Cine

Richard Linklater, Boyhood, Estados Unidos, 2014.


Alfonso Rodríguez Alcocer

Hace cinco décadas, en los inicios de la Nouvelle Vague, Francois Truffaut, en un ejemplo de paciencia y audacia, decidió filmar cinco películas con el mismo protagonista, Antoine Doinel, y con el mismo intérprete, Jean Pierre Léaud. Richard Linklater (Houston, 1960) se plantea un reto similar: contar una historia de doce años en un solo largometraje, Boyhood, un ejercicio cinematográfico que, por su alto grado de complejidad, se convertirá en un referente del cine en el futuro.

     El segundo largometraje, de Linklater, Slacker (1991), es una declaración de principios, pues sus personajes, aunque ordinarios, no dejan de ser interesantes. Mientras que en aquella obra se representa a la comunidad de Austin a finales los años ochenta e inicios de los noventa, Dazed and Confused (1993) remite, desde su título (referencia a Led Zeppelin), a la juventud de los setenta. Aquí, sus personajes parecen tener una idea más romántica del mundo, marcada por la música, y poner sus sueños de manifiesto, conformando sus primeras ideas sobre el futuro. Pero es también, como Slacker, un retrato de la comunidad estudiantil norteamericana, con sus porristas, sus deportistas, los chicos populares, el amigo “cool” un poco mayor, las drogas suaves, el alcohol, los ritos de iniciación, etc. Un mundo de contradicciones y excesos que a la larga encuentra un punto de equilibrio.

     Posteriormente, Linklater juega con el intercambio cultural, el romance y los noventa reflejados en el encuentro entre un joven norteamericano, Jesse (Ethan Hawke), y una joven europea, Céline (Julie Delpy). Before Sunrise (1995) fue el inicio de una trilogía inesperada y uno de los experimentos más ambiciosos del cine contemporáneo. Con Before Sunrise nos dio una mirada realista sobre el choque cultural, el amor juvenil, la generación X y la Europa bohemia. Nueve años después, Linklater estrenó Before Sunset (2004) con los mismos protagonistas. Este filme, más un mediometraje que un largometraje, explora el reencuentro entre ambos héroes –los personajes de Linklater son eso, héroes comunes– y da pie a la tercera parte de la historia. Ya en Before Midnight (2013), los temas son la crisis de la mediana edad, las familias no convencionales, la multiculturalidad y la globalización que comienzan a atisbarse en Before Sunrise. Vemos la progresión de ambos personajes: cómo van madurando y cómo el amor cambia. Ya no vemos el romance juvenil, ingenuo, vemos una relación más madura, basada en la confianza y en cómo construyen su mundo alrededor de los dilemas y oportunidades que se presentan en el camino.

     Boyhood es una cinta cuya filmación se mantuvo prácticamente en secreto hasta poco antes de su estreno, y de ella cabe destacar el despliegue técnico que supuso su realización: fue filmada durante doce años, entre 2003 y 2014, para que sus protagonistas envejecieran con la historia. No es la primera vez que se utiliza este recurso. Además de Truffaut, cabe destacar otros ejercicios similares: las Up Series se presentan cada siete años, siguiendo una tradición iniciada en 1964, primero por Paul Almond (Seven Up!) y Michael Apted (los capítulos subsecuentes), mostrándonos el desarrollo de catorce individuos británicos desde que tenían siete años. Estos timelapses corresponden al género documental. Y ese es el gran mérito de Boyhood: construir un relato de ficción a lo largo de doce años, lo que le concede una autenticidad que no se habría logrado si se hubiera recurrido a múltiples actores o efectos especiales.

     El protagonista es un niño de seis años llamado Mason Evans, Jr., encarnado por Ellar Coltrane (Austin, 1994). Mientras suena Yellow de Coldplay, lo vemos tendido en el pasto, mirando el paso de las nubes, en una escena que nos recuerda a otras películas de Linklater, pues ya lo hacen Jesse y Céline al final de Before Sunrise, así como los chicos en la cancha de beisbol de Dazed and Confused. Linklater es conocido por su enfoque realista y sus cintas suelen presentar episodios de carácter autobiográfico. Él mismo ha expresado que el momento en el que Mason observa a un ave muerta es idéntico a uno que marcó su propia niñez. Linklater también es conocido por sus tendencias liberales y progresistas. Mason crece con su madre y su hermana, tras la separación de sus padres, en una familia no convencional, propia del siglo XXI.

     La Madre de Mason Jr., Olivia, es interpretada por Patricia Arquette (Chicago, 1968) y su hermana, Samantha, por Lorelei (San Miguel de Allende, 1994), hija del mismo Linklater. Su padre, Mason Sr., es encarnado por uno de los actores recurrentes de Linklater, Ethan Hawke. Así, mientras que Olivia busca superarse y tomar las decisiones correctas por el bien de sus hijos, Mason Sr., es inmaduro e interactúa con ellos por medio de visitas esporádicas, ajenas a las responsabilidades que conlleva la crianza.

     La evolución de Mason Jr., va de la mano con la de la gente que lo rodea. Casi al inicio de la película, Olivia toma la decisión de mudarse a Houston para estudiar, llevando con ella a sus dos hijos. Esto afecta a Mason, sobre todo cuando su madre inicia una relación con uno de sus profesores y aparecen hermanastros de por medio. El tiempo que pasa Mason en Houston es tal vez el que mayor impacto tiene en su desarrollo: lidia con la niñez, con sus hermanastros, con un padrastro alcohólico, con la lejanía de su padre a un nivel más consciente. Las escenas del padrastro y la interacción de este con el resto de la familia son quizás las de mayor carga emocional dentro de la cinta.

     Un punto crítico del argumento ocurre cuando Olivia se lleva a sus hijos para protegerlos, luego de un episodio violento, y de las vejaciones del padrastro hacia Mason, quien definitivamente no encaja en la imagen del típico niño norteamericano a los ojos de la sociedad tradicionalista texana. Durante el período en Houston, somos testigos de las visitas de Mason Sr., a sus hijos, así como del evidente carácter secundario de la interpretación de Lorelei como Samantha. La hija es un personaje que a lo largo de la película pierde peso y se convierte en un papel casi anecdótico. Mientras tanto, Mason Sr., parece haber alcanzado la madurez y ha sentado cabeza. Por su parte, Olivia, después de su segundo divorcio, decide unirse a un veterano de guerra. Son los años posteriores al 9-11 y la guerra de Irak. La película se puede dividir en varios capítulos históricos que terminan reflejándose en Mason y moldeando su conducta. Al final, Mason no es solo el héroe de Boyhood, sino los ojos a través de los que miramos el mundo en una época concreta. Somos testigos de Mason y a través de Mason.

     Tal vez el tema central, aparte del desarrollo del niño, es el de la familia no tradicional. Olivia atraviesa varias relaciones infructuosas, desde el principio con un novio que no comprende sus necesidades de madre, pasando por un profesor alcohólico y un ex soldado con estrés post-traumático –también alcohólico–, hasta terminar sola, dedicándose completamente a apoyar a sus hijos y a su trabajo. Mason Sr., en cambio, lleva la vida de forma más ligera, hasta que encuentra la estabilidad. Al final, el más “inmaduro” de los dos termina siendo el más estable. Ambos son parte de la generación X y fácilmente podrían representar la evolución de los jóvenes protagonistas de Slacker, que sufren las consecuencias de una juventud despreocupada. Mason y Lorelei, por su parte, lidian con hermanastros y relaciones fallidas, la lejanía del padre, las constantes mudanzas y la incertidumbre del futuro. Mientras tanto, Mason sigue creciendo y podemos ver sus amores espontáneos de adolescente, su paso por las drogas y el alcohol, y la forma en que la cultura pop impacta su forma de pensar y percibir el mundo (es entrañable la escena en la que habla de Star Wars con su padre mientras van de campamento, una de las escenas más espontáneas, según Linklater).

     Uno de los elementos claves de la película es la música. Linklater ha expresado en varias ocasiones que para seleccionar la música que acompañaría al filme, tuvo que dejar de lado sus gustos musicales, a diferencia de sus filmes previos, y enfocarse en encontrar las canciones que pudieran encajar de acuerdo al momento. Para él fue muy importante hacer que el espectador pudiera identificar los momentos musicales dentro de este viaje de doce años. Desde Coldplay hasta Arcade Fire, el director texano logra acotar correctamente la época a través de su soundtrack, a excepción de un paréntesis musical que define el carácter de la relación entre padre e hijo como la búsqueda de un legado. Durante una visita a los nuevos suegros de Mason Sr., éste revela que ha preparado un regalo para su hijo: un disco. Lo llama el “Black Album” de los Beatles. Entonces la música inicia con “Band on the Run”, de McCartney. La música es el medio a través del cual Mason Sr., muestra todo su afecto a su hijo y mediante el cual Linklater configura la atmósfera de cada escena.

     Durante la visita a los suegros, éstos regalan al joven Mason una escopeta que había pasado de padre a hijo durante varias generaciones, e incluso le enseñan a dispararla. Ésta es la caracterización en pantalla del sector conservador de la sociedad estadounidense y que sin embargo coexiste con cierta armonía con el sector más liberal. Durante este episodio en el campo, nos damos cuenta de que Mason tiene una nueva afición: la fotografía. Por fin ha encontrado un medio que le permite expresarse y se adivina en este episodio el descubrimiento de una vocación.

     Hacia el final, pareciera que no es Mason el que se despide de sus padres, sino éstos de él. Mason Sr., le aconseja divertirse en la universidad y olvidarse de su ex novia. En cambio, Olivia llora mientras lamenta su destino solitario. La despedida de Olivia es más dolorosa que la de Mason Sr., ya que ella es la que ha tenido mayor presencia en la vida de Mason y ella la que más ha perdido y sacrificado a lo largo del camino. Ha sido madre, ha criado prácticamente sola a sus hijos, ha logrado estudiar y desarrollarse profesionalmente y ha tenido una serie de relaciones fallidas. Ahora se encuentra sola y a las puertas de la vejez. En una de las escenas más memorables del film, por su sencillez y profundidad, observa: “I just thought there would be more…”. Con excepción de Mason, no hay personaje en la película que muestre una transformación física tan evidente como la suya. Para ella, y para el espectador, es doloroso ver como Mason, en su egoísmo juvenil, parece no ser consciente de la situación de su madre.

     Al final, gran parte del argumento de la cinta recae en los padres. Ethan Hawke y Patricia Arquette nos hacen olvidar por momentos que estamos viendo el mundo a través de Mason: pareciera que en realidad vemos el mundo de Mason a través de los ojos de ellos. Boyhood, más que un coming of age, acaba siendo una profunda meditación sobre la paternidad.

     En el último acto, Mason llega a la universidad y conoce a su roomie, quien lo invita a probar “brownies mágicos” y a hacer una excursión con su novia y una amiga suya. Hemos llegado al final del viaje, enmarcado por un atardecer en el valle. En algún punto, la amiga le dice: “You know how everyone’s always saying ‘seize the moment’? I don’t know, I’m kinda thinking it’s the other way around. You know, like the moment seizes us.” Es el tiempo el que nos vive, y no viceversa. Mason sonríe mientras observa la puesta del sol. Con Boyhood, Linklater nos ha ofrecido a todos un don: una visión, como solo el cine puede darla, al mismo tiempo realista y poética de la vida.

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