Literatura

Juan Rulfo, Edición conmemorativa del centenario del natalicio de Juan Rulfo: El Llano en llamas, Pedro Páramo, El gallo de oro y otros relatos, RM Verlag / Fundación Juan Rulfo, Ciudad de México, 2017, 504 pp.


Liliana Muñoz

Afirmar categóricamente que “todo se ha dicho” sobre Pedro Páramo es negar su condición misma de novela inagotable. Los críticos han fatigado –en vano– las páginas de Rulfo solo para concluir que o bien se ha estudiado demasiado o bien nunca se estudiará lo suficiente. Prueba irrefutable, como es bien sabido, es que la bibliografía sobre Rulfo es harto más abundante que la bibliografía de Rulfo, que consta tan solo de tres obras que, no sin vacilaciones, podríamos tildar de “canónicas”: Pedro Páramo, El llano en llamas y El gallo de oro, reunidas ahora en esta edición conmemorativa.

Cuando nos aproximamos a la “obra cumbre” de la literatura de una nación, nuestra actitud suele ser ambigua: tendemos, por un lado, a trivializar su recepción, afirmando, por ejemplo, que hemos leído el Quijote o la Comedia (cuando en realidad no) como si la sola relación del argumento –un hombre que enloquece por haber leído libros de caballerías, otro que transita del Infierno al Paraíso– bastara para justificar su renombre, y a nosotros mismos como lectores, como dueños de un saber que solo aquel texto posee; por otro, solemos desdeñarla, alegando, las más de las veces, que se trata de una obra ilegible, compleja, remota. En última instancia, y en el mejor de los casos, nos acercamos a esta obra con cautela, a sabiendas de que forma parte de un supuesto canon literario, pero que no por ello debe ser considerada un monumento. No pretendo en una reseña realizar un análisis exhaustivo (uno más) de la obra rulfiana: sobran los estudios –que van de lo mítico-alegórico a lo posmoderno– y sería ambicioso tratar de desentrañar en unas cuantas páginas un universo literario tan complejo. Mi acercamiento es, pues, la del lector atento y crítico; la del lector que juzga la obra desde una perspectiva íntima y personal.

A los dieciséis años, mi profesora de bachillerato se plantó frente a mí y me dijo, como una voz a Agustín, “toma y lee”. El libro era Pedro Páramo. Lo leí con perplejidad y, como cualquier adolescente, entendí poco o nada. Acto seguido salí a la calle a proclamar que había leído la gran novela mexicana del siglo XX. Sobra decirlo: Pedro Páramo, en realidad, no me había abierto sus puertas. Tiempo después volví a él: por azar o por destino, un profesor me explicó, inteligentemente, que Pedro Páramo estaba lleno de murmullos, pero también de interrogantes.

He vuelto a él varias veces y bajo distintas miradas: la lectura mítico-alegórica que he señalado ya, en la que Pedro Páramo, como Prometeo, está condenado a morir una y otra vez, y Abundio, cual Sísifo, debe subir la cuesta que volverá a subir al día siguiente; la romántica, en la que el protagonista, enamorado de Susana San Juan, desea poseer a la mujer que amó desde la infancia; la posmoderna, que se centra en la polifonía, en los murmullos y los ecos, y que relata el ascenso al poder de un individuo pobre, pero ambicioso. Todas estas interpretaciones son igualmente válidas y me han emocionado en diversas etapas de la vida: la que hago ahora está estrechamente relacionada con nuestra capacidad para identificarnos, como lectores, con Pedro Páramo y, a la vez, con nuestra imposibilidad de descifrarla o, como diría Borges, con “la inminencia de una revelación que no se produce”.

Pedro Páramo es el relato de un triunfo y un fracaso: el protagonista termina por adueñarse de todo lo que desea –las tierras de Comala, las posesiones de sus habitantes, la mujer a la que ama–, pero es incapaz de apropiarse de la voluntad del pueblo. En aquella mañana gris del 8 de diciembre, el día de la muerte de Susana San Juan, Pedro Páramo afirma que: “Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre” (p. 124). Este pasaje encierra no sólo el núcleo trágico de la novela, sino también la clave para entender por qué Pedro Páramo es la novela que mejor encarna el imaginario mexicano. Mientras “la Media Luna estaba sola, en silencio” (p. 124), el sonido de las campanas que anuncian la muerte de la mujer atrae a gente de otros lares: “y así poco a poco la cosa se convirtió en fiesta” (p. 123). Porque ahí, en medio de la muerte, en medio de la desgracia, palpita la Vida, el espíritu festivo que caracteriza al mexicano: “enterraron a Susana San Juan y pocos en Comala se enteraron. Allá había feria” (p. 124). El amor, la muerte y la fiesta son las tres cosas de las que Pedro Páramo no puede apropiarse; su aparente poder languidece ante la música, los gritos de los borrachos y el canto de la lotería.

Así como Gilgameš definió al pueblo sumerio, el Quijote a España y la Divina Comedia a Italia, Pedro Páramo define la identidad mexicana. Toda gran obra literaria parte de una estructura y su cuestionamiento: cuando Creonte decide no enterrar a Polinices por haber traicionado a su patria, Antígona es la fuerza que se le opone para dar sepultura a su hermano. Cuando un pueblo elige a la ficción que la va a representar, elige en cierta forma la grieta, la fisura en que se tocan por un instante la voluntad personal y la social. Quizá sea por ello que el verdadero protagonista de Pedro Páramo no es el personaje homónimo, sino Comala. Quizá sea por ello que la voz que menos se escucha es la de Pedro Páramo –que solo oímos a través de sus recuerdos infantiles, o del relato de otros personajes–, mientras que los murmullos de los muertos, con sus respectivas historias, impregnan cada rincón del pueblo fantasmal. Solo escuchamos su voz hacia el final, cuando, sentado en la Media Luna, espera paciente a que Abundio vaya a apuñalarlo de nuevo.

En una entrevista, Rulfo explicaba que: “Pedro Páramo es un cacique de los que abundan todavía en nuestros países: hombres que adquieren poder mediante la acumulación de bienes y éstos, a su vez, les otorgan un grado muy alto de impunidad para someter al prójimo e imponer sus propias leyes”. Y más adelante: “Yo no me preguntaría por qué morimos…; pero sí quisiera saber qué es lo que hace tan miserable nuestra vida. Usted dirá que ese planteamiento no aparece nunca en Pedro Páramo; pero yo le digo que sí, que allí está desde el principio y que toda la novela se reduce a esa sola y única pregunta: ¿dónde está la fuerza que causa nuestra miseria?”. Así, Juan Preciado, movido por la esperanza, se dirige paradójicamente a un pueblo en donde no existe la esperanza. Pedro Páramo es, en realidad, la antítesis de esta esperanza: es el causante de la destrucción de un pueblo. Los habitantes de Comala están destinados, sí, a una suerte de Purgatorio por haber sido cómplices de su propia ruina, pero para Pedro Páramo no hay salvación posible: su infierno es, como su nombre lo indica, el de ser una “piedra en el páramo”. El amor idealizado por Susana San Juan es su salvación y al mismo tiempo su condena: él se convierte en quien es para poder poseer a una quimera. O, como afirma Rulfo: “El amor hacia Susana San Juan era lo único limpio en aquella existencia tan trafagueada […] Ella significaba su perdón, así que al perderla se sintió el más desventurado de los seres humanos”.

La vida de Juan Rulfo es tan insondable como su obra: poco sabemos de ella y poco importa. De esto ya se ha ocupado Alberto Vital en su exhaustiva Noticias sobre Juan Rulfo. En cambio, descubrimos sus obsesiones personales en sus otras dos obras fundamentales: El Llano en llamas y El gallo de oro. Rulfo prefería la brevedad: pensaba el escritor debía decir exactamente lo que quería decir y nada más: “Y cuando no pasa nada, para qué rellenar la nada. Muchos escritores lo hacen: se ponen a divagar, a hacer elucubraciones para llenar los huecos de sus novelas, pero el resultado casi siempre es negativo y muy retórico”, señaló en una entrevista. Por esto, los cuentos de El Llano en llamas y algunos de los textos recogidos en esta edición junto a El gallo de oro, son cruciales para comprender su universo literario.

Ya en “Luvina” se anuncian los elementos que cobrarán forma en Pedro Páramo: un hombre que se dirige a un pueblo en busca de la esperanza: “Allá viví. Allá dejé la vida…Fui a ese lugar con mis ilusiones cabales y volví viejo y acabado” (p. 103). Luvina, como Comala, “es un lugar muy triste…yo diría que es el lugar donde anida la tristeza (p. 102). La atmósfera que impregna Pedro Páramo ya está presente en este texto, un aire nostálgico, “un aletear de murciélagos en la oscuridad” (p. 105), el lugar donde se anula el tiempo y donde anida la muerte. A propósito de este cuento, Rulfo aclaró que: “Es un pueblo que no existe, naturalmente, pero son pueblos que los hay en muchos lugares de México; son incontables los que tienen esa semejanza y son incontables las formas de huida que tienen también los habitantes de esos pueblos”.

La lluvia, la canícula, las nubes, los ecos y los murmullos dialogan íntimamente con la soledad, la muerte, la venganza, la ilusión, el rencor y el orgullo. Al fondo, escondida, late la vida. En “Nos han dado la tierra”, el narrador afirma: “Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después…Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza” (p. 7). Y ahí, en medio del calor, está la lluvia. Y ahí, en medio de la amargura, está el espejismo de la ilusión. La posibilidad que se imagina, pero no se produce: el escape, si es que hay escape alguno.

Rulfo habla de la soledad, no la de un individuo, sino de la humanidad entera. Es por ello que sus personajes están llenos de rencor. A la pregunta “¿Quién es [Pedro Páramo]?” la única respuesta posible es “un rencor vivo” (p.8). El perdón no existe: lo que existe es la venganza. En “Diles que no me maten”, el hijo de Guadalupe Terreros persigue durante treinta y cinco años a Juvencio Nava, el hombre que asesinó a su padre por ser el dueño de la Puerta de Piedra y haberle negado el pasto para sus animales. Mientras Juvencio se aferra a la vida, el hijo de Terreros, convertido en coronel, afirma: “Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna….No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca” (p. 96).

Otro de los temas recurrentes en Rulfo es el abandono del padre, presente en Pedro Páramo, pero también en sus cuentos: en “La herencia de Matilde Arcángel” se describe a Euremio, hijo de Euremio el grande, como: “El hijo apenas si se levantó un poco sobre la tierra, hecho una pura lástima, y más que nada debido a unos cuantos compadecidos que le ayudaron a enderezarse; porque su padre ni se ocupó de él, antes parecía que se le cuajaba la sangre de solo verlo” (p. 146). Por otra parte, la mujer, que se revela a veces como refugio, a veces como salvación, a veces como madre, a veces como guía. Como si fueran el único punto luminoso de su obra, los personajes femeninos anidan en el imaginario rulfiano como aquellas capaces de redimir al ser humano: en “Macario”, Felipa; en “Talpa”, la madre de Natalia; en Pedro Páramo Damiana, Eduviges, Dorotea y, en El gallo de oro, Bernarda Cutiño, La Caponera.

Aunque muchos han aseverado que El gallo de oro es un “texto cinematográfico” o un guion, el mismo Rulfo, en una carta dirigida a la Guggenheim Foundation en  1968, se refería a ella como: “otra novela, El gallo de oro, escrita años más tarde, no fue publicada, pues antes de que pasara a la imprenta un productor cinematográfico se interesó en ella, desglosándola para adaptarla al cine. Dicha obra, al igual que las anteriores, no estaba escrita con esa finalidad”. El tercer volumen de la presente edición, titulado El gallo de oro y otros relatos, reúne algunos cuentos publicados en Los cuadernos de Juan Rulfo, hoy agotado, El gallo de oro (revisado y corregido), una sinopsis escrita por el propio Rulfo, un texto titulado “Valoración literaria de la novela El gallo de oro” de José Carlos González Boixo, otro de Douglas J. Weatherford, “Las raíces cinematográficas de El gallo de oro”; La fórmula secreta y “Sobre La fórmula secreta” de Dylan Brennan.

He señalado ya que la obra de Rulfo, como la de cualquier autor canónico, no debe ser considerada un monumento. El ensayo de González Boixo, si bien aporta algunos datos interesantes para la comprensión cabal, no solo de El gallo de oro sino de los demás textos rulfianos, es poco afortunado y poco más que un panegírico. A propósito de El gallo de oro escribe: “Han sido numerosos los estudios críticos que han ido estableciendo la calidad de la obra –vinculada a un proyecto cinematográfico–, cuya entidad literaria ha de situarse en el mismo nivel que sus cuentos de El Llano en llamas y su célebre novela Pedro Páramo” (p. 87). Además de preguntarnos a qué se refiere con “entidad literaria”, debemos cuestionar el papel que esta novela juega en el universo literario rulfiano.

El gallo de oro fue escrita en 1956 y publicada en 1980. Rulfo aceptó a regañadientes, pues no era partidario de recuperar textos escritos en el pasado. La novela no consiguió el éxito esperado: ni tuvo una buena recepción ni se le consideró a la altura de sus otras obras. En efecto, no lo está. El gallo de oro relata el ascenso al poder de Dionisio Pinzón, quien pasa de ser un pregonero a ser un individuo acaudalado. Un día, Pinzón rescata al final de una pelea a un gallo moribundo. A raíz de eso, empieza a acudir a las ferias con su gallo hasta que este es asesinado por otro. Entonces, cuando piensa que la suerte se le ha escapado, un gallero llamado Lorenzo Benavides se le aproxima, junto a La Caponera, para pedirle que se asocie con él y pelee con sus gallos. Benavides le enseña a Pinzón las mañas de las peleas. Así, comienza a ganar en las ferias hasta que se vuelve a encontrar con La Caponera, quien se convierte en su amuleto de la suerte. Los temas que trata son concretos y están presentes en las otras dos obras de Rulfo: el azar, el poder, la soledad y la miseria. Al final, Dionisio Pinzón lo pierde todo y se pega un tiro en la cabeza. Sin embargo, a diferencia de Pedro Páramo –que, para Rulfo, era “una novela donde, si usted se fija bien, están insertados todos los sentimientos; al menos eso me parece. Si acaso falta alguno es porque se le cayó el plomo al linotipista”–, la novela se agota tras la primera lectura. No se observan en ella las técnicas que hicieron de Pedro Páramo una novela innovadora –la estructura es lineal, no hay polifonía ni saltos temporales–, pero, sobre todo, no hay en El gallo de oro nada que nos defina como sociedad más que parcialmente. En el fondo, se acerca más a una fábula sobre las consecuencias de la ambición que a una narración sobre nuestra identidad.

Pedro Páramo no solo relata la historia de Juan Preciado, un hombre que llega al pueblo de Comala para hallar a su padre y cumplir, de esta forma, la última voluntad de su madre muerta. Porque Comala no es lo que parece, Juan Preciado descubre pronto que sus habitantes están condenados a vivir en el pasado, a ser testigos de una historia que se repite, que los persigue hasta la delgada frontera que separa la vida de la muerte: “Allá me oirás mejor. Estaré más cerca de ti. Encontrarás más cercana la voz de mis recuerdos que la de mi muerte, si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz” (p. 11). Y es que los murmullos de los muertos son también los lamentos de los vivos: pese al desamparo que nos define, aceptamos la soledad y convivimos con ella. No estamos únicamente frente a la historia de Juan Preciado, un individuo; es Comala, el pueblo, el que se nos revela en toda su magnitud y cubierto de misterio.

 

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