Literatura

De Quincey, Hazlitt, Dickens, et al., , El arte del paseo inglés, Tumbona, México, 2015, 214 pp.


Liliana Muñoz

Escribir esta reseña desde Monterrey, una de las ciudades más hostiles para el arte de caminar, es una suerte de ironía: para una metrópolis cuya forma de vida se centra en la disponibilidad de un auto, la experiencia del paseo se antoja una práctica inusual, cuando no reprobable. Este mundo vertiginoso –regido por la cultura del trabajo incesante– no solo no da cabida a la caminata como práctica estética, sino que también la considera una actividad ociosa, trivial, una absoluta pérdida de tiempo. El arte del paseo inglés (Tumbona ediciones, 2015) reúne una serie de ensayos en torno a lo que Arthur Machen denominaba el “Gran Arte de Londres”: la caminata sin rumbo. De Quincey, Hazlitt, Stevenson, Woolf y Machen son algunos de los autores que conforman esta antología.

            Unas palabras sobre la naturaleza de este proyecto editorial: fundada en 2005 por Luigi Amara y Vivian Abenshushan, Tumbona ediciones publica, fundamentalmente, “libros con espíritu heterodoxo e irreverente”; es decir: ensayo, cuento, aforismo, libros inclasificables, libros animados, entre otros. Lo que me parece particularmente interesante, sin embargo, no es la singularidad de este proyecto, sino el diálogo que entabla con la propia obra de sus fundadores. Ya en una entrevista, Abenshushan señalaba que “nosotros como escritores, como editores, somos aficionados al ensayo corto, al ensayo inglés, al personal essay, y una de las razones que hay detrás, la apuesta central de la editorial es ocuparnos de esos géneros que las grandes corporaciones desdeñan porque son poco rentables, entre ellos, el ensayo”. De ahí que, tanto Amara como Abenshushan hayan dedicado muchas de sus páginas a la exploración del paseo (como el extraordinario “El peatón por los aires” de El peatón inmóvil) y a las similitudes entre este y el ensayo (como en Escritos para desocupados, donde Abenshushan postula la idea del “contraensayo”, es decir, el ensayo entendido como una deriva). Por ello, cuando Amara se refiere, en “La orden andante (avanzada inglesa)” –el texto que sirve como prólogo– a los “escritores anfibio” (escritores, como Machen, que supieron combinar el perfil del paseante con el de escritor), no puedo menos que pensar en ambos ensayistas, que han hecho del ensayo, más que un género, una forma de vida.

          El ensayo surgió, como sabemos, hacia 1571, cuando Montaigne escribió: “Yo mismo soy la materia de mi libro”. Encontró a algunos de sus más afortunados continuadores en Inglaterra, en donde ya existían –como apunta Bioy en Ensayistas ingleses– “las meditaciones religiosas, los modestos cuadernos de apuntes y las descripciones de caracteres”; textos que, sin ser propiamente ensayos, constituyen claros antecedentes del género.

            El ensayo inglés ha seguido, desde sus inicios, un feliz destino: la atención al detalle, la palabra justa y el tono conversacional han sido siempre sus rasgos capitales. Otro, no menos esencial, es aquel del que hablaba Amara en su texto “El ensayo ensayo”: “como una serpiente fue que Chesterton sintió que se deslizaba el ensayo: sinuoso y suave, errabundo y a veces viperino. […] Chesterton veía también en él la semilla de algo maligno, de algo capaz de ufanarse de su responsabilidad, de no querer llegar a nada sino de sólo recorrer el camino, ¡y para colmo de manera ondulante!”. Este, me parece, es el punto de partida de El arte del paseo inglés: el ensayo como un camino que debe recorrerse como un fin en sí mismo.

            “La idea inglesa del paseo puede confundirse con la idea inglesa del ensayo; sus correspondencias, tanto de temperamento como formales, permiten caracterizaciones intercambiables”, reza la contraportada del libro. El ensayista –el auténtico ensayista– sabe, o intuye, que para acceder a esas zonas veladas de su conciencia es necesario desconocerse, extraviarse, percibir el mundo desde otra sensibilidad, transformar lo ordinario en lo extraordinario.

            Abre el libro un prólogo por parte de Amara en donde afirma que “en todas las ciudades hay alguna esquina que nos arroja a una ciudad interior, a una ciudad oculta e imprevista […] en donde lo familiar se transforma en estremecimiento y nosotros mismos ya no sabemos quiénes somos o a dónde nos dirigíamos” (p. 9). El arte del paseo inglés reúne los diversos caminos que estos ensayistas trazaron en su afán por descifrar la ambigua naturaleza del paseo; el hilo conductor del libro es la necesidad de dichos autores de perderse para quizás encontrarse. Porque el flaneur, el paseante, el que “reinventa la caminata y de simple medio de locomoción la convierte en una forma contemplativa y alerta de estar en el mundo” (p. 16), no busca únicamente lanzarse a la deriva, sino explorar los rincones más remotos de su interior. En el fondo, el paseo consiste en ir de uno mismo a uno mismo, en estar fuera y dentro de sí, en hundirse en el yo para finalmente habitarse.

            El primer ensayo del libro, “Confesiones de un inglés comedor de opio”, de Thomas de Quincey, es emblemático: se trata de uno de los primeros textos –dejando de lado a Wordsworth y Coleridge– en hacer alusión al vagabundaje sin rumbo. En el torpor del opio, De Quincey perseguía esa otra ciudad, la que está despierta mientras los demás duermen; sus excursiones nocturnas eran un medio para acceder a las calles zonas de la metrópolis, pero también a las regiones ignotas de su conciencia: “así, en pos de contemplar, en la mayor escala a mi alcance, el espectáculo con el que tanto simpatizaba, muchos sábados por la noche me había aficionado, tras tomar una dosis de opio, a caminar al azar, sin preocuparme mucho por el rumbo o la distancia, a través de todos los mercados y los demás sitios de Londres que los pobres frecuentaban los sábados por la noche para gastarse su sueldo” (p. 39). Los fragmentos aquí reunidos se centran en “la pobre Ann, de Oxford Street”, la prostituta que lo socorrió mientras vagaba, famélico, por las calles de Londres. En cierto modo, estos recorridos nocturnos de De Quincey eran, en sí mismos, una experiencia literaria; una forma de fundirse con esa ciudad nocturna; de hacerse uno con ella y sus habitantes: “los placeres del pobre, las consolaciones de su espíritu, así como el solaz que procura a su cuerpo fatigado, no pueden volverse nunca opresivas para la contemplación. […] Poco a poco me fui familiarizando con sus deseos, sus dificultades y opiniones. […] Incluso me atrevo a afirmar que los pobres son mucho más filosóficos que los ricos” (p. 40).

            Otro de los escritos, “a su manera fundacionales”, de esta tradición del paseo, es el de William Hazlitt: “Salir de paseo”. De los ensayos de Hazlitt y De Quincey se desprenden –como señala Amara en el prólogo– las dos principales vertientes del libro: por un lado, los textos centrados en la campiña inglesa –como los de Stevenson y Stephen– y, por otro, aquellos centrados en la metrópolis –como los de Dickens, Machen y Woolf–. Caso aparte son los de Beerbohm (que es más bien una diatriba contra el paseo) y Huxley (que, más que una apología de la caminata, es una crítica a la concepción wordsworthiana de la Naturaleza).

         En “Salir de paseo”, Hazlitt aborda la relación entre pensar y caminar. Para el ensayista, “pasear es una de las cosas más placenteras del mundo, aunque yo prefiero hacerlo solo” (p. 45). Esta reflexión sobre la soledad es, también, una reflexión sobre nuestra capacidad –o incapacidad– para estar con nosotros mismos. Esto hay que entenderlo bien: Hazlitt no plantea la negación del otro –del amigo o conocido que nos acompaña en el trayecto–; plantea, más bien, que debe realizarse una cosa a la vez: caminar en soledad o caminar en compañía: “me gusta estar solo para mí o, en su defecto, completamente a la disposición de los demás; hablar o callar, caminar o quedarme quieto, ser muy sociable o un completo solitario” (p. 47). El encuentro con uno mismo –que, sobra decirlo, resulta particularmente difícil en nuestros días– es uno de los puntos medulares del texto: hay lugares que es necesario visitar acompañado, para intercambiar impresiones o enriquecer nuestro ánimo (“en los desiertos de Arabia cualquiera se sentiría asfixiado al encontrarse sin amigos ni compatriotas: hay que reconocer que hay algo, ante la vista de Atenas o de la vieja Roma, que nos mueve a ponerlo en palabras”, p. 62), y hay lugares que, por el contrario, es necesario recorrer en soledad. Porque cuando se camina (o se viaja) por el simple placer de hacerlo, el paseo exterior se convierte, finalmente, en un paseo interior. Y, sin embargo, pareciera que el paseo en solitario es, en la actualidad, poco menos que una afrenta: resulta fatigoso convivir con el yo que durante tanto tiempo hemos sepultado bajo la prisa y las obligaciones; el ocio, la meditación, el silencio –todo aquello que nos permitiría reencontrarnos con nosotros mismos– pertenecen a la esfera de lo trivial.

            Los textos de R.L. Stevenson (“Excursiones a pie”) y Leslie Stephen (“Elogio de la caminata”) son una respuesta al ensayo de Hazlitt. Para el primero, la caminata es una forma de disfrute: debe hacerse en soledad y el caminante debe estar abierto redescubrir el mundo que percibe con los sentidos. Pero, señala Stevenson con respecto a Hazlitt: “tengo una objeción que hacer a sus palabras; hay un elemento en la práctica del gran maestro que no me parece del todo sabia: no apruebo esos saltos y carreras. Ambos aceleran la respiración; ambos sacuden el cerebro y lo sacan del glorioso estupor del aire libre; ambos alteran el paso. La caminata irregular no es tan conveniente para el cuerpo y distrae e irrita la mente” (p. 95). Y es que para Hazlitt, “es difícil no encontrar algo con qué divertirse en esos brezales solitarios. Río, corro, brinco y canto de alegría” (p. 46). La observación de Stevenson es justa, pero la conclusión no: estos “saltos y carreras” a los que se refiere, si bien efusivos, no dejan de ser fieles a los principios que el propio Hazlitt plantea al inicio del ensayo: “El alma del paseo es la libertad; libertad perfecta para pensar, sentir y hacer lo que a uno le venga en gana” (p. 45). El texto de Stevenson no se limita a ser una respuesta al escrito de Hazlitt: “Excursiones a pie” es en igual medida un ensayo sobre el paseo que una reflexión sobre el placer, el disfrute y el descanso. Como toda su obra, es una apología de la jovialidad: un ensayo sobre el arte de vivir. En silencio o en compañía, en la quietud o el movimiento, lo que persigue Stevenson es la reconciliación del hombre con su individualidad: “ser todo y estar en cualquier parte con un sentimiento de armonía y, sin embargo, contentos con ser quienes somos y en el lugar en el que nos encontramos. ¿No es esto conocer a la vez la sabiduría y la virtud y habitar en la dicha?” (p. 101).

         En la misma línea de Hazlitt –pero contrario a él en algunos aspectos– se encuentra el texto de Stephen, “Elogio de la caminata”. Mientras que, para el primero, la caminata es un arte que debe realizarse en soledad, para el segundo carece de importancia si es en soledad o en compañía: lo fundamental, lo verdaderamente esencial, es que el individuo sea capaz de entablar una conversación que lo revitalice: “al menos en lo que a mí concierne, nunca he experimentado conversaciones que se desenvuelvan con tanta libertad y tanto gozo como cuando se entablan durante un periplo a través de algún bello territorio. Y, no obstante, también hay un encanto peculiar en la excursión solitaria, en la que el interlocutor debe ser uno mismo” (p. 134). Para Stephen, el paseo no es una experiencia aislada: “parte de su evocación reflexiva del arte de caminar comporta seguir las huellas de otros caminantes, como si la escritura –aunque no necesariamente la experiencia a la intemperie que ésta refleja– debiera guardar cierta fidelidad a la idea de sendero” (p. 104), afirma Amara. Por ello, uno de los aspectos más interesantes de este ensayo es la genealogía de la caminata que propone Stephen: Shakespeare, Swift, Wordsworth, Coleridge, Scott y Byron forman parte de esta legión de caminantes que, como el propio Stephen, buscaron hacer del paseo una actividad destinada a enriquecer el cuerpo y la mente.

          Más en la línea de De Quincey –es decir, ensayos centrados en la ciudad– se hallan los textos de Dickens, Machen y Woolf. Para Dickens, la ciudad no es el escenario, sino el protagonista de su obra; sus recorridos nocturnos eran un modo de completar su educación sentimental. Pues solo al transformarse en un homeless, solo al despojarse de su identidad y abandonarse a la caminata sin rumbo, podía el autor desafiarse a sí mismo y al insomnio que lo atormentaba: “¿No somos iguales los cuerdos y los locos durante la noche, del mismo modo que lo somos durante nuestras ensoñaciones diurnas? Por el simple hecho de soñar, ¿no estamos todos nosotros, los que nos encontramos de este lado del manicomio, cada noche de nuestras vidas más o menos en la misma posición de los que están recluidos?” (p. 77). Durante las caminatas nocturnas del autor desaparecían las jerarquías, las zonas turísticas de Londres, la distinción entre los vivos y los muertos. Al igual que para Dickens, el paseo, para Machen, era una forma de “desreconocer” el paisaje; de alejarse de lo establecido y sumergirse en territorio inexplorado: “en este punto es preciso que señale que mi perspectiva está alejada por completo de la del turista ordinario tanto como de la que presentan las guías” (p. 154), señala en “La aventura de Londres o el arte del paseo”. Porque el paseante (como el ensayista) debe ser un observador minucioso de la realidad; debe enseñarnos a redescubrir el mundo, ese otro mundo, que es muy distinto del que ahora mismo nos fatiga. O, como afirma Machen: “el mundo desconocido se encuentra, en realidad, ante nosotros en todos lados, en cualquier sitio muy cerca de nuestros pies; el velo más delgado nos separa de ese mundo y la puerta en la pared de la calle nos comunica con él” (p. 162).

            Los ensayos de Beerbohm y Huxley son los más peculiares del libro. El primero, plagado de humor, es una crítica al arte del paseo: “caminar por el simple hecho de caminar puede ser tan encomiable y ejemplar como afirman los que practican dicha actividad. Mi objeción es que obstruyen el cerebro” (p. 142), apunta Beerbohm. Para el autor, las conversaciones de los caminantes suelen ser áridas; su imaginación, estéril: “preveo que durante el resto del trayecto leerá en voz alta toda inscripción que asome por el rumbo. Pasamos junto a una piedra miliar. La subraya con una rama e indica: ‘Uxminster. 18 kilómetros’” (p. 144).  Aunque otros ensayistas habían argumentado ya que la caminata no era precisamente para charlar, Beerbohm se vale de esto para defender el discurrir de la inteligencia al interior de una habitación. El ensayo de Huxley, por otra parte, es una diatriba contra Wordsworth y su concepción moralizante de la naturaleza.

         El ensayo más luminoso del libro, el que logra la auténtica fusión entre vida y arte, es “Rondar las calles: una aventura londinense”, de Virginia Woolf. Ya Borges había señalado que la obra entera de Woolf estaba cargada de “delicados hechos físicos”. Este ensayo no es la excepción: en él vemos a una Woolf que se abandona a la caminata sin rumbo, que persigue en ella la belleza misma del acto, la belleza que se esconde en los “ángulos más secretos” de Londres. Ahí, en medio de todo esto, Woolf lanza una pregunta escalofriante: “¿El verdadero yo es este que está de pie en la banqueta en el mes de enero o el que se asoma al balcón en el mes de junio? ¿Estoy aquí o allá? ¿O el verdadero yo no es ninguno de los dos, ni está aquí ni allá, sino que es algo tan cambiante y errabundo que solo cuando damos rienda suelta a sus deseos y lo dejamos a sus anchas sin ningún impedimento somos en realidad nosotros mismos?” (p. 179). El arte del paseo inglés busca ser, ante todo, una respuesta a esta pregunta.

 

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