Literatura

Javier Tomeo, Constructores de monstruos, Alpha-Decay , Barcelona, 2013.


Adriana Lozano

La última palabra que usaría para describir a los personajes de Javier Tomeo sería la de “atractivos”. No existe en el imaginario tomeano la perfección física, sus protagonistas son verdaderos adefesios: un par de niños de dos cabezas, un señor con seis dedos, un hombre con una cabeza que parece encogerse, otro al que se le alargan las manos y le crece la nariz, enanos psíquicos o asesinos, etc. Cuando el “defecto” no se manifiesta en la apariencia física, lo hace en el estado mental y en el comportamiento de los personajes, oscilando entre la psicopatía, la depresión y el infantilismo. La imagen es un tema importante aun para los bichos y los animales de Tomeo; los tisanuros confiesan que se sienten “… como petrificados, horrorizados por la idea de que alguien pueda ser testigo de nuestra fealdad. Un instante después, sin embargo, corremos ya en busca de nuestro tenebroso refugio. Porque sólo en la oscuridad que anula los colores podemos pensar en las mariposas sin que nos sintamos morir de envidia” (p. 42). La deformidad y la monstruosidad de sus personajes, sin embargo, no son un capricho creativo; para el autor funcionan como “vías de purificación” y de consuelo, al reflexionar “… que podríamos ser peores de lo que somos” (p. 56). En su última novela, Constructores de monstruos, Javier Tomeo recurrió al monstruo con el mismo propósito.

     La novela gira en torno a dos personajes, siguiendo la costumbre del autor de valerse del menor número posible de actores, Raimonius von Bernstein y Tadeusz von Rippstein, quienes, bajo las órdenes del markgrave de Ulmdg, están a cargo de construir un monstruo que “asuste sobre todo a los pobres, que son quienes se pasan la vida conspirando o, por lo menos, protestando” (p. 31). Al igual que los demás personajes de Tomeo, Karolus (el nombre que los constructores le dan al monstruo y que podría ser una referencia al autor de El proceso) está condenado a ser feo, asimétrico y contrahecho. Raimonius le explica a su ayudante por qué es necesario que Karolus tenga este aspecto: “¿Qué significa nuestra pequeña fealdad cotidiana comparada con la de un buen monstruo?” (p. 56). Presentada así, de manera física, la monstruosidad es fácil de identificar, está expuesta; asusta a quienes tiene que asustar y consuela a quienes se comparan con él. “Está ahí –declaró Tomeo en repetidas ocasiones–  para que aprendamos a amarlo, para que nos sintamos menos disconformes con nuestras pequeñas anormalidades de burgués”. Se logra, a través del protagonista, esta aceptación: Raimonius saca a pasear, es decir, exhibe, cada atardecer a su monstruo, a diferencia de la gente descrita por Ramoncito, amigo y personaje de Tomeo, que “… sacaba a pasear a sus monstruos a las cuatro o cinco de la mañana”.

     Las personalidades y los antecedentes de los protagonistas no podrían ser más opuestos: el primero, Raimonius, es un científico bien calificado y enteramente racional que pretende construir a Karolus siguiendo las instrucciones de su manual; el segundo, por otro lado, recuerda a los bufones y a los locos sabios de los Siglos de Oro, su papel es causar la risa del lector y poner en duda las normas sociales establecidas. Tadeusz oscila constantemente entre lo ridículo y lo sensato, a tal punto que estas actitudes parecen fundirse; el mismo protagonista no sabe si sospechar o no de la apariencia de tonto de su ayudante, que insiste en hablar sobre los peces payaso, pero que reflexiona, al mismo tiempo, sobre la muerte, la ciencia y la naturaleza humana. Las asimetrías en Constructores de monstruos tienen un papel importante; la cuestión aquí es la posibilidad de lograr armonía entre personajes tan dispares. Juntos, los protagonistas recuerdan al famoso gallitigre, que simboliza en la literatura de Tomeo la armonía universal al ser fruto de la unión de dos animales tan contrarios e incompatibles.

     Con el mismo humor negro que caracteriza la totalidad de su obra, el escritor vuelve a los temas que le obsesionaron: la monstruosidad humana, la soledad, el sexo y, en especial, la búsqueda, siempre fallida, de diálogo. Aún con el entendimiento y la amistad que surge entre los dos personajes, la comunicación sigue siendo un conflicto. Al igual que Juan P y su mejor amigo en La mirada de la muñeca hinchable (2003), los diálogos entre Raimonius y Tadeusz dan la impresión de ser más bien monólogos que se intercalan que conversaciones. Es el ensimismamiento de los personajes lo que les impide una interlocución exitosa: el primero insiste en utilizar términos médicos que ninguno de los dos entiende por completo, mientras el segundo habla constantemente sobre la muerte de su padre y de la obsesión de éste de volver a la vida a su esposa. Hay conversaciones enteras que se repiten y que los llevan a las mismas conclusiones, como si no se hubieran escuchado la primera vez que lo discutieron. Gmnuk, el sirviente del castillo, es otro ejemplo de los personajes que son incapaces de comunicarse, se expresa a través de gruñidos y ruidos extraños que Raimonius interpreta libremente, sin darle mucha importancia.

     La novela tiene una segunda lectura. En ésta, los constructores y el monstruo son metáforas del proceso creativo. Ya en anteriores ocasiones había Tomeo abordado el tema de la escritura, también valiéndose de la metáfora, sin embargo, en ésta lo hace desde una perspectiva diferente. En El castillo de la carta cifrada (1979) y Los amantes de silicona (2008) se cuestionaba la forma y el interlocutor, si el texto debía ser claro y conciso o si era preferible que el lector no comprendiera lo escrito y quedara el autor en la “oscuridad”; en cambio, en Constructores de monstruos se trata el cómo. Raimonius al leer el manual se percata que: “No les falta razón a los chinos cuando dicen que es más fácil saber cómo se hace una casa que hacerla” (p. 21). Se enfrentan y conviven así dos métodos de trabajo, el racional, apegado a las reglas, familiarizado con la teoría, que sería Raimonius, y otro más sensible, autobiográfico, que sería Tadeusz. Recuerda al prefacio de Los Caprichos: “La imaginación abandonada por la razón, produce monstruos imposibles; unida a ella está sin embargo la madre de las artes”.

     Si el lector comparte la opinión de Juan Benet sobre la literatura de Javier Tomeo, que todos sus libros saben iguales y tratan sobre lo mismo, Constructores de monstruos no los hará cambiar de opinión; es el Tomeo de siempre, adepto a la economía del lenguaje y a los automatismos psíquicos, obsesionado con el Ello freudiano y que usa el absurdo y las alegorías para hacer críticas sociales. Algo tuvo de cierto Benet, Tomeo fue escritor de unos cuantos temas, pero lejos de perjudicarlo, esta repetición da a su obra una sensación de constancia y continuidad.

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