La intertextualidad y la inclusión de referencias literarias habituales en Piglia no faltan en esta obra: W.H. Hudson, Robert Frost, Conrad. Una cita de este último da la clave del texto: “debemos evitar que la sociedad pueda explicar lo que hacemos. Debemos realizar un acto enigmático, inexplicable, casi impensable” (p.230). Thomas Munk es también un gran lector, pero un lector aislado, ascético, que no se somete a la opinión de otros y actúa a partir de sus enloquecidos juicios. El brillante matemático decide dar la espalda a su vida en la academia para obrar el acto racional y a la vez sin sentido que ha tomado de la literatura: “hay algo solitario y perverso en la abstracción de la lectura de libros y en este caso se había transformado en un plan de vida” (p. 231).

     La violencia que existe dentro de las universidades corre a niveles subterráneos y brota de las maneras más atroces. Piglia parte del hecho de que la academia, en este caso la de literatura, es un grupo elitista, excluyente y aislado del resto del mundo porque cree que sus miembros son los “conservadores críticos de una gloriosa tradición en crisis” (p. 35). Sin embargo, esta violencia toma matices bélicos y Piglia da indicios de esto al lector con los personajes, como los alumnos de Renzi que lo reciben “como jóvenes asesinos inexpertos encerrados en una prisión federal” (p. 35), o Don D’Amato, director del departamento y veterano de Corea. Estas figuras hacen pensar a Renzi que “pronto los hombres con experiencia en la cárcel y en la guerra serán los profesores encargados de llevar adelante las universidades” (p. 35).

     El escritor, naturalista y ornitólogo W.H. Hudson, sobre el que Renzi imparte su clase en la universidad, representa fielmente la ambivalencia de quien se siente arraigado a una cultura y vive en otra distinta: “me interesaban los escritores atados a una doble pertenencia, ligados a dos idiomas y a dos tradiciones. Hudson encarnaba plenamente esta cuestión” (p. 36). La óptica con que se observa el entorno está enraizada, tanto para Hudson como para Renzi, en sus recuerdos de la Argentina, las experiencias vividas durante la dictadura y,  principalmente, el idioma: “el inglés me intranquilizaba, porque me equivoco con más frecuencia de lo que me gustaría y atribuyo a esos equívocos el sentido amenazador que las palabras a veces tienen para mí” (p. 22).

     A pesar de eso, la lectura de literatura en lengua inglesa lo ayuda a sobreponerse, como el poema de Robert Frost que traduce para tranquilizarse: “tenía que dejar de pensar, había pensado, y empecé a traducir el poema de Robert Frost a ver si el ritmo de los versos me permitía respirar mejor” (p. 91). La crítica Susana Inés González Sawczuk ha observado que el personaje de Renzi mantiene una coherencia cronológica dentro de la ficción, ya que a lo largo de la obra de Piglia se le ha visto pasar por la juventud, la edad adulta y, ahora, los umbrales de la vejez. El Renzi analítico y frío de Blanco nocturno es aquí un Renzi cansado, desorientado, sensible, obsesivo y débil. Conserva sus cualidades reflexivas y de observación como detective, pero están encaminadas hacia Ida y su pérdida: “había que seguir adelante, tenía que llorar a escondidas, borrar la sucesión de imágenes” (p. 90).

     Renzi es también, desde luego, el personaje escritor. En el cuento “El fin del viaje”, incluido en Prisión perpetua, Renzi va hacia Mar del Plata para ver a su padre moribundo y su diario juega un papel preponderante; en El camino, Emilio va a encontrarse con Ida, y tras su pérdida, decide recordarla y preservarla con la escritura: “fue Ida Brown quien me ligó a esta historia y por ella he escrito este libro” (p. 288). La escritura es para él, en un inicio, la forma de contener los recuerdos de Ida, pero termina siendo el testimonio de su investigación para llegar hacia Thomas Munk.

     La ideología del asesino se esclarece cuando le es cedida la voz en el Manifiesto sobre el capitalismo tecnológico en el que Munk critica la fe exacerbada en el desarrollo científico y tecnológico que ocurre dentro del capitalismo, al cual se atribuye “omnipotencia y eternidad” (p. 160). Aunque el Manifiesto ilumina al personaje de Munk, hay que decir que a partir de éste la lectura comienza a alentarse. Se interrumpe al lector en el seguimiento de la narrativa para presentarle extensas teorías sobre el capitalismo y los actos rebeldes y terroristas. A diferencia de lo que ocurre en Blanco nocturno, donde las reflexiones sobre los sueños, el lenguaje y la lectura (“leer es pensar… no es que leemos y luego pensamos, sino que pensamos algo y lo leemos en un libro que parece escrito por nosotros… parecen objetos de nuestro pensamiento y nos están destinados”) involucran directamente al lector, aquí parece teorizarse al margen de él, sin incluirlo realmente.

     Además, en El camino de Ida el lenguaje ha perdido el tono irónico de Blanco Nocturno: “ahora le sucedía cada vez menos, pero cuando estaba con una mujer, y le gustaba el modo que tenía de hablar, se la llevaba a la cama por el entusiasmo que le provocaba verla usar el pretérito perfecto del indicativo, como si la presencia del pasado en el presente justificara cualquier pasión”(p. 130). El Renzi maduro e involucrado sentimentalmente con la mujer que ha muerto se expresa en un tono nostálgico, lo que podría entenderse por la edad en la que se encuentra el personaje, pero esa pérdida de ironía resta encanto a la prosa.

    El camino de Ida no será, quizá, una novela tan notable como Blanco nocturno, no se diga Respiración artificial, pero los lectores de Piglia sabrán igual agradecerla y apreciarla.

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