Literatura

Elena Garro, Cuentos completos, Alfaguara, México, 2016, 544 pp.


Enrique Macari

La publicación de los Cuentos completos seguramente servirá para dar una nueva dimensión al reconocimiento literario del que goza Elena Garro, tanto en nuestro país como en todo el mundo de habla hispana. Es difícil pensar en un cuerpo de cuentos tan coherente y de tan constante calidad. En México, podríamos nombrar tan solo a los maestros del género: Rulfo, Arreola, Revueltas. Junto a ellos encuentra ahora su sitio Elena Garro.

         La semana de colores (1964), primera colección de cuentos de Garro, continúa explorando la concepción del tiempo propuesta en Los recuerdos del porvenir (1964). Cuentos como “La culpa es de los tlaxcaltecas”, “¿Qué hora es…?” y “La semana de colores” son exposiciones acabadas de esta concepción. A la pregunta agustiniana sobre el misterio del tiempo, Elena Garro dará una de las respuestas más sorprendentes que pueden encontrarse en la literatura hispanoamericana. Laura, protagonista de “La culpa es de los tlaxcaltecas”, dice en las primeras páginas de este cuento magistral: “Allí supe, Nachita, que el tiempo y el amor son uno solo” (p. 29). Esta afirmación es uno de los pilares esenciales de la obra de Garro: la identificación entre el amor y el tiempo. Es también uno de los signos de su gran originalidad, ya que la distingue nítidamente de otros grandes autores hispanoamericanos –Felisberto Hernández, Borges, Paz – también obsesionados con el misterio de la temporalidad. En “¿Qué hora es?…”, otro cuento extraordinario, Lucía desarrollará más a fondo la afirmación: “… el tiempo se ha vuelto de piedra… cada minuto que pasa es tan enorme como una roca enorme. Se construyen ciudades nuevas que florecen, decaen y desaparecen, y van pasando las ciudades y los minutos”. Sin embargo, “de niña, Señor Brunier, el tiempo corría como la música en las flautas. Entonces no hacía sino jugar, no esperaba. Si los grandes jugáramos, acabaríamos con las piedras adentro del reloj. En ese tiempo el amor estaba afuera de las tapias de mi casa, esperándome como una gran hoguera, toda de oro…” (p. 58). La identificación entre el amor y el tiempo tiene entonces un anverso y un reverso (dos conceptos que también tendrán una gran importancia en la obra de Garro) y su primera consecuencia necesaria es que el tiempo no es uno, sino dos: el tiempo del amor y el tiempo de la desdicha. Cada uno de estos tiene sus característica propias, lo que los hace esencialmente distintos. El tiempo de la desdicha está hecho de piedra, es un tiempo fijo, que gira en torno al dolor y a la desgracia, que está amarrado al dolor y a la desgracia y por eso no puede moverse con ligereza. El tiempo del amor, por otra parte, “corría como la música”. El correr es el signo del amor: el movimiento con sentido hacia un fin. Esta distinción entre dos tiempos cualitativamente distintos es la base de gran parte de las metáforas de Garro, que podríamos dividir en dos grandes grupos: las metáforas de la inmovilidad y la sequía y las metáforas del movimiento y el agua. En este sentido, Garro sería una de las grandes continuadores de la literatura de Rulfo, que encontraría en La semana de colores una fecunda reformulación del infierno inmóvil y circular de Comala.

     El cuento que da nombre a la colección, “La semana de colores”, introduce un escenario y una serie de personajes que se repetirán en otras narraciones: “El día que fuimos perros”, “Antes de la Guerra de Troya”, “El Duende”, “Nuestras vidas son los ríos”. Los personajes son las pequeñas hermanas Eva y Lucía y el escenario es la casa de la infancia. Cada uno de los cuentos de este pequeño ciclo narra de forma distinta el mismo hecho: el descubrimiento del mal o el crimen y, por tanto, la transición del tiempo del amor al tiempo de la desdicha. Así, cada uno de estos cuentos sería una originalísima reformulación de la historia de la Caída: la misteriosa aparición del Mal lleva a cabo la transformación del tiempo edénico en el tiempo de la desgracia. “Antes de la Guerra de Troya los días se tocaban con la punta de los dedos y yo los caminaba con facilidad. El cielo era tangible. Nada escapaba de mi mano y yo formaba parte de este mundo. Eva y yo éramos una” (p. 82). Pero el descubrimiento de las hermanas es siempre el mismo: “Habíamos descubierto que el cielo de los hombres no era el mismo que el cielo de los perros. Los perros no compartían el crimen con nosotros” (p. 81). Estos cuentos son una muestra plena de la virtud mayor de Elena Garro: su capacidad de otorgarle resonancias míticas a las mejores de sus narraciones, de sugerir corrientes subterráneas y misteriosa en el interior de sus personajes y detrás del mundo que los rodea: “salieron al jardín. Pasaron bajo las jacarandas, rodearon a la fuente, cruzaron el macizo de los plátanos, llegaron hasta las palmeras, sesgaron un poco hacia la izquierda y alcanzaron el pozo. El pozo era el lugar más fresco del jardín, rodeado de helechos, espadañas y otras hojas, rezumaba humedad. Hasta allí no llegaban los rumores de la casa. Era la parte secreta del jardín. Un pretil de piedra negra guardaba a su agujero profundo. Muy abajo corría el agua de los ríos en los cuales se bañan las mujeres plateadas y los pájaros de plumas de oro” (p. 100).

       Poco más de quince años separan la publicación de La semana de colores de la publicación de Andamos huyendo Lola (1980). La pareja de hermanas ha sido sustituida por la recurrente presencia de una madre y su hija en huida perpetua, que comprueban a cada paso que el mundo moderno está fundamentado en la sistemática destrucción de la caridad. Andamos huyendo Lola es una de las representaciones más pavorosas del infierno que podemos encontrar en la literatura mexicana. Aunque no todos los cuentos son igual de buenos, la colección contiene al menos dos relatos perfectos: “Andamos huyendo Lola”, nouvelle rabiosa, paranoica y asfixiante, y “La dama y la turquesa”, quizá el mejor relato de Elena Garro.

            En “Andamos huyendo Lola” la expulsión del paraíso se ha cumplido de forma perfecta y nos encontramos en medio del exilio y la soledad más absolutos. Presenciamos la vida insoportable de un grupo de refugiados radicados en Nueva York. A todos los aflige un deseo de regreso: “¡Era muy noble el emperador Francisco José! En sus tiempos no sucedían estas cosas” (p. 208); “Las tres descubrieron en los árboles el hilo que une a todos los hombres en su afán de encontrar el Paraíso perdido que buscamos” (p. 219). Con la llegada de dos nuevas inquilinas, una madre y su hija convaleciente, la vida ya enrarecida y tensa dentro del edificio se transformará en una verdadera pesadilla. Las dos recién llegadas son el objeto de una persecución misteriosa, de la que nunca sabemos en realidad mucho: “¿quién las perseguía de esa manera y con tal perfección?” (p. 257). En torno a las mujeres se empieza a tejer entonces una trama angustiosa hecha de sospechas, paranoia y prejuicios raciales: “A partir de ese día, la vida se volvió insoportables: todos desconfiaban de todos” (p- 237); “‘el mal’ había entrado en el edificio. Pero ¿quién era el mal? ¡Todos!” (p. 239). Aparece entonces una serie de personajes perversos que rondan a las dos mujeres, sin más intención aparente que hacerles el mal. Este tipo de personaje será un elemento recurrente en toda la obra de Elena Garro posterior a 1980: personajes que son la encarnación pura del mal, ejemplos acabados de lo demoniaco, de todo lo que es perverso y ama lo perverso. La señora Bucci Basso Bass es uno de estos personajes: “cuando la Bucci Basso Bass abandonó el estudio Lucía y su madre sintieron una náusea desconocida. Aquella mujer había cegado al perro. Se asomaron por la ventana y vieron a la Bucci Basso Bass golpeando a Jefe con un látigo. El animalito no se quejaba. La luz rojiza daba reflejos demoniacos a los cabellos erizados de la mujer… ¿Quién era aquella mujer diabólica?” (p. 253). “Andamos huyendo Lola” es una narración de extraordinaria relevancia contemporánea: presenta de forma descarnada los problemas del exilio, el refugio y la migración, y describe el surgimiento de un nuevo orden implacable: “la experiencia le había enseñado que el mundo nuevo, el mundo que a él lo atemorizaba, estaba dividido en dos grupos: los perseguidos y los perseguidores” (p. 262).

           Tal vez bastaría la lectura de “La dama y la turquesa” para saber quién fue Elena Garro, para llegar al centro vivo de su obra en tan solo una veintena de páginas. Se trata de un cuento perfecto sobre la recuperación de la memoria, pero esto debemos entenderlo bien. Desde un principio, la obra de Garro estuvo marcada por una concepción moral y metafísica que ha sido llamada en ocasiones “maniquea”. Esta tendencia, además, se fue intensificando conforme pasaron los años: de la tensión entre el tiempo del amor y el tiempo de la desgracia de los primeros cuentos llegaremos a la visión terrible de “Inés” (1995), novela breve que narra la humillación atroz del Bien por el Mal en este mundo. Este enfrentamiento entre dos fuerzas absolutamente antagónicas –de forma que la luz y la obscuridad son dos substancias distintas y dentro de la luz no hay nada de lo obscuro y dentro de lo obscuro nada de la luz– es magistralmente narrado en “La dama y la turquesa”. El cuento inicia en medio del olvido absoluto, con Dionisia, la protagonista, sin saber cómo ha llegado al estado de miseria absoluta en el que se encuentra: viviendo en una ciudad obscura, rodeada de personajes mezquinos y violentos, aquejada de deudas y reducida a la miseria. Recuerda un hecho infortunado y nada más: “después sucedió la catástrofe y olvidó” (p. 338). Catástrofe y olvido son en realidad la misma cosa, pues lo que Dionisia pierde con la catástrofe es el mundo edénico. Su esfuerzo por recuperar la memoria no es un deseo por recuperar su historia pasada, sino por recuperar el tiempo fantástico de la inocencia: “dentro de esa perdida memoria los ángeles flotaban en las catedrales, las vírgenes abandonaban sus altares para avanzar con paso leve por avenidas de luz abiertas en el espacio cerrado de las naves” (p. 337). En otras palabras, la recuperación de la memoria para Garro no solo se refiere a la recuperación de la memoria histórica. El acto de recordar es un acto de reminiscencia platónica, un recordar el tiempo en el que veíamos las cosas cara a cara y no obscuramente a través del espejo del sufrimiento. Lo es también por la relación que establece entre la memoria y la identidad: “… supo que guardó su memoria mientras fue ella misma… Vagamente recordó el tiempo de cristal, el tiempo celeste: ‘Si se acaba la luz se acaba el tiempo’, se dijo y trató de hallar refugio en el recuerdo de aquella luz perdida, para escapar a la palabra “mierda”. Mientras pudiera recordar un trozo de la luz perdida, existiría” (p. 338). Esta lucha por recuperar la visión edénica y existir en ella se logra en “La dama y la turquesa” a través de la intervención fantástica de don García, un personaje misterioso con “ojos estrellados de niño” que le comunica a Dionisia que sus miedos son inexistentes y le ordena ir a enfrentarse con ellos: “Dionisia sintió que debía obedecerlo. Su voz vibró en medio de la lluvia y onduló las arcadas de piedra, sus ojos abrieron puertas invisibles a una dimensión luminosa” (p. 354). El final del cuento es perfecto: “su memoria había cambiado de color y olvidó las ventiscas, la nieva, los granizos y el azul, ahora todo estaba envuelto en reflejos de bronce, iguales al impermeable que llevaba don García, que de pronto desapareció entre las ráfagas doradas de la lluvia…” (p. 362). La victoria es ambigua, y Dionisia debe sufrir mucho para llegar a ella, pero este momento de luminosidad es uno de los puntos altos en la literatura de Garro.

     No hay intervenciones fantásticas en los últimos cuentos que Elena Garro publicó. En los mejores de ellos, la encarnación del Mal en el mundo es plena y no queda más que contemplar la destrucción de la belleza y el amor. Son cuentos furiosos: sus personajes son plenamente las fuerzas antagónicas que representan, no existe ningún tipo de psicologismo, no se intenta justificar o comprender la razón del mal, sino de mostrarlo en toda su increíble y palpable realidad. Son una suerte de teofanía negativa, en la que se revela una fuerza hostil y misteriosa que no podemos explicar pero que sin duda está ahí, viva, real. Pienso ahora que es quizá el misterio del Mal y del sufrimiento –y no el misterio del Tiempo– el que yace más hondo en toda la obra de Garro. Observa atónita el surgimiento de la extraña planta del crimen en el jardín de la creación y da testimonio de ello en sus narraciones. Pero intenta, además, a veces de forma heroica, evitar una confusión entre la planta y el jardín. Sus personajes luchan por encontrar un espacio de claridad en medio del crimen y el sufrimiento que los rodea, por afirmar la supremacía ontológica del amor y la belleza. Batalla siempre inacabada, en la que se suceden sin tregua y sin cansancio, como en la literatura de Elena Garro, las derrotas penosas y las victorias solamente momentáneas.

 

  • Samuel says:

    Excelente. En otras criticas que había leído sobre los cuentos completos siempre terminaban escribiendo sobre la relación enfermiza de Elena y Paz, es bueno dejar eso un tanto de lado y enfocarse mas en su arte. Gracias

COMENTARIOS


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