Literatura

Mathias Énard, Compass, New Directions, New York, 2016, 445 pp.


Arturo Cárdenas

Compass de Mathias Énard empieza al modo de grandes novelas como En busca del tiempo perdido o La muerte de Virgilio: el intelectual, recostado y víctima del insomnio, empieza un viaje sin rumbo a través de la memoria. El protagonista y narrador, Franz Ritter, es un musicólogo orientalista al que le diagnosticaron una enfermedad mortal; al caer la noche, esta noticia y la llegada por correo de un artículo de Sarah (una académica de la que siempre ha estado enamorado) desatan una corriente de reflexiones y recuerdos que conforma casi la totalidad de la novela.

Los pensamientos de Franz son variados y de carácter hiperculto incluso cuando todos giran alrededor de un mismo tema: el Oriente. La novela a veces llega a parecer más bien un compendio enciclopédico de conocimiento orientalista, pues incluye secciones completas dedicadas a exploradores europeos, poesía, historia, arte, sociología y, evidentemente, música. Posiblemente hay más páginas sobre la llegada del piano de Lizst a Budapest que sobre la vida del protagonista. Por ello es que muchos proponen que el libro es una carta de amor a la cultura de Medio Oriente en un tiempo en que la islamofobia es pan de cada día en el mundo (especialmente en Francia, país de origen del autor). Sin embargo, este amor no es expresado en la forma que otros autores europeos lo hicieron antes de Énard –notablemente los poetas del siglo XIX a quienes Edward Said criticaría en su célebre Orientalismo– pues incluso cuando el narrador llega a hablar de lo oriental como “mágico” y “exótico”, únicamente lo hace en tanto “oriental” se entiende como “el otro”, y parece más preocupado por exponer cómo la otredad es dialógica y, por tanto, Occidente juega un papel similar en el ideario oriental al que juega Oriente en el occidental.

Por encima de todo, la novela trata de demostrar hasta qué punto la cultura occidental está en deuda con la oriental y es por ello que tantas páginas se apartan de la narración principal. El texto a veces logra argumentar su punto a la perfección, como cuando habla de las marchas turcas de Mozart y Beethoven o sobre las expediciones de Marga D’Andurian y T.E. Lawrence. En otras ocasiones, si bien logra establecer su argumento, lo saca de proporción y termina por leerse forzado. Tal es el caso cuando menciona que Pessoa no es sino un Omar Khayyam occidental o cuando habla del impacto que Las mil y una noches tuvo sobre Proust de una manera que casi parece sugerir que fue la única obra que influyó en la creación de En busca del tiempo perdido. Es de suponerse que quizá habría argumentos suficientes para aclarar y defender estas posturas si se elaboraran más; sin embargo, las ideas son lanzadas al aire con retazos de explicaciones que resultan desconcertantes y desorientadoras. Aun así, la mención a Proust revela bastante sobre el logos detrás Compass, pues deja en claro que Franz es como Marcel de La Rechérche solo en cuanto este último se ve a sí mismo como Scherezada tratando de terminar su historia antes de que la muerte (el equivalente al sultán de Las mil y una noches) se lo impida. Incluso muchas de las digresiones del musicólogo son presentadas como historias dentro de historias dentro de historias, muy al estilo de la cuentacuentos árabe.

Aunque el arco narrativo del protagonista siempre parece estar en riesgo de ser opacado por los relatos de personajes célebres y sucesos históricos, el genio narrativo de Énard logra integrarlos de una manera tan orgánica que ayudan a crear tensión en la historia marco y exaltar sus momentos clave. Esto se nota, por ejemplo, en que conforme avanza la novela los recuerdos y divagaciones de Franz penetran cada vez más en el Oriente en un sentido geográfico, alejándose de su hogar en Viena e imitando el creciente distanciamiento emocional de Sarah. Así, su flujo de conciencia pasa de su propia ciudad (considerada históricamente como la puerta al oriente) a Estambul, Alepo, Irán y otros países árabes para finalizar con China y Japón. Una maniobra estructural como esta no debería ser sorpresa cuando el autor ya ha demostrado su versatilidad narrativa con obras como Street of Thiefs o su monumentalmente larga y aclamada Zone. En ambos casos, lo único que guardan en común con Compass es la obsesión con el tema oriental porque cada una es un monstruo narrativo por sí misma. La primera es una novela picaresca moderna en la que el joven protagonista, Lakhdar, se ve obligado a huir de su casa cuando lo descubren en una situación comprometedora con su prima, razón por la cuál va por Marruecos y España llevando a cabo diferentes trabajos, asociándose con diferentes grupos y metiéndose en todo tipo de problemas. Zone, por su parte, es una novela de espías de más de quinientas páginas escrita en una sola y muy, muy extensa oración.

Tristemente son pocas las obras de Énard que se pueden encontrar en traducción; estas tres, por fortuna, existen tanto en inglés como en español, quizá gracias a su consideración para el premio Goncourt (Compass lo consiguió). A pesar de la escasa muestra, es claro a partir de ella que Énard es un autor que se mantiene fiel a sus obsesiones, pero encuentra la forma de renovarse a sí mismo cada que habla de ellas. En las tres novelas logra manejar estilos tan marcadamente distintos que se podría pensar que se dedica de lleno al género que pertenece cada una de ellas: Street es una novela realista convencional; Zone, un experimento técnico, y Compass, un trabajo de erudición en el que el autor pone a prueba todos sus conocimientos y se luce introduciendo diferentes estilos. Por encima de todo, es admirable la sutileza con que aborda su compromiso político sin sacrificar la calidad artística de su trabajo; más de uno ha caído en el error de querer escribir una novela con mensaje social para terminar escribiendo el panfleto más largo del mundo. Si bien entre las páginas de Compass no faltan críticas a la islamofobia y la situación actual de medio oriente, su aparición es más bien marginal. El verdadero mensaje político del libro está en el contexto en el que aparece y su reapropiación de la palabra “orientalismo” como un área de estudio en lugar de un mecanismo de discriminación. El problema, dice el propio autor, es que las lecturas sobre el tema que se han hecho desde Said han sido erróneas y, en lugar de acercar a “el otro”, han acrecentado la distancia por medio de la culpa y el resentimiento, al punto que cualquier intercambio cultural termina por verse en términos de colonización o apropiación. En esta novela es precisamente este intercambio el que es exaltado y “el otro” es visto, no como opuesto, sino como parte del “mismo”.

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